Capítulo 10 El visitante
Los tres millones de euros llegaron un martes, sin ruido, como cuando lo hace la marea a una playa de noche: nadie la ve subir, pero por la mañana el agua ya está allí.
Xiana Naveira lo había comprobado con sus propios ojos, tal como Rebeca le había exigido.
Se plantó ante la pantalla del banco con las gafas en la punta de la nariz y leyó la cifra dos veces, y una tercera con el dedo, comprobando los ceros uno a uno, como se sigue un rosario.
Luego telefoneó a Rebeca y dijo solo: «Está».
Rebeca, desde la galería, apretó los párpados.
Aquel dinero era oxígeno. Con él, el caserón de la rúa do Franco seguiría encendido hasta diciembre, y los ciento diez que aún quedaban en sus mesas podrían seguir discutiendo sobre la mente humana y su relación con la Inteligencia Artificial sin mirar de reojo el correo.
Pero Xiana no se había conformado. Había pasado tres noches rastreando el origen de la transferencia, y lo que le relató a Rebeca el jueves, con el paraguas goteando junto a la puerta, tenía algo de cuento infantil trazado por una mano con mala intención.
El dinero había salido de un fideicomiso de Jersey, que lo había recibido de otro de Vermont, que a su vez respondía ante una entidad radicada en la Luna, la cual rendía cuentas a una sociedad de Bahamas, que dependía de un patronato de Dubái.
Cada eslabón se abría y mostraba dentro otro idéntico, como esas muñecas rusas que Rebeca había visto de niña en el escaparate de una tienda de la calle Real de A Coruña. Al final de las muñecas, nada.
—No es que me hayan cerrado la puerta —había dicho Xiana—. Es que no hay puerta. Quien ha hecho esto sabe cómo se rastrea el dinero porque se ha dedicado a enseñar cómo no se rastrea.
Y ahora, tres días después, Rebeca esperaba en la galería, con la manta sobre las rodillas y las manos quietas encima, sin saber a quién esperaba.
La tarde había salido sin nubes, o casi.
Un resto de lluvia pendía todavía de los marcos blancos, y la luz de abril, ya oblicua, atravesaba los cristales y encendía una a una las motas de polvo que flotaban sobre el suelo de madera, como si alguien hubiese soltado un puñado de pequeñas lámparas.
Desde abajo subía el rumor de la Alameda, risas de niños, el repique de una bicicleta.
Las camelias caídas formaban en el sendero un tapiz rosa que nadie había barrido aún.
Silvana había puesto sobre la mesita una bandeja con dos tazas, una jarra de agua y un plato de galletas de mantequilla.
«La visita es la visita, doutora, y viene de muy lejos, por eso tiene que comer un poco.
» Rebeca no había discutido. Llevaba el pelo recogido por Silvana en un moño flojo, y se había dejado poner una chaqueta de lana gris, de cuello alto, que ocultaba lo que el cuello ya no sostenía bien.
Quería recibir a ese hombre con la cabeza alta, aunque esta la tuviera ya que apoyar en el respaldo.
A las seis en punto sonó el timbre.
No cinco minutos antes ni cinco después.
Rebeca oyó el paso de Silvana por el pasillo, el chasquido del pestillo, la voz cantarina del «buenas tardes, entre, entre, por favor» y, tras ella, un silencio de cuatro o cinco segundos que la inquietó más que cualquier ruido.
Luego, unos pasos pausados sobre la madera.
El hombre apareció en el umbral de la galería y se detuvo.
No impresionaba por el tamaño. Era de estatura media y complexión delgada, y habría pasado inadvertido en un andén.
Lo que desarmaba era su tranquilidad. Estaba allí, de pie, con los brazos a los costados y la espalda rigurosamente recta, y no había en él un solo movimiento superfluo: no miraba el techo ni los cuadros, no se alisaba la chaqueta, no buscaba dónde poner las manos.
Cualquier otro visitante, al entrar en una casa ajena, se desplaza un poco, se acomoda en el espacio.
Este parecía haber llegado de golpe y haberse quedado como un mueble antiguo que siempre hubiera estado allí.
—Señora Rey —dijo—. Soy Arthur Vance.
La voz era baja y lenta, de un castellano muy correcto con un resto de inflexión extranjera, apenas una piedra pequeña en el fondo de un arroyo limpio. Rebeca le hizo un gesto hacia el sillón que había dispuesto frente al suyo, con la mano derecha, que aún obedecía.
—Siéntese, señor Vance. —El asistente doméstico alisó las consonantes de la frase y le devolvió un tono más seguro del que ella tenía—. Silvana, te agradecería que nos dejaras solos un par de horas.
—Claro, doutora. Estoy en la cocina, si necesita cualquier cosa ya sabe. —Silvana lanzó al visitante una mirada rápida y curiosa, de las que miden y no juzgan, y se retiró, cerrando la puerta con un cuidado exagerado.
Vance se sentó. Lo hizo sin apoyarse en el respaldo, con la columna tan derecha que la silueta recordaba a una regla.
Vestía un traje oscuro, de un azul tan profundo que podía confundirse con negro, cortado a medida con una exactitud casi arquitectónica: ni una arruga en los hombros, ni una bolsa en las rodillas.
No llevaba reloj, gemelos ni alfiler en la corbata.
En todo aquel atuendo no había un solo adorno, y sin embargo el conjunto tenía una elegancia seca, de quien no necesita que la tela hable por él.
Rebeca pensó en un oficial retirado, o en un monje de una orden que no tuviera hábito.
Se miraron.
Fuera, una paloma se posó en la barandilla de la galería y se fue.
El silencio se alargó. En algún lugar del piso, Silvana tarareaba sin darse cuenta una canción brasileña, con la voz baja y sorda con que se canta junto a los fogones.
Rebeca había dirigido miles de reuniones y sabía que el primero que habla pierde algo, y sin embargo notó que ese hombre no estaba jugando a nada.
Simplemente esperaba, con una paciencia que parecía no requerir ningún esfuerzo visible.
Entonces reparó en sus ojos.
Eran de un gris como el de una niebla matutina, con una claridad que no tenía nada de dulce.
Y estaban fijos en ella. No parpadeaban con la frecuencia que lo hace la gente.
Bajo unas cejas densas y canosas que no se movían ni un milímetro, aquellos ojos recorrían su cara con una atención clínica, y Rebeca tuvo la incómoda sensación de que estaban leyéndole el pulso en el cuello, el temblor del labio, el movimiento de las manos sobre la manta, y todo lo que ella, por educación, quería callar.
Había interrogado a docenas de pacientes, y sabía reconocer a alguien que mira para ver. Este miraba para saber.
Y a ella no le gustaba que nadie supiera tanto.
—Voy a ahorrarnos el protocolo, señor Vance —dijo, y la voz le sonó más firme de lo que esperaba—. ¿Sabe usted que me estoy muriendo?
Vance inclinó la cabeza, apenas un centímetro.
—Sí. Lo sé.
—¿Cuánto sabe?
—Tengo toda la información.
La respuesta cayó en la galería con el peso de una tapa de piano. Algo caliente subió por el pecho de Rebeca, algo que creía haber perdido junto con las escaleras: la indignación. La sintió tan nítida y tan viva que casi se lo agradeció.
—Eso me concierne únicamente a mí —dijo, y el asistente apenas pudo suavizarle la dicción—. Es mío. Es lo único que a estas alturas es completamente mío. ¿Han entrado ustedes en mi historial médico?
Vance no respondió. Siguió mirándola, sin pestañear, y mientras se hacía el silencio Rebeca descubrió en su rostro cosas que la quietud había ocultado.
Una ligera asimetría: el lado derecho de la cara parecía un poco más cansado que el izquierdo, la comisura de la boca algo más baja, como si la mitad de aquel hombre hubiera envejecido por separado.
Y junto a la comisura, apenas visible, una cicatriz fina y pálida, un hilo de nácar sobre la piel, que se tensó levemente mientras él pensaba.
Fue un movimiento mínimo, casi un tic, pero Rebeca lo vio.
Esa cicatriz era un reloj que marcaba cuándo estaba calculando.
—No ha contestado a mi pregunta.
—No lo he hecho —admitió Vance.
Rebeca se echó hacia atrás. Tenía la garganta seca y no quiso beber, porque no estaba segura de que la mano llegase al vaso. Pero aún le quedaban fuerzas para la ira, y las gastó con gusto.
—Entonces quiero que me diga a qué se dedica su empresa.
Se ha presentado en mi casa con un nombre corporativo que parece sacado del Apocalipsis.
Mi controladora ha buscado hasta debajo de las alfombras de tres continentes y no ha encontrado ni un solo dato.
Ni objeto social, ni socios, ni domicilio. Quiero saber con quién estoy hablando.
—Lo entiendo. —Vance cruzó las manos sobre las rodillas, largas y secas, de dedos sin anillo—. Es información reservada y está protegida. Por ahora no puedo desvelarla.
—«Por ahora».
—Por ahora.
La luz iba bajando. El sol rozaba ya los tejados de la ciudad vieja y teñía de cobre la mitad del rostro de Vance, dejando la otra en sombra, de modo que la asimetría se hacía más evidente.
Tendría alrededor de sesenta y cinco años, aunque Rebeca no estaba del todo seguro de haberlos calculado bien solo con la observación.
El cabello, completamente plateado, estaba peinado hacia atrás con una precisión matemática, sin un solo mechón rebelde.
Y la piel se le había ido surcando de arrugas profundas alrededor de los ojos y de la boca.
No eran las líneas de quién ha sonreído mucho.
Eran las de quien ha pasado décadas en una habitación en silencio, calculando variables, y ha dejado que el rostro se vaya plegando sobre sí mismo como lo hace una carta de navegación demasiado consultada.
—Tengo mi primer comentario, si me lo permite —dijo Vance.
—Todavía no sé si se lo permito.
—Me ha parecido brillante el estudio inicial de Li Wei. El que planteaba la posible confluencia, en un solo ente, de la conciencia humana y la inteligencia artificial.