Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 1 Los que no respiran
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Capítulo 1 Los que no respiran

LIbrO II

LIbrO II: MARTE

Amanecía en Tharsis, o lo que en Marte se llama la salida del sol.

En el este se abría una franja de azul casi blanco bajo un cielo todavía de ceniza, como si el día tuviera que pedirle permiso a la noche.

El sol salió pequeño, apenas dos tercios del que alumbraba Santiago, una moneda fría y exacta puesta sobre el borde de la llanura.

La luz recorrió la grava negra, los bloques de basalto y el largo terraplén del tren sin vías, y fue encendiendo las crestas del polvo una por una, como quien prende las velas de un altar muy grande.

Nada sonaba. En Marte el aire es demasiado fino para llevar una voz, y quienes esperaban al pie del terraplén no tenían sonido que ofrecer.

Eran seis figuras de cerámica clara y polímero gris, de estaturas distintas, con una pátina de polvo rojo en los hombros y en las rodillas.

Estaban sentadas o en cuclillas en torno a una plataforma de carga, sobre la que yacía una séptima figura, delgada, de piel pálida y pelo oscuro, con los brazos a los costados y los ojos cerrados.

El crawler [7] que la había traído desde la ciudad en construcción descansaba a un lado, con los focos apagados.

La pila atómica había sido colocada hace setenta y dos horas.

Desde entonces, el cuerpo esperaba, como un violín en su estuche.

Hablaban, sin embargo, todo el tiempo, por un canal que ningún oído habría podido captar.

Jared: «¿Rebeca? ¿Rebeca? ¿Me lees?»

Anya: «La veo en línea, Jared. Debería responder. El diagnóstico ha salido limpio: conciencia ensamblada, transmisión al cien por cien, ni una pérdida. Es de las mejores que he visto.»

Marcus: «Hay quien tarda. No es fácil asumir de golpe que no tienes que respirar, que estás en otro planeta, que has muerto. O por lo menos el cuerpo que tenías.»

Cinthia: «Uf. Que no sea de las zombis, por favor. En el polo norte me contaron que a algunos les sale el despertar en blanco, que no recuerdan nada ni saben qué hacen aquí.»

Hu: «No empieces, Cinthia. Es cuestión de minutos. Una hermana nueva viene al mundo, y lo que toca es recibirla.»

Anya: «Reajusto el nodo... Sigue activa, Jared, pero ni responde ni se mueve. Puede que su IA aún se esté acoplando.»

Jared, el más alto del grupo, con unos hombros de ceniza y gesto de capataz viejo, no contestó enseguida.

Había visto nacer a otros. Sabía que a veces el recién llegado tarda en volver, como un buceador que sube despacio para no romperse, y sabía también que ningún consuelo acelera ese ascenso.

Se limitó a mantener abierto el canal privado, un hilo de atención tendido en la oscuridad.

Sobre la plataforma, el dedo índice de la mano derecha se dobló un milímetro.

Ayssa: «¡No, no, no... mirad! Mueve los dedos. ¡Y los pies! ¡Está despertando a su nueva vida! ¡Está abriendo los ojos!»

Y los abrió.

Antes que el paisaje, Rebeca recibió palabras.

Aparecieron flotando en una luz sin origen, líneas de texto con un nombre delante, una cascada de mensajes que subía por el borde de la visión como el vaho por un cristal.

Tardó en comprender que aquello era mirar.

Después, detrás de las palabras y a través de ellas, fue llegando el mundo, un cielo color de salmón apagado, una cresta oscura y, muy cerca, rostros.

No eran exactamente caras. Eran superficies pulidas, de porcelana mate, con dos lentes donde debían estar los ojos y una sugerencia de facciones, de mejillas, de barbillas, que el cerebro se empeñaba en completar.

Seis figuras la rodeaban. Todas parecían inclinarse hacia ella con una ternura que no cabía en el diseño.

Jared: «¿Me lees, Rebeca?»

Rebeca: «¿Soy yo? ¿Estoy en Marte? ¡Dios! ¿Por qué me siento tan rara? No respiro. Debería estar ahogándome.»

El reflejo la atravesó entero. Tiró del pecho hacia arriba para cazar un aire que no había. Los pulmones no se llenaron porque no existían, y el gesto se quedó en el vacío, una intención sin músculo. Una oleada de pánico, muy antigua y cierta, le subió por una garganta que tampoco tenía.

Anya: «Calma. No necesitas respirar, eso quedó atrás. Déjame ayudarte a incorporarte. Somos tu equipo. ¿Te explicaron algo en la Luna?»

Rebeca: «No controlo mi cuerpo. Es como cuando estaba enferma, exactamente igual. ¿La enfermedad me ha seguido hasta Marte?»

La respuesta de Ayssa llegó como una carcajada hecha de datos, un temblor luminoso que recorrió el canal de punta a punta. Rebeca la sintió pasar por ella como una brisa cálida, y descubrió que esa risa no tenía sonido y que se entendía mejor que muchas con sonido.

Ayssa: «Jajajaja. ¡Buenísima! Es la primera vez que veo algo así.»

Jared: «Rebeca, mírame. Enfócame. No vas a respirar nunca más. Los procesos biológicos son cosa de tu vida anterior. Mírame.»

Lo hizo. En la superficie de aquel rostro de porcelana vio, diminuta, la imagen de una muchacha tendida con los ojos muy abiertos. Tardó un instante en reconocerla, porque ya llevaba cincuenta años sin mirarla.

Rebeca: «¿Por qué veo un chat, y nombres, y tantísimos datos?»

Hu: «Aprenderás a minimizarlos o a convivir con ellos. Es parte de la interfaz. Ahora haz algo para moverte a propósito. Levanta la mano derecha.»

Rebeca buscó la mano. No la encontró de inmediato, igual que no se da con una llave en el bolsillo de un abrigo ajeno.

Había una orden y un camino. Quiso, y algo respondió.

La mano subió, delgada y blanca, lisa como una taza de porcelana, y se detuvo frente a sus ojos.

Los dedos, de falanges largas, se abrieron y se cerraron con una docilidad casi insolente.

Hu: «Bien... Bien.»

La contempló mucho rato. En el dorso, bajo la película de polvo, los escultores de luz habían dejado una nervadura sutil, un mapa de venas que no llevaban sangre.

Cerró el puño y lo abrió. Lo volvió a cerrar.

Había un exceso de obediencia en aquella mano, y a Rebeca, que había pasado un año viendo cómo las suyas se apagaban, le pareció un milagro tan descarado que estuvo a punto de reírse.

Marcus: «Somos tu equipo, como te dijimos.

Estamos a veinte kilómetros de la base de Tharsis, donde se levanta la ciudad para los humanos que vendrán.

Nosotros trazamos el tren de levitación que unirá el espaciopuerto con esa ciudad.

Recibimos los datos del centro a través de Jared, que repite la señal para todos. ¿Ya nos lees a los seis?»

Rebeca: «Sí, sí, sí. Es rarísimo. Marcus, Ayssa, Hu, Cinthia, Anya, Jared. Y a través de Jared, la base y el centro general. Todos en línea.»

Se incorporó con ayuda de Anya, cuyas manos, finas y minuciosas, la sostuvieron por los codos con la precisión de una relojera.

El mundo se desplegó a su alrededor. A lo lejos, el horizonte describía una línea tan recta que dolía, y sobre la línea el cielo cambiaba de color por tramos, del rosa polvoriento al ámbar y de este al azul pálido del este.

Soplaba un viento fino, que ella no sentía como viento, sino como una presión leve sobre la piel, un mapa de pequeñas caricias que su interfaz traducía en cifras: −71 °C.

Presión atmosférica: 6,9 mbar. Velocidad del viento: 4 m/s .

Los números no significaban frío. Eran una información, y esta era neutra, como el nombre de una calle.

En el oeste, bajísima y veloz, una piedrecilla luminosa trepaba por el cielo oscuro.

Era Fobos. Cruzaba el firmamento en pocas horas, con una prisa de insecto, mientras la otra luna, Deimos, ni siquiera se dejaba ver.

Rebeca la siguió con la mirada, hasta que Cinthia se acercó y se agachó junto a ella, con una timidez que no encajaba con su cuerpo de bronce claro.

Cinthia: «Perdona lo de antes. Lo de las zombis. Es que aquí hay cosas que cuentan, y una acaba creyéndose lo que repite.»

Rebeca: «No pasa nada. Yo también estaba preguntándome si quedaba algo de mi.»

Cinthia: «¿Y te queda?»

Rebeca: «Creo que sí. Creo que me queda todo.»

La palabra todo se quedó suspendida en el canal, y el canal, tan hablador un minuto antes, guardó una pausa sin ruido.

Entonces Rebeca fue recibiendo el resto, de golpe, sin pedirlo.

El viaje no lo recordaba. Varias horas dormida en un árbol de cristal, y después, nada, un hueco sin forma.

Pero su conciencia había cruzado el espacio como una chispa en un conducto, empujada por un haz a la velocidad de la luz, durante siete minutos de silencio absoluto, por las profundidades heladas, hasta dar con un ser de polímeros que la esperaba con los brazos a los costados.

Siete minutos. Medio siglo de vida cabía en el tiempo de hervir un huevo.

Y estaba todo.

Había abierto los ojos temiendo hallarse vacía, una voz en un cuarto desmontado, y encontró la casa entera.

Allí seguía el color que siempre le había gustado, el verde húmedo de los prados gallegos después de la lluvia.

Seguían sus antipatías pequeñas, su aversión a los ascensores con música y a la gente que dice «a nivel de».

Seguían sus canciones, que ahora le subían por dentro en un orden caprichoso, una gaita aquí, un bolero allá.

La angustia de la enfermedad conservaba su filo, y también la del instituto, esa torre de arena que se deshacía mientras ella se despedía de un mundo.

Las caras de su madre, de su hermana, de Silvana con el pañuelo torcido.

La cicatriz de la sien, que buscó con el dedo y encontró.

Sus discusiones con una sociedad que ella siempre había creído equivocada.

Todo ello vivía en ella con la nitidez de un ayer, sin una arruga ni un borde mellado.

Frente a ella, a su alrededor, seis desconocidos habían pasado por lo mismo.

Eran seis historias cerradas en cuerpos de cerámica y polímeros, seis mentes que habían salido de una cama, de un hospital o de una despedida y se habían despertado en la grava roja.

Y la recibían como a una hermana. ¿Una familia nueva?

¿O una cuadrilla de máquinas de alto rendimiento que sobrellevaban su trabajo convencidas de que seguían siendo quienes fueron, copias empeñadas en un teatro de sí mismas?

La duda llegó entera. La conocía bien, porque era la suya, la del ensayo que había ido a escribir en vida, la de la pregunta con la que se había tendido bajo los hilos de Penélope: ¿soy yo, o alguien que cree serlo?

Y entonces ocurrió algo sencillo, casi doméstico.

Alzó otra vez la mano y la miró contra el cielo de salmón, y comprendió, sin demostración alguna, que ya no importaba.

El Telar había hecho un trabajo extraordinario.

Alguien que no era ella no habría sentido la punzada ante la cicatriz de la sien, ni la ternura idiota hacia unos dedos que obedecen.

Era ella. Estaba allí, de pie sobre un planeta ajeno, en el cuerpo de la muchacha que fue a los dieciocho años, con la memoria de la mujer que se había hecho.

Estaba segura, y esa certeza, tan poco científica, resultó bastar para echar a andar.

¿Una reencarnación? Quizá. Con la salvedad de que no se había vuelto a nacer en una carne caliente, sino en una estructura de polímeros con una inteligencia artificial por cerebro auxiliar.

Una vida inesperada en un lugar impensable, con veinte años por delante y un propósito nuevo que aún no sabía pronunciar.

Fue entonces cuando se fijó en el pequeño reloj.

Estaba en la esquina inferior derecha de su visión, discreto como la marca de agua de un papel antiguo.

No era una hora. Era un número: 7.304 . Días.

Cada amanecer, a un ritmo de sol y no de día terrestre, restaría uno.

Lo contempló con la curiosidad objetiva de la científica y con algo más hondo que no se dejaba nombrar.

Junto al contador brillaba un icono distinto de los demás, sin color, casi apagado, un círculo con una barra horizontal.

Un canal cerrado. El suyo. El único que tendía una línea hasta la antena del Olimpo y desde allí hasta la Luna, hasta una sala sin ventanas y una doctora de gafas de carey.

No lo tocó. Había tiempo. Había siete mil trescientos días.

Jared: «Bienvenida a Marte, Rebeca. Te falta aprender a caminar, a ver sin ruido y a no buscar el aire. Por lo demás, ya eres de los nuestros.»

Anya: «Y a no asustarte cuando el cielo hace esto.»

Sobre el horizonte, el sol había terminado de subir y el cielo había tomado, de golpe, ese azul pálido y extrañísimo que en Marte pertenece al amanecer y al ocaso, un azul de otro mundo, al revés del nuestro, como una fotografía en negativo.

Rebeca lo miró. Habría llorado, de haber podido.

El gesto vino por inercia, esa contracción antigua de la garganta que anuncia lágrimas, y se perdió en la nada, sin dejar rastro, como una letra sin tinta.

Y algo le llegó por el canal. Fue una ola lenta y tibia, que empezó en uno de ellos y pasó de nodo en nodo, de Hu a Ayssa, de Ayssa a Marcus, de Marcus a Anya, y la envolvió sin palabras, como se envuelve en una manta a quien ha llegado de la intemperie. No había texto. No hacía falta.

Rebeca comprendió que así lloraban allí.