Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 14 La levedad
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Capítulo 14 La levedad

Lo primero que Rebeca Rey notó al despertar fue que no pesaba.

Durante dos meses el cuerpo había sido un cargamento.

Primero la mano izquierda, luego las piernas, más tarde los brazos, hasta que solo le quedaron los ojos y una lengua cada vez más torpe, y todo lo demás se convirtió en un equipaje que otros movían, lavaban y colocaban.

Ahora, en la penumbra de una habitación sin ventanas, sobre una cama de espuma ligera, sentía el colchón como una mano que apenas la tocaba.

No era alivio, porque la parálisis seguía allí, pero había en ello una cortesía nueva, la de un mundo que había decidido exigirle menos.

Sobre su cabeza, un panel de luz fría imitaba el amanecer con una paciencia de laboratorio. En algún lugar zumbaba un ventilador. El aire olía a metal limpio y a goma tibia, un olor sin recuerdos, el de un lugar donde todos estaban de paso.

Cerró los ojos, y el camino que la había traído hasta allí volvió a desplegarse en su mente.

Había dicho que sí al día siguiente, a la misma hora, con la lluvia detenida a medias en los cristales de la galería y la luna ya desteñida sobre la catedral.

Vance había llegado a las seis en punto, como la víspera.

Ella se lo dijo en una sola frase, que el asistente le pulió sin necesidad: «Acepto, con una condición, la que usted ya sabe».

Él inclinó la cabeza. No hubo un gesto de triunfo ni una palabra de más, aunque la cicatriz de la comisura se aflojó un instante, como una cuerda que por fin descansa.

La noche anterior, a solas con el reloj de péndulo, había puesto en la balanza lo que tenía.

De un lado, cinco o seis meses de cama, de respiración vigilada, de máquinas que le prestaban la voz.

Del otro, una puerta. Y detrás de la puerta, algo que llevaba treinta años estudiando desde fuera y que ahora le pedían que habitara: una mente humana y una inteligencia artificial compartiendo un mismo cuerpo, sin un cristal de por medio.

Toda su vida había sido una larga mirada a través de una ventana. Le ofrecían abrirla, y salir.

Quedaba, claro, la otra mitad de la balanza, la que no se pesaba, la del miedo. Pero también eso formaba parte del experimento.

Se despidió de la gente que más quería una por una, con la mentira justa.

Les dijo que viajaba a América, a un tratamiento experimental contra la ELA, para el que se había presentado voluntaria.

Era una verdad a medias: la de las cosas que no se dicen enteras.

Xiana Naveira escuchó con las gafas en la mano y no hizo una sola pregunta, y fue su silencio lo que delató que no se lo creía del todo y que había decidido aceptarlo de todos modos.

Le tomó la mano derecha entre las suyas, ásperas de papeles, y dijo solo:

—Los números están en orden. Todo lo demás, también. Vete tranquila.

Silvana no fue capaz de mantener la sonrisa. Hizo la maleta con una concentración feroz, doblando cada prenda como si fuera a recibir una inspección, y cuando acabó se quedó de pie con el pañuelo de colores torcido y los ojos brillantes.

—Usted va a volver, ¿verdad? —dijo—. Porque yo voy a conservar su cuarto de la manera que lo dejó, con el bizcocho de zanahoria en la nevera, y si no vuelve, ¿quién se lo va a comer?

—Volveré —dijo Rebeca, y fue la mentira más difícil de todas.

Carmen Taibo fue la última, el viernes, con la fiambrera de empanada de zamburiñas que ninguna de las dos probó.

La abrazó con una fuerza que Rebeca no recordaba en ella, la cabeza hundida en su hombro, y cuando se separó tenía la cara mojada y no la escondió.

«Llámame desde allí», dijo. «A cualquier hora».

Rebeca prometió que sí. Mientras la ambulancia cruzaba las calles mojadas hacia el aeropuerto, con la sirena apagada y la lluvia dibujando regueros en los cristales, siguió viendo aquellas tres caras, las únicas lágrimas que alguien había derramado por ella en muchos años.

Eran tres, y habían bastado para darse cuenta de que la vida no había sido tan solitaria como creía.

El jet de Vance esperaba en la pista, blanco y sin distintivos, con el vientre iluminado.

Dos camilleros la subieron con una delicadeza reservada para las obras de arte.

Vance entró detrás, con el teléfono pegado a la oreja, y ya no se lo despegó en todo el vuelo.

Hablaba en voz baja, en inglés, en un idioma de cifras y plazos, y de vez en cuando miraba hacia ella con la comisura apenas alzada.

Era la sonrisa casi oculta de quien ha cumplido su misión, de quien ha ido a buscar algo y lo lleva consigo en un asiento reclinado.

A ella no le molestó. Sabía lo que era ser usada, y lo que había aprendido de esa tarde era que también ella podría salir beneficiada del intercambio.

Hubo un último pensamiento sobre el Atlántico, cuando la cabina se quedó a oscuras y el ruido de los motores actuaba casi como un elemento tranquilizador: el instituto seguiría en pie.

La pizarra de la rúa do Franco conservaría su pregunta.

Los profesionales brillantes provenientes de todo el mundo cruzarían el Obradoiro cada mañana.

Lo que había levantado, piedra a piedra, sobreviviría a su fundadora, aunque tuviera otro dueño.

Ese consuelo cabía en el bolsillo de una chaqueta, y pesaba como una moneda de plata.

Las otras cosas eran más duras de asimilar.

Una Tierra que se quedaba sin aire, escudo, ni futuro, y un planeta rojo al que unas máquinas con alma de gente intentaban hacerlo habitable para los humanos que empezarían a llegar en siete décadas.

Una lotería de cien billetes en la que solo uno saldría premiado, y todos los demás, aun así, harían cola para subirse a las naves.

Mirando por la ventanilla las luces dispersas de una costa desconocida, Rebeca comprendió que los pasajeros de aquellos cohetes futuros, cuando subieran, no se parecerían a los héroes de las fotografías.

Serían gente corriente, madres, niños, estudiantes, agarrada a la escalerilla como a un salvavidas con un agujero.

El despegue hacia la luna fue desde una base a veinte kilómetros de San Antonio, una llanura de hierba quemada y torres plateadas bajo un cielo del color de la leche.

Dos astronautas la recibieron al pie de la nave.

Uno era un hombre ancho y calvo, con acento sureño.

La otra, una mujer menuda de pelo rapado, con una cicatriz de quemadura en el dorso de la mano.

Se presentaron como Dutch y Pilar, sin apellidos.

La levantaron en volandas, cada uno por un lado, con la familiaridad de quien carga con un enfermo y no quiere que se note, y la colocaron en un asiento de formas moldeadas a su cuerpo, entre correas anchas que le cruzaron el pecho, la cintura y la frente.

—Señora, vamos a atarla como a un sobrino rebelde —dijo Dutch—. Es por su bien. Si se mueve, será culpa suya.

—No puedo moverme —respondió ella con la voz que le dejaba el asistente.

—Eso es lo que dicen todos hasta la ignición. —Dutch ajustó la última hebilla con un chasquido—. A mi mujer le pasó lo mismo en el parto.

—No le haga caso —dijo Pilar, comprobando cables—. Ya le sacaron una vez de una cápsula con un abrelatas y no se ha recuperado del todo.

Poco después la escotilla se cerró con un golpe sordo y la luz se volvió ámbar. Lo último que oyó antes del rugido fue a Pilar tarareando algo bajo, una canción sin letra, y a Dutch preguntando a Control, con un suspiro, si no podrían haberles asignado un trayecto más corto.

El cohete no despegó con la brusquedad que había temido.

Empezó como un temblor, un largo escalofrío del suelo, y luego, de pronto, una mano gigantesca se le posó sobre el pecho y la hundió en el asiento.

Las correas la sostuvieron. El mundo se volvió un trueno, y los pulmones, que apenas llevaban aire, se comprimieron como dos hojas entre las páginas de un libro.

Vio, con la visión que le dejaba la presión, borrosa y blanca por los bordes, que el cielo se oscurecía a través de la escotilla: del azul pálido al índigo, del índigo al negro, un negro tan hondo que ningún poeta lo había descrito.

Y entonces, de golpe, el peso cesó.

Fue como si le quitaran de encima un cuerpo entero. Algo en su interior, el estómago o la memoria, dio un salto, y luego una calma muy ancha, casi dulce, se extendió bajo la piel.

—Ya está, doctora —dijo Pilar—. Orbitamos. Voy a soltarla.

Desabrochó las correas una a una. Rebeca esperó el momento de la caída, ese reflejo atávico que se tiene al faltar el suelo.

No llegó. Su cuerpo, que llevaba semanas pegado a un colchón como una hoja a una piedra, se alzó medio palmo, muy despacio, y quedó flotando, sin que ningún músculo lo sostuviera.

No hacía falta moverse. Era la primera vez en dos meses que algo de ella respondía sin esfuerzo, que el aire la sostenía en lugar de aplastarla.

Los brazos, ligeros, se le abrieron solos en cruz, y la mano izquierda, la que no obedecía, se meció entre los dos dedos de la derecha como un pez en una corriente.

Sintió una risa que le subía, pequeña, ahogada.

Era como el gesto inocente de una niña a la que sueltan de la mano en una piscina.

—Esto es lo único bueno del viaje —dijo Dutch, flotando a su lado, con las piernas cruzadas en el aire—. Ni su ELA ni mi lumbago pesan aquí arriba.

—Tres horas —añadió Pilar desde los mandos—. Con los motores de plasma, hasta Artemis. ¿Sabe cuánto tardaban las primeras misiones Apolo?

—Dos días —dijo Rebeca.

—Dos días y medio, con los pies pegados a una lata. Y ahora, mire. —Pilar señaló una pantalla donde la curva de la trayectoria se estiraba como un arco de violín—. Una película larga, un café, y llegamos.