Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 12 Los que no enferman #2
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Capítulo 12 Los que no enferman #2

—Hay otros recursos. —La cicatriz se tensó—.

Las autoridades de cualquier país son particularmente receptivas a una denuncia anónima.

En los registros de ciertas casas, siempre aparecen, por una extraña casualidad, cantidades importantes de drogas.

Nadie recuerda que esas cantidades no estaban ahí la víspera.

Un hombre al que acusan de tráfico deja de ser creíble hasta para su familia.

Rebeca no dijo nada. En su cabeza surgió, sin que lo llamara, el rostro de Li Wei bajo los castaños de Bonaval, con la hoja entre los dedos.

Demasiados focos independientes. Una docena de conspiranoicos en foros oscuros, lunáticos, chiflados, mal vistos, desacreditados con la eficacia de un oficio.

Y nunca había pensado que fuera exactamente eso lo que se pretendía.

—El control absoluto es imposible —continuó Vance—.

Se filtran cosas. Siempre pasa. Pero el control a niveles aceptables sí es posible.

Con tal de que la gente no tenga motivos para tomarse en serio al que habla, un secreto puede durar medio siglo.

—Hizo una pausa—. Y por supuesto, señora Rey, esto tiene mucho que ver con lo que voy a explicarle ahora.

Hasta aquí le he contado el decorado. Lo que sigue es la obra.

Rebeca miró el reloj de pared de la galería, un reloj de péndulo que había sido de su abuela, de maderas oscuras, con un cristal empañado por décadas de manos de niño.

Marcaba las siete y veinte. El sol de abril se había retirado del todo, y el cielo sobre la catedral era de un azul tan hondo que parecía una profundidad.

Las campanas, a lo lejos, dieron la media con una suavidad cansada.

—Dígamelo —dijo.

—Hace once años, en 2110, entró en funcionamiento una nueva serie de androides.

—Vance articulaba cada palabra con la lentitud de quien entrega un objeto frágil—.

La productividad de esos modelos superó en un ciento ochenta por ciento a la de la serie anterior.

Un ciento ochenta, señora Rey. Una máquina que hace en un día lo que su antecesora hacía en dos y medio.

Los ingenieros la llaman la serie Lázaro, por una broma que no viene a cuento.

—Un avance en el software —murmuró Rebeca, casi para sí—. Una arquitectura nueva. Una forma de superar el colapso de modelo que ahora…

—Mucho más que eso.

Y la miró.

No era la mirada analítica de antes, la del que lee el pulso.

Era otra, más lenta y más densa, la de un hombre que había llegado al borde de algo que no puede decirse dos veces.

En los ojos grises, sin un solo parpadeo, había una especie de vacilación.

La cicatriz se tensó, y se mantuvo tensa mucho más tiempo que de costumbre, con la rigidez de una cuerda que sostiene un peso.

—Con esa serie —dijo—, por primera vez en seres no humanos, se combinan al mismo tiempo, en el mismo sistema, la inteligencia artificial y la conciencia humana.

Nada se movió.

Rebeca oyó cómo la lluvia seguía cayendo sobre el zinc, con su rumor de arroz arrojado. Oyó el piano, abajo, que había terminado el disco y repetía sin fin la primera nota. Oyó, muy lejos, en la cocina, el tintineo de una cuchara contra un plato: Silvana, ajena a todo, preparando algo dulce.

No sintió miedo. Fue una cosa más rara, una especie de limpieza, como si alguien hubiera abierto de golpe todas las ventanas de una casa cerrada durante años, y el aire exterior entrase con violencia.

Las palabras de Li Wei, dichas bajo los castaños, regresaron enteras, sin una arruga: la IA sería el sistema operativo, el motor y optimizador.

Pero el núcleo sería la conciencia humana, que acabaría imponiéndose.

Lo había oído como un rumor de un foro oscuro.

Y ahora venía un hombre en traje azul medianoche a confirmárselo, con tres millones de euros y una cicatriz.

Era verdad. Había estado en el parque, con una hoja de castaño en la mano, el día antes del diagnóstico, rozando lo que ya existía.

Pensó, sin querer, en el estudio de Hellensberger y Caamaño.

Seis semanas de trabajo. Unos resultados preliminares, escritos en un cuaderno compartido a medianoche, que ella había leído con la ternura distante de quien contempla los primeros pasos de un niño ajeno.

Habían estado reconstruyendo, a ciegas, con medios de la Instituto, algo que otros llevaban once años haciendo en la oscuridad.

¿Qué conciencia? ¿De quién? La pregunta le subió a los labios y se quedó allí, como una moneda atravesada. Quiso hablar, y no pudo. Era la lengua o era otra cosa. Probó de nuevo, y esta vez no salió ni un sonido.

Miró su mano izquierda, abierta sobre la manta, esa extremidad a la que ya no llegaba la orden.

Ahí estaba, quieta y hermosa, una oficina con las luces encendidas y el personal en casa.

La orden sigue existiendo. Lo que desaparece es el camino.

Calvete se lo había dicho en un despacho de Conxo, con su voz de relojero.

Una mente lúcida dentro de un cuerpo que deja de obedecer.

Un camino roto entre la voluntad y el músculo.

Y entonces, mientras el rostro de Vance seguía inmóvil frente a ella, con sus ojos de tormenta, su asimetría y su paciencia de piedra, Rebeca comprendió de repente por qué ese hombre había atravesado medio mundo para sentarse en su galería.

Lo entendió sin necesidad de que lo dijera, con esa comprensión que se tiene del agua cuando ya se la tiene al cuello.

Fuera, la luna acababa de salir sobre la ciudad vieja. Ya no era una hostia pálida. Había tomado el color del cobre apagado, el de una brasa que nadie ha soplado, y se asomaba a los cristales con un resplandor curioso, casi vigilante.

El silencio de la galería se alargó. Rebeca, que había pasado su vida estudiando el pensamiento, pensó en otro silencio, uno que conocía por los libros de texto de los colegios: el de un hombre agonizante, a punto de caer, en un desierto rojo donde nadie había respirado nunca. El silencio no está vacío.

Tampoco este lo estaba.