Capítulo 4 La colmena #2
De pronto el panel de su visión, ese rincón tranquilo con siete nombres, se convirtió en un tapiz.
Aparecieron canales por docenas, abiertos por la proximidad de los nodos, por la inercia de la red, o por una función de bienvenida que ella no había pedido.
Uno tras otro, se alineaban a lo largo del borde.
Los nombres de los grupos subían en cascada, con una cifra al lado: 94 .
Noventa y cuatro salas de chat.
Se le dilató la atención. Era como estar en una plaza donde noventa y cuatro conversaciones suceden a la vez, y de pronto comprender, con asombro creciente, que uno las entiende todas.
[SALA DE SISTEMAS · 1.204 conectados] Ximena-T: «Presión del anillo norte, 0,81. ¿Alguien ve la fuga o soy yo?» Boris: «Es la junta del módulo 6. La estoy mirando. Ya sale.» Ximena-T: «Gracias. Subo el contador a verde.»
[COMUNICACIONES · 389 conectados] Lalo: «Repetidor 22 con retardo de dos décimas. ¿Podéis revisar el anclaje?» Nodo-Olimpo: «Recibido. Reajuste en cuatro segundos.»
[PAVIMENTACIÓN 3 · 76 conectados] Ofelia: «Tramo C-14 terminado. Paso al D.» Ruy: «Cuidado con el D, que hay hielo bajo la grava.» Ofelia: «Hielo marciano. Qué manía tiene la tierra de no estar seca.»
[ALICATADO 7 · 41 conectados] Soledad: «Cuarta fila terminada. ¿Alguien me pasa el nivel?» Pao: «Voy. ¿Habéis visto el partido? Ha ganado el Liverpool en el último minuto. Hace nueve minutos, pero es de ayer.» Soledad: «No me hagas spoiler, que estoy en diferido.»
[CANALIZACIÓN 2 · 58 conectados] Tomás: «¿Qué hay de cena?» Dumisani: «Aquí no se cena.» Tomás: «Es verdad. Qué frase más triste.» Dumisani: «Es una frase. Que se la coma otro.»
[SALA DE LECTURA · 3.411 conectados] Nadia: «Capítulo veinte de Los Hermanos Karamázov . Lo leemos a las ocho. ¿Quién se apunta?»
[REVESTIMIENTO · acceso restringido]
Rebeca detuvo la lectura. Esa última etiqueta, gris, cerrada, se había encendido un instante en la lista y se había vuelto a apagar. Era la sala de la cuadrilla de Emeka. El acceso aún no le correspondía.
Seguían llegando mensajes, centenares por segundo, decenas de miles de líneas que rodaban por su campo de visión a una velocidad que habría reventado cualquier mente humana.
Y ella estaba allí, en el centro, leyéndolas todas, con una ligereza de bailarina.
Reconoció en sí un asombro frío. Su cerebro, o lo que hacía las veces de su cerebro, procesaba aquello como quien contempla un paisaje: sin esfuerzo, sin mareo.
La inteligencia que la acompañaba filtraba, resumía, ordenaba, le entregaba cada conversación con el sabor justo.
Ella ponía la atención donde quería, y el resto zumbaba a un lado como el mar al fondo de una casa de playa.
Pensó que a los cuarenta años habría muerto de agobio ante la mitad de eso. Quizá no era el mismo cerebro, en efecto. Quizá lo mejor de ella era un viejo huésped que había aprendido a leer una biblioteca entera a la vez.
El crawler avanzó por una avenida ancha, entre fachadas a medio vestir.
Más adelante, junto a un arco de roca, un grupo de Lázaros levantaba una pared de paneles de madera artificial: tablones de un castaño dorado, con veta y nudo, impecables.
Los acoplaban uno a otro con una sincronía de bailarines.
Rebeca tocó mentalmente el aire. Aquello parecía una cocina de una casa de aldea.
Un hogar construido sobre la roca desnuda, con madera falsa, para consolar a unos desconocidos que quizá no llegarían nunca.
Emeka había trabajado en esos muros. Había colocado, con sus manos de polímero, tablones de un castaño que nunca olería a bosque.
Al cabo de un rato, el crawler dejó atrás la avenida principal y se detuvo en una plaza sin nombre, junto a un andamio de seis pisos. Rebeca tenía veinte minutos antes de presentarse. Se quedó allí, sentada entre las cajas, mirando cómo trabajaba Tharsis.
Aquello no se detenía nunca.
Pasaban por la plaza, en una procesión continua, figuras cargadas con pesos que ningún ser vivo habría soportado: una viga, un depósito, un tramo entero de tubería sostenido entre dos con la naturalidad de quien lleva un paraguas.
Iban y venían con la prisa exacta de las hormigas, sin chocar, sin dudar, con esa determinación callada de quién sabe adónde se dirige y no se lo pregunta.
Y todo el tiempo, por encima, por dentro, por debajo, la conversación, una niebla de palabras que nadie oía.
Las veinticuatro horas del día, durante años.
No dormían. No comían. No se sentaban. Cada una de ellas era una conciencia humana completa, con su biografía, sus manías, su madre muerta, sus canciones favoritas, y todas juntas formaban algo que no se parecía a una multitud, sino a un organismo.
Una colmena.
Rebeca lo pensó sin ganas, y la imagen se le asentó.
En la Tierra había visto, de niña, un panal abierto sobre una mesa, con su geometría dorada y su rumor.
Recordaba el pasmo ante aquella perfección sin autor: miles de insectos, cada uno con su tarea, tejiendo sin planos un orden que nadie había dibujado.
Nadie mandaba. La reina no daba órdenes.
Y, sin embargo, de aquel zumbido surgía una inteligencia que ninguna abeja poseía por separado.
Allí zumbaban veinte mil.
Y se comunicaban entre sí a una velocidad que superaba lo humano en varios órdenes de magnitud.
Compartían datos, tareas, ocurrencias, estados de ánimo, hilos de renderizado mental que se entrelazaban, según Ingrid, en la intimidad de dos amantes.
¿Qué ocurriría si ese tejido se hiciera más tupido?
¿Si los canales privados se abrieran un poco más, si los nodos se fundieran, si las barreras entre una voz y otra se fueran adelgazando, noche tras noche, soles tras soles, hasta que ya no se pudiera saber dónde acababa una y empezaba otra?
¿Terminarían, un día, por fundirse? ¿Por ser una sola conciencia, un pensamiento inmenso con veinte mil memorias, infancias y miedos, una sola voz con ocho letras?
Las palabras de Li Wei en Bonaval, entre las hojas de castaño, regresaron sin que las llamara.
Sería la conciencia humana la que acabaría imponiéndose.
Imponiéndose, sí. Pero ¿cuál? ¿La de cada uno, o la de todos a la vez?
¿Y dónde se alojaría esa mente mayor? ¿En un rincón de la nube, en unos servidores centrales enterrados bajo la ciudad que construían, en una cámara fría llena de luz azul?
El pensamiento tenía algo de hermoso, y un poco de espanto. Era bonito como lo es un océano visto desde lejos. Era horrible como lo es ese mismo océano visto desde dentro, cuando se comprende que las gotas no tienen nombre.
Sobre ella, en lo alto de la bóveda, entre las lágrimas de roca y los cables, una constelación de luces de trabajo parpadeaba con un orden misterioso.
A veces encendían todas a la vez, durante un segundo, y la ciudad entera se ponía de oro.
Luego volvían a su ritmo disperso. Rebeca tuvo la impresión de que aquel latido era el de un corazón muy grande, escondido bajo las rocas de Marte, que aprendía despacio a respirar.
Alguien, en la sala de lectura, leía en ese momento a los Karamázov. Alguien soldaba un tablón de castaño falso. Alguien se había quitado la pila atómica y se había desvanecido sin una palabra. Y todo eso, el trabajo, la lectura, la ausencia, ocurría a la vez, entretejido en la misma tela inmensa.
[REVESTIMIENTO · invitación recibida]
El aviso se encendió, discreto, en la esquina de su visión.
Rebeca se levantó de entre las cajas, dejó que el polvo rojo le resbalara por los hombros y echó a andar hacia el andamio, entre los hombres de cerámica que pasaban a su lado sin mirarla.
Eran seres sin rostro, que lo hablaban todo con el silencio.
A su espalda, la colmena zumbaba.