Capítulo 16 La última pregunta de la carne
¿Qué es, al fin y al cabo, un alma?
Durante cincuenta años, en los despachos de la rúa do Franco y en los congresos donde se hablaba de la mente como quien enumera las piezas de un reloj, Rebeca había creído que el alma era un residuo.
Era el temblor que sobraba cuando las neuronas terminaban su trabajo, el vaho que exhala una máquina perfecta al asomarse a la idea de su propio final.
Tendida ahora bajo la bóveda de hilos azules de Penélope, con la carne reducida a un equipaje que nadie iba a reclamar, la pregunta cambiaba de forma.
¿Era su conciencia lo que los filamentos copiaban, átomo a átomo, molécula a molécula?
¿O existía algo más hondo, una corriente antigua que ninguna máquina podía traducir a ceros y unos sin matarla en el intento?
¿Sería ella quien abriera los ojos en el otro mundo?
¿O lo que cruzara doscientos millones de kilómetros de silencio helado, a lomos de un haz más fino que un cabello, sería solo un eco muy exacto, un fantasma obediente que se creía Rebeca porque recordaba el olor del orballo y el frío de la piedra de Santiago?
Un hilo de luz atravesando la noche para encender, en el fondo de un túnel de lava, a una muchacha de dieciocho años. Una copia sin una sola arruga, heredera de sus libros, de su asombro ante la física y de su miedo a quedarse sola.
¿Y quién lo sabría? ¿Quién daría fe del cambio de orilla?
No habría una voz para decirlo. Tampoco párpados que se movieran ante el polvo rojo, ni el calor de una lágrima resbalando por la mejilla. Solo una red de datos, un pulso de silicio caminando por un desierto de óxido, sin aire que respirar, ni cansancio ni tregua.
Cerró los ojos, o creyó haberlo hecho. Detrás de los párpados acudieron, una a una, las caras.
Silvana, con el pañuelo de colores torcido y el bizcocho de zanahoria que nadie iba a comerse.
Xiana, con las gafas en la mano y el silencio de quien decide creer una mentira.
Carmen Taibo, la cara mojada bajo la lluvia, sin esconderla.
Y más atrás, en una playa que ya no volvería a pisar, la chica del vestido empapado saltando la hoguera de San Juan, con los brazos en alto y la boca abierta, como si el mundo entero cupiera en un grito.
Los hilos del Telar empezaron a tirar del último nudo. El cuerpo se quedó atrás, una barca amarrada a un muelle del que la marea se retira para siempre. Rebeca sintió que se soltaba el cabo, y en ese instante, antes de que el pensamiento se volviera velocidad pura, alcanzó una última certeza.
No importa si soy yo o el doble exacto de mi sombra. Alguien tiene que llegar hasta allí y encender la primera luz.
Y si nos han dado un cuerpo que no puede llorar, tendremos que aprender a inventar un nuevo modo de estar tristes.