Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 14 La levedad #3
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Capítulo 14 La levedad #3

—Ni oídos. No hay sonido en un Lázaro, doctora.

No hay aire que lo transmita, porque en Marte la atmósfera apenas cuenta, y el cuerpo no necesita respirar.

Las conversaciones se hacen por datos. Cada Lázaro lleva un nodo de comunicación que emite y recibe, y los nodos se repiten unos a otros, como relevos de una carrera.

Si hay diez Lázaros en un radio de quinientos metros, quedan conectados en un canal común.

Hablan todos a la vez, y a la vez se entienden.

—Como un chat de diez personas.

—Un chat de diez pensamientos. —Nwosu sonrió—. Si quiere decir algo a alguien en privado, abre un canal aparte. Entonces solo se leen esos dos entre si, a menos que invite a alguien más. Sorprende lo rápido que se acostumbra la gente. Dicen que lo más difícil es dejar de mover la boca.

Hizo una pausa para servir el té, que olía a menta y a invernadero.

—En Tharsis, que será su destino, hay una antena gigante que recibe comunicaciones hasta veinte kilómetros a la redonda. Otra mayor, en la cima del Monte Olimpo, enlaza con las colonias del polo norte y de Hellas Planitia. Así se mantiene unido el planeta.

—¿Y supervisores?

—Ninguno. Ni humanos ni de otra clase. Obviamente en cada grupo de trabajo o cuadrilla suele haber un líder pero que trabaja como uno más.

Los Lázaro funcionan con directrices. Cada grupo recibe sus objetivos y los reparte entre sí como mejor le parece.

—Sacudió la cabeza—. Es lo que más cuesta de creer: que no haga falta vigilarlos.

No necesitan descanso. Si el trabajo lo requiere, pueden hacerlo veinticuatro horas, de día y de noche, sin una queja.

Y mientras trabajan, el cuerpo se mueve solo, de forma casi automática, y la mente queda libre.

Pueden estar conversando con varios compañeros a la vez, oyendo música, viendo una serie.

Hay quien aprovecha el turno de noche para ver películas enteras mientras suelda una bóveda..

—Un doble pensamiento.

—Eso mismo, doctora. Y esa es la paradoja que usted tendrá que investigar.

Rebeca guardó silencio un momento, mirando cómo temblaba la superficie del té bajo la luz.

—¿Y la Tierra?

—Ningún Lázaro puede comunicarse con la Tierra.

Es absoluto. No tienen manera de hacerlo, ni antenas, ni permisos.

Sería una ruina para el proyecto. —La mirada de Nwosu se endureció un grado, no con severidad, sino con la tristeza de quien ha tenido que dar esa respuesta demasiadas veces—.

Usted es la única excepción. Tendrá un canal reservado que emite a la antena de Olimpo, y desde allí, a Artemis, para que nos transmita sus hallazgos y sus soluciones. Nadie más sabrá que existe.

—Una espía.

—Una colega. —Nwosu inclinó la cabeza—. Aunque entiendo que desde dentro se parezca bastante.

Pasaron dos horas más con diagramas, esquemas y simulaciones.

Hubo demostraciones en una sala cubierta de arena gris, donde un Lázaro de entrenamiento, alto, sin rostro, de acero mate y cerámica blanca, caminaba sin esfuerzo y hacía, con total naturalidad, cosas que Rebeca no habría creído posibles.

Levantó con una sola mano un contenedor de más de trescientos kilos.

Corrió cien metros en menos de cinco segundos, con un silbido de aire cortado.

Saltó una distancia de veinticinco metros en horizontal, y quedó posado al otro lado como un ave.

—Un superhombre —dijo Nwosu, con una nota entre humorística y fatigada—. Aunque nunca lo diga delante de ellos. Los Lázaro odian la palabra. Dicen que ya fueron algo mejor.

Rebeca contempló la figura. Ya no era una silueta de acero, o no solo.

Era un recipiente. Dentro, dentro de aquella cerámica y aquellos músculos de aleación, habría una mujer de dieciocho años con la memoria de una de cincuenta, una voz que no sonaría nunca en el aire y una mano que se cerraría cuando se lo pidiera.

Tuvo la sensación de que la habitación se hacía un poco más grande. Vio sus propias piernas, que no se movían. Se imaginó sobre ellas otra vez, bajando una escalera, descalza, a la orilla del Orzán.

Todo aquello había sido siempre teoría. La psicología de la convivencia, la atrofia y el florecimiento, el anciano que llama a otro por su nombre: libros, conferencias, diapositivas.

Ahora le ofrecían la práctica, con una crudeza que casi la mareaba.

Era algo parecido al vértigo de quien ha estudiado el mar toda la vida en una biblioteca y de pronto se encuentra, en una barca, con la orilla perdida de vista.

Aquella noche, a solas en su habitación sin ventanas, escuchó el ventilador y se acordó de la pizarra de Santiago. ¿Quién recuerda a quién? Allí donde iba, quizá sería ella misma quien tuviera que responder.

Una de las puertas del pasillo se abrió y se cerró sin ruido. Alguien arrastró los pies con un cansancio antiguo. Más lejos, en un lugar de la base que nadie le había enseñado, algo muy grande empezaba a funcionar con un latido sordo y profundo, como un corazón bajo una losa.

Rebeca no supo qué era. Pero lo sintió en la planta de los pies, aunque ya no tuviera sensibilidad en ellos.