Capítulo 8 La lengua quieta #2
—Rebeca. —La doctora Taibo le había puesto una mano en la rodilla—.
El doctor Calvete conoce tu trabajo. Lo ha leído entero.
Y ha querido hacer algo que creo que valoras: calcular el curso previsible de la enfermedad en tu caso, mes a mes.
Para que no te sorprenda nada. Sé que es lo que habrías querido.
—Es verdad —dijo Rebeca, y se sorprendió de lo sereno que sonaba.
—Durante los dos primeros meses, podrás hacer una vida normal.
Quizá notes alguna torpeza, algún cansancio, pero trabajarás como siempre.
—La doctora dejó que cada frase se asentara—.
En el tercer y cuarto mes, tendrás que reducir tu jornada a tres o cuatro horas diarias.
Entre el quinto y el sexto, solo podrás trabajar desde casa.
En los meses séptimo y octavo, es probable que estés ya en una cama, aunque conservarás el habla con ayuda de los dispositivos y comprenderás todo lo que ocurre a tu alrededor.
Y del noveno al duodécimo… —Carmen tragó saliva, y por primera vez su voz tembló—.
Del noveno al duodécimo hay que esperar lo peor. Una parálisis total, hasta el final.
El silencio que siguió tuvo un peso físico. En el patio, una gota más grande que las otras cayó desde la magnolia sobre un charco, y Rebeca escuchó con precisión el círculo que hizo en el agua.
—¿Sentiré dolor? —preguntó.
—Lo controlaremos —dijo Calvete—. No será una muerte con sufrimiento, se lo garantizo.
—Gracias.
No supo por qué se lo agradecía. Era un reflejo, un ademán de buena educación en medio de una catástrofe. Se puso de pie con cuidado, como si el suelo pudiera romperse. Carmen se levantó con ella, y antes de que Rebeca pudiera hablar, la rodeó con los brazos.
Era un abrazo apretado, largo, de los que no se dan en un despacho. Olía a café y a jabón de lavanda. Rebeca, que apenas recordaba cuándo la habían abrazado así por última vez, se quedó rígida un instante y luego apoyó la frente en el hombro de su amiga.
—Llámame cuando quieras —susurró Carmen—. De día o de noche. A cualquier hora. Estoy aquí, Rebeca, aunque no te sirva de nada. Estoy aquí.
—Lo sé.
Salió sin recordar cómo había cruzado la puerta.
El pasillo del hospital era otro. Las mismas baldosas y luces de neón, pero algo había cambiado en el aire, como si hubieran quitado un grado a la realidad.
Rebeca caminaba envuelta en una burbuja tibia y gelatinosa a través de la cual los sonidos llegaban desde muy lejos: el chirrido de una silla de ruedas, una risa en una habitación, el timbre de un ascensor.
Pasó junto a una mujer que lloraba en un banco y no se detuvo.
Junto a un niño con la pierna escayolada que le sonrió, y ella le devolvió la sonrisa con una boca que ya no sabía de quién era.
No podía estar sucediendo. Era un error de cálculo, un despiste del universo, el tropiezo de una capa vieja del sistema que había confundido una ficha con otra. Pero el calambre ausente de su lengua le contestaba, desde lo más hondo, con un silencio demasiado limpio para ser mentira.
Fuera, la lluvia seguía cayendo. Se quedó bajo el voladizo de la entrada, con el abrigo todavía doblado sobre el brazo, y contempló cómo el agua descendía por las hojas de los árboles. Entonces, de golpe, un pensamiento le cruzó la cabeza como una piedra lanzada a un estanque: el Instituto .
Nunca había delegado. Era su mayor defecto y también su mayor orgullo.
Ella escribía las convocatorias, ella negociaba con Bruselas, ella conocía los nombres de los hijos de cada director de división en cada corporación que los financiaba.
Había construido el ISC como se hace con una catedral, con una piedra encima de otra y la cabeza de una sola persona como único plano.
¿Qué sería de él cuando ella faltara? Los gobiernos que aportaban subvenciones, que hoy la escuchaban con respeto, dejarían de entregar los fondos en cuanto su voz se apagase.
Los gigantes tecnológicos retirarían sus donativos con la misma delicadeza con que se cierra una puerta que ya no da a ninguna parte.
Y los ciento cuarenta, aquellos cerebros extraordinarios que habían venido de todos los lados para trabajar con ella, que confiaban en su criterio con una fe casi ciega, ¿adónde irían?
Li Wei se iba mañana, y detrás de él se irían otros.
Se había convencido, hasta esa mañana, de que su trabajo contribuía de algún modo al progreso de la humanidad. Que desde aquel caserón de piedra se arrojaba luz sobre un territorio que todos íbamos a habitar. Lo había creído sin reservas, como se confía en una brújula.
Ahora la brújula apuntaba hacia la niebla.
Y la niebla era real. Había empezado a levantarse del suelo mojado del aparcamiento, una bruma delgada y blanca que se enredaba entre los coches y subía por las farolas.
A lo lejos, entre dos edificios, asomaba la silueta borrosa de las torres de la catedral, ya medio disuelta, flotando sobre la ciudad como una idea a punto de olvidarse.
Rebeca se quedó mirándola.
Cuánta fragilidad, se dijo. Nadie lo aprende hasta que le toca.
Qué poco somos: un temblor de neuronas, una chispa que se mantiene encendida por un cuidado tan delicado que cualquier descuido la apaga.
Había dedicado su vida a estudiar cómo piensa una mente.
Nunca había pensado, hasta hoy, que una mente es un animal vivo, que depende de un cuerpo para existir y que este, ese viejo sirviente, un día se cansa de servir.
Echó a andar bajo el agua, sin abrir el paraguas.
No sabía si la niebla estaba fuera o dentro de ella.
Al pasar junto a una ventana del hospital vio su propio reflejo, una mujer de cincuenta años con el pelo húmedo y los ojos muy abiertos, y movió los labios despacio, solo para comprobar que todavía le obedecían.
Obedecieron. Por ahora.