Capítulo 5 Los siete minutos
Marte apareció primero como una mancha de óxido en el borde del cuarzo, una brasa sin llama.
Después fue un disco, y por fin una pared.
La inteligencia artificial de navegación no pidió permiso ni autorización.
Orientó la nave con el pulso de un relojero, encendió el motor VASIMR en la dirección exacta y frenó durante cuarenta minutos que Vega no vio, tendido en la litera con las correas flojas sobre un cuerpo que ya no las necesitaba.
—Inserción orbital completada —dijo la voz, la misma de bibliotecaria—. Periapsis, trescientos once kilómetros. Apoapsis, trescientos catorce. Error de inserción: despreciable.
Vega escuchó la cifra con los ojos cerrados. Casi se rio. La Ananké Cinco había pasado de largo por no tener quien corrigiera un grado. Aquella nave lo había hecho sin ayuda, con la serenidad con que un criado abre la puerta a un señor que ya ha muerto.
Llevaba dos días sin poder incorporarse.
Las manos se le habían quedado quietas sobre el pecho, dos objetos ajenos, de un gris céreo.
La piel de los brazos se desprendía en escamas finas y la boca le sabía a monedas.
Apenas conseguía sentir las piernas la víspera, y la sensación no le resultó desagradable: era como si el cuerpo se le fuera retirando por habitaciones, cerrando las puertas una a una.
—Comandante —había dicho la voz médica, hacía ya más de setenta y dos horas—, su estimación de supervivencia es inferior a cuarenta y ocho horas.
Adrian había tomado nota. Y desde entonces seguía allí, contradiciendo a la máquina por pura inercia, o por esa terquedad pequeña y absurda de una mente que se niega a salir de la sala antes de que acabe la función.
Pensó en las apuestas que habría hecho Jamal.
«Cinco dólares a que le gana al algoritmo», habría dicho. «Y diez a que lo hace por rabia».
Sobre la consola, un piloto verde parpadeó con la mansedumbre de un luciérnago. Era otro mensaje de Rhodes. Vega lo dejó correr.
Había aprendido a distinguir las voces de Rhodes como se reconocen las estaciones.
Durante tres semanas había sido el invierno: las exigencias, el humor negro, los datos, los muertos que debían ser útiles.
Pero aquella voz había cambiado en los últimos mensajes.
No hacía falta oír las palabras para notarlo.
Había perdido el filo. Hablaba más despacio, y entre frase y frase se oía respirar a un hombre mayor, en una habitación grande y vacía, a un cuarto de hora luz de cualquiera que pudiera responderle.
—Adrian —decía ahora, y era la primera vez que lo llamaba por su nombre—.
Soy Rhodes. No le pido nada. No hay presupuesto ni comisión ni nada que esté por encima de esto.
Solo quería que supiera que aquí estamos todos escuchando.
Que no está solo. Que… —Una pausa, larga, con el roce de una mano sobre el micrófono—. Que lo siento. Que debí decirlo antes.
Adrian apagó el audio.
No lo hizo por rencor. Era que aquella compasión llegaba tarde, como lo hacen los pésames a una casa donde ya se ha vaciado el último armario.
Prefería al otro Rhodes, al de la tablet y la ironía, el que le exigía datos y le prohibía morir en silencio.
Aquel al menos lo había tratado como a un colega.
La nave siguió dando vueltas al planeta.
Pasaron dos órbitas, luego tres. Por el cuarzo desfilaban cráteres, valles, el tajo inmenso de un cañón que no tenía nombre en la memoria de Vega.
Todo lo veía de lado, con la cabeza torcida sobre la almohada.
Una luz anaranjada, muy lenta, cruzaba el techo de la cabina.
A la cuarta órbita, la voz habló de nuevo.
—Ventana de descenso abierta. Iniciando secuencia de entrada, descenso y aterrizaje. Tiempo estimado hasta el contacto con la superficie: siete minutos.
Las pantallas se encendieron una a una. Aparecieron los gráficos que Adrian había estudiado cien veces: el escudo térmico, la curva de deceleración, el paracaídas supersónico, los retrocohetes.
Los ingenieros de la agencia llevaban un siglo llamando a aquella secuencia «los siete minutos de terror», porque cada segundo dependía de que todo saliera bien sin que nadie pudiera intervenir.
Adrian leyó el rótulo en la pantalla, sobre un fondo de cifras que caían como la lluvia: ENTRADA ATMOSFÉRICA — T MENOS 06:58.
Y empezó a reírse.
Fue una risa sorda, sin aire, que le sacudió el pecho como a un viejo muñeco de cuerda.
Le dolió a cada espasmo, y le salieron lágrimas que no pudo secarse.
¿Terror? ¿Siete minutos de terror? Para él, que llevaba cuatro días muriéndose en una litera, que había enterrado en el vacío a las dos únicas personas que le habían importado en bastantes años, que no esperaba más que dos horas, o quizá unos pocos minutos, de vida.
Qué ingenuos eran los ingenieros. Qué tiernos.
Qué obstinada ironía la del universo, que le ofrecía justo ahora un espectáculo de suspense.
—Siete minutos —dijo con un hilo de voz—. Menudo susto.
Y rio más, hasta que la tos le cortó el aliento.
La nave se estremeció al tocar los primeros jirones de aire.
Primero fue un temblor en las paredes, un susurro de grava contra el casco, y luego una vibración que fue creciendo hasta ser un rugido apagado, el de una catarata lejana.
Un resplandor naranja inundó la cabina. Vega vio, de reojo, cómo el escudo térmico se volvía rojo y después blanco.
La litera lo apretó contra el colchón con una mano enorme y paciente.
T MENOS 04:12. El paracaídas se abrió con un golpe seco, como un portazo en otro piso. T MENOS 02:40. Se soltó el escudo. T MENOS 01:05. Los retrocohetes encendieron una lluvia de fuego blando bajo la nave.
No hubo un solo fallo. Ni un temblor de más ni una cifra fuera de su sitio. La Ananké Seis descendió sobre Marte con la suavidad de una pluma que se posa en una mesa, y tocó el suelo con un crujido leve, casi doméstico, como quien deja una taza.
—Contacto —dijo la voz—. Aterrizaje nominal. Todos los sistemas en verde.
Adrian abrió los ojos. Fuera de la ventanilla se extendía una llanura de piedra y polvo bajo un cielo de color salmón. Nadie había visto aquello antes que él, salvo las sondas y los rovers.
La tecnología había ganado. Dos habían muerto en el camino y él estaba a punto de dejar de existir, pero la nave estaba intacta, con el motor ronroneando y los instrumentos satisfechos.
La ingeniería había triunfado sobre la termodinámica, y la biología, esa vieja anciana, había colapsado como un castillo de arena.
Aquello, pensó, era el balance exacto de la civilización.
Y entonces, sin saber de dónde, le llegó la orden.
No fue una idea. Fue algo anterior a las ideas, como el impulso que mueve la mano de un hombre dormido hacia el interruptor de la luz. Tenía que levantarse. Tenía que bajar.
Lo hizo despacio. Tan lento que, más tarde, nadie sabría cuánto había tardado.
Soltó las correas con los dedos que no sentía.
Apoyó el codo en el colchón y empujó, y el brazo tembló como una rama con nieve.
Rodó sobre un costado. Se cayó de la litera y se quedó un rato sobre el suelo de la cabina, jadeando, con la mejilla pegada a la rejilla tibia del piso.
Marte tenía la mitad de la gravedad terrestre, pero a él le pesaba como el mundo entero.
Se arrastró hasta el compartimento de los trajes.
La escafandra exterior colgaba de su soporte, blanco y quieto, con el parche de la bandera en el hombro.
Vega estuvo diez minutos solo para meter una pierna.
Otros veinte para la segunda. Cuando cerró el torso, las manos se le resbalaron por las cremalleras estancas y tuvo que intentarlo cuatro veces, con las uñas rotas, murmurando una letanía de números para no perder el hilo: presión, sello, oxígeno, sello, presión.
Los guantes se los puso con los dientes.
El casco lo encajó apoyándose contra la pared, con un último y largo gemido.
El oxígeno entró en el traje con un siseo frío. Adrian respiró.
Faltaba la cámara de descompresión. Fueron tres metros de pasillo que recorrió a rastras, de codos, con el traje rozando el suelo, dejando tras de sí una huella de sudor y una línea oscura de sangre.
Pasó junto al asiento vacío de Linda, junto a la consola de Jamal, donde ya no quedaba ni la fotografía de la hamburguesa.
En la escotilla se detuvo y apoyó la frente contra el metal. Pensó que quizá no podría abrirla.
La abrió.
El aire de la cámara escapó con un largo suspiro. La compuerta exterior se corrió, y al otro lado el mundo era rosado y estaba inmóvil.
La escalerilla tenía nueve peldaños. Los bajó de espaldas, como se desciende a un pozo, con los movimientos torpes y lentos de un anciano de cien años cuyos músculos se hubieran convertido en ceniza.
Cada peldaño era una negociación. Las rodillas se le doblaban, los guantes se le abrían solos, y más de una vez creyó que caería, hasta que veía sus propios pies avanzar, y comprendía que otra parte de él, más antigua que el dolor, seguía mandando.
En el último peldaño se detuvo.
Allá abajo estaba el polvo. Tenía el color de la sangre seca y de las tejas viejas, y de una extraña dulzura; una pelusa fina, intacta, sobre la que no había una sola pisada. Ni un animal, hoja u hombre. Era un suelo tan limpio que parecía un insulto traer una huella.
Dejó caer el pie derecho.
El polvo se hundió un centímetro bajo la bota y se alzó en una nubecilla perezosa, que tardó en volver a posarse. Vega la miró hasta que se asentó del todo. Luego dio el segundo paso.
Y se quedó quieto.
No había viento ni pájaros ni un rumor de agua.
El cielo, de un rosa lechoso, estaba levemente manchado de polvo en el horizonte.
A lo lejos, unas montañas bajas dibujaban una línea de tinta.
Nada se movía ni respiraba. En todo el planeta, nadie había exhalado nunca.
Vega, que durante tres semanas había oído el chasquido de los contadores, sintió que el silencio no se parecía a ninguno de los que conocía.
No era ausencia. Tenía una densidad, una forma, un peso especial.
Vio que le temblaban las rodillas y que el horizonte se ladeaba.
El micrófono del casco, abierto por inercia, transmitió a la Base Artemis, a dieciocho minutos luz de distancia, un hilo de voz que ya no parecía de nadie:
—Dios mío… —dijo—. El silencio no está vacío.
La línea biométrica se estiró sobre las pantallas de Artemis como un hilo que alguien tensa hasta romperlo, y quedó plana.
Adrian Vega cayó de rodillas, luego de lado. Quedó tendido sobre el polvo, con un brazo cruzado sobre el pecho, bajo el cielo color de coral. El viento, que acababa de nacer, le levantó una fina gasa rosada alrededor del casco y la dejó caer.
A sus espaldas, la nave seguía zumbando, en verde. Delante, el suelo se extendía hasta donde acababa el mundo. Nada se movió durante mucho tiempo.