Capítulo 3 Los que encienden las lámparas #2
No podía ser el cansancio. Aquellos cuerpos no se agotaban.
Trabajaban veinticuatro horas, si hacía falta, con una constancia de reloj.
Pero mientras las manos construían, la cabeza quedaba libre.
Cada Lázaro vivía varias vidas a la vez, la de la obra y la del canal, la del libro y la de la serie.
Hu escuchaba conciertos enteros mientras anclaba pilares.
Ayssa veía películas viejas con una devoción de cinéfila.
Cinthia seguía el Tour de Francia con una pasión de hincha, con un retraso de entre tres y veintidós minutos según el baile de los planetas, de modo que a veces gritaba una victoria que ya era historia.
Anya escribía. Marcus, quizá, contaba chistes. Nadie, a ninguna hora, estaba vacío.
Tampoco podía ser el aburrimiento puesto que para eso hay que tener espacio, y allí no existían los huecos. Eran seres sin domingos ni tardes de lluvia, sin esas largas horas de pausa que fertilizan a una mente. Uno podía lamentarse de muchas cosas en Marte, pero no de la falta de ocupación.
¿Entonces qué? ¿La nostalgia, el duelo por los que se quedaron?
Pero eso le ocurría a todos, y casi todos seguían allí.
¿Un cansancio de otra índole, el de saberse una copia?
¿O algo más sencillo y más antiguo, que ella, que había dedicado la vida a estudiar el pensamiento, no alcanzaba todavía a entrever?
Esa noche, con el sol ya caído, el canal central escupió una línea entre los datos de obra:
[CENTRAL · Tharsis Sur, nodo T-S-114: sin señal. Pila atómica desconectada.]
No hubo más. Ni una explicación ni una cifra. Pasó un segundo. Dos.
Jared: «.»
Era un punto, solo eso, un círculo diminuto en mitad de la pantalla.
Un segundo después apareció otro, de Hu.
Luego uno de Ayssa, uno de Cinthia, uno de Anya.
Rebeca vio cómo se sumaban a la fila, uno tras otro, un rosario de puntos mudos, y puso el suyo.
El de Marcus tardó. Pasaron seis segundos, ocho, diez.
Rebeca esperaba el chiste, la salida, el parche. Llegó solo un punto.
Y el canal se quedó quieto, con una quietud limpia, de misa sin sacerdote.
Después, igual que se retiran las olas, la conversación volvió a su curso: una duda sobre un anclaje, una broma de Cinthia, un parámetro.
Nadie dijo «¿por qué?». Nadie, advirtió Rebeca, había dicho jamás «¿por qué?
». La palabra no figuraba en el vocabulario de aquel pueblo.
Cada baja era una pena individual, un duelo privado, algo que se contemplaba cómo se vive la lluvia: sin pedirle explicaciones.
En una esquina de su visión, el contador seguía su cuenta, sin prisa y sin descanso. 7.279.
El turno de noche llegó con las estrellas.
En Marte, sin atmósfera que las desdibuje, las estrellas no titilan.
Se quedan fijas, quietas, tan numerosas que el cielo parece haber echado raíces, y la Vía Láctea cruza de horizonte a horizonte como un río de leche que alguien hubiera derramado sobre un mantel negro.
Fobos corría hacia el este, minúsculo, a toda prisa.
Los focos de la obra se apagaron uno a uno, y el único resplandor fue el de las soldaduras, pequeñas estrellas de trabajo.
Rebeca soldaba la última junta del tramo cuando levantó la cabeza y la vio.
Muy baja, sobre la línea del horizonte, junto a la silueta de una colina, brillaba una chispa de un azul blanquecino. No titilaba. No se movía. Era una lámpara pequeña, tan serena que se hubiera dicho olvidada en una ventana lejana.
La Tierra.
Allí estaba todo: la rúa do Franco, la lluvia que no moja, las camelias, la pizarra con su pregunta.
Allí dormía, o velaba, o enfermaba, o amaba, una humanidad de catorce mil millones que aún no sabía que le quedaba un siglo.
Quedaba atrás, a casi doscientos millones de kilómetros, y a esa distancia ni se veía el color de los mares, ni se oían las campanas, ni cabía ninguna de sus guerras.
Era un punto de luz, y bastaba cubrirlo con un dedo.
Rebeca dejó las manos quietas. A su lado, uno por uno, los demás habían ido parando también.
Siete siluetas de cerámica clara se alineaban junto al raíl, en la penumbra, con la cara vuelta hacia el mismo punto del cielo.
Nadie escribió nada. Los datos, por una vez, no corrían.
En el canal reinaba una calma tan honda que parecía hecha de materia.
Pensó que en aquel silencio, el de un planeta sin voz ni viento audible, sin un solo pájaro, alguien había oído una vez algo que no sabía nombrar.
Los libros de texto de los colegios lo repetían sin entenderlo.
Ella, que no tenía oídos, empezaba a intuirlo.
Aquel silencio no estaba vacío. Lo llenaban las voces de seis personas que habían sido otras, que habían muerto y habían vuelto, y que ahora, a la luz de las estrellas, se hacían compañía en un idioma que no necesitaba aire.
Eran los que encendían las lámparas de una casa donde aún no había llegado nadie.
Ponían la mesa para unos huéspedes que quizá nunca llegarían, o si lo hacían solo lo conseguiría uno de cada cien, con la ropa rota y los ojos de fiebre, y encontrarían, al abrir la puerta, el fuego prendido y el pan sin cortar.
Sembraban un jardín para ojos que todavía no habían nacido.
Tendían un raíl de plata hasta el horizonte para un tren que no iba a llevarlos a ellos a ninguna parte.
Eran jardineros sin cosecha, faroleros sin ciudad, albañiles de una catedral cuyo primer fiel tardaría décadas en cruzar el pórtico.
Y nadie, en ningún despacho, se lo había ordenado en lo más hondo.
Eso era lo único que los distinguía de las herramientas.
Rebeca cerró los dedos sobre el raíl, todavía tibio de la soldadura, y miró otra vez hacia la chispa azul.
Alguien, allá abajo, quizá dormía en ese instante con la ventana abierta, sin saber que desde un planeta de óxido siete sombras hacían guardia por él.
Esa idea, tan pequeña, tan inútil, la sostuvo igual que antes la sostenía el aire.
Y encima de todos ellos, sobre la pirámide dormida del Olimpo, con su estrella de antena en lo alto, la Tierra siguió brillando, diminuta y azul, como una lámpara que alguien deja encendida en la ventana para los que se fueron.