Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 11 Las cuentas del fin del mundo
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Capítulo 11 Las cuentas del fin del mundo

La pregunta quedó en la galería como una hoja de papel que alguien hubiera dejado sobre una mesa, y que ninguno de los dos se atrevía a coger.

¿Qué sabe usted de las misiones humanas a Marte?

Rebeca tardó en contestar. No era que no tuviera respuesta.

Disponía de demasiadas, y ninguna parecía venir a cuento.

Pensó en el Instituto, en la pizarra con su pregunta a medio borrar, en los pasillos de piedra por donde caminaban ciento diez mentes dedicadas a medir cuánto de nosotros había cambiado desde que las máquinas aprendieron a escucharnos.

Pensó en la psicología, en la memoria de almacén, en la fatiga de agencia.

Intentó trazar una línea entre todo aquello y un planeta rojo del que no se hablaba desde hacía cuarenta y cinco años, y la línea se le deshizo entre los dedos, como un hilo de humo.

Fuera, el último resplandor se retiraba de los tejados. En la Alameda se encendieron las farolas de golpe, una hilera de globos de luz tibia, y el vaho de la tarde se pegó a los cristales de la galería.

—Lo que sabe todo el mundo, señor Vance —dijo al fin.

El asistente doméstico le alisó la frase, pero no consiguió ocultar el cansancio—.

Seis expediciones americanas y tres chinas, una detrás de otra.

Fracaso tras fracaso, hasta que alguien en un despacho decidió que ya estaba bien de enterrar gente.

Se cancelaron los programas, se desmontaron las rampas, y desde entonces el viaje interplanetario para humanos es lo que es: una imposibilidad.

La radiación solar y la cósmica no perdonan. El cuerpo no está hecho para eso.

Vance no dijo nada. Esperaba, con la espalda recta como un listón.

—Sé también lo que se enseña en los colegios —continuó ella—.

Que el comandante de la última misión fue un tal Adrian Vega.

Que llegó vivo y murió a los dos pasos, y que dijo una frase sin sentido.

«El silencio no está vacío». —Se detuvo un momento, y su voz bajó—.

Alguna vez me pregunté qué habría querido decir pero tampoco profundicé mucho.

La verdad es que no me sugiere nada. Es la frase de un hombre que se estaba muriendo.

Se quedó mirando el filo de la manta, donde Silvana había cosido una cenefa de hilo azul.

Le asaltó, sin venir a cuento, una imagen: el pie de un hombre hundiéndose en el polvo rojo, y una nubecilla que tardaba en volver a posarse.

No la había visto nunca. Pero la conocía.

Las imágenes del descenso de Vega las conocía todo el mundo.

—No soy especialista en exploración espacial —terminó—. Ni siquiera me ha interesado excesivamente. Y sigo sin entender qué tiene que ver todo esto con el Instituto.

—Más de lo que usted cree —dijo Vance.

Dijo la frase sin énfasis. Un hombre que da una temperatura.

Luego, con una lentitud que no tenía nada de teatral, se inclinó un poco hacia delante, apoyó los antebrazos en las rodillas y juntó las manos.

Era el primer movimiento voluntario que Rebeca le veía desde que se sentó, y le resultó casi indecente, como ver a una estatua cambiar de postura.

—Voy a empezar a decirle algo, señora Rey.

Y quiero que entienda bien en qué consiste.

Lo que oiga a partir de este momento es información clasificada.

Entiendo que, como parte de nuestro acuerdo, nada de lo hablado en esta sala saldrá de ella.

Pero conviene que las consecuencias queden claras desde ahora, para que no haya malentendidos después.

—¿Me está amenazando?

—Le estoy informando. —La cicatriz de la comisura se tensó apenas—.

Si usted revelase algo de esta conversación, se pondrían en marcha dos mecanismos.

El primero, miles de cuentas automáticas en todas las redes, hablando de usted con una sola voz: una investigadora enferma, con la mente afectada por su enfermedad, que ha desarrollado ideas conspiranoicas.

El segundo, medios oficiales, con firmas respetables, que le dedicarían páginas enteras de compasión.

Se la desacreditaría con una delicadeza que usted misma envidiaría.

—Hizo una pausa casi imperceptible—. Créame que no es nada agradable.

He visto cómo funciona, y no se lo deseo a nadie.

Rebeca lo escuchó sin pestañear. Alguien, en el piso de abajo, cerró una ventana, y el golpe resonó en el hueco de la escalera.

—Lo que veo —dijo despacio— es que cada cosa que usted dice me asusta más que la anterior, y que ninguna me explica nada. Sigo sin ver la relación de mi Instituto con la exploración del espacio. Una exploración que, además, ya le he dicho, me interesa muy poco.

—No se trata únicamente de la exploración espacial.

Vance se enderezó de nuevo. Con un gesto que no tenía más de dos segundos, cogió la jarra de agua de la bandeja, llenó con precisión un vaso, y lo dejó junto a la mano derecha de Rebeca, a su alcance.

Luego volvió a sentarse. Rebeca lo miró, sorprendida.

Ese detalle de cortesía, tan pequeño, le resultó más inquietante que todo el resto.

—Dígame, señora Rey, ¿qué cree que ocurre en nuestro planeta?

—¿En qué sentido?

—En el sentido de las proyecciones. De lo que las inteligencias más avanzadas, las de verdad, no las que usted estudia en su laboratorio, calculan sobre el futuro de la Tierra.

Rebeca se encogió de hombros, y le dolió el movimiento.

—Que el clima se calienta. Que hay veranos que no se puede ni salir a la calle.

Que el nivel del mar sube. Lo sabemos desde hace un siglo y todo el mundo ha aprendido a vivir con ello.

En Santiago, hoy, ha llovido menos que en abril de hace veinte años, y eso a las castañas les ha venido bien. Nos vamos adaptando.

—Eso es lo que se cuenta —dijo Vance—. Y no es mentira.

Es una versión suavizada para que el planeta siga funcionando.

—Su voz seguía baja y pareja, como si leyera un parte meteorológico—.

Todas las proyecciones, todas, sin excepción, de los sistemas más avanzados, coinciden en un mismo punto.

En torno al año 2225, la Tierra dejará de ser habitable.

Un silencio. En la mesita, una galleta de mantequilla se desmigó sola y dejó caer un puñado de migas sobre el plato.

—Por el calentamiento —siguió Vance—, que ha cruzado umbrales de los que no se vuelve.

Por la subida de las temperaturas medias, que hará inviable la agricultura en las latitudes pobladas.

Y, sobre todo, por algo de lo que se habla poco, porque asusta más y se entiende peor: la debilitación del campo magnético terrestre.

Se está acelerando mucho más deprisa de lo esperado.

El escudo que nos protege de la radiación cósmica y del viento solar se está adelgazando, señora Rey.

Usted lo sabe mejor que nadie: un cuerpo sin escudo se enferma. Nosotros no seremos distintos.

—¿Cuánto tiempo?

—Poco más de un siglo, en el mejor de los casos. —Hizo una pausa—. Para la especie humana, en este planeta, queda menos de un siglo de vida que merezca el nombre de vida.

Rebeca no dijo nada. El asistente, que seguía su pulso, subió una décima la luz ambiente sin que nadie se lo pidiera, y la galería se volvió de pronto más pequeña y más cálida.

Ella miró a Vance y buscó en su cara la mueca de quien exagera o dramatiza, y no la encontró.

Los hombres que mienten tienen una forma de sostener la mirada que habla demasiado.

Este no decía nada. Estaba allí, con los ojos grises abiertos sobre ella, como quien ofrece un dato y espera que se lo devuelvan sin discutir.

Se obligó a pensar con orden, y le salió una frase práctica, casi administrativa.

—Red Moon opera en la Luna. —Empezó despacio—. Eso quiere decir que ustedes se preparan para evacuar a la gente hacia allí.

Vance se rio.

Fue una risa breve y seca, apenas una exhalación con sonido.

La primera que Rebeca le veía y, por la forma en que la cicatriz se plegó, no tuvo la impresión de que le resultase fácil.

No fue una risa cruel, pero tampoco alegre.

Tenía algo de cansancio, y por debajo, un fondo hondo de otra cosa que ella no supo nombrar.

—Disculpe —dijo—. Esa es la conclusión que sacan todos.

En la Luna viven hoy alrededor de treinta mil personas.

Es una cifra honrosa, para lo que cuesta mantenerla.

Aun construyendo todos los hábitats que podamos, la capacidad máxima de colonias sostenibles allí sería de cincuenta mil personas.

Cincuenta mil, señora Rey, en un mundo de catorce mil millones.

La Luna es un puerto, no un hogar. No es la solución. Ni de lejos.

Rebeca sintió que algo se le cerraba en la garganta, y no era la enfermedad.

—Sigo sin entender qué tengo que ver yo con todo esto —dijo, y le sorprendió el temblor de su propia voz—.

Ni mi equipo. Pero entiendo lo que me cuenta.

—Se pasó la lengua por los labios secos—.

Y no me gusta. Un planeta que ya no da más de sí.

Como un animal viejo, que se echa a morir en un rincón. —Se detuvo—. ¿Cuál es el plan?

La luz de la lámpara dibujaba sobre el cristal una silueta de dos figuras sentadas frente a frente, tan quietas que parecían un daguerrotipo. Más allá, sobre la sombra de los tejados, empezaba a asomar una luna recién nacida, muy baja, con un cerco ligeramente anaranjado por el polvo de la tarde.

—Se está perfeccionando la tecnología de protección en la industria espacial —dijo Vance—.

Escudos magnéticos y térmicos, blindaje de plasma.

Lo que fracasó con Ananké y con Tianhe, lo que mató a todos aquellos hombres y mujeres, se corrige año a año.

Aún no basta. Pero se acerca. Cuando comiencen las evacuaciones, en el año 2190, el índice de supervivencia del viaje a Marte será del uno por ciento.

—Del uno por ciento.

—Ese es el objetivo. Que uno de cada cien que llegue vivo a Marte.

Rebeca tardó un instante en comprender el número. Había tenido esa lentitud durante toda su carrera, la de oír una cifra y verla de golpe como lo que era.

—Treinta puertos espaciales repartidos por la Tierra —continuó Vance, enumerando con la sobriedad de un ingeniero—.

De cada uno despegarán, todos los días, al menos tres naves con cien personas cada una.

Noventa naves diarias. Si una de cada cien llega, nos asegura casi una nave por día en Marte.

Cien humanos cada jornada. Treinta y seis mil quinientos al año.

Y la evacuación durará de veinte a treinta años.

—Hizo una pausa—. Entre setecientas mil personas y un millón, dispuestas a empezar de nuevo.

—Un millón.

—Un millón de supervivientes. De catorce mil millones.

Rebeca cerró los ojos, y por un momento el mundo fue solo un rumor: el murmullo de la lluvia que empezaba otra vez en los tejados, un tranvía lejano, la voz de Silvana en la cocina, cantando ya una nana en voz baja, para sí.

En la oscuridad de los párpados vio cohetes y los espacio-puertos, esas rampas gigantescas que había visto en tantas fotografías de Cabo Cañaveral, pero llenas de gente.

Se imaginó las colas. Intentó visualizar a las familias en las pasarelas, con sus maletas pequeñas y sus niños en brazos, subiendo a naves donde se les había dicho, con una cortesía administrativa, que noventa y nueve de cada cien no llegarían.

¿Y subirían? Sí. Era lo más terrible. Todos entrarían en las naves, porque lo único peor que una posibilidad entre cien es la certeza de quedarse.

Madres desesperadas empujando a sus hijos por una escotilla con la esperanza loca de que fueran ellos los elegidos.

Hombres que despegaban sabiendo que lo más probable era morir enfermos a mitad de camino, como los de la Ananké, uno tras otro, en la penumbra de una cabina.

Y al final, para los afortunados, un planeta muerto y frío, un cielo de color salmón y un desierto de óxido donde empezar de cero, con las manos, con la voz, con lo que quedara.

Abrió los ojos. El rostro de Vance seguía allí, sin cambio.

—Las naves no son una novedad —dijo él, como si hubiera adivinado—. Llevamos décadas construyéndolas. Lo que escasea es lo otro.

—¿Lo otro?

—Más adelante.

Rebeca bebió por fin. Con las dos manos, a duras penas, y el agua le supo a hierro.

Sintió una náusea fría que le subía desde el estómago, y se agarró al brazo del sillón para contenerla.

No era la enfermedad. Era una cosa distinta, más vieja: la de comprender de golpe que el suelo sobre el que ha vivido toda la humanidad, el suelo de Altamira, de Atenas y de la rúa do Franco, tenía fecha de caducidad.

Que existía una cifra, 2225, grabada en algún lugar, en una pantalla secreta, como una fecha en una lápida que todavía no se ha tallado.

Entendía ahora la ironía del nombre. La luna toda se volvió como sangre. Un hombre vestido de gris, de una compañía que no existía, venía a anunciarle, con buenos modales, el fin del mundo. Su abuela, con el misal sobre las rodillas, habría asentido despacio.

Tres semanas antes, ella habría rechazado aquello por exagerado. Pero algo en la quietud de Vance, en esa falta total de énfasis, la hacía inútil de discutir. Creía lo que oía, como se cree un diagnóstico: sin entusiasmo, con una especie de lucidez terrible.

Fuera, la luna había subido un poco más. Ya se distinguía su color, un naranja pálido, delgado, casi ceniza, el de la hoja de un castaño en el último día de octubre. No era rojo. Pero se le parecía.

—Le creo, señor Vance —dijo—. Que Dios me ayude, pero le creo.

—Se lo agradezco.

—Y aun así sigo sin saber qué hago yo aquí.

—La voz se le quebró, y esta vez el asistente no la ayudó—.

Soy una psicóloga con una enfermedad mortal y un instituto que se deshace.

No tengo cohetes. Tampoco escudos térmicos.

No sé nada de Marte. Si lo que necesita es gente que sepa construir una nave, ha venido a la casa equivocada. ¿Qué puedo yo aportar a todo esto?

Vance la miró. Sus ojos, grises como un cielo a punto de romper, no se movieron. Las cejas canosas, tampoco. Sólo la cicatriz, junto a la boca, se tensó despacio, igual que una cuerda que alguien tira desde muy lejos.

—Mucho más de lo que usted piensa —dijo.