Capítulo 13 El Telar #2
El sarcasmo pasó entre los dos como un chasquido. Rebeca no supo si reír o enfadarse. Se limitó a mirarlo, con una ceja levantada, y Vance, que lo vio, cedió un poco.
—Es voluntario —repitió, ya sin ironía—.
Se les ofrece, a quienes les quedan poco tiempo de vida, una oportunidad que ningún médico les habría podido dar.
Volver a vivir. Los Lázaro, que es como los llamamos, tienen una vida útil de unos veinte años.
Es lo que dura la pila atómica que los alimenta, y no puede reemplazarse.
Veinte años más de conciencia, con una memoria entera, en otro planeta, ayudando en la tarea más importante que ha emprendido nuestra especie.
—Veinte años de trabajo forzado.
—Ya me esperaba que dijera eso. —Vance asintió despacio—.
Pero no lo es. Saben exactamente adónde van y cuál es su cometido.
Eligen. Y mientras trabajan, que es mucho menos de lo que pensaría porque los cuerpos no se cansan, pueden disfrutar de lo que hace llevadera una vida: música, películas, series, arte.
Acceden a bibliotecas enteras. Conviven entre ellos.
Los Lázaro tienen amigos, señora Rey. Gente que les cae muy bien, y gente que no tanto.
Hay rencillas, alianzas, parejas. Se ríen.
Algunos, créame, han aprendido a cocinar sin tener estómago.
—¿Y qué sucede con los que dejaron aquí?
La sonrisa se apagó. Vance guardó un silencio que Rebeca interpretó como una forma de respeto.
—Eso es lo que está absolutamente prohibido.
Los Lázaro no pueden comunicarse con sus familiares ni con sus amigos de la Tierra.
Toda comunicación está bloqueada, por razones de seguridad.
Los familiares piensan que han muerto, y para ellos esa es la realidad: se les entrega un certificado, se les permite velar un cuerpo, se les deja llorar.
Nadie sabe que, a doscientos millones de kilómetros, una conciencia que los quiere sigue pensando en ellos.
Rebeca cerró los ojos. Detrás de los párpados vio a su madre, con su voz de los domingos.
A su hermana, con aquella carta de Navidad sin contestar.
Pensó, con una punzada que no esperaba, en las llamadas que no había devuelto, y en que ellos, ahora, tendrían motivos más que suficientes para olvidarla.
Una conciencia viva y muda, pensó, mirando hacia dentro. El rostro tras el cristal.
—Han enviado a lo mejor que teníamos —prosiguió Vance—.
Especialistas en construcción, ingenieros, arquitectos, científicos.
Gente con décadas de oficio, que sabía lo que iba a hacer allí desde el primer día.
Hay entre ellos un constructor de catedrales, si le interesa.
Un hombre que levantó torres en Dubái y que ahora ensancha túneles de lava como quien talla un órgano en la roca.
—Yo soy psicóloga —dijo Rebeca.
Lo dijo despacio. Le salió como un último argumento, con un deje de reproche a sí misma, porque sabía ya adónde iba aquello.
—No sé construir un hábitat ni derretir un casquete de hielo. No sé nada de ingeniería ni de terraformación. Si lo que buscan son manos que sepan hacer cosas, he sido una pésima candidata desde el principio.
—No son sólo manos lo que necesitamos en este exacto momento. Aunque una de las ventajas es que se pueden cargar los programas de desarrollos de habilidades en los Lázaros, por ejemplo el módulo de construcción, o el de sistemas.
Vance se inclinó hacia delante, con los antebrazos apoyados en las rodillas, y la voz le bajó aún un grado, como si le costara pronunciar lo que seguía.
—Hay un problema, señora Rey. Un problema que no hemos sabido resolver y que nos está costando más que cualquier avería. Entre dos y tres Lázaro se suicidan cada semana.
Una gota cayó del alero, y el golpe sonó en el zinc como una moneda sobre una mesa de mármol.
—Se suicidan —repitió Rebeca.
—Desconectan la pila atómica. No hay dolor, es un mecanismo sencillo y está al alcance de su mano.
Basta un gesto. Y la conciencia se desvanece.
Mueren por segunda vez. —La cicatriz se tensó, y esta vez no se relajó—.
Hemos analizado todas las variables. Condiciones de trabajo, carga, interacción social, calidad del entorno virtual, el efecto de la distancia.
No hay un patrón. No dejan notas. No hemos comprendido el motivo, y cuanto más lo intentamos, menos lo entendemos.
—Dos o tres por semana. Entre veintiuna mil cuatrocientas.
—Con una cifra así, el porcentaje es pequeño.
Pero es constante. Y es contagioso: cada baja deteriora la moral de los que se quedan.
La productividad cae. Cuando la terraformación no tiene tiempo que perder, cada Lázaro que se apaga es un año de trabajo que no se hará.
—Vance hizo una pausa—. No es solo un problema técnico.
Es una pregunta que nadie sabe contestar.
Y quien debería poder averiguar la verdad es un psicólogo.
Alguien que entienda qué le ocurre a una mente humana cuando se acopla a una máquina y se le da, con todo cuidado, una segunda vida.
El silencio volvió, más denso. Rebeca oyó un reloj. Era el suyo, el de péndulo, que repartía el tiempo en gotas.
—Quien llegue allí —continuó Vance—, trabajaría como un Lázaro más, mezclada con los demás, sin que nadie sepa quién es. Una trabajadora de la terraformación. Pero, al mismo tiempo, su verdadera tarea sería averiguar por qué se matan. Y, si es posible, evitarlo.
—Quiere que me infiltre entre los muertos.
—Quiero que viva entre ellos.
Rebeca soltó un aire que se parecía a una risa.
Era absurdo y sublime a la vez. Ella, que había pasado su vida estudiando la convivencia entre mente y máquina desde la distancia de los despachos, desde un caserón de piedra en un rincón de Galicia, recibía de pronto la oferta de ser la primera sujeto de su propio estudio.
La experiencia suprema de investigadora.
La prueba definitiva de su propia tesis.
—¿Y cómo sería?
—Usted vendría conmigo a la Luna. Un entrenamiento breve: lo que espera en Marte, el funcionamiento del cuerpo, las normas, el modo en que se vive allí.
El día previsto de su muerte, entraría en el Telar.
La máquina copiaría su conciencia. Y después del proceso, la retransmitiría a Marte, al software de un androide ya preparado.
—Hizo un gesto con la mano abierta—. Esos son todos los datos que puedo darle por ahora.
A cambio, Red Moon financiaría de manera indefinida los costes del ISC, con la condición de la que hemos hablado.
Rebeca no respondió enseguida. La luna, que había subido sobre los tejados, ya no estaba sola tras los cristales. Se había asomado a la galería con un resplandor de cobre, y bañaba la manta de lana, la mesita, la bandeja con las galletas intactas. Parecía un testigo que prefería no hablar.
Le quedaban cinco o seis meses de vida. Los había contado, igual que se hace con los escalones de una escalera que se sube por última vez.
Cinco o seis meses para dejar de andar, para dejar de hablar con su propia voz, para quedarse atada a una cama escuchando su propia respiración, con la mente perfectamente lúcida y el cuerpo convertido en un paisaje al que ya no se puede ir.
Y alguien le ofrecía veinte años.
Un cuerpo que se mueve, pensó. Una mano que cierra los dedos cuando se lo pide.
Una voz sin asistentes, sin consonantes alisadas por una máquina de 2090.
Caminar, otra vez. Subir una escalera. Y además ver, desde dentro, con sus propios ojos o con lo que fuera que lo sustituyera, aquello que había estudiado toda su vida desde fuera: la convivencia de la conciencia humana con la inteligencia artificial en un único ser.
Entender por qué los suyos, los que habían tenido la oportunidad que ahora le ofrecían, elegían apagarse.
Era una tentación. Y era peor: una curiosidad.
—Necesito tiempo antes de tomar una decisión —dijo.
—Lo imaginaba.
—No puedo contestarle ahora. Hay demasiado en la mesa. —Respiró, y esta vez la voz le salió casi entera—. Necesito pensar. Y tengo que dormir para poder tomar una decisión, aunque dudo que pueda.
—Tiene veinticuatro horas. —Vance se puso de pie, con una pulcritud que no admitía comentarios—.
Mañana, a la misma hora, volveré. Si no acepta, trataremos con la segunda opción: un psicólogo de Nueva Zelanda, que además ha colaborado con la policía en casos complejos.
No es mi preferencia, pero es una alternativa sólida.
—Se abrochó la chaqueta con dos dedos—. Si acepta, tendrá que acompañarme a la Luna.
Empezaríamos el entrenamiento antes de llegar al Telar. No hay tiempo que perder.
—Tampoco para usted, supongo.
Los ojos grises la miraron por última vez, sin pestañear.
—Para ninguno de los dos.
Se despidieron sin darse la mano. Vance inclinó la cabeza con una cortesía de otro siglo, y los pasos pausados se alejaron por el pasillo de madera. La puerta de la entrada se abrió, hubo un «boa noite» cantado por Silvana, y el pestillo volvió a su sitio con un chasquido discreto.
Rebeca se quedó sola con la luna y con el reloj.
Silvana apareció al cabo de unos minutos, con la bandeja de la merienda y el pañuelo de colores ladeado.
—Doutora, el señor se marchó sin comer nada. Había hecho un bizcocho de zanahoria.
—Gracias, Silvana. Déjalo aquí.
—Usted está muy pálida.
—Estoy bien.
Silvana la miró un momento más, con la cabeza inclinada, y no insistió. Dejó la bandeja sobre la mesita, le ajustó la manta con dos palmadas y se fue, canturreando bajito.
Rebeca contempló la luna. Ya había dejado de ser naranja. Subía, pálida, limpia, indiferente, sobre la ciudad dormida. Abajo, en el sendero de la Alameda, las camelias caídas seguían formando su tapiz de rosa mojado.
Intentó cerrar la mano izquierda. Los dedos se doblaron hasta la mitad y se detuvieron, vacilantes.
Veinticuatro horas.