Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 3 Los que encienden las lámparas
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Capítulo 3 Los que encienden las lámparas

A los veinticinco soles, las manos de Rebeca ya sabían más que ella.

Soldaban el raíl sin que nadie se lo ordenara, con un cordón de luz blanca tan parejo que Anya, al otro lado de la viga, había dejado de vigilarlo.

Se inclinaban sobre la junta, tanteaban la temperatura del metal, corregían una décima de milímetro y avanzaban.

Entretanto, Rebeca se quedaba dentro, en una habitación pequeña de sí misma, mirando cómo el amanecer le teñía de naranja la grava.

Hu: «Buen cordón.»

Rebeca: «No sé quién lo ha hecho.»

Anya: «Tú. Con herramientas prestadas.»

Era una frase exacta, y Rebeca la guardó.

Las herramientas eran prestadas, pero la mano que las empuñaba era suya.

El primer día había sido una infancia comprimida: no sabía andar, ni mirar sin ruido, ni dónde se guarda un aire que ya no se necesita.

Al tercero se había caído de bruces junto a la plataforma de carga, con un estrépito de cerámica que nadie oyó y todos sintieron a través del suelo.

Marcus: «Primera lección de Marte: aquí nadie se cae por torpe. Se cae por entusiasmo.»

La gravedad, que era poco más de un tercio de la de la Tierra, no perdonaba a quien se empeñaba en pisar como en Santiago.

Al décimo sol ya caminaba con la economía de un viejo capataz.

Conocía de memoria las tablas de carga, los coeficientes de dilatación del basalto, el torque exacto de cada perno, y los conocía sin haberlos estudiado nunca.

Surgían cuando hacían falta, como surge un idioma que se habla sin saber cómo se aprendió.

Una psicóloga de cincuenta años, con una vida entera de libros a la espalda, calculaba una catenaria entre dos pilares con la naturalidad de quien lleva tres décadas con el casco puesto.

Jared: «No te asombres. Son los programas. Lo que haces con ellos sí es cosa tuya.»

Rebeca: «¿Y cuál es la frontera?»

Jared: «Nadie la ha encontrado. Los que la buscan acaban en la filosofía.»

Marcus: «O con la pila desconectada. Es broma. Es broma. Lo retiro.»

Nadie contestó. Un segundo después, Ayssa envió un dibujo de una nube con cara enfadada, y el canal volvió a su ritmo.

Por las tardes, al bajar el sol, la cuadrilla se detenía unos minutos junto al crawler, y Rebeca se miraba en el panel pulido de la carrocería.

Lo que devolvía el metal era una muchacha de dieciocho años, de piel de porcelana mate y dos lentes oscuras donde debían estar los ojos.

Era un rostro hecho de cuidado, pero no tenía nada de mirada.

Rebeca lo estudiaba con la distancia con que se analiza el retrato de una antepasada. Ni siquiera sabía si sonreía.

Y, sin embargo, por dentro, todo seguía en su sitio.

Descubría pequeñas persistencias con una ternura casi cómica.

El impulso de corregir una errata en el chat antes de enviarlo.

La manía de ordenar las herramientas por tamaño.

Un sonido de una gaita, que le subía a veces sin motivo y sonaba únicamente en su cabeza.

Y sus antipatías, intactas como piezas de museo.

Marcus: «A nivel de productividad, cuadrilla, estamos excelentes.»

Rebeca: «Marcus. No.»

Marcus: «¿Qué?»

Rebeca: «Esa expresión me pone enferma. Ya no puedo enfermar, así que el mérito es tuyo.»

Marcus: «¡Lo sabía! A nivel de aversión, eres una mujer de principios.»

Rebeca: «Voy a silenciarte.»

Ayssa: «Se unió al club. Bienvenida.»

Se rio, o hizo el gesto interior que desde hacía veinticinco soles ocupaba el lugar de la risa.

Era ella. Sin duda era ella, con sus opiniones, sus manías y su manera tozuda de mirar el mundo.

Que el cuerpo fuera otro, de cerámica y de polímero, y que la cara fuera de una muchacha que ya no existía, no cambiaba lo esencial.

Había creído que el yo vivía en la carne, y el yo había resultado un viajero con mejor equipaje del que sospechaba.

El paisaje no se parecía a nada que hubiera visto, y tampoco a lo que había imaginado.

Al amanecer, la llanura era un tablero de sombras largas, y cada piedra arrojaba a su espalda una raya negra, afilada, que se alargaba hacia el oeste como la aguja de un reloj.

Con la primera luz, las hondonadas se cubrían de escarcha, una pelusa blanquísima de dióxido de carbono que se deshacía en minutos sin pasar por el agua.

De día, los remolinos de polvo cruzaban el valle uno a uno, columnas rojizas, altas, solitarias, que caminaban con la dignidad de monjes y se disolvían sin ruido al llegar a la falda de una colina.

Y al oeste, siempre, la montaña.

El Olimpo no se parecía a los picos de las postales de la Tierra.

No tenía una cresta ni terminaba en una aguja.

Era una pirámide gigantesca de lados suaves, de un violeta ceniciento, que se alzaba tan despacio que costaba reconocer que subía.

Su base se perdía más allá de la curvatura del horizonte, y su cima, a más de veinte kilómetros de altura, flotaba sobre el cielo con una majestad de un dios dormido.

En lo más alto, apenas visible en el aire fino, brillaba un punto de luz: la gran antena que unía Marte con la Luna.

Rebeca lo miraba a menudo. Era el único hilo que la ataba al otro lado, y desde aquella distancia parecía una estrella clavada en una pared.

Había cráteres de todos los tamaños, algunos con los bordes tan nítidos que parecían recién hechos, otros erosionados hasta ser meras ondulaciones.

Había barrancos de color tabaco y mesetas de un ocre muy tenue.

Cada atardecer, el cielo se volvía azul alrededor del sol, un azul de otro mundo, al revés del nuestro, y toda aquella desolación entraba en una especie de recogimiento.

A veces era tan hermoso que inquietaba. Era una belleza sin testigos, de salón de baile con las lámparas encendidas y ningún invitado.

Ayssa: «A veces me quedo mirando y me da miedo. No el miedo malo. El otro.»

Hu: «El de lo muy bello.»

Anya: «Es que no hay a quién enseñárselo.»

Rebeca: «Nos lo enseñamos entre nosotros.»

Jared: «Eso es mucho decir. Pero sí.»

Los conocía ya un poco más, y le costaba admitir lo que había tenido que aprender para lograrlo.

Sus rostros no decían nada. Eran máscaras de porcelana y polímeros con lentes: no subían una ceja, no se les aflojaba la boca, no temblaba un párpado.

Rebeca, que había pasado la vida leyendo microgestos, se sentía como una sorda en un concierto.

Eran muñecos con alma que no dejaban ver el alma.

Tuvo que reaprender el oficio desde el principio y hacerlo con otros sentidos: con la latencia de una respuesta, con la puntuación, con lo que no se escribía.

Jared nunca usaba una exclamación. Era el más alto, el de más soles a cuestas, y trabajaba como uno más, cargando las mismas vigas que los demás, sin una sola orden dada con tono de mando.

Ejercía el liderazgo como el que  fermenta el vino, sin que nadie lo viera.

Cada anochecer preguntaba lo mismo, y siempre el primero: «¿Todos bien?

». Y esperaba, sin prisa, a que respondieran uno por uno.

Marcus, el bromista, era el más difícil de leer.

Sus chistes llegaban tras los silencios, como las gaviotas tras el arado.

Rebeca había empezado a llevar la cuenta: la hipoteca, el hijo mayor, el cumpleaños de una hija que ya no vería más.

Cada vez que el aire se espesaba, él lo rompía con una ocurrencia, y casi siempre era la mejor del día.

Un hombre que humorizaba con precisión de cirujano lo que no sabía sostener de otra forma.

De Hu, apenas sabía nada. Contestaba con un retraso de dos segundos, como quien traduce de un idioma antiguo, y sus frases eran tan breves que se podían leer como haikus. Pero a veces la sintaxis se le suavizaba, una coma de más, una palabra cálida, y Rebeca descubrió que era su manera de sonreír.

Y estaba Anya. Con Anya había nacido algo que Rebeca no esperaba, una complicidad hecha de ironías pequeñas y de cuidados tácitos.

Al décimo sol había leído el primer capítulo de Los hijos del basalto , entre soldadura y soldadura.

Al decimoquinto, el cuarto. Y una tarde, sin avisar, había dejado una reseña.

Anya: «Hay una reseña. La primera de mi vida. Cinco estrellas. Rebeca, ¿estás segura?»

Rebeca: «Cuatro y media. Quita la escena del puente. Está de más.»

Anya: «...»

Anya: «Me he quedado sin palabras. Y tengo un corrector de estilo.»

Marcus: «Anunciamos oficialmente que hay una crítica literaria en Marte. Es la nueva autoridad.»

Cinthia: «¿Vas a ganar el premio Nobel?»

Anya: «Callaos. Estoy emocionada.»

La emoción de Anya llegó por el canal como una luz cálida, y Rebeca, que no tenía lágrimas, comprendió que la ternura no había salido del cuerpo. Era un asunto de nodos y de hilos que entrelazan a dos personas, con otro nombre y otro soporte.

Quedaba, sin embargo, lo otro.

Durante veinticinco soles no había tocado el tema.

Lo guardaba en un rincón de su mente, como el pliego de condiciones de un contrato que se firma por fe.

En el sol nueve había abierto un canal privado con Anya, de madrugada, con la intención de preguntar.

El canal se había encendido con un parpadeo azul.

Anya: «¿Querías decirme algo?»

Rebeca: «No. Luego.»

Anya: «Cuando quieras.»

Y el canal se había cerrado. Rebeca lo había dejado así, sin una explicación. Todavía no sabía cómo hacer una pregunta tan grande sin que pesara más que la respuesta.

Entre tanto, había ido descartando.