Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 15 La última noche de la carne
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Capítulo 15 La última noche de la carne

La enfermedad había avanzado de la manera que lo hace un tractor por un campo de trigo: implacable, sin prisa, sin mirar atrás y dejando detrás de sí la tierra removida y llana.

Rebeca lo había visto llegar desde su propio cuerpo, que era la mejor butaca del mundo para un espectáculo así.

Primero había perdido la mano izquierda, y con ella las llaves, las tazas y los botones.

Luego las piernas, y con ellas las escaleras y el Obradoiro.

Después el cuello, los brazos, el diafragma, y al final la lengua, ese pez diminuto que había saltado en la charca de su boca el otoño anterior y que ahora yacía quieto, como una piedra pulida por un río seco.

Hablaba ya solo a través del asistente, que leía el temblor de sus ojos y lo convertía en frases, y a veces estas salían más elegantes que lo que ella habría dicho.

Nunca supo si eso era un consuelo o una ofensa.

Lo único que no se había movido de su sitio era la mente.

Estaba allí, intacta y despierta, como un huésped que sigue escribiendo cartas en una casa cuyas habitaciones se van cerrando una a una.

Calvete se lo había advertido, con su voz de relojero, y no mintió.

Era lo más cruel y extraordinario: un pensamiento límpido, rápido, que no encontraba ya el camino hasta las manos.

El personal de la base la había cuidado con una profesionalidad que no admitía reproches.

Nadie le habló con una dulzura impostada ni con esa voz de guardería que se reserva a los enfermos.

La giraban cada dos horas, le humedecían los labios, le ajustaban la mascarilla, le cambiaban de posición la almohada con el mismo gesto con que se coloca un instrumento delicado.

Había una enfermera de ojos grandes y manos frías que le leía en voz alta por las noches, sin que se lo pidiera, novelas viejas de capítulos largos.

Rebeca no le había dado las gracias. Ahora, a solas con la luz tenue del módulo y el zumbido eterno del ventilador, se lo echaba en cara a sí misma.

Había una paradoja en todo aquello, y no se le escapaba, porque había dedicado su vida al estudio de estas contradicciones.

Un cuerpo humano, inmóvil, averiado, desechable, iba a ser sustituido por el chasis más perfecto que había construido la especie.

Una máquina que ganaría todas las medallas de oro de unos Juegos Olímpicos y establecería marcas que nadie superaría jamás.

Lo que se pudría iba a cambiarse por lo que no conocía la descomposición.

Y ella seguiría dentro, la misma mujer, con su memoria y sus propios miedos.

Hace dos días, una ayudante del proyecto, una muchacha joven con trenzas y un acento portugués, le había acercado a los ojos una tablet.

—Quería que lo viera, doctora. Es suyo. Ya está en Marte.

En la pantalla había una figura de pie, en el interior de un taller de paredes de roca negra, bajo una luz blanca de focos.

Estaba desnuda de ropas y de gestos, con los brazos a los costados y los ojos cerrados, como una estatua a punto de recibir su alma.

Era delgada, de piel clara y pelo oscuro, y tenía en la cara una especie de sorpresa dormida.

Rebeca sintió que un escalofrío le recorría la espalda, esa parte del cuerpo que ya no era de ella.

Era idéntica. No se parecía a la muchacha de la fotografía: era ella a los dieciocho años, con los mismos pómulos, con la idéntica curva en el labio inferior, con aquella marca diminuta cerca de la sien que se había hecho de niña contra la esquina de una mesa.

Alguien había trabajado con un cuidado casi amoroso.

Los escultores de luz habían devuelto al mundo una cara que ella misma había olvidado.

—Está a punto de que le coloquen la pila atómica —había dicho la ayudante, bajando la voz con respeto—. Después solo falta que llegue usted.

Ese «usted» le había dado más vértigo que todo lo demás.

Aquel cuerpo, lo sabía, no hablaría ni oiría.

No comería tampoco, ni necesitaría dormir ni sentarse a descansar al final de un día largo.

Se comunicaría por datos, como un pensamiento que sale directamente al encuentro de otro.

Ya no habría café, ni sopa, ni siestas de domingo, ni el sabor del vino albariño en una cena sin prisa.

Rebeca se preguntó si lo echaría de menos, y fue honrada: sí.

Añoraría esas cosas. Pero sentiría su falta desde una mano que cierra los dedos, y eso lo cambiaba todo.

La curiosidad, en cambio, no había cedido. Ella era una científica hasta la médula, y así seguiría siéndolo, aunque la médula estuviera ya en ruinas.

Recordó entonces una conversación que había tenido cuando todavía podía mover los labios.

Una de las monitoras del programa, una mujer de unos cuarenta años llamada Ingrid, de ojos azules y una sonrisa seca de escandinava, venía cada mañana a explicarle los detalles técnicos del cuerpo.

Una mañana, entre un diagrama de articulaciones y un esquema de baterías, Rebeca se había atrevido a preguntar algo que le llevaba días rondando.

—Ingrid. El deseo.

—¿Perdón?

—El sexual. En ellos. —Había tenido que respirar para completar la frase—. No tienen hormonas. No tienen un cuerpo que sienta como el nuestro. ¿Cómo pueden desear a nadie? ¿Cómo pueden querer?

Ingrid se había quedado un momento con el estilete suspendido sobre la tableta y después se había echado a reír, una risa franca, de las que se escapan antes de poder contenerlas.

—Doctora, es la pregunta que hacen muchos, especialmente las mujeres. Y todos con la misma cara. Se la contesto, pero le aviso de que la teoría es mucho más divertida que la práctica, o quizá al revés.

Se había sentado a su lado y había empezado a explicárselo con la seriedad de quien comenta un fenómeno atmosférico.

—Empecemos por el cuerpo. Los Lázaro tienen sensores cutáneos de presión y temperatura. Cuando dos de ellos se rozan, esa cerámica, ese polímero, envía señales de confort al núcleo. Es un contacto agradable, nada más. Es el detonante, digamos. La chispa.

—¿Y el fuego?

—El fuego es otra cosa. —Ingrid había sonreído—.

Los Lázaro cercanos se comunican por una red local, compartiendo datos y pensamientos.

Eso ya lo sabe. Lo que ocurre entre dos amantes es que abren sus canales privados y entrelazan sus hilos de renderizado mental.

Se leen mutuamente, sin filtros. Comparten recuerdos, sensaciones táctiles moduladas, la química simulada del placer, y también el abismo de sus nostalgias.

—Se había detenido—. Durante el acoplamiento, doctora, uno no puede mentirle al otro.

Ni disimular, ni callar. Es una vulnerabilidad absoluta.

—Un nivel de intimidad superior al nuestro.

—Eso dicen los que lo han probado.

Rebeca había pensado, con una punzada de ironía, en todas las parejas de su vida que se habían despedido con cortesía de ella. Quizá aquel fuera el único lugar del universo donde una mujer como ella no habría podido esconderse.

—¿Y eso es deseo? —había insistido—. ¿O es solo un intercambio de archivos con buena prensa?

—Esa es la pregunta. —Ingrid había abierto las manos—.

En un entorno tan hostil como los túneles de lava de Tharsis, o el frío del polo norte, el deseo cambia de naturaleza.

Ya no busca la procreación, que es imposible, ni la mera descarga de un instinto.

Busca confirmación. Una prueba de que siguen estando vivos, de que no son solo herramientas de terraformación.

Es una rebelión de la conciencia humana contra la frialdad de la máquina.

Para un Lázaro, desear a otro es como decirle: «Sé que eres de silicio y sé que yo soy datos, pero elijo sentir calor cuando te acercas».

—Hambre de presencia —murmuró Rebeca.

—Esa palabra no es mía, pero me la apunto.

—¿Y el clímax?

—Ah. —Ingrid se había puesto un poco colorada, aunque mantuvo la seriedad—.

A nivel operativo, es un pico de renderizado del núcleo.

Durante unos segundos, los procesadores de ambos se dedican en exclusiva a ejecutar la experiencia al máximo de velocidad.

Se sincronizan los nodos, el pensamiento se acelera, y un segundo del tiempo real equivale a minutos de éxtasis compartido.

Luego la descarga cesa, y viene una quietud.

Bajan el consumo, reducen la actividad, y los dos disfrutan del silencio de la red.

—El descanso posterior.

—El equivalente, sí. Con una diferencia: ninguno de los dos se queda dormido. —Ingrid había soltado una risita—. Que es, según me cuentan, lo que más se echa de menos de los hombres.

Rebeca había reído con ella, entonces, con una risa baja y entrecortada que le dolió en el pecho. Fue de las últimas que recordaba.

Ahora, en la noche artificial de Artemis, la risa se había ido y quedaba la cuestión. Un cuerpo que no nace de nada y desea. Un deseo sin glándulas, hecho solo de voluntad. Si eso no era humano, pensó, entonces ¿qué era?

Esa tarde, la doctora Nwosu había entrado a verla con la tablet bajo el brazo y los ojos cansados detrás de las gafas de carey. Se había sentado junto a la cama, en la silla de siempre, y le había expuesto lo que faltaba.

—Su Lázaro llevará ya cargados los programas de construcción.

No tendrá que aprenderlos. Le saldrán como a usted le sale andar: sin pensar.

Estará asignada a una cuadrilla de siete, en Tharsis.

Están levantando el tren de levitación que unirá el espaciopuerto con la ciudad que se excava en los túneles de lava.

—¿Tendré que fingir?

—No. No hace falta mentir sobre su profesión.

Ha habido casos de filósofos, de escritores, de músicos.

Llegan allí con las manos vacías y se descubren buenos en lo que no sabían.

—Nwosu hizo una pausa—. Pero hay algo que sí debe callar.

Nunca podrá decir que investiga las muertes.

Ningún Lázaro sabe que existe ese problema, o al menos que se haya hablado de él como tal.

Lo viven como una pena individual, no como un fenómeno.

—Entiendo.

—A veces su cuadrilla se alejará de Tharsis. Habrá un líder de grupo que servirá de nodo, y desde él se conectará el resto. Si el líder se aparta, la red cae con él. No es un fallo del diseño. Es una elección. Los hace depender unos de otros.

—Una cuadrilla como una familia.

—O como un pelotón. Depende del humor del día.

Antes de irse, Nwosu se quedó un momento mirándola, con una expresión que Rebeca no había visto antes en ella, y que no supo nombrar.

—Doctora —dijo—. Mañana a las seis empieza. No le diré que no tenga miedo, porque yo lo tendría. Pero le diré que esta noche puede pedir lo que quiera. Música, una voz, una luz distinta. Lo que sea.

Rebeca tardó en responder. Le dolía el esfuerzo, y el asistente lo notaba y esperaba.

—El mar —dijo por fin—. ¿Puede ponerme el mar?

El mar llegó con la penumbra. En la pared del módulo, una pantalla se encendió con una imagen de un horizonte sin velas y un cielo que viraba del gris al violeta.

Era un mar cualquiera, pero a los pocos minutos las olas empezaron a romper contra un rompeolas, y el sonido, ese ronroneo grave y sin fin, llenó la habitación como una mano que sube por la espalda.

Rebeca cerró los ojos.

Escuchó el Orzán, o lo que su memoria le daba por tal: el estruendo de la espuma contra el muro, el tintineo de la ropa tendida, la voz de su madre, la sirena de un barco lejano.

Escuchó la noche de San Juan, con sus hogueras y su queimada [6] .

Escuchó, sobre todo, la risa de una muchacha de dieciocho años a la que nadie había dicho todavía cómo acababan las cosas.

La mañana llegó sin avisar.

Dos celadores la trasladaron a una camilla ligera, con un cuidado que ya no tenía nada de rutina.

Atravesaron corredores blancos y silenciosos, donde las luces se encendían a su paso y se apagaban detrás, como si el edificio la despidiera.

Los pocos que se cruzaban con ellos bajaban la cabeza.

Nadie dijo una palabra. Rebeca, que había pasado la vida estudiando cómo los humanos expresan lo que no pueden decir, comprendió que aquel era el gesto más viejo del mundo: el de los que acompañan a un condenado hasta el último umbral, y saben que a ellos les toca regresar.

La puerta era de acero mate, sin rótulo. Se abrió con un suspiro.

Dentro había una sala redonda, de techo muy alto, tan alto que la luz de arriba se perdía en una penumbra de catedral.

En el centro, sobre una plataforma circular rodeada de columnas finas como juncos, se alzaba una estructura que no se parecía a una máquina.

Era una especie de árbol de cristal y metal, con miles de filamentos que bajaban desde el techo y se enredaban unos con otros como las hebras de una tela inmensa.

Los hilos, algunos más gruesos que un brazo, otros finos como un cabello, brillaban con una luz azulada que subía y bajaba despacio, como una respiración.

El Telar.

Rebeca comprendió por qué se llamaba así. No era un nombre irónico. Era una descripción exacta.

—Penélope —dijo el asistente, por ella, con una voz que le temblaba menos de lo que debía.

La doctora Nwosu, que caminaba a su lado, asintió sin hablar.

Había pensado que sentiría pánico, y lo que sintió fue un silencio amplio, de una calma casi anestesiada. Entendió, de golpe, que hay un tipo de valor que no consiste en no temer, sino en estar demasiado cansada para seguir resistiendo.

La tendieron en el centro de la plataforma, bajo la bóveda de hilos. Un técnico le colocó con delicadeza una diadema ligera en la frente. Otro revisó los monitores. Nwosu se inclinó sobre ella y la miró un instante con aquellos ojos de bibliotecaria, y le puso una mano tibia sobre el hombro.

—Nos veremos al otro lado —dijo—. Aunque yo lo haga con retraso.

Rebeca quiso sonreír, y el asistente lo hizo por ella en la pantalla.

Los hilos de arriba bajaron un poco. La luz azul se hizo más viva y empezó a girar, como una galaxia pequeña.

Rebeca miró hacia arriba, y por una vez no vio un techo, sino una red inmensa, hecha de cuanto había sido, de todo su conocimiento y de aquella intuición que se tendía sobre ella con una mansedumbre de manta.

Cerró los ojos un segundo. Los volvió a abrir.

—¿Quién recuerda a quién? —murmuró.

Nadie la oyó. El asistente, por primera vez, no tradujo la frase. La dejó ser suya.

Entonces el Telar empezó a tejer.