Capítulo 3 El primer chasquido
A las cuarenta y ocho horas del encendido, la Tierra había dejado de ser un lugar.
Ya no tenía océanos ni cordilleras. Tampoco la mancha parda de los desiertos.
Era un punto azul y blanco, tan quieto y silencioso que parecía haber estado siempre allí, pegado al cristal como una gota de rocío en una ventana de invierno.
Adrian Vega apoyó el pulgar contra el cuarzo de la cabina y el planeta entero desapareció detrás de la yema, con sus catorce mil millones de habitantes, sus guerras y sus desayunos, sus pequeñas miserias, las bodas de ese día y los entierros de esa tarde.
Todo cabía detrás de un dedo. Cuando lo retiró, el punto seguía allí, indiferente, como una moneda olvidada en el fondo de un pozo.
—Ya no se ve la Luna —dijo Linda Edwards a su espalda.
—Se ve. Está justo a su lado. Pero tienes que saber dónde mirar.
Linda se acercó flotando, con las manos recogidas contra el pecho, y estuvo un rato junto a él sin decir nada.
Tenía el pelo sujeto con una goma que en la Tierra habría parecido una nadería y que allí arriba era una pequeña bandera de domesticidad.
Al fin buscó con la mirada y encontró, junto al punto azul, un destello más pálido, casi imaginario.
—Parece un ojo cerrado —murmuró.
La nave no hacía ruido. Eso era lo primero que sorprendía a quien había leído los informes de las otras Ananké, escritos en un lenguaje de alarmas y sirenas.
El motor VASIMR sonaba apenas como una nota grave que se sentía más en la planta de los pies que en los oídos, el murmullo de un gato enorme y dormido bajo el suelo.
Los dos reactores de torio trabajaban en la zona verde de todas las curvas.
La contención magnética del plasma, la bestia que había incinerado a la tripulación de la Uno, mantenía su campo con la docilidad de un perro bien amaestrado.
Los radiadores desprendían el calor sobrante al vacío sin una sola fluctuación.
Todo funcionaba. Y a bordo nadie lo celebraba.
Jamal lo había dicho la primera noche, mientras sorbía de una bolsa de plástico un café que sabía a metal tibio.
—Es un desfile —había dicho—. Una nave así de limpia solo puede ser un decorado.
Nadie le había reído la gracia. Habían estudiado hasta la obsesión cada fallo de las naves anteriores, las cinco de Houston y las tres de Pekín, y sabían que las tragedias no avisan.
Llegan con la misma puntualidad con que se desploma un puente que lleva veinte años aguantando camiones.
Por eso, durante las guardias, los tres tenían la costumbre de revisar los mismos indicadores una y otra vez, como quien comprueba por cuarta vez que ha cerrado la puerta de casa.
La rutina, con todo, se había instalado deprisa.
Se despertaban a la hora de Houston, con una luz ámbar que subía poco a poco en el módulo de descanso.
Desayunaban algo que se parecía a unas gachas.
Linda anotaba las lecturas en un cuaderno de papel, de tapas negras, que había llevado a pesar de las objeciones de Control; decía que los datos tardan más en volverse mentira cuando se escriben a mano.
Jamal había pegado sobre la consola de sistemas una fotografía diminuta de una hamburguesa, recortada de una revista, y la llamaba «el objetivo de la misión».
Aquella tarde, o lo que la nave decretaba como tal, Vega le tocó la guardia de telemetría. Linda dormía. Jamal repasaba unos conductos en el compartimento de popa. Vega se quedó solo frente a las pantallas, con el rumor lejano del motor y el olor a goma caliente de los filtros.
Sobre una de las correas del asiento había un resto de polvo gris, ya casi invisible. Regolito. Se había colado en el último momento, en los guantes, y no había forma de librarse de él. Vega lo tocó con la yema del índice y volvió a acordarse de todo.
El silo de lanzamiento de Artemis estaba excavado bajo la cara oculta de la Luna, una garganta de roca vitrificada, negra y lisa, por la que la nave debía ascender como una aguja por el cuello de una botella.
Los técnicos de plataforma, con sus trajes de trabajo de un naranja desvaído, habían cruzado la pasarela detrás de ellos para asegurar los arneses.
Eran gente curtida, hombres y mujeres que llevaban años al servicio de aquel proyecto.
Vega había esperado en sus ojos algo de envidia, o de aquella épica un poco tonta que tienen los trabajadores cuando ven partir a los héroes.
Pero nadie lo miraba así. Un muchacho de pecas, que no tendría más de veinticinco años, le ajustó la hebilla del pecho con una delicadeza de enfermero.
Le temblaban los dedos dentro del guante.
Al terminar, el chico no dijo «buena suerte» sino «lo siento», muy bajito, y enseguida se mordió el labio, como si se le hubiera escapado una palabra prohibida.
Una mujer mayor, de ojos hundidos, le apretó el hombro un instante. Ninguno de los técnicos habló durante los preparativos. Salieron de uno en uno, sin darle la espalda hasta el último paso, con el aire solemne y encogido de quienes abandonan una sala de un velatorio.
Después había llegado la voz de Rhodes, por el canal privado, entre un chisporroteo de estática.
—Comandante Vega, aquí Control. Faltan cuatro minutos. Una pregunta de rutina, para constancia del acta: ¿desea hablar por última vez con un sacerdote o con un psicólogo antes de soltar amarras? Disponemos de ambos, por si acaso.
Vega había sonreído dentro del casco.
—Gracias, señor. Prefiero la compañía de la física.
—Una elección sensata. La física no te pide donativos. —Hubo una pausa, y la estática se espesó—. Hágame un favor, Vega. Si algo falla, no tenga la delicadeza de morirse en silencio. Quiero datos. Los muertos, en la NASA, deben ser útiles.
Había sido la despedida más cruel y más exacta que Vega había recibido jamás. Se la agradeció de todo corazón.
Ahora, frente a las pantallas, aquella cruel exactitud regresaba a su cabeza como una pregunta sin respuesta.
La telemetría seguía en verde. El flujo de plasma, la temperatura del refrigerante, la masa de propelente restante: columnas de cifras que cambiaban en el último decimal con una regularidad casi musical. Vega las leía, pero en el fondo estaba mirándose a sí mismo, y no le gustaba lo que veía.
¿Por qué estaba allí?
La respuesta oficial era limpia y se la sabía de memoria. Marte era el Everest, había que intentarlo, alguien tenía que subir. Funcionaba bien en un despacho de Houston, ante un hombre que le encantaba el humor negro como a otros beber cerveza. ión.
Tal vez se tratase de la gloria. Podía ser tan simple y tan feo como eso: un hombre de treinta años que quiere su nombre en los manuales, junto al de Armstrong, que fue el primero, pero no el último, en quedar fijado en la memoria de la especie.
O tal vez la doctora Johnson tuviera razón.
La idea había llegado una noche de la semana anterior y no se había ido. Rondaba como una mosca en una habitación cerrada. Vega la ahuyentaba y volvía.
En la pantalla de la derecha, el contador de horas de misión marcó el número cincuenta.
Debajo, un pequeño reloj mostraba la hora de Houston.
Un domingo. Su hermana Elena estaría en casa, en San Antonio, con sus dos hijos y una bandeja de enchiladas.
Hacía tres años que no la visitaba. Había mandado un regalo de Navidad, una tarjeta, algún mensaje de voz cuando ya era de noche allí y no corría riesgo de que ella contestase.
Y estaba Claire.
Claire, que había querido vivir con él en una casa de dos plantas junto al lago, con un perro, con un calendario de cosas que hacer los sábados.
Vega había mirado aquella casa imaginaria como se hace con una jaula decorada.
No dijo que no. Simplemente se fue, un martes, a una misión de seis meses en el Mar de la Tranquilidad en la Luna, y cuando volvió ya no había nadie esperándolo.
Había querido a Claire. Eso era lo peor.
Pero el amor le había parecido siempre un fenómeno sin protocolo, una tormenta que ningún instrumento puede predecir, una cosa imprudente y ciega que aterrorizaba a su yo más metódico.
Era más fácil dedicarse al trabajo, a las simulaciones, a las listas de verificación.
Podía confiar en un protocolo. Nadie ha muerto nunca por una lista bien hecha.
Y así, año tras año, el mundo de Adrian Vega se había ido estrechando hasta quedar reducido a la cabina de un simulador.
¿Y si todo aquello no hubiera sido más que un largo y metódico camino hacia una puerta?
Una misión con un noventa y nueve por ciento de probabilidades de muerte.
Con insignias, una bandera y con un parche de hilo dorado en el bolsillo.
Una manera muy honrosa y muy patriótica de quitarse de en medio sin dar explicaciones a nadie, sin dejar una carta, sin ensuciar a nadie la alfombra.
Hay suicidas que eligen un puente. A él le habían ofrecido un planeta.
Vega apoyó la frente contra el frío del panel. Pasó mucho tiempo así, o muy poco. En la nave no había manera de saberlo.
—Adrian.
La voz de Linda lo sacó del trance. Estaba en el umbral del módulo, flotando, con el cuaderno negro pegado al pecho y una calma tan rígida que parecía hecha de cristal.
—¿Pasa algo?
—Los detectores exteriores. —Hablaba despacio, escogiendo las palabras como quien camina sobre hielo—.
Llevo una hora comparando las lecturas con el modelo.
La radiación cósmica de fondo y el flujo de viento solar han subido.
Poco, pero de forma sostenida. Están por encima de la curva de seguridad prevista para este tramo del tránsito.
Vega se enderezó. Tecleó en la consola, y en la pantalla central aparecieron dos líneas: una gris, que era la previsión, y otra roja, tímida, que subía a su lado con una pendiente apenas perceptible.
—¿Cuánto por encima?
—Un siete por ciento. —Linda tragó saliva—. No es nada. Puede ser una fluctuación. Hay variaciones naturales que…
—Pero tú no lo crees.
—No lo sé. —Bajó los ojos hacia el cuaderno—. Los modelos nunca fallan de golpe, Adrian. Lo hacen despacio. Primero es un siete por ciento. Luego un doce. Y un día alguien lee un informe y comprende que lo del siete por ciento ya era el aviso.
Desde el compartimento de popa llegó un golpeteo de herramientas y, enseguida, la cabeza de Jamal asomó por la escotilla, con el pelo erizado de electricidad estática.
—Os oigo respirar desde aquí, y no es buena señal. ¿Qué hemos roto ya?
—Nada —dijo Vega.
—La radiación sube un siete por ciento —dijo Linda, al mismo tiempo.
Jamal los miró a ambos. Luego entró flotando, se agarró al respaldo de su asiento y, con un gesto grave que no engañaba a nadie, extrajo del bolsillo del traje la fotografía de la hamburguesa.
—Pues tengo noticias. Acabo de recibir un mensaje de los marcianos. —Hizo una pausa teatral—. Han pedido pollo frito a domicilio. Dicen que no les importa que el repartidor tarde un mes más en llegar, siempre y cuando vengamos bien crujientes.
Linda cerró los ojos. Algo parecido a una sonrisa le cruzó la comisura de los labios.
—Eres un imbécil, Roberts.
—Pero un imbécil con propina —dijo Jamal.
Se rieron un poco, los tres, con esa carcajada corta y quebradiza que se tiene en los hospitales. Luego se hizo el silencio, y este regresó a ocupar la cabina como la marea ocupa una playa.
Linda volvió a su litera sin decir más. Jamal se quedó un rato junto a la consola, silbando muy bajo una melodía sin nombre, hasta que también él se fue. Vega siguió ante las pantallas.
La línea roja subía junto a la gris. Un hilo de sangre al lado de uno de ceniza. Sobre la consola, el contador de partículas emitía un chasquido seco, a intervalos irregulares, como un grillo en un cuarto vacío.
Chasc.
Una pausa.
Chasc. Chasc.
Quizá no se tratase de nada serio. Quizá fuese solo el sol, tosiendo en su sueño. Vega había oído ese mismo sonido en las grabaciones de la Ananké Cuatro, en la voz grave de un hombre que anotaba la temperatura de su cabina mientras moría. Había creído entonces que era una especie de música.
Puso la palma abierta sobre la consola. El cuarzo, a su lado, dejaba ver un punto azul del tamaño de un grano de arena.
Chasc.
Y no supo si aquello era la nave, o el planeta que se alejaba, o el primer chasquido del final.