Capítulo 9 La luna de sangre
Abril había llegado a Santiago con esa puntualidad desvergonzada de lo que no teme a nada.
En la Alameda, las camelias soltaban sus flores enteras, sin deshojarse, como quien deja caer un abrigo, y los senderos del parque se habían alfombrado de un rosa mojado que los jardineros respetaban unos días antes de barrerlo.
Desde la galería acristalada del piso de Rebeca Rey, un mirador de cristales pequeños y marcos blancos que daba a los árboles, se veía la ciudad vieja al fondo, con las torres de la catedral entre la bruma.
Llovía por la mañana y escampaba a mediodía, y a la tarde el cielo se abría un rato, de mala gana, para dejar pasar una luz de cobre.
Rebeca llevaba ya varias horas sentada en el sillón de la galería, con una manta ligera sobre las rodillas y la tablet apoyada en un atril, cuando se dio cuenta de que había perdido la cuenta de los meses.
No era cierto. Los tenía todos, ordenados como los instrumentos de un cuarteto. Lo que había perdido era la impresión de que fueran suyos.
Los dos primeros habían sido casi un engaño.
Diciembre y enero trajeron una normalidad tan convincente que en más de una ocasión Rebeca estuvo a punto de creer que Calvete se había equivocado.
Seguía yendo al caserón de la rúa do Franco, subía a pie los treinta y dos escalones de granito, presidía reuniones, discutía con los distintos organismos públicos.
Solo había una torpeza menuda en la mano izquierda, un cansancio distinto al de las noches en vela, más hondo y limpio, que se le posaba en los hombros hacia las cinco de la tarde.
Una mañana de febrero la llave se le deslizó de entre los dedos en el portal, y ella se quedó mirándola en el suelo, con una curiosidad sin rencor, como se hace con un a un pájaro que ha entrado en casa.
En marzo subió los escalones contándolos. En abril, ya no los subió.
El último día fue un jueves, a finales de mes.
El coche autónomo la dejó ante la puerta del instituto, y Rebeca puso un pie en el primer peldaño, y las piernas, sencillamente, dijeron que no.
No hubo dolor ni caída. Fue una negativa educada, como la de empleado veterano que presenta su renuncia.
Se quedó allí un minuto largo, con la lluvia fina en el pelo, hasta que un becario que salía con una caja de pruebas la vio y se detuvo sin saber qué hacer.
Rebeca le sonrió y le pidió que llamara al coche.
Dentro del vehículo, camino de casa, cerró los ojos y dijo en voz alta, para nadie:
—Bueno. Hasta aquí las escaleras.
Desde entonces dirigía el ISC desde la galería de su piso.
Cuatro o cinco horas al día, con la cabeza clara como un cristal recién limpiado, mediante videollamadas, informes dictados y una voz que se le había ido haciendo blanda, como si hablara con una pastilla de menta bajo la lengua.
El sistema doméstico era un asistente virtual, un anciano con tics de 2090, afinaba al vuelo lo que sus labios dejaban a medias, y a veces, cuando se cansaba, le devolvía una frase con las consonantes redondeadas con un decoro que no era el suyo.
Rebeca se había acostumbrado. Cada cosa que el cuerpo perdía tenía ahora un sustituto torpe y fiel, y ella lo aceptaba con una cortesía de un huésped en una casa ajena.
Trabajar la hacía sentirse viva. No era heroísmo ni terquedad, o no solo.
Había entendido, con ese saber que llega desde el cuerpo antes que de los libros, que el final no necesitaba ayuda.
Vendría solo, puntual, sin que nadie lo apresurara.
A ella le quedaba otra cosa: esperarlo hasta el último momento, por la elemental curiosidad de saber cómo era, y porque aguardar es lo que se hace mientras se vive.
Y si por el camino aparecían ratos buenos, una tarde de sol, una frase bien dicha, un café caliente, los iba a aprovechar con la avidez de una mujer que, por primera vez en cincuenta años, no tiene nada que organizar.
—Doutora.
Silvana Leite entró en la galería con una bandeja y esa manera suya de llegar a los sitios, como si trajera con ella una radio encendida en otra habitación.
Era una mujer ancha y pequeña, de cuarenta y tantos años, nacida en Salvador de Bahía, con la piel oscura y brillante y unos ojos que se reían antes que la boca.
Había llegado a Santiago hacía tres meses, contratada por Carmen Taibo con una cláusula que ninguna agencia había visto jamás: acompañar hasta el final .
Silvana había firmado sin preguntar. Llevaba el pelo recogido en un pañuelo de colores que ya había causado una pequeña revolución entre los vecinos del portal.
—Café con leite, sin azúcar, como a usted le gusta. y un canudinho [4] , porque hoy su mano está un poco perezosa.
Rebeca lo intentó con las dos manos, y la taza tembló, y desistió. Silvana le acercó la pajita sin una sola mirada de lástima y se sentó a su lado con las manos en el regazo.
—Usted tiene cara de lunes —dijo—. Pero cara de lunes bueno. De aquellos días en los que todo sale bien.
—Es jueves.
—Pués entonces es un lunes que se equivocó de día. Sucede en las mejores familias. —Silvana inclinó la cabeza—. Quiere descansar un poco antes de que la señora Xiana llegue?
—Descansaré bastante en unos meses, Silvana. —Rebeca sorbió el café con una lentitud ceremoniosa—. Tendré tiempo de sobra para eso.
—Esa es exactamente la frase que dicen los que no lo tienen.
—Silvana se echó a reír, una risa grande y sin malicia, y luego, de pronto, le apretó el antebrazo con la mano tibia—.
Perdón, doutora. Es que la muerte, lo digo siempre, es una visita que nunca llega puntual.
Entonces, cuando la muerte llame a la puerta, los brasileños decimos: espere en el salón, tome un cafezinho [5] , que aún estamos ocupadas.
Rebeca la miró un instante, y por primera vez en semanas sintió algo que no estaba en el guión de la enfermedad: unas ganas enormes de reír. Lo hizo, con esa risa nueva que le salía más baja y húmeda, casi un suspiro con intención. Silvana, orgullosa, se levantó a recoger la bandeja.
Aquella semana habían venido, como era habitual, los dos doctores.
Calvete llegaba los martes con su maletín de cuero y su silencio de relojero.
Le medía la fuerza de cada mano, le hacía sacar la lengua, respirar hondo, contar hasta veinte, y anotaba todo en una libreta de papel que Rebeca le había mirado con asombro, hasta que él confesó que los datos escritos a mano le daban la ilusión de que seguían siendo suyos.
Carmen Taibo venía los viernes sin portafolios.
Traía una empanada de zamburiñas en una fiambrera, o una novela mala, y se quedaba hasta que se hacía de noche.
Entre las dos visitas, la semana tenía una forma de arco, y Rebeca, que había dedicado la vida a estudiar cómo se organiza el tiempo en una mente, descubría ahora que un horario de enferma es también un pequeño poema.
Xiana Naveira llegó a las once y cuarto, con el paraguas chorreando y una carpeta de cartón bajo el brazo.
Era la controladora financiera del ISC desde el primer día, cuando el instituto tenía cuatro becarios, una cafetera y una cuenta corriente que cabía en una servilleta.
Entonces tenía veintiocho años y un traje demasiado grande.
Ahora cuarenta y seis, el pelo gris cortado a navaja, unas gafas de pasta que habían sobrevivido a tres modas, y la cualidad de decir las cosas más duras con una exactitud casi amable, como quien extiende un recibo.
Rebeca la quería con esa devoción áspera que se tiene a la gente que nunca te ha mentido.
Los jueves, Xiana venía en persona, aunque el sistema habría podido transmitirle los números en un segundo.
Decía que las cifras no se entienden del todo hasta que se ven en la cara de quien las recibe.
—No te levantes, que no hace falta —dijo, y dejó la carpeta sobre la mesita, y sacó de ella cuatro folios impresos, que era su manera de rendir homenaje a lo que Rebeca llamaba «el arte de la prueba física»—.
Te traigo de todo, como los reyes magos.
Una de las cosas es carbón que son las noticias que no son muy buenas.
También tengo otra que no sé qué es aún.
—¿Empiezas por las buenas?
—Empiezo por las buenas, que es lo que se hace con los enfermos y con los acreedores.
—Xiana se sentó frente a ella, con las rodillas muy juntas—.
La arqueología de errores en las IA realizada por Ximena ha salido en Nature .
El artículo sobre las alucinaciones canonizadas.
Lo han destacado en portada. Dice que el ISC ha desenterrado el primer error histórico documentado que ha sobrevivido a tres mil citas cruzadas.
—Ximena llevaba cuatro años con eso.
—Lo sabe todo el mundo. Y hay más. Los aproximadamente cien profesionales que quedan en el instituto se han repartido tus seminarios.
Sin pedírselo. Sin avisarte. Han montado un cuadrante en el que cada uno cubre tu ausencia en una cosa distinta, y nadie ha dejado de hacer su trabajo.
Entre los jóvenes circula que quien llega tarde a una reunión sin motivo es un traidor.
Rebeca no dijo nada. Miró hacia el cristal, donde una gota seguía un camino lento. Le pareció, de pronto, que un resto de calor le subía por el pecho, y bajó los ojos para que Xiana no lo viera. Xiana se percató de todos modos y tuvo el decoro de fingir que ordenaba los papeles.
—Y ahora —dijo—, las malas, aunque creo que tienes una noticia que aún no sabes si es buena o mala.
—Sí, pero esa la dejo para el final. —Xiana respiró—.
Rebeca, por tu ausencia se han generado dudas sobre la viabilidad del proyecto.
Nadie lo ha dicho en voz alta, pero está en el aire de todos los despachos de organismos públicos y de Silicon Valley.
Y las dudas, ya lo sabes, se convierten en dinero que se va.
—Dime cuánto.