Capítulo 10 El visitante #2
Rebeca sintió que algo se le helaba por dentro. Fue un frío muy fino, que le recorrió la espalda sin pasar por la piel.
—Y sigo con interés —continuó Vance, sin alterar el tono— el trabajo del grupo que ha continuado con ese enfoque. Hellensberger y Caamaño están logrando resultados notables. Aunque son preliminares, por supuesto.
—Eso no es público.
—No.
—Ese estudio no se ha publicado. Ni el de Li Wei, que se fue sin terminarlo, ni el de Hellensberger y Caamaño, que apenas llevan seis semanas. —La voz se le quebró, y el asistente tuvo que redondear dos consonantes—. Nadie fuera del instituto sabe que existen. ¿Cómo ha accedido a ellos?
Vance sostuvo su mirada. La ceja izquierda, densa y canosa, no se movió.
—Tengo mis recursos.
Rebeca soltó una risa seca, sin alegría. Afuera, la paloma había vuelto a la barandilla, y arrullaba con su estúpida paz de ave doméstica.
—Tiene sus recursos. —Negó con la cabeza, despacio—.
Escúcheme bien, señor Vance, porque no me quedan muchas conversaciones y no quiero malgastar ésta.
No puedo seguir una charla con alguien que al parecer ha entrado en mi historial clínico, en los estudios reservados de mi instituto y que no me dice una sola palabra de su empresa ni de sus objetivos.
Eso no es una reunión. Es un registro domiciliario con buenos modales.
Entonces ocurrió algo que ella no esperaba.
La cicatriz de la comisura se tensó otra vez, y durante un instante, apenas un parpadeo, algo parecido a una sonrisa cruzó la boca de Vance.
No llegó a los ojos. Fue un gesto de reconocimiento, el que hace un jugador de ajedrez cuando el contrario comete la jugada que él había previsto tres movimientos antes.
—Tiene razón —dijo—. Y por eso he venido a ofrecerle algo más que explicaciones. —Hizo una pausa—. Hoy puedo darle una solución para el futuro del instituto.
Rebeca no respondió. Esperó.
—Red Moon cubriría la totalidad de los costes del ISC.
Sueldos, instalaciones, equipamiento, el tiempo que fuera necesario.
Sin límite de ejercicio. Sin preguntas sobre el balance.
—Vance enumeraba con una sobriedad casi administrativa—.
A cambio de dos condiciones. La primera: que la mitad de los recursos de investigación se dedique al estudio que ahora lideran Hellensberger y Caamaño sobre la confluencia entre conciencia humana e inteligencia artificial.
La segunda: que los resultados de ese estudio se reporten exclusivamente a mi empresa.
—Exclusivamente.
—Exclusivamente.
La palabra quedó suspendida en el aire de la galería.
Rebeca contempló, más allá del cristal, la ciudad, que se iba encendiendo.
Las farolas de la Alameda parpadeaban una tras otra.
Sobre las torres de la catedral, el cielo era una franja de un verde muy pálido, de ese color de agua que sólo se ve en primavera.
Cerró los ojos, solo un momento.
Había pasado la tarde de ayer imaginando el instituto vacío.
Las mesas sin gente, los pasillos de piedra con su eco, la pizarra con la pregunta que nadie había borrado, ¿Quién recuerda a quién?
, desvaneciéndose en el polvo. Había visto el castillo de arena deshacerse bajo la marea.
Y ahora un hombre de gris le ofrecía un muro, uno solo, pero un muro.
No sería lo que ella había soñado: sería otra cosa, con otro dueño.
Pero el nombre del instituto seguiría en la fachada, y sus doctorandos seguirían cruzando el Obradoiro cada mañana, y alguien, dentro de cien años, abriría un viejo artículo con su firma y lo citaría.
Si ella moría, su legado seguiría vivo. Quizá deformado. Quizá no del todo suyo.
Pero vivo.
Sabía que existían precios más altos que el dinero. Sabía también que ese hombre, con su cicatriz y su quietud, jamás habría llegado hasta allí sin cobrarse algo. Y sin embargo la oferta tenía la crueldad del agua en el desierto: se la mira con recelo, pero se la bebe.
Abrió los ojos y buscó los de Vance. Seguían allí, grises, inmóviles, aguardando.
Tenía la inquietante sensación de que aquel hombre había llegado a esa casa sabiendo ya su respuesta, y de que cada cosa que ella dijera hasta entonces había sido un trámite.
Siempre tres pasos por delante, pensó, y le irritó sentirse admirada por lo que la inquietaba.
—Le daré una oportunidad, señor Vance —dijo despacio—. Una sola. Pero antes de que yo piense siquiera en aceptar, tendrá que decirme algo. —Respiró, y el aire le tembló en el pecho—. ¿A cambio de qué?
Vance no contestó de inmediato. Desvió, por primera vez, la mirada, y la dejó posarse en la ventana, en las luces de la ciudad vieja y en el hilo blanco que dibujaba un avión muy lejano sobre el último color del día.
Sus manos seguían quietas sobre las rodillas.
La cicatriz se tensó, una vez, despacio.
—Es una pregunta razonable —dijo al fin, en voz baja, casi para sí—.
Piense en lo que su equipo ha sugerido. Un sistema donde la máquina no sea el pensamiento, sino el cuerpo: la fuerza, la velocidad, la memoria, la resistencia.
Y donde la conciencia humana, con su intuición, su miedo y su capacidad de dar sentido, gobierne a todo lo demás.
—Hizo una pausa—. Piense en lo que eso significaría para un cuerpo que ya no sirve.
Para una mente que no tiene por qué apagarse con él.
Piense en un hombre capaz de sobrevivir en lugares donde la carne, hasta hoy, simplemente no puede.
Rebeca no respiró. Una gota de agua resbaló por el cristal y dibujó un camino brillante en la noche.
Vance volvió a mirarla, y sus ojos de tormenta estaban ahora muy quietos.
—Dígame, señora Rey —preguntó—. ¿Qué sabe usted de las misiones humanas a Marte?