Capítulo 4 La colmena
El aviso llegó cuando Rebeca remataba la última junta del tramo.
No sonó ni titiló. Se abrió en una esquina de su visión una ventana pequeña, sin remitente visible, con el borde de un gris muy oscuro.
Era el canal reservado, el que subía hasta la antena del Olimpo y de allí a la Luna, y que hasta ese momento solo le había devuelto silencio.
Rebeca detuvo el cordón de soldadura. Las manos, que sabían esperar, se detuvieron.
«Canal privado, no compartido. Este mensaje se borrará un minuto después de ser leído.
Rebeca. Tenemos en Tharsis un caso de suicidio de un Lázaro.
Se trata de Emeka Obinna, miembro de un grupo de revestimiento: el trabajo consiste en convertir los muros de basalto en superficies que imiten las de un hogar, madera, por ejemplo, para que los humanos que lleguen se sientan en casa. Retiró su pila atómica hace dos soles.
He dado instrucciones para que un crawler te traslade a esa cuadrilla. Tu jefe de grupo ya ha sido informado y se justificará como una rotación. Intégrate. Gana su confianza. Averigua todo lo que puedas sobre su entorno de trabajo y sobre los motivos que lo llevaron a quitarse de en medio.
Arthur Vance.»
Tenía sesenta segundos. Los gastó en leer cada línea tres veces, con una atención de notario, y en comprobar que Vance, incluso por escrito, conseguía no decir una palabra de más.
Ni un «lamento» ni una pregunta. Solo la geometría de un encargo.
Al llegar al nombre se detuvo. Emeka Obinna.
Alguien con un nombre largo y un acento que ya no existía, alguien que había aprendido a pegar madera falsa sobre la roca para que unos desconocidos tardaran más en notar que vivían bajo tierra.
La ventana se disolvió sin ruido, como una gota que se evapora de una chapa caliente. El nombre, en cambio, se quedó dentro.
Jared: «Rebeca. Central acaba de avisarme. Te trasladan a Tharsis, a una cuadrilla de revestimiento. Dicen que es una rotación, para que te adaptes a otros equipos. Un crawler llegará en catorce minutos.»
Hu: «¿Ahora?»
Jared: «Ahora.»
Cinthia: «Pero si acababa de aprender a soldar sin mirarse las manos.»
Jared: «Lo sé. Estaba empezando a ser realmente productiva. Pero las órdenes no se discuten. Se acatan y se maldicen en privado.»
[Canal de grupo: 9 segundos sin mensajes]
Marcus: «Rebeca, antes de que te vayas, un último chiste. La humanidad lleva milenios intentando descubrir el secreto de la inmortalidad y nosotros hemos descubierto el secreto de la mortalidad con garantía del fabricante»
Ayssa: «Marcus, por favor, que se va.»
Rebeca: «Jajajajaja»
Marcus: «Lo sabía. Os dije que esta mujer tenía criterio. Rebeca, te cedo mi puesto de bufón en Tharsis. Te advierto que allí el público es más duro. Hay al menos doce mil con ganas de matar a un cómico.»
Anya: «No le hagas caso. Rebeca, sigues dentro del grupo. Jared repite la señal hasta Tharsis, así que podrás leernos en todo momento. Y te voy a echar de menos. Mucho más de lo que se puede decir en un chat.»
Rebeca: «Yo también, Anya.»
Anya: «Si necesitas contarme algo en privado, ya sabes dónde estoy. Abro canal cuando quieras.»
La frase llevaba debajo otra, no escrita.
Rebeca la leyó en la puntuación, en la manera en que Anya había recortado la última línea, en una pausa de dos décimas que un oído humano no habría sabido detectar.
Algo así como: sé que hay algo que no me has dicho .
Rebeca, que nunca había sido mentirosa, se encontró con la incomodidad de quien empieza a serlo.
Jared: «¿Todo bien, Rebeca?»
Era el ritual del anochecer, pero él lo había adelantado. Ella tardó un segundo más de lo normal.
Rebeca: «Todo bien.»
Jared: «Bien.»
El crawler llegó con una nube de polvo detrás, una larga cola rojiza que el viento deshilachaba hacia el este.
Era una plataforma baja, de seis ruedas enormes, cargada con cajas de paneles de revestimiento.
No tenía conductor ni cabina. Avanzaba por el terraplén con una paciencia de buey, y su sombra, estirada por el sol bajo, le corría delante como un perro.
Rebeca subió a la plataforma y se sentó entre las cajas, con las piernas colgando.
Los seis de la cuadrilla se alinearon junto al raíl.
No se movieron. No hubo abrazos ni despedidas: para eso hacen falta brazos que sepan lo que quieren decir.
Pero cuando el crawler arrancó, Ayssa levantó una mano, y luego Hu, y finalmente los demás, hasta que fueron seis siluetas inmóviles con un brazo alzado en medio de una llanura roja, bajo un cielo de salmón.
Rebeca los miró mientras pudo.
Nunca en su vida se había sentido tan parte de nada.
Eso, lo comprendía ahora, era lo que había tenido durante treinta y un soles.
En el instituto, entre ciento cuarenta cerebros brillantes, había sido la directora, la que decide, la que firma, la que se lleva el insomnio a casa.
Una sola cabeza como plan único. Allí, en cambio, era una soldadora entre colegas, una voz entre siete, y las ocurrencias de Marcus, los silencios de Hu, la voz inventada de Anya la habían envuelto con una calidez que no esperaba.
Hacía algo útil, y lo realizaba con otros, y las dos cosas, juntas, le habían dado una felicidad sencilla, como la de un pan sobre una mesa.
Y no había contado con ello. Había venido a Marte a investigar una herida, cómo una psicología de bisturí. No esperaba conectar.
El crawler dejó atrás la línea de pilares, tan rectos y exactos, que parecían un poema escrito con regla. Algo en Rebeca se aflojó.
Éramos, pensó, fantasmas. No la clase de fantasmas de las leyendas, que arrastran cadenas y recuerdan una muerte.
Eran más bien huéspedes de una casa que había olvidado invitarlos, exiliados de un país que seguía existiendo sin ellos, con sus domingos y sus lluvias.
Habían muerto, cada cual a su hora y a su manera, y el mundo, que no sabía que seguían allí, se había cerrado sobre su ausencia como el agua sobre una piedra.
Allá lejos, en otra costa y otra ventana, alguien habría puesto flores en un cementerio, y las flores se marchitarían sin saber que la persona a la que se dedicaban estaba despierta, a ciento noventa y ocho millones de kilómetros, soldando raíles para una gente que no había nacido.
Vivían de espaldas a la luz de todos sus hogares. Y sin embargo habían construido algo, en el exilio, una especie de pueblo, una familia, un idioma de datos sin sonido. Hasta los muertos, observó, tienen necesidad de compañía. El silencio de los desterrados es el más poblado de todos.
La visión del Monte Olimpo la acompañó todo el camino, a su derecha, enorme, violeta, indiferente, con su antena clavada en la cima como una estrella de plata. Rebeca lo miró con una gratitud incomprensible, la que se siente hacia una montaña que no nos pide nada.
Tharsis se anunciaba antes de verse.
Primero fueron los carriles de acceso: una avenida de gravilla bien compactada, con balizas pequeñas que parpadeaban en un naranja sereno.
Luego, a lo lejos, un hundimiento en la llanura, una especie de herida alargada que fue ganando profundidad conforme el crawler se acercaba.
Una rampa. Una pendiente inmensa, de varios kilómetros, que descendía por el flanco de la tierra hasta una boca negra, tan ancha que cabrían a la vez tres catedrales y todavía sobraría cielo.
A ambos lados, taludes de basalto cortado, de capas oscuras superpuestas como las páginas de un libro cerrado hace tres mil millones de años.
El crawler se metió en la boca.
El día se retiró de golpe. Durante un par de minutos, Rebeca no vio sino la línea de balizas, una hilera de luces cada vez más pequeñas, y en medio el rumor sin sonido de la rueda sobre la grava, una vibración que la interfaz le traducía en datos. Después, delante, algo empezó a brillar.
Era una luz amarilla, difusa y tibia, que crecía en el fondo del túnel.
Cuando el crawler salió de la rampa, la bóveda se abrió sobre ella como el techo de una nave romana.
El tubo de lava medía más de doscientos metros de ancho y no se le veía el techo, solo una oscuridad abovedada, nervada de arcos de roca negra, de la que colgaban largas lágrimas de basalto solidificado y estructuras metálicas, cuerdas de luz y cables gruesos como troncos.
A los lados, a lo largo de kilómetros, brillaban las fachadas todavía a medio hacer de una ciudad: bloques de hormigón de regolito, balcones sin barandilla, calles de grava limpia, plazas sin árboles.
Y había gente.
No gente. Había figuras de cerámica clara y polímero gris, por centenares, por miles, que se movían por la ciudad en construcción con una rapidez que no tenía nada de humano.
Cargaban vigas de una tonelada al hombro.
Subían por andamios como lagartijas. Cruzaban las calles a pasos largos, saltando zanjas, y volvían, y se cruzaban sin tropezar.
Una de ellas, enorme, de hombros anchos, arrastraba una losa de cuatro metros con una mano, mientras con la otra gesticulaba a un compañero situado a cien metros.
Era un gesto absurdo, de otra época, porque en cualquier caso nadie hablaba.
Entonces empezaron a llegar.
Una, dos, diez. Los nodos cercanos, en un radio de quinientos metros, detectaron a la recién llegada y le abrieron las puertas. Eran saludos, pequeños destellos de texto que aparecían en su visión y caían, uno tras otro, como las primeras gotas de una tormenta.
Dolores: «¡Bienvenida, nueva!»
Kwame: «Una más. Qué bien. Aquí sobra trabajo y faltan manos.»
Iris: «¡Mira, es la de la cuadrilla 7! ¡La famosa crítica literaria!»
Rebeca: «¿Famosa?»
Iris: «Anya no para de hablar de tu reseña de su novela. Aquí se lee todo.»
Rebeca no tuvo tiempo de sonreír. La marea creció.