Capítulo 13 El Telar
La palabra tardó en llegar. Rebeca la sintió subir desde el fondo del pecho, torpe y pesada, como un cubo de agua que sale de un pozo muy hondo, y cuando por fin pasó entre los labios lo hizo con la voz de otra persona, una voz de ceniza.
—¿La conciencia humana... y una inteligencia artificial... como programa de un ser artificial?
El asistente doméstico se apresuró a pulir la frase, pero llegó tarde: Vance ya la había entendido. Siempre lo hacía antes de tiempo.
—Es la forma más breve de decirlo, sí.
—Explíquemelo. Sin ahorrarse nada.
Fuera, la lluvia había adelgazado hasta ser un simple rumor sobre el zinc.
En el piso de abajo, el piano seguía repitiendo su única nota, y en la cocina Silvana cantaba algo muy bajo mientras movía una cuchara dentro de un cuenco.
La galería olía a manta caliente, a té frío y a ese polvo antiguo de las casas de piedra, que no es suciedad sino memoria.
Vance se tomó un momento. Cogió el vaso de agua que había llenado para ella, vio que ella no había vuelto a tocarlo y lo acercó un par de centímetros más a su mano derecha, con una exactitud de relojero.
—Imagine un sistema operativo, señora Rey.
En el corazón de cada androide de la serie Lázaro hay lo que llamamos un núcleo de inteligencia artificial.
Es un kernel muy potente. Calcula, optimiza, corrige el equilibrio de un cuerpo de doscientos kilos en un terreno de grava suelta, recuerda cada plano de un hábitat.
Potencia habilidades. Hace en un segundo lo que a un cerebro le cuesta una hora.
—Hizo una pausa—. Pero no manda. El núcleo trabaja para otro.
Quien dirige, decide y da sentido a todo lo demás es una conciencia humana.
La máquina es la mano, la fuerza y la memoria. Lo que hay arriba es una persona.
—Una persona.
—Entera. Con sus miedos y sus gustos.
Rebeca contempló la mano izquierda, inerte, sobre la lana gris.
Aquel dato, tan sencillo, le produjo una especie de mareo.
Había pasado la vida convencida de que el pensamiento era lo único que no se podía trasladar.
Lo había dicho ante una periodista, con calma y con aplomo, bajo la lluvia: la finitud como materia prima.
Y ahora alguien le explicaba, con voz de notario, que había un camino para saltarse esa frontera.
—¿La conciencia de quién? —preguntó—. ¿De qué humanos? ¿Y cómo se extrae una conciencia? ¿Cómo se la envía a otro mundo?
—Esas son tres preguntas. Empezaré por la técnica, porque es lo que le permitirá entender las otras dos.
Vance se recostó, por primera vez, un par de centímetros contra el respaldo. Rebeca habría jurado que le costaba.
—Hacia 2099 se completó la tecnología necesaria. Se construyó en la Luna, en un sector que usted nunca visitará a menos que acepte lo que voy a proponerle, una máquina a la que llamamos el Telar.
—Penélope —dijo ella, casi sin querer—. Tejiendo de día y destejiendo de noche.
—Eso mismo comentó el ingeniero que la bautizó.
Con una diferencia: nuestra Penélope teje una sola vez.
—La cicatriz se tensó un instante—. El Telar no copia solo lo que se ve.
Un cerebro no es un cableado, señora Rey.
Es un jardín. La primera capa es la estructura: cada neurona, cada sinapsis, cada conexión, mapeada con una exactitud de átomos.
Eso lo hacían ya las máquinas de principios de siglo, a trozos y con grandes pérdidas. Lo que hizo falta fue lo segundo.
—¿Lo segundo?
—La química. Un cerebro no piensa solo con electricidad.
Piensa con dopamina, con serotonina, con cortisol, con una docena de moléculas que suben y bajan como las mareas.
Cada sinapsis tiene un peso, una historia, una receptividad distinta según el momento.
El Telar registra todo eso en el instante exacto de la extracción.
Los ratios de neurotransmisores, el estado hormonal, el tono emocional de esa hora concreta.
—Vance habló con una lentitud casi técnica, pero sus ojos grises no se apartaban de ella—.
Si una conciencia es extraída mientras siente terror, se copia el terror, con sus niveles exactos.
Si siente amor, el amor. Si siente culpa, la culpa.
Sin esa capa, la conciencia que llegará a la otra orilla sería otra cosa: una inteligencia fría, lógica, correcta. Habría perdido lo que la hacía humana.
Rebeca sintió que el vello de los brazos se le erizaba bajo la lana. En el cristal, una gota se detuvo en mitad del camino, tembló y volvió a caer.
—Hay una tercera capa —continuó Vance—, y es la que más preocupa a los juristas.
Nuestra mente consciente es la punta de un iceberg.
Debajo está lo que no sabemos de nosotros mismos: traumas reprimidos, sesgos, instintos de supervivencia anteriores a la palabra, el catálogo entero de los sueños que no recordamos.
El Telar baja hasta allí. Registra lo que el sujeto ignoraba que llevaba dentro.
—Es decir, que sabrían de mí lo que yo misma desconozco.
—Sí.
—Esta tarde me he indignado porque conocían mi historial médico.
—Lo recuerdo. —Vance inclinó la cabeza con un resto de cortesía—. Reconozco que, comparado con esto, el historial médico es un trámite.
Rebeca apartó la mirada, y fue peor, porque en el cristal vio su propio reflejo: una mujer de cincuenta años, envuelta en lana, con el pelo recogido y las manos quietas, que oía la descripción de su propia disección con la serenidad de una alumna.
Entendió que parte de ella estaba demasiado asombrada para sentir miedo.
Era la parte que había estudiado el cerebro durante treinta años, y que ahora se asomaba al borde de un precipicio con la fascinación de quien ha pasado la vida mirando mapas de un territorio al que nunca esperó viajar.
—Y hay una cuarta capa, más práctica —añadió Vance—.
Una conciencia copiada en un sistema digital deja de estar sometida a la lentitud de la biología.
El Telar incorpora lo que los ingenieros llaman un motor de renderizado mental.
Permite ejecutar esa mente a distintas velocidades.
A la del cuerpo, por supuesto, que es la que usaría el Lázaro.
Pero también mucho más deprisa: un año entero de pensamientos en unos segundos de tiempo real.
—¿Para qué querría nadie eso?
—Hay usos. —El tono de Vance no se alteró—. Resolver ecuaciones complejas. Ensayar decisiones. Interrogar...
—¿Interrogar?
—Es una posibilidad técnica. —Le sostuvo la mirada sin parpadear, y la cicatriz se tensó—. No se aplica a los voluntarios.
Quedó dicho así, con esa limpieza de cosa ya consultada y cerrada. Rebeca no insistió. Había aprendido en esa hora que lo que Vance no decía pesaba más que lo que decía, y que de todas las puertas que le iba abriendo, algunas daban a salas que prefería no ver todavía.
Se quedó callada. El piano de abajo se había detenido, y por primera vez en toda la tarde la casa guardó un silencio completo.
Era un silencio de esos que se oyen: el de la lluvia a punto de acabarse, el del reloj de péndulo de su abuela, marcando con su corazón de madera una hora que a nadie le importaba.
Entonces hizo la pregunta que llevaba rato entre los dientes. La más terrible de todas, porque ya conocía la respuesta antes de formularla.
—La conciencia, ¿de quién?
Vance no desvió los ojos.
—Por el acuerdo multinacional que sustenta Red Moon, solo puede ser la de personas que estén a punto de morir de una enfermedad terminal.
Una pausa.
—Personas como usted.
El asistente subió medio punto la luz de la lámpara. Rebeca, aunque no se movió, sintió que algo en su interior daba un paso atrás y miraba el precipicio por primera vez desde lejos.
—Una sola emisión a Marte —continuó Vance, en voz baja—.
Nada de copias. La conciencia se envía una vez, a un único destino: el software de un androide Lázaro que ya se encuentra en Marte, preparado para recibirla.
Se transmite desde la Luna. El proceso dura unas siete horas.
Tiene una tasa de éxito del ochenta por ciento.
—¿Y el veinte restante?
—La información se pierde.
—Se pierde.
—Del todo. En el momento en que la emisión termina, con éxito o sin él, el archivo del Telar se borra.
Son unos dos exabytes por conciencia, y no se guardan.
No hay copia de seguridad, no hay segunda oportunidad.
—Vance entrelazó los dedos—. Esa fue una decisión política.
Los gobiernos firmaron el acuerdo con una condición: que nadie fuera nunca duplicado, almacenado ni reutilizado.
Una persona, una vida. Si algo sale mal, se acabó.
Rebeca pensó en las máquinas de hacer fotografías de su infancia, que cobraban un instante y lo guardaban para siempre. Esta, en cambio, tomaba una vida entera y la lanzaba como una flecha, sin posibilidad de repuesto.
—¿Sería yo? —dijo con una voz tan baja que el asistente tuvo que redoblar la ganancia—. La que despertara allí. ¿Sería yo, o alguien que cree serlo?
Vance tardó en contestar. Fue la única vez en toda la tarde que pareció elegir con cuidado.
—Es la pregunta que se hacen todos. Los de allí no se la hacen.
Quien despierta en un Lázaro recuerda cada cosa que usted recuerda, siente lo que usted sentiría, teme lo que usted teme.
Si no es usted, nadie es capaz de distinguirlo.
Ni ella misma. —Se detuvo—. Usted es la psicóloga.
Seguramente tiene una teoría mejor que la mía.
—No tengo ninguna —dijo Rebeca—. Es lo más honesto que he dicho esta noche.
Se quedó mirando el vaso. Un círculo de luz temblaba en el agua. Tenía sed y no se atrevía a mover la mano.
—¿Es voluntario? —preguntó.
Por primera vez en la tarde, Vance sonrió de verdad. Fue una sonrisa pequeña, apenas un fruncimiento del lado sano de la boca, con un aire de ironía fina que le quedaba extrañamente bien, como un traje que no se pone casi nunca.
—Por supuesto que sí, señora Rey —dijo con exquisita cortesía—. No somos monstruos.