Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 8 La lengua quieta
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Capítulo 8 La lengua quieta

La lluvia había vuelto durante la noche, como un pariente que regresa tras una ausencia demasiado corta para ser perdonada.

Caía sobre los pabellones del hospital con su paciencia de siempre, el orballo que no golpea los cristales sino que los empaña, y que convertía el aparcamiento en un espejo gris donde los coches autónomos esperaban en fila, mudos y brillantes, como una procesión de escarabajos.

La sala de espera de la tercera planta no estaba diseñada para los que tenían prisa.

Tenía sillas de un verde pálido de convaleciente, una planta de plástico cuyas hojas alguien limpiaba con esmero, y una pantalla en la pared que susurraba los turnos con una voz de mujer sin edad.

Rebeca Rey llevaba allí veinte minutos, con el abrigo doblado sobre las rodillas y las manos quietas encima.

—Rebeca Rey —dijo la voz del techo.

Nadie se movió. Pasaron dos segundos.

—Rebeca Rey. Consulta cuatro.

Sonrió, a su pesar.

No se levantó enseguida. Por el corredor venía la doctora Carmen Taibo, y no estaba sola.

Rebeca la conocía desde hacía quince años.

Habían compartido cafés, un par de cenas largas, y aquella confianza de las personas que se ven poco y se entienden en una mirada.

Sabía cómo caminaba Carmen cuando traía buenas noticias, con el paso suelto y los brazos algo despegados del cuerpo.

Aquella mañana caminaba con los brazos pegados a los costados, y a su lado avanzaba un hombre alto, de cabello gris, bata blanca impecable y expresión de lápida. Rebeca no lo había visto nunca.

Los médicos de cabecera no traen a nadie para dar una buena noticia. A los portadores de los buenos diagnósticos no se les pone esa cara.

Se miró las manos. Las tenía serenas, ajenas, como si pertenecieran a una mujer que esperaba el tren. Entonces se acordó de la lengua.

Hacía semanas que había ido allí por primera vez, tras aquellas semanas de calambres: un hormigueo menudo bajo la lengua, una pulsación de pez en una charca que la despertaba a las seis de la madrugada y la dejaba mirando el techo con la boca cerrada, atenta a su propia respiración.

Después, sin aviso, habían cesado. Hacía diez días que su lengua guardaba una quietud completa.

Rebeca había atribuido el silencio a un descanso, a una pequeña tregua del cuerpo, y se había sentido casi agradecida.

Ahora, con la planta de plástico a un lado y el hombre de la bata al otro, aquella quietud empezó a parecerle de otra naturaleza. No la de quien reposa, sino la de una casa donde se acaba de apagar el último fuego.

Mientras la consulta se abría, Rebeca vio de pronto, con la claridad que da el miedo, el mapa entero de su vida.

Nació en A Coruña, en una casa de la calle del Orzán con vistas al mar, de donde recordaba sobre todo el ruido: el golpeteo de la ropa tendida contra el viento, el océano rompiendo contra el muro de noche, la voz de su madre llamándola desde el fondo de un pasillo.

La Torre de Hércules le había parecido durante años una persona, un viejo que vigilaba el océano con una linterna y que nunca se cansaba.

En el verano de 2088, con dieciocho años y una maleta de segunda mano, tomó el tren a Santiago para estudiar Psicología.

Aquel día llovía, naturalmente. Se bajó en la estación con el paraguas torcido y la sensación de pisar un mundo que le quedaba justo como ella quería, como un zapato bien elegido.

Se enamoró de la mente humana, esa catedral con luces dentro, y después de su reflejo, aquella nueva criatura que aprendía a hablar nuestro idioma sin haber tenido nunca una madre.

Su tesis doctoral, sobre cómo se transformaba el pensamiento humano al convivir con las máquinas, se leyó en voz baja en los pasillos antes de hacerlo en los congresos.

A los treinta y dos fundó el Instituto de Simbiosis Cognitiva (ISC) en un caserón de piedra, con cuatro becarios y una cafetera.

Hoy trabajaban allí ciento cuarenta personas de treinta países.

Las mejores cabezas del planeta cruzaban la plaza del Obradoiro cada mañana para pensar bajo su techo.

Había sido, sin duda, una vida plena. También una existencia con las ventanas cerradas por dentro.

Hubo amores, o algo con su forma: dos o tres personas amables que se habían marchado con cortesía, sin portazos, cansadas de esperar delante de una puerta de la cual nadie salía.

Su madre telefoneaba los domingos, y Rebeca le devolvía la llamada los lunes.

Su hermana le había escrito en Navidad un correo electrónico que ella había leído con atención y no había sabido contestar.

Había pagado el precio sin darse cuenta con la misma discreción con que el tiempo cobra sus deudas.

—Rebeca —dijo la doctora Taibo desde el umbral—. Pasa, por favor.

Era la segunda vez que lo decía así, con ese «por favor». Rebeca entró.

El despacho olía a café y a papel. Desde la ventana se veía un patio pequeño con una magnolia sin flor, goteando.

En la pared, entre dos títulos enmarcados, una fotografía mostraba a la doctora en una playa con tres niños, riendo.

Rebeca se sentó en la silla de siempre. Carmen ocupó la suya sin rodear la mesa; en lugar de ponerse al otro lado, acercó la silla de manera que quedaron casi rodilla con rodilla.

—Rebeca, te presento al doctor Elías Calvete. Es catedrático de Neurología en la Universidad de Santiago, y uno de los mejores que tenemos. Le pedí que viniera para poder confirmar toda la información y diagnósticos que manejamos.

El hombre le tendió la mano, seca y firme. Tenía la voz de quien ha aprendido a no malgastar las palabras, porque en su oficio cada una pesa.

—Señora Rey. Voy a ser breve, porque creo que usted lo preferiría.

—Así es.

—Los biomarcadores en sangre son inequívocos.

Hemos medido la cadena ligera de neurofilamentos y los depósitos de TDP-43 en las vesículas circulantes, y hemos repetido las pruebas tres veces.

—Hizo una pausa que no fue de ceremonia, sino de respeto—.

Usted padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

Durante un segundo no ocurrió nada. La magnolia siguió goteando. En el pasillo, alguien empujó un carrito de ruedas chirriantes.

—Es un trastorno neurodegenerativo —continuó Calvete, con la misma calma—. Destruye de manera progresiva las neuronas motoras, las que llevan la orden desde el cerebro hasta los músculos. La orden sigue existiendo. Lo que desaparece es el camino.

Rebeca asintió. Un gesto automático, de alumna aplicada.

Sabía qué era. Lo había leído mil veces, había citado casos, había asistido a conferencias donde un investigador lo explicaba con diapositivas azules.

Charcot, que le dio nombre. Lou Gehrig, el beisbolista.

Hawking, con su voz de metal y su sonrisa torcida contra el mundo.

Conocía la palabra de arriba abajo, y sin embargo, al oírla dirigida a ella, sonaba como un idioma extranjero que de pronto se comprende por entero.

—Será un error —dijo, y le pareció estar oyendo a otra persona—. Una contaminación de la muestra. Un falso positivo de los sistemas.

—Tres veces —dijo Carmen, muy suave—. He pedido que las repitieran tres veces, Rebeca.

—Los calambres —murmuró ella—. Se han ido.

El doctor Calvete se inclinó apenas.

—Se fueron porque las neuronas que los producían ya no están.

Las fasciculaciones de la lengua son el último grito de una neurona que se muere.

Cuando cesan, no es que la neurona se haya curado.

Es que se ha callado. —Hizo un gesto casi de disculpa—.

Su enfermedad ha comenzado por ahí, por el bulbo, por la musculatura de la lengua y la garganta. Es lo que llamamos inicio bulbar.

Rebeca se llevó, sin querer, la mano a la boca. Tocó el labio inferior con la yema del índice, como quien comprueba que una puerta sigue en su sitio.

—¿Y la cabeza?

—Intacta. —Calvete no suavizó la palabra—. Es lo más cruel de este mal, si me permite el adjetivo. La mente permanece lúcida hasta el final. La conciencia, la memoria, el razonamiento, todo lo suyo, queda dentro de un cuerpo que deja de obedecer.

Rebeca pensó, con una claridad casi cómica, en su propia frase de hace un mes, ante la periodista de El País : la finitud como materia prima del pensamiento.

No había sido una frase vacía. Pero decirla en una sala de conferencias era una cosa, y comprobar, en una silla de hospital, que el cuerpo es la tinta con que se escribe, otra muy distinta.

—Hay algo más que debo decirle. —Calvete juntó las manos sobre las rodillas—.

Su variante es de las más agresivas que he visto.

Las terapias que en las formas habituales ganan años aquí solo consiguen semanas, y estas no bastan para que nada cambie.

Con los datos de que disponemos, la esperanza de vida es de unos doce meses.

La palabra doce quedó flotando en el aire como un insecto atrapado en el cristal.

Rebeca no dijo nada. Tampoco llegó, de inmediato, lo que esperaba sentir.

No hubo un derrumbe, ni lágrimas, ni un grito, sino una especie de lejanía extraña, la de ver su propia vida a través de una ventanilla de tren.

Cincuenta años. Había cumplido cincuenta en septiembre, y se había regalado una tarde entera sin mirar el correo, que había terminado cuando recibió una llamada del ISC.

Había creído, en un rincón que nunca nombraba, que todavía le quedaba tiempo para el segundo acto de su vida.

Que algún día soltaría el timón, se jubilaría antes de lo previsto y se iría a vivir un invierno a algún lugar con luz, a Lisboa, a Grecia.

Que daría con alguien, o dejaría que esa persona la encontrara, a la hora a la que se cruzan las personas que han dejado de buscar.

Que viajaría sin agenda. Que, por fin, se concedería tiempo para ella misma.

Todo eso ahora entendía que era imposible con el diagnóstico que parecía más bien una sentencia.