Capítulo 14 La levedad #2
Rebeca se quedó mirando por la escotilla.
La Tierra se alejaba, azul, blanca y absurdamente frágil, con sus nubes enroscadas como espuma de mar.
Entre un parpadeo y otro creyó ver Galicia, un borde verde mordido por el Atlántico, la costa que había sido su casa.
Era imposible, a esa altura y con esa luz.
La Luna fue creciendo despacio, hasta ocupar todo el cristal.
Primero un disco de plata, después un paisaje de cráteres, y por fin una pared gris, rugosa, cubierta de una luz sin atmósfera que arrancaba a cada roca una sombra negra y afilada.
La nave se posó en un silo excavado bajo la superficie, con una suavidad de pétalo.
El suelo, al principio, no existió. Los camilleros que la recibieron la bajaron en una silla ligera, y al tocar el piso del hangar Rebeca sintió una leve presión debajo, una persistencia lejana, como si la gravedad fuera un recuerdo que se resistía a morir.
Un sexto de lo que había conocido. Lo bastante para saber que había arriba y abajo.
Lo bastante poco para que cada movimiento fuera un sueño.
—¿Se siente rara? —preguntó el camillero.
—Me siento ligera —dijo—. Como si hubiera dejado la mayor parte de mí en otra parte.
El camillero, un muchacho de pecas con un acento de algún lugar de Alemania, tardó en contestar. Bajó los ojos.
—Eso dicen todos, señora. Pero no creo que sea eso.
No añadió nada más. Empujó la silla por un corredor ancho, de paredes blancas y luz de quirófano, y Rebeca descubrió que la zona restringida de Artemis no se parecía a lo que imaginaba.
No era una base militar ni una fábrica. Se parecía más a un hospital a las tres de la madrugada.
Por los pasillos circulaba gente con uniformes de un gris sin insignias, el paso corto, la mirada baja, y una expresión de preocupación tan uniforme como el traje.
Otros llevaban batas blancas y tablets, y hablaban entre sí con el murmullo de quien teme ser oído.
Nadie sonreía. Nadie parecía, tampoco, desdichado: tenían el aire de los que cargan con una responsabilidad demasiado grande para festejarla.
A los dos días ya sabía distinguir los rostros.
La doctora Amara Nwosu dirigía el programa de integración.
Era una mujer alta, de unos sesenta años y piel muy oscura, con el cabello blanco cortado al ras y unas gafas redondas de montura de carey que le daban un aire de bibliotecaria.
Hablaba despacio y escuchaba más que hablaba.
La recibió en una sala de reuniones sin ventanas, con una mesa baja, dos sillones y una jarra de té de menta, y se sentó a su lado en vez de frente, como había hecho Carmen Taibo en Conxo.
—Doctora Rey —dijo—. Hemos leído su obra. Más de lo que cree. Será un honor trabajar con usted.
—Será un honor ser su sujeto de pruebas.
—No lo dude: lo es. —Nwosu sonrió con una ironía amable—. Pero antes de que empiece a sentirse un cobaya, permítame enseñarle algo.
Pulsó una tableta, y sobre la mesa apareció, suspendido en el aire, un cuerpo.
Era una figura humana de tamaño natural, hecha de luz, que giraba con lentitud. Un hombre musculoso, de piel color arena. Luego una mujer, esbelta, de ojos verdes. Después otro, bajo y fornido, con la cabeza afeitada. Los modelos se fueron sucediendo, sin que la doctora tocara nada.
—Son los modelos de la serie Lázaro. —Dio unos toques en la pantalla—.
La primera sorpresa, y la más grata, es que usted elige.
El cuerpo que ocupará en Marte es suyo. Puede ser hombre o mujer, o ninguna de las dos cosas.
Puede escoger el color de la piel, el del pelo, el de los ojos, la altura, los rasgos.
Se moldea a su gusto. Nuestros escultores trabajarán con usted hasta que el rostro le diga algo.
Rebeca contempló la figura de luz que giraba sobre la mesa. Se le ocurrió, con una claridad sorprendente, que la mayoría de los condenados a muerte nunca había tenido esa oportunidad: elegir con qué cara resucitar.
Se preguntó qué escogería una mujer de cincuenta años, enferma, que había consagrado su vida a la mente y casi ninguna a la piel. No quería ser otra. Tampoco quería ser la mujer inmóvil que ahora flotaba en un sillón de gravedad débil.
—Quiero ser yo —dijo—. A los dieciocho años.
La doctora Nwosu levantó las cejas, solo un poco.
—Necesitaremos fotografías.
—Las tengo. —Rebeca cerró los ojos un instante—. Del verano de 2088, realizadas en A Coruña, antes de irme a Santiago. Creo que las tengo en mi Instagram aunque no he subido una foto nueva en al menos dos décadas.
Las imágenes se descargaron de la red social y fueron enviadas por un canal que nadie le explicó. Cuando la doctora las abrió en su tablet, Rebeca tuvo que volver la cabeza.
Una muchacha de dieciocho años, delgada, con una melena negra y desordenada que el viento le echaba sobre la cara, sonreía a la cámara de espaldas al mar.
Detrás, el Orzán rompía con una espuma enorme.
En otra, la misma muchacha, descalza y con el vestido mojado, saltaba una hoguera en la noche de San Juan, con los brazos en alto y la boca abierta, como si gritara.
Un grupo de amigos, cuyos nombres Rebeca había olvidado, la rodeaba entre risas y botellas, la cara iluminada por las llamas.
Y en la playa de las Lapas, bajo un cielo que no acababa de oscurecer, una fiesta que había durado tres días, con guitarras, castillos de arena y besos de los que nadie volvería a acordarse.
—No sabía que había sido tan feliz —dijo, y el asistente le dejó la voz desnuda, rota—. Tan flaca, tan feliz. Pensaba que esa chica era otra.
—Eran sus fiestas —dijo Nwosu con suavidad—. Quizás el verano en que más se divirtió.
—Creo que nunca lo volví a pasar tan bien como aquel verano.
La doctora no contestó. Dejó que las fotos se quedaran suspendidas en la tablet un rato más, como aquellas hogueras ya apagadas, y luego, sin una palabra, las fundió en el modelo.
Los escultores de luz trabajaron durante horas.
Al final del día, una figura de dieciocho años, de piel pálida de costa y ojos oscuros muy abiertos, giraba despacio sobre la mesa de la sala sin ventanas.
Era un cuerpo que no había tenido que sobrevivir a ningún hospital.
Rebeca lo miró mucho rato.
—Es raro —dijo—. Esa muchacha se parece a mi yo de hace tres décadas y al mismo tiempo la siento tan ajena a mí, como si fuera mi yo de otra vida no de hace treinta y dos años.
La segunda parte de la formación fue más árida. La doctora Nwosu la llevó, a lo largo de varias jornadas, a través de lo que significaba ser Lázaro.
—Lo primero que debe saber —dijo— es que no tendrá voz.
Rebeca esperó.