Capítulo 2 Los que miran al suelo
El aire acondicionado del edificio de Entrenamiento de Tripulaciones silbaba con una nota baja y constante que los instructores ya no oían.
Adrian Vega sí que la podía escuchar. Le recordaba el compás de un ventilador mecánico en una sala de curas, esa respiración prestada que se aprende a escuchar cuando alguien querido depende de ella.
Adrian Vega miraba por la ventana del pasillo de la tercera planta cuando pasó un administrativo con una carpeta bajo el brazo.
El hombre inclinó la cabeza un par de centímetros y clavó los ojos en las baldosas.
No era el saludo de un compañero ni la admiración que antes se reservaba a los astronautas.
Era la cortesía esquiva, casi culpable, con que se evita mirar a un condenado a muerte que camina entre dos guardias rumbo a la sala de ejecuciones.
Llevaba tres meses viendo esa misma mirada baja.
En la cafetería, las conversaciones se apagaban como una radio a la que se le acaba la pila cada vez que la tripulación de la Ananké Seis ocupaba una mesa.
Los ingenieros jóvenes se apartaban medio metro más de lo necesario en los cruces del pasillo, convencidos de que la mala suerte era una enfermedad y de que el aire podía llevarla de un cuerpo a otro.
La prensa, en cambio, había renunciado a las buenas maneras. Anoche, un tertuliano de gafas metálicas y rostro de profesor fatigado lo había dicho sin adornos ante las cámaras:
—Hay que dejar de llamar misión científica a la Ananké Seis.
Es una ejecución retransmitida en directo que le cuesta al contribuyente miles de millones de dólares.
La radiobiología es concluyente: fuera del escudo magnético terrestre, el cuerpo humano no puede sobrevivir.
Enviar a tres personas en esa nave no es exploración, es un suicidio asistido.
El televisor de la sala de espera tenía el sonido apagado, pero los rótulos rojos del borde inferior decían lo mismo con menos elegancia: ¿LA ÚLTIMA MISIÓN SUICIDA DE LA NASA? Las letras parpadeaban sobre la cara del tertuliano como un latido enfermo.
Tres personas. Así había quedado el equipo en septiembre, cuando Rhodes les comunicó la selección definitiva con la jovialidad de un enterrador.
—Una tripulación de tres reduce la masa, el consumo de oxígeno y el número de indemnizaciones —había dicho, mirando a un punto situado entre sus cabezas—. Cuando el presupuesto aprieta, hasta la tragedia debe ser eficiente.
Linda Edwards tenía treinta y dos años, los ojos claros y una barbilla cuadrada que le daba aspecto de una estatua sin terminar.
Era física teórica, con un doctorado de Caltech, y en diez años de servicio su expediente no registraba un solo arrebato.
Tampoco dejaba pareja ni hijos en la Tierra.
Hablaba poco y con precisión, y cuando callaba parecía estar resolviendo una ecuación que a nadie más le había sido planteada.
Dos semanas antes, durante una pausa en el simulador de desacoplamiento, Vega la había encontrado de pie ante la estantería de los trajes de presión. Sostenía con las dos manos una taza de café frío y miraba aquellas figuras blancas colgadas en fila, que parecían un coro de fantasmas educados.
—¿En qué piensas, Edwards?
Linda no se volvió. Pasó el pulgar por el borde de la taza, despacio.
—En una niña de Duluth que colecciona postales de papel, de las que ya nadie envía —dijo, con una voz tan plana como un mantel—.
Le escribo desde hace un año. Su padre iba en la Cinco.
—Hizo una pausa muy breve—. Y en mi hermana, que anoche me pidió por videollamada que le dejara escrita la clave de mi cuenta bancaria, por si acaso.
No se la di. Le dije que, si no volvía, el gobierno federal se quedaría con el dinero de todos modos.
Vega no supo qué contestar. Se sentó a su lado en un banco metálico y estuvieron un rato escuchando el zumbido de los ventiladores, dos personas que compartían un silencio como se hace con una manta.
El tercero era Jamal Roberts, ingeniero de sistemas de treinta y un años, criado en Chicago, sin más vínculos familiares que un tío lejano en una residencia de Oregón.
Pertenecía a esa clase de hombres que responden a la desgracia con un chiste malo antes de que el infortunio llegue a golpear, como quien abre un paraguas por si acaso llueve.
Un martes por la mañana, mientras los tres revisaban los esquemas de la refrigeración del reactor de torio, levantó la vista de la pantalla y sonrió con una dentadura desmesuradamente blanca.
—Oye, Adrian. Si en Marte nos cruzamos con la Ananké Cinco, ¿le pedimos que nos paguen el recargo por el retraso en entregar la nave?
—Jamal —dijo Linda sin apartar los ojos del esquema—, eres un imbécil.
—Seguramente, Edwards. Pero soy un imbécil con un billete de primera clase en la ida, y en la vuelta no me cobrarán por el equipaje.
Lo peor del entrenamiento no habían sido los giroscopios ni las cámaras de radiación. Habían sido los psicólogos.
Durante semanas, en los despachos diminutos que olían a moqueta húmeda y café de máquina, los habían sometido a diversas baterías de pruebas que no pretendían medir su temple ni su capacidad de mando.
Buscaban lo contrario: una fisura, un resquicio de autodestrucción, una depresión larvada que sirviera de pretexto administrativo para expulsarlos y cancelar el vuelo antes de que el cohete pisara la rampa.
Cada pregunta era un anzuelo envuelto en cortesía.
Aquella misma mañana, en la última revisión antes del traslado, la doctora Johnson había cruzado las manos sobre la mesa.
—Dígame, comandante Vega. Si piensa en la posibilidad de que la contención del plasma ceda a las cuarenta y ocho horas, ¿siente que su vida en la Tierra ha sido lo bastante plena como para aceptarlo?
Vega estuvo un momento contemplando un cuadro barato de la bahía de Galveston que colgaba a las espaldas de la médica. Un barquito de vela, un cielo de postal.
—Siento que quien diseñó este test nunca ha tenido que subirse a un árbol muy alto —dijo con calma—. Si no estuviera seguro de que podemos lograrlo no me habría presentado voluntario a esta misión.
La doctora no anotó nada. Dejó el lápiz óptico suspendido a un milímetro de la pantalla y lo observó con una mezcla de lástima y cansancio profesional, la mirada que se dirige a un enfermo que se niega a aceptar el diagnóstico.
Jamal, que tenía por costumbre analizarlo todo desde la logística, lo había resumido al mediodía, mientras comían un estofado insípido en el comedor desierto del edificio 4.
—¿Habéis visto el calendario de este mes? Trescientas horas de simulación de vuelo interplanetario y doce de protocolos de superficie. Doce.
—Los procedimientos de superficie están estandarizados desde hace décadas —respondió Linda.
—No me vengas con eso. —Jamal dejó caer el tenedor sobre la bandeja metálica con un tintineo seco y señaló con el pulgar hacia el techo, hacia los despachos de los directores—.
No nos enseñan a caminar por Marte porque ahí arriba nadie cree que vayamos a pisar nada más firme que el suelo de la cabina.
¿Para qué enseñarle a un pavo a hacer el nido si lo van a servir en Navidad?
Nadie le contestó. Linda siguió masticando con lentitud, y Vega se quedó mirando cómo se deshacía en el aire el vapor de su sopa, igual que lo hacen las frases que nadie quiere terminar.
Ahora estaba solo en el pasillo helado de la tercera planta.
Fuera, el sol se hundía detrás de los depósitos de nitrógeno líquido y dejaba sobre Houston una franja de naranja sucio, como la última brasa de una chimenea.
Más arriba, tras las nubes bajas, debía de estar Marte.
Vega lo buscó un momento con los ojos, sin esperanza.
Aquella noche no había cielo para nadie.
Era posible que fuese uno de sus últimos atardeceres terrestres.
Si el vuelo de enlace salía a tiempo el viernes, los días que le quedaban transcurrirían bajo techos de aluminio, respirando un aire fabricado y mirando las estrellas a través de cristales de cuarzo reforzado, gruesos como el fondo de una botella.
Durante más de un siglo, la humanidad se había enamorado de aquel punto rojo.
Cuando solo era una luz errante entre las constelaciones, le escribió poemas.
Cuando las primeras sondas devolvieron fotografías de sus cañones secos, le dedicó tratados.
Y en los últimos veinte años lo había convertido en una fosa común.
Marte era un pozo de sílice y óxido de hierro que se había tragado el dinero del Congreso, el orgullo de los chinos, los reactores de fusión y las vidas de veinte hombres y mujeres que creyeron que la voluntad podía ganarle una partida a la termodinámica.
Un altavoz del techo emitió dos pitidos y una voz femenina, aséptica y sin prisa, anunció el cierre de los laboratorios de simulación.
Vega se ajustó la chaqueta y echó a andar hacia las escaleras.
En el bolsillo del pantalón sentía el bulto rígido del parche con el número seis, bordado en hilo dorado, que Rhodes había dejado sobre su mesa en enero.
No lo sacó. Bajó los escalones de uno en uno, y su paso resonaba en el edificio vacío como el de un visitante en una casa donde ya nadie vive.
En el vestíbulo del primer piso había una mujer mayor, de uniforme gris, empujando un carrito de limpieza con una ruedecilla coja que chirriaba a cada vuelta.
Tendría sesenta y tantos años y el pelo recogido bajo una redecilla.
Mojaba una fregona con la concentración de quien lleva treinta años haciéndolo y sabe que el suelo no se lo agradecerá nunca.
Al verlo, se detuvo. Era la primera persona en tres meses que no desvió los ojos.
—Buenas noches, comandante —dijo.
—Buenas noches.
Ella apoyó las manos en el mango de la fregona y lo observó con una serenidad antigua, con la mirada tranquila de quien ha visto salir a muchos.
—Mi bisabuelo trabajó aquí en la época del Programa Apolo —dijo—. Montaba cables. Decía que los astronautas se reconocen porque, al despedirse, siempre miran hacia arriba aunque estén bajo un techo.
Vega se sorprendió alzando la cabeza hacia las lámparas del vestíbulo. La mujer sonrió con la boca cerrada.
—Regrese vivo —dijo, y volvió a su fregona.
Salió a la noche. La humedad le cubrió la cara como un paño tibio, y bajo las luces del aparcamiento brillaba el asfalto, negro y sin fondo. En el bolsillo, el parche pesaba lo que pesa un pequeño sol.
No volvió la vista atrás. Pero a medio camino hacia el coche levantó la cabeza, solo un momento, hacia las nubes que escondían el planeta rojo.