Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 9 La luna de sangre #2
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Capítulo 9 La luna de sangre #2

—La Xunta reducirá su aportación al veinte por ciento. La Comisión Europea la retirará por completo a partir del ejercicio que viene. Meta ha dejado de patrocinarnos, con una nota de dos líneas. Alphabet mantiene la relación, pero a la mitad.

Cada cifra caía sobre la mesa como una piedra en un pozo. Rebeca contó el eco de cada una.

—Nos queda liquidez para afrontar los costes hasta julio.

Después habrá que empezar a plantear los primeros despidos de la historia del instituto.

—Xiana apartó la vista un instante, y volvió a mirarla—.

Y no hará falta esperar a julio para que vaya vaciándose.

Oliveira se ha ido a OpenAI. Schenk, a Microsoft.

Mariño, a X, con un contrato que ni él mismo se creía.

Hay una lista de bajas, y es más larga que la de la semana pasada, y más corta que la de la próxima.

Rebeca bajó la mirada a su mano izquierda, apoyada sobre la manta. Intentó cerrarla, despacio, como quien hace un pequeño ensayo. Los dedos se doblaron hasta la mitad y se detuvieron, vacilantes. Era una mano sin orden de marcha, una oficina con las luces encendidas y el personal en casa.

Una derrota. No había otra palabra, y esta no tenía matices.

Se había pasado la vida construyendo el ISC con un plan único, que era su propia cabeza, sin delegar en nadie lo esencial, convencida de que lo bueno se hace con una sola mano.

Se había enorgullecido de ello. Había dicho muchas veces que un instituto era un jardín, y que estos siempre necesitan a un jardinero.

Pero un jardín también necesita quien lo herede, y ella no había dejado a nadie, por pura vanidad, por no haber querido mirar hacia ese lado del tiempo.

El castillo de arena que había levantado con tanto cuidado empezaba a perder las torres bajo la marea, y ella, aún viva, tendría que contemplar cómo el agua iba llevándoselo todo, a la vez que su propio cuerpo se desprendía de ella, pieza a pieza, en la misma playa.

Había pensado que su obra sería perdurable. Se había equivocado en todo, salvo en la tarea de no verlo.

—Fue culpa mía —dijo con la voz blanda que le quedaba—. Debí preparar una sucesión. Debí imaginar que podría faltar un día.

—Rebeca.

—No me consueles, Xiana. Yo habría sido más dura contigo.

—Lo sé. Por eso no te consuelo. —Xiana dejó los folios sobre las rodillas—. Pero no llegamos al final de la lista. Falta la información que aún no sé cómo clasificarla.

Rebeca levantó los ojos.

—¿La que no sabes si es buena o mala?

—Esa. —La controladora se quitó las gafas, las limpió con la solapa, y se las volvió a poner, un gesto que Rebeca le había visto repetir antes de las auditorías más espinosas—.

Hace diez días recibimos una propuesta de una empresa llamada Red Moon Corp.

Ofrece subvencionar al instituto con tres millones de euros, a fondo perdido, a condición de que se le permita un encuentro privado con un enviado suyo.

Contigo. Solo con el encuentro, tres millones.

Y si de ese encuentro saliese algo, dicen que podrían plantear continuar la financiación de manera inmediata, incluso si fuesen los únicos que quedan.

Rebeca guardó un silencio sin prisa.

—¿Y cuál es el problema? Suena a un milagro.

—El problema es que no hay empresa. —Xiana habló muy despacio, como si estuviera pesando cada sílaba—.

Tiene un número de identificación fiscal del sector lunar de Estados Unidos.

Hasta ahí, ningún problema. Pero la ley de prevención de blanqueo de capitales me obliga a averiguar, como mínimo, el objeto social y la actividad de cualquier entidad que nos subvencione.

Y no he podido averiguar nada. Ni el objeto, ni los socios, ni el domicilio, ni un solo balance.

He tirado de todos los registros que conozco y de unos cuantos que no debería tener conocimiento El acceso está restringido de arriba abajo.

Es como querer abrir la puerta de una casa que ni siquiera tiene paredes.

—¿Y aun así hay un número?

—Hay un número. Y hay una transferencia anunciada, un mensaje cortés, y una dirección de correo electrónico de contacto que responde en menos de un minuto, a cualquier hora, con una educación impecable.

—Xiana juntó las manos—. Pero si la rechazamos, a finales de julio empiezo a mandar cartas de despido.

Y si la aceptamos, aguantamos hasta fin de año.

Con tres millones podríamos retener a la mitad de los que dudan.

Rebeca contempló la lluvia. En la Alameda, una mujer con un paraguas amarillo cruzaba el sendero de las camelias, y el amarillo ardía contra el gris con una insolencia casi festiva.

—Es extraño que dependa de verme —dijo al fin—. Si quisieran información, podrían leerla. Todo lo que producimos es público. ¿Por qué exigen un encuentro?

—Lo pregunté. Dicen que desean intercambiar información sobre las últimas conclusiones del instituto, y proponer colaboraciones adicionales. Dicen que prefieren hacerlo en persona.

—¿Y qué riesgo corre la reputación del ISC si acepto el encuentro?

Xiana tardó un poco en responder.

—Sinceramente, creo que los riesgos son muy escasos.

Lo que sabemos es de dominio público para el mundo entero.

No hay privilegios ni cláusulas de exclusividad, no hay un solo informe que un enviado pueda llevarse que no pueda descargar cualquiera desde su casa.

En el peor de los casos, un enviado mal educado se lleva dos horas de tu tiempo.

—Dos horas —repitió Rebeca.

Se quedó mirando el techo de la galería, donde la luz de la tarde dibujaba un entramado de rombos, y en esa geometría suave encontró, de pronto, la voz de Li Wei bajo los castaños de Bonaval.

Proyectos secretos, quizá militares. Experimentos en la Luna, en el sector restringido a civiles.

Se acordó también de que una frase se le había quedado sin terminar en el aire.

Un cosquilleo antiguo, de ese que sirve para despertar la curiosidad, le recorrió la nuca.

—Acepta —dijo.

—¿Estás segura?

—Con condiciones. Dos horas, ni un minuto más, y en mi casa.

Quiero ver quién viene a verme. Y quiero que antes de que cruce el portal los tres millones estén depositados en la cuenta del Instituto, y que tú lo hayas verificado con tus propios ojos, con ese olfato que tienes. Si el dinero no está, no hay reunión.

Xiana anotó tres líneas en una libreta con un lápiz de punta romo.

—Se lo comunicaré hoy.

—Y Xiana.

—¿Sí?

—Gracias por traerme las malas noticias primero y la rara al final. Es un orden que me hubiera gustado inventar yo misma.

La controladora sonrió, con ese gesto breve que parecía costarle algo, y se levantó para despedirse.

Le dio un beso en la frente, ligero y seco, como se sella una carta.

Luego recogió el paraguas, que había dejado goteando junto a la puerta, y a su paso se alejó por el pasillo, entre los muebles de madera oscura, hasta que Silvana cerró tras ella con un «hasta el próximo jueves, dona Xiana» cantado como una despedida desde un puerto.

Rebeca se quedó sola con la tarde.

El sistema doméstico, siguiendo una orden antigua, encendió una lámpara baja. La luz amarilla dibujó en el cristal de la galería un segundo paisaje, tenue, superpuesto al de fuera, donde la figura de una mujer en un sillón miraba hacia la lluvia. Rebeca la observó un rato.

Red Moon. Luna Roja.

Del fondo de su infancia, de un cuarto de la calle Orzán en A Coruña, le llegó una imagen.

Su abuela materna, con el misal de tapas negras sobre las rodillas, leyendo en voz baja el Apocalipsis, que era para ella un libro de miedo y de consuelo a partes iguales.

Rebeca debía de tener ocho años. Recordaba la voz, el ruido del mar al otro lado de la pared, y una frase que la abuela repetía despacio, con los labios apretados: Y miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como un saco de cilicio, y la luna toda se volvió como sangre.

La luna toda se volvió como sangre.

Una compañía de la que era imposible averiguar nada, anclada en el sector lunar de Estados Unidos, que ofrecía tres millones por dos horas, con un nombre que parecía salido de las visiones de Patmos.

Y ella, que se moría, la mujer que había dedicado la vida a estudiar la mente y que ahora llevaba una mano que no cerraba y una lengua que dejaba las palabras a medias, era la elegida para recibir a su enviado.

Se le escapó una carcajada. Salió ronca y demasiado larga, con un cabo de tos. En el pasillo, Silvana asomó la cabeza con los ojos muy abiertos.

—Doutora, ¿está todo bien?

—Es que… —Rebeca respiró para recuperar el aire, y las lágrimas, de risa o de lo que fuera, le dejaron un brillo en las mejillas—. Creo que el fin del mundo quiere visitarme, Silvana. Y tiene la delicadeza de pedir cita.

—Entonces que traiga unas pastas para merendar —respondió ella, sin pestañear—. Porque vamos a recibir el final del mundo pero que sea comiendo un té con pastas.

Rebeca volvió a reír. Fuera, la lluvia había cedido, y por el hueco que dejaba entre dos nubes comenzaba a subir, sobre los tejados de la ciudad vieja, una luna pálida y apenas empezada, redonda como una hostia.

No había en ella ningún rastro de rojo. Silvana se acercó a la ventana y la miró con el pañuelo de colores ladeado y las manos en la cintura.

—Está usted muy blanca, doutora.

—Lo sé —dijo Rebeca.

Y se quedó contemplándola, con la manta hasta el pecho y la mano izquierda abierta sobre el regazo, mientras las campanas de la catedral daban una hora que nadie contó.