Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 7 El parque de los que se van
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Capítulo 7 El parque de los que se van

Aquella tarde no llovió, y en Santiago eso era casi una descortesía.

El cielo de noviembre se había quedado limpio, de un azul pálido y lavado que parecía recién planchado, y la luz oblicua se derramaba sobre el parque con la generosidad de lo que no va a durar.

Las hojas de los castaños cubrían los senderos de piedra como cartas de una baraja olvidada.

Más abajo, la ciudad vieja apretaba sus tejados contra la ladera, y detrás, sobre todos ellos, asomaban las torres de la catedral, con ese aire de gigante dormido que han tenido siempre.

Rebeca Rey caminaba despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo.

A su lado, Li Wei llevaba un paso más corto de lo habitual, el de quien ha dejado de tener prisa y todavía no se ha acostumbrado.

Habían bajado por la senda de los muros de granito, entre los bancos vacíos y las terrazas de hierba, hasta un rincón donde el parque se asomaba al Panteón de Galegos Ilustres.

Allí, tras una reja baja y unas lápidas cubiertas de líquenes, dormían poetas y sabios que habían tenido la ocurrencia de escribir en una lengua que casi nadie hablaba.

Li Wei se detuvo y miró las tumbas con las cejas arqueadas.

—¿Aquí es donde traes a la gente que ha decidido marcharse? —preguntó—. Un intento de retención muy original. Un parque tan melancólico que tiene su propio cementerio.

—Si aquí no lo consigo, desisto. —Rebeca sonrió sin apartar los ojos del horizonte—. Pero pensé que al menos valía la pena intentarlo. Eres de las mentes más brillantes que he conocido, y no se lo digo a cualquiera.

—Me lo has dicho tres veces esta semana.

—Es que a lo mejor es la última ocasión.

Li Wei no contestó enseguida. Recogió del suelo una hoja de castaño, grande como una mano, y la hizo girar entre los dedos.

Era un hombre delgado, de gestos medidos y gafas de montura fina que llevaba por costumbre, aunque hacía décadas que nadie las necesitaba.

Tenía treinta y nueve años y la mirada de quien ha pasado más tiempo hablando con las máquinas que con las personas, y ha aprendido de ellas una paciencia que no siempre le servía con las segundas.

—Gracias, de verdad —dijo al fin—. Estos dos años y medio han sido una experiencia preciosa. Y liberadora, que no es lo mismo. Pero…

—¿Pero?

—Pero TURE me paga cinco veces lo que gano aquí.

—Soltó la hoja y la vio caer—. Y no solo eso.

Me cubren el alquiler de una casa en San Francisco, un coche autónomo que me lleva a San José y me trae de vuelta cada día, la colada, la compra…

Uno acaba sintiéndose como un huésped en un hotel muy caro, pero además…

—Ahora vienen las opciones sobre acciones.

—Es que son cinco años de trabajo, Rebeca. Después se convierten en cien millones de dólares. Aun descontando impuestos, uno puede quedarse tranquilo de por vida. Si luego te despiden, ya te has asegurado el resto de tu existencia. Eliges dónde vivir. No necesitas volver a trabajar para nadie.

Rebeca se detuvo ante un banco de piedra y se sentó con las rodillas juntas.

Desde allí se veía un tramo de muro cubierto de hiedra, y el viento movía las hojas con un rumor de papel viejo.

Li Wei se sentó a su lado, dejando entre ambos un palmo de aire, esa distancia respetuosa de los que se aprecian y no se lo han dicho nunca.

—¿Y a cambio de qué? —dijo ella—. Lo conoces tan bien como yo.

Siete días a la semana de trabajo, sin vacaciones, con jornadas de dieciséis o dieciocho horas.

Una competencia feroz que no perdona. Al principio te tratarán como a la seda, cuando todavía eres la nueva pieza.

Pero no tardarán en meterte en un proyecto que no quieres, con fechas límites imposibles de cumplir y amenazas disfrazadas de plazos.

Y luego vendrán las acusaciones, porque en esos sitios el fracaso siempre tiene un culpable.

—Conozco la cultura. —Li Wei sonrió con cansancio—. Pasé nueve años en Palo Alto y tres antes en Shenzhen, que es todavía más exigente. Sé lo que sucede allí. No me estás contando nada nuevo.

—Y aquí tienes el horario que quieras. Descansas cuando lo necesitas, caminas por la mañana si te apetece, trabajas de madrugada si te da la gana. Yo solo te he pedido una cosa, que tu cabeza no se pase la vida sentada frente a una pantalla. Todo lo demás lo decides tú.

—Y aun así no puedo dejar de aceptarlo.

Lo dijo en voz baja, como quien confiesa una debilidad. A lo lejos, desde algún campanario, llegó un toque de campana, pausado, que se deshizo sobre los tejados.

—Santiago me encanta —continuó—. Es una ciudad preciosa, la más amable que he conocido.

El equipo es extraordinario, nunca había trabajado con gente así.

Pero estamos en una burbuja, Rebeca. Una burbuja deliciosa, de cristal antiguo, pero burbuja al fin de cuentas.

Hay paz y calma, y yo ya no sé si necesito eso.

No estoy donde se cuece el futuro. Y desde finales del siglo XX, el futuro se ha concentrado siempre allí.

—Entonces has tomado ya una decisión.

—Sí.

Rebeca asintió despacio. No hubo ningún reproche en el gesto, ni siquiera sorpresa.

Lo había sabido desde el primer momento en que Li le había hablado de una oferta irrechazable, desde que lo vió contemplar la lluvia por la ventana con los ojos de quien mira un puerto desde el barco que acaba de zarpar.

Un hombre mayor pasó por el sendero con un paraguas cerrado bajo el brazo, a pesar del buen tiempo, y los saludó con una inclinación de cabeza. Detrás, un perro sin dueño olfateaba la base de un castaño. Nada más se movía.

—Hay una cosa que quería preguntarte —dijo Rebeca—. El estudio que estabas empezando. El de la conciencia humana y la IA conviviendo en un mismo sistema. Llevabas meses hablando de él.

Li Wei tardó un poco en responder. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la chaqueta y volvió a ponérselas, con el gesto de quien gana tiempo.

—Eso era lo único que dudaba contarte —confesó—. Porque llamó mi atención algo que encontré en internet oscuro, en foros que cualquier colega serio tacharía de conspiranoicos. Cosas que, por separado, no valen nada. Pero que juntas… me interesan.

—¿De qué se trata, exactamente?

—Proyectos secretos. Quizá militares. Algunos hablan de experimentos que se desarrollarían en la Luna, en el sector restringido a civiles, donde la conciencia humana se haría convivir con el software más avanzado que existe.

Rebeca no se movió. El aire olía a tierra húmeda y a hoja caída, y por un momento le pareció que el parque entero contenía el aliento.

—¿Y tú crees algo de eso?

—No lo sé. —Li Wei se encogió de hombros—.

Lo habitual en los rumores es que aparezcan en un sitio y se mueran.

Pero estos aparecen en muchos sitios a la vez, sin conocerse entre sí, sin concretar nada.

Demasiados focos independientes para que sean solo humo.

Por eso, antes de irme, te dejaré mis premisas de partida.

Las que pensaba usar si hubiera seguido.

—¿Y en qué consistían?

—Según esos foros, la arquitectura sería la inversa de la que imaginamos.

La IA no sería el cerebro, sino el sistema operativo: el motor, el optimizador, la carpintería.

El núcleo sería la conciencia humana, y acabaría imponiéndose.

—Hizo una pausa y miró la hoja que había dejado en el suelo, ya sin forma entre las demás—. Es solo el principio de algo. Pero…

No terminó la frase.

En ese instante, algo vibró en el auricular derecho de Rebeca, un zumbido breve y sordo, como el de una abeja atrapada en una caracola. Una voz neutra, sin edad, recitó el mensaje en su oído:

«De la doctora Carmen Taibo: Por favor, Rebeca, necesito que vengas a mi consulta. ¿Mañana a las nueve?»

—Ok —respondió ella, con un movimiento casi imperceptible de los labios.

Li Wei no lo notó. Seguía mirando el suelo, absorto en su propia frase inacabada.

Rebeca sí lo sintió. En la raíz de la lengua, allí donde ya no había nada, le volvió el recuerdo del calambre.

Fue una sensación tan nítida que tuvo que cerrar la boca para no moverla.

Había empezado una mañana cualquiera, ante el espejo del baño, un temblor menudo bajo la lengua, como un pez diminuto que se agitara en una charca.

Luego se repitió. Luego las palabras se le enredaron un día en una conferencia, apenas un tropiezo que nadie notó.

Aguantó tres semanas sin decir nada a nadie. A la cuarta pidió una cita.

Y ahora la doctora Taibo no le escribía para anunciarle una buena noticia. A las doctoras, los buenos pronósticos no les cuestan una frase con «por favor».

Se pasó la mano por la boca, como quien se limpia una miga. Entonces vio que la tarde se había vuelto más corta. Alguien había apagado un interruptor detrás de los montes.

—Te echaremos de menos, Li Wei —dijo, y se sorprendió de lo serena que le sonaba la voz—. Al menos lo he intentado. Pero ya sabes cómo es esto: siempre estamos al límite del presupuesto.

—Lo entiendo. —Li Wei se puso de pie y le tendió la mano, con una torpeza afectuosa que en un ingeniero resultaba conmovedora—. Y yo os echaré de menos, a ti, al equipo, a esta lluvia que ya casi no tengo ganas de maldecir. Si puedo ayudar en algo desde la distancia, ya sabes cómo encontrarme.

—Lo sé.

Se estrecharon la mano. Después, Li Wei echó a andar por el sendero, cuesta arriba, con la chaqueta abierta y las manos en los bolsillos. Rebeca lo vio alejarse entre los castaños hasta que el ocre de las hojas se lo tragó.

Se quedó sola.

La luz iba cayendo sobre el Panteón. Los nombres de las lápidas, borrosos de siglos, parecían murmurar algo que ella no alcanzaba a oír.

Allí descansaba Rosalía, con su tristeza intacta, y otros que habían escrito sobre la ausencia en una lengua donde la nostalgia tiene su propia palabra.

Rebeca los miró con una familiaridad extraña, la de quien comprende de pronto que ha estado viviendo en un barrio de la muerte sin enterarse.

Hacía solo unas semanas había dicho, ante una periodista, que la finitud quizá fuera la materia prima del pensamiento.

Lo había dicho con aplomo, con la seguridad de una teoría.

Y ahora, sentada en un banco frío, con la mitad del cielo ya apagada, empezaba a sospechar que las teorías le saldrían caras.

Desde la ciudad llegó el sonido lejano de una gaita, que tocaba para nadie, o para todos.

Rebeca cerró los ojos. Se dijo que mañana a las nueve sería otro día, y que hay noticias que, aunque uno las conozca de antemano, necesitan igualmente que alguien se las diga.

Luego se levantó, se abrochó el abrigo hasta el cuello y echó a andar hacia la salida del parque, sin mirar atrás, entre las hojas muertas que crujían como un pequeño y obediente aplauso.