Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 4 Los que se quedan en el mapa
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Capítulo 4 Los que se quedan en el mapa

La inteligencia artificial médica de la nave tenía una voz de bibliotecaria, suave y sin inflexiones, y fue ella quien pronunció la sentencia.

Lo hizo a las tres semanas del encendido, un martes según el calendario de Houston, sin preámbulos ni condolencias, con la cortesía de quien lee un horario de trenes.

—Recuento leucocitario de la tripulante Edwards: cero coma tres por microlitro. Tripulante Roberts: cero coma cuatro. Función medular colapsada en ambos casos. Estimación de supervivencia: menos de setenta y dos horas.

Nadie contestó. En el módulo de descanso, una luz ámbar subía y bajaba con la lentitud de una respiración, y el aire olía a antiséptico y a sudor de fiebre.

Los reactores de torio seguían en verde.

El motor seguía vibrando bajo los pies, fiel y grave, con la indiferencia de un perro que ignora que su amo se está muriendo.

Habían construido la nave más perfecta de la historia, y la radiación había pasado por ella como el agua por una esponja.

Vega sabía el porqué. Lo había calculado dos noches atrás, con una frialdad que le dio vergüenza.

Linda había pasado la semana del siete por ciento en la bodega de instrumentos, sustituyendo detectores, y Jamal había reparado conductos en popa, donde el blindaje era más fino.

Ellos habían recibido más radiación. Él, atado a la telemetría en el núcleo de la cabina, había recibido menos, aunque no tan poco como para creerse a salvo.

Los vendó, les cambió las bolsas, les limpió la sangre que les brotaba de las encías y de la nariz. Nada de aquello tenía una utilidad médica. Era lo que se hace con quien se quiere, y Vega lo hacía despacio, como si el tiempo se pudiera ensanchar con los gestos.

La voz de Rhodes llegaba cada seis horas, en paquetes diferidos, con el retraso de varios minutos que imponía la distancia.

—Aquí Control. Comandante Vega, he visto su registro de actividad.

Lleva once horas seguidas en el módulo de descanso.

Le recuerdo que la derivación de la trayectoria es de cuatro metros por segundo y que usted no ha cerrado la corrección.

—Un chasquido de estática—. Deje de limpiar frentes, Vega.

Los que ya han cruzado la raya no necesitan una enfermera, necesitan un nombre en la lista de bajas y un comandante que siga pilotando.

Eso es lo único que puede hacer por ellos.

Vega escuchó el mensaje hasta el final, con la cabeza ladeada, como se oye la lluvia. Luego cerró el canal, volvió junto a Linda y le sostuvo la mano.

Linda llevaba horas despierta, extrañamente lúcida.

La fiebre le había dejado los ojos enormes y le había devuelto una especie de juventud, la de las muchachas que acaban de graduarse en su instituto.

Con el pelo suelto, sin la goma que la sujetaba, flotaba levemente sobre la litera, sujeta por las correas.

—No le hagas caso —dijo—. Rhodes tiene razón en todo y se equivoca en lo único que importa.

—Descansa, Linda.

—Voy a descansar bastante. —Sonrió con la boca seca—. Quiero decirte una cosa antes. Si me dejas.

Vega se acercó. La luz ámbar le dibujaba sombras bajo los pómulos.

—En el simulador me preguntaste en qué pensaba —continuó Linda—. Te hablé de la niña de Duluth y de mi hermana. Eran verdad, pero eran las respuestas de una persona normal. La otra no te la di.

Hizo una pausa. Cerca, el contador de partículas dejó caer uno de sus chasquidos.

—Hubo alguien —dijo—. Se llamaba Mara. Estuvimos juntas siete años.

Un día volvió de un viaje de trabajo y me dijo que no se sentía capaz de seguir a mi lado, que no era culpa mía, que ya no sabía cómo mirarme.

Yo no grité ni lloré. La ayudé a hacer la maleta con mucho cuidado, doblando cada camisa.

—Cerró los ojos un instante—. Luego pasé dos años sin que el dolor por perderla cediera nunca.

No era un dolor agudo. Era como tener una piedra pequeña pegada al esternón, haciéndome daño todo el tiempo.

Vega no dijo nada. Se limitó a apretar un poco más la mano.

—Los psicólogos buscaban un pretexto para echarme de la misión, y yo se lo ponía complicado con mi cara de granito.

Pero no sabían qué mirar. —Linda abrió de nuevo los ojos—.

Me apunté a esta misión porque era la única puerta que se me ocurría.

No quería morir como quien se tira por un puente.

Quería ir lejos, hacer algo grande, y que el final llegara, como si fuera un accidente. ¿Esto es algo horrible?

—No.

—Un poco sí. Pero ahora ya no me importa.

—Respiró hondo, y el aire le tembló en el pecho—.

Lo extraño es que no tengo miedo. Pensé que sí lo sentiría.

Pero me invade una especie de alivio, como cuando se apaga por fin una luz que llevaba años encendida en una habitación donde no hay nadie.

Es lo más parecido a la paz que he experimentado desde que Mara se marchó.

Adrian miró el cuaderno negro que flotaba atado a su correa, a los pies de la litera.

Reconoció en las palabras de Linda una fotocopia de su propia situación.

Le habría gustado decirle que él también había hecho su maleta y se había ido, que había confundido la huida con la vocación.

No habló. Hay verdades que se agradecen más cuando el otro se las queda dentro.

—Cuide de la niña —murmuró Linda—. Dígale que las postales llegaron.

—Se lo diré.

—Y dígale a Jamal que sigue siendo un imbécil.

—Puedes decírselo tú misma —dijo una voz desde la litera de al lado, rota y burlona.

Linda sonrió. Esa fue la última sonrisa de la que Adrian tuvo noticia. Un tiempo después, cuando la luz ámbar bajó hasta su punto más bajo, su respiración se hizo más espaciada, como los pasos de alguien que se aleja por un pasillo largo. Y llegó un momento en que ya no hubo más.

Adrian siguió allí un largo rato, sin soltarle la mano. Cuando por fin lo hizo, le cerró los ojos con dos dedos, y la nave, que no sabía de duelos, lo registró con un pitido discreto y una línea en rojo sobre la pantalla.

Jamal duró un día más.

Había perdido casi toda la voz, de modo que Vega debía inclinarse para oírlo. La hamburguesa recortada seguía pegada sobre su consola, desvaída y combada por la humedad. Él la miraba de lado, con un ojo, como a una vieja amante.

—Adrian —susurró—. Mira lo que te ha tocado. Chófer de un coche fúnebre interplanetario. La funeraria más cara del sistema solar, con servicio de ida y sin cliente de vuelta.

—Calla y bebe.

—Calla tú. —Jamal tosió, y un hilo oscuro le cruzó la barbilla—. Piensa en el Congreso. Ochenta mil millones de dólares para llevar varios cadáveres a pasear. Cuando manden la factura al contribuyente, este va a pedir el libro de reclamaciones.

Adrian rio, a su pesar, con una carcajada que le dolió en la garganta.

—Eres un imbécil, Jamal.

—Lo sé. —Los ojos le brillaban, enormes, hundidos—. Pero fui un imbécil con billete de primera clase. Y qué carajo, Adrian, no me han cobrado el equipaje.

Ya no dijo más chistes. Quedó mirando el techo, y al cabo de una hora le pidió que apagase la luz de la litera, que le molestaba. Adrian la apagó. En la penumbra, la respiración de Jamal fue una pequeña máquina que se detenía poco a poco, hasta hacerse indistinguible del silencio.

El aire se espesó, tanto que Vega tuvo la sensación de poder tocarlo.

El protocolo estaba escrito en una página de tres párrafos, con la sequedad de un reglamento de piscina.

Adrian lo leyó dos veces. Envolvió los cuerpos en los sudarios térmicos, dos largas bolsas plateadas con el emblema de la NASA en una esquina.

Llevó primero a Linda, ligera como un abrigo vacío, hasta la cámara de escape.

Después a Jamal. Les puso un momento la mano en el pecho a cada uno, y cerró la compuerta interior.

Antes de accionar la despresurización se quedó de pie ante la escotilla, sin saber qué decir. No había un sacerdote ni un pastor a menos de decenas de millones de kilometros. Al final, no dijo nada.

La luz del indicador pasó del verde al ámbar. Un siseo largo, el último aliento de la cámara. Y la compuerta exterior se abrió sobre la oscuridad.

Por la ventanilla, Adrian los vio salir.

Dos sobres de plata, lentos como pétalos, se separaron de la nave y empezaron a girar sobre sí mismos con una lentitud ceremoniosa.

La luz del Sol, que a esa distancia era apenas una estrella intensa, los tocó de refilón, y por un momento fueron dos astros diminutos, dos pequeñas lunas sin nombre.

Seguirían su camino por la geometría del sistema solar, a la velocidad que les había dado el motor, acompañando a la nave un tiempo y alejándose luego, pacientemente, hacia una órbita propia.

Darían vueltas al Sol durante millones de años, mucho después de que se apagaran las naciones, los idiomas, el Congreso, los tertulianos, la última casa de Houston, y el último cuadro de la bahía de Galveston.

Dos satélites huérfanos, sin lápida ni flores.

Adrian apoyó la frente contra el cuarzo de la ventana. Y sus ojos buscaron a la cada vez más lejana Tierra.

Qué breve es la carne, pensó. Y la frase fue tan simple que le avergonzó.

Pero no encontró otra. Era una brasa que se encendía y apagaba en un suspiro, mientras la mecánica celeste seguía rodando con su aritmética de mármol.

Los hombres habían levantado fronteras sobre una canica, habían dibujado líneas en la arena para decidir quién era de quién, y todo el tiempo el cosmos los había mirado con la inmensa cortesía de lo que no necesita nada.

No se sintió triste. Sintió algo parecido a un respeto helado.

Fue entonces cuando notó el sabor a metal.

Comenzó como una pelusa en la lengua, un gusto a moneda vieja que no se iba con el agua.

Luego vino el vértigo: el suelo se inclinó levemente, y la cabina describió un círculo lento alrededor de sus ojos.

Se agarró al borde de la consola. Las manos, que siempre habían sido su mejor instrumento, le respondían como si llevaran guantes de lana mojada.

Un calor sordo le subió por el estómago, y cuando consiguió llegar al aseo de a bordo vomitó con un esfuerzo largo, casi solemne.

Se lavó la cara con una toalla húmeda. En el espejo diminuto de la cabina le devolvió la mirada un hombre de ojos hundidos, con unas ojeras que parecían de otra persona.

Así que ya estaba.

Volvió a su asiento, despacio, a trompicones. Allí, en la pantalla de comunicaciones, parpadeaba un mensaje nuevo de Rhodes. Lo dejó sonar sin ordenarlo. La voz se desplegó en la cabina vacía con su cinismo de siempre:

—Vega, aquí Control. Hemos perdido la señal biométrica de los otros dos. Sírvase confirmar bajas. Recuerdo que la comisión presupuestaria se reúne el lunes y que cada hora de silencio nos cuesta en la prensa lo que a usted en oxígeno. Responda, maldita sea. Los muertos tienen que ser útiles.

Adrian alargó una mano temblorosa, tocó el panel y la voz se apagó a mitad de la frase.

La cabina se quedó en una especie de penumbra tibia.

El motor zumbaba. El contador de partículas dejó caer un chasquido, otro, otro más, ya sin pausas largas entre ellos.

En la mesa, la fotografía de la hamburguesa se había despegado de la consola y flotaba junto al cuaderno negro de Linda, y ambos giraban despacio en el aire, como si siguieran a cierta distancia un baile.

Fuera, el espacio no tenía fondo. Vega lo miró sin parpadear. Nunca había estado tan aislado, y era una soledad que no admitía comparación con ninguna: no era la de una casa vacía ni la de un domingo sin llamadas. Era la del universo mismo, que ni siquiera sabe que está solo.

Allá, en un rincón del cuarzo, el punto azul de la Tierra ya no se distinguía de las demás estrellas.

El mareo volvió. Vega cerró los ojos, y detrás de los párpados siguió viendo girar, muy despacio, los dos pétalos de plata.