Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 12 Los que no enferman
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Capítulo 12 Los que no enferman

Vance la observó durante mucho rato, sin prisa ni disculpa. Era la mirada de quien mide la profundidad de un pozo antes de dejar caer la piedra.

Afuera había empezado a llover otra vez, con el orballo de siempre, que no cae sino que flota.

Las gotas se detenían en los cristales de la galería y bajaban en hilos lentos, y cada una llevaba dentro, diminuta y torcida, la luz de una farola de la Alameda.

En el piso de abajo alguien había puesto un disco antiguo, un piano que subía por el hueco de la escalera con una sordina de sueño.

Rebeca reconoció la melodía, y no pudo ponerle nombre.

Últimamente le ocurría con muchas cosas.

—Voy a contarle una historia, señora Rey —dijo Vance al fin—. Es larga, pero se la relataré en el orden en que ocurrió, que es el único que conozco.

—Tengo dos horas —respondió ella—. Ya van una y media.

—Será suficiente.

Se quedó un momento callado, ordenando los hechos como quien dispone las fichas sobre un tablero que conoce de memoria.

—En 2090, un consorcio de varios países, respaldado por las mayores empresas del planeta, decidió hacer lo que ningún gobierno se atrevía a hacer a la luz del día: darle a la humanidad una posibilidad.

No una garantía. Una posibilidad. Así nació Red Moon.

El nombre se eligió en una sala de reuniones de Houston, una tarde de otoño, por votación.

—Las comisuras de sus labios se movieron apenas—.

Ganó por un voto. Alguien dijo que un nombre con sabor a profecía ayudaba a mantener el secreto, porque quien lo oye lo toma por una broma o por una secta, y en ambos casos deja de escuchar.

—Qué ingenioso —dijo Rebeca con sequedad.

—Fue práctico. Se estudiaron todas las alternativas.

La Luna, que ya conoce. Los hábitats orbitales, que no resisten más de unas décadas sin el planeta que los abastece.

Y Marte. Marte tiene lo que ningún otro cuerpo al alcance: agua en abundancia, dióxido de carbono, una gravedad que el cuerpo humano puede tolerar, y un día de veinticuatro horas y cuarenta minutos, casi idéntico al nuestro.

Es un planeta muerto, sí. Pero es un muerto con el esqueleto completo.

Se eligió como destino de la evacuación.

Rebeca cerró los dedos de la mano derecha sobre el borde de la manta. El asistente, que seguía sus constantes, afinó una décima la luz de la lámpara. Ella lo sintió como una mano en el hombro, y le agradeció el gesto a una máquina que tenía tics de 2090.

—Pero Marte no se puede pisar —dijo—. Ni siquiera llegar. Lo sé. Lo he dicho antes: seis naves, nueve con las chinas, y diecinueve… veinte muertos.

—Los humanos no, en efecto. —Vance dejó caer la frase con precisión—. Pero hay seres que no enferman de leucemia. Que son inmunes a la radiación.

Rebeca tardó un segundo en entenderlo. Cuando lo hizo, sintió un vértigo curioso, como el de quien descubre que lleva años subiendo una escalera hacia el sótano.

—Androides.

—Desde 2093 se envían a Marte, de manera continuada, miles de androides humanoides.

Una máquina no se muere de radiación cósmica, no necesita oxígeno, no desfallece en la oscuridad de un tránsito de dos meses.

Mientras los hombres fracasaban por el camino, aquellas naves, sin tripulación, llegaban.

Llevamos casi treinta años construyendo un mundo para gente que aún no ha podido llegar a él.

Sobre los tejados, una gota más gruesa se desprendió de una gárgola y cayó con un golpe seco sobre el zinc. A Rebeca le pareció que el edificio entero contenía el aliento.

—Los androides funcionan con inteligencia artificial —dijo, tanteando. Hablaba despacio, no solo por la lengua—. Eso lo intuyo. Software avanzado, supongo. Capas sobre capas.

—Un software avanzado, sí. Y se reparten en tres grupos.

—¿Tres?

—El primero está en Tharsis, junto al Monte Olimpo.

Allí hay un mar de roca volcánica de hace miles de millones de años, y bajo él, esos tubos de lava de los que habrá oído hablar: cuevas gigantescas, de decenas de kilómetros de longitud, algunas tan anchas que cabría dentro una ciudad entera.

—Vance trazó en el aire una línea horizontal con el dedo, que sus manos no solían permitirse—.

Bajo cientos de metros de roca, la radiación apenas llega.

Es el único lugar donde un cuerpo humano podría vivir sin escudos.

Los androides lo están convirtiendo en hábitats.

Sellan las bóvedas, presurizan los túneles, instalan cultivos y reactores.

Cada año se abre una galería nueva. Allí vivirán, cuando lleguen, las primeras familias.

Rebeca imaginó una catedral gótica sin luz, hecha de basalto, con el techo perdido en la oscuridad.

Pensó en las criptas de Santiago, en los pasadizos bajo el Obradoiro que había visitado de niña, con el olor a cal y a humedad.

Una ciudad bajo tierra, excavada por criaturas que no necesitaban más luz que la del cálculo.

—El segundo grupo —continuó Vance— trabaja en el polo norte, en el Planum Boreum.

Hay allí una cicatriz gigantesca en el casquete polar, el Chasma Boreale, un cañón de más de quinientos kilómetros que parte el hielo como un tajo.

Los androides trabajan en esa herida. Su misión es derretir las capas de hielo de agua y de dióxido de carbono sólido.

Al sublimarlas, se libera una cantidad enorme de gas.

Si el proceso se desboca, el efecto invernadero hace el resto: la atmósfera se espesa, la temperatura sube, el agua deja de ser un mineral y vuelve a ser un río.

Se trata de reanimar un planeta calentándole el pecho.

—Terraformación.

—Una forma brutal de terraformación, a velocidad que habría escandalizado a los ecologistas del siglo pasado. Marte no tiene tiempo de ser delicado. Nosotros tampoco.

Rebeca se pasó la lengua por los labios. Fuera, el piano de abajo había cambiado de melodía. Ahora era una nota sola, repetida, con una pausa larga entre cada una, como un reloj de pared que olvida sus horas.

—Y el tercero —dijo Vance, y su voz tuvo por primera vez una inflexión de orgullo, tan discreta que cualquier otro oyente no la habría advertido— está en Hellas Planitia.

Se interrumpió un instante y la miró con aquella atención que le leía la sangre.

—Es el cráter de impacto más grande del hemisferio sur, y el punto más profundo de Marte: unos siete kilómetros por debajo del nivel medio.

Esa profundidad es una bendición. Allí abajo la presión atmosférica es la más alta del planeta.

Alta es un decir, comparada con la Tierra, pero suficiente para que el agua pueda existir en estado líquido sin evaporarse en el acto.

Es el único lugar de Marte donde un charco no desaparece.

—¿Y qué hacen allí?

—Construyen lo que llamamos el Núcleo Artificial de Hélade.

—Pronunció el nombre con cuidado, como si fuera frágil—.

Marte perdió su campo magnético hace miles de millones de años, y sin él, el viento solar arranca la atmósfera poco a poco, como un niño que deshoja una margarita.

Los androides entierran alrededor de la cuenca una red inmensa de bobinas superconductoras.

Cuando se energizan crean un escudo magnético local, un pequeño paraguas sobre el cráter.

Dentro de ese paraguas, el viento solar ya no puede arrancar los gases.

Y en ese oasis protegido, ensayan fórmulas de calentamiento extremo: microondas, detonaciones controladas, lo que haga falta para liberar los gases atrapados en las rocas del subsuelo.

—Un laboratorio.

—Un laboratorio, y a la vez un prototipo. Lo que funcione en Hellas se extenderá, más adelante, a todo el planeta.

Rebeca dejó pasar unos segundos. Una luz pasó por la ventana, la de un coche autónomo que subía por la calle y se deslizó sobre el techo como un pez luminoso.

El mundo seguía allí fuera, con su rutina de lluvia y faros, ignorante de que una mujer enferma y un hombre de gris repartían su porvenir en una galería.

—Señor Vance —dijo al fin—. Me ha contado algo extraordinario, y se lo agradezco, aunque no sé si debería.

Pero sigo sin entender mi papel. Intuyo que esos androides funcionan con IA de software.

Entiendo que son máquinas muy sofisticadas.

Y sin embargo no veo la conexión con mi trabajo.

Yo no construyo máquinas. Yo estudio a las personas que conviven con ellas.

—Lo comprendo.

—¿Cuántos son?

—¿Cuántos androides?

—Sí. Dígame cuántos hay en Marte ahora mismo. Y dígame cómo han conseguido que nadie se entere. Treinta años enviando naves. Miles de máquinas. Fábricas. Lanzamientos. Un proyecto así debe de dejar huellas en todas partes.

Vance cruzó los dedos y apoyó la barbilla en ellos, un instante, antes de responder.

—En Tharsis se concentra la colonia más numerosa: unos veinte mil. En el polo norte, alrededor de mil. En Hellas Planitia, unos cuatrocientos.

—Veintiún mil cuatrocientos.

—Con los que van llegando cada año. —Hizo un gesto casi imperceptible—. Y en cuanto a ocultarlo, es más sencillo de lo que parece, señora Rey. Lo difícil no es esconder una cosa grande. Lo difícil es esconderla de todos. Basta con esconderla de la mayoría y con desacreditar a los demás.

—¿Cómo?

—Controlando los medios de comunicación, en primer lugar.

No todos, pero sí lo bastante para marcar lo que se dice y lo que no.

La propiedad de las cabeceras importantes cambia de manos con más facilidad de lo que cree el lector.

En segundo lugar, cuando alguien descubre algo, un técnico, un periodista, un aficionado con un telescopio, se le trata como se le tratará a usted si habla: bots, tachaduras de lunático, de chiflado, de víctima de teorías de internet.

Hay un puñado de personas por el mundo cuyo único oficio es leer lo que se publica y decidir cuál es la mejor manera de que nadie lo crea.

—Y si eso no basta.