Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 1 La última bala
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Herederos Del Planeta Rojo

Herederos Del Planeta Rojo

Por Pablo L. Torres

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Capítulo 1 La última bala

LIbrO I

La Luna se había alzado aquella tarde sobre el golfo de México, pálida y sin prisa, como un visitante que espera a que le atiendan.

Desde el piso treinta y dos del edificio de Misiones Humanas podía distinguirse, en el borde sur del disco, el parpadeo verdoso del láser emitido por la colonia lunar Artemis.

En Houston hacía años que nadie miraba hacia allí, igual que se deja de oír el tren cuando se vive junto a las vías.

Adrian Vega esperaba de pie. Le habían ofrecido una silla de cuero y la había rechazado con una sonrisa que ya no sabía si era cortés o imprudente.

Sobre el escritorio, entre papeles sin ordenar, descansaba la maqueta de una nave: un cilindro largo y delgado, con dos radiadores desplegados como alas de libélula.

Alguien le había quitado el polvo con esmero. Era lo único cuidado de aquel despacho.

Rhodes no levantó la vista. Sostenía una tablet tan pequeña que parecía un naipe, y la leyó con el ceño de quien examina la factura de un restaurante en el que ha comido mal.

—Veintiocho misiones lunares —dijo por fin—. Ninguna con un rasguño en el casco. Un título de física por Georgia Tech. Un expediente tan limpio que da ganas de comprobar si lo ha escrito usted mismo.

—Lo escribieron los otros, señor. Yo solo hice lo que me tocaba.

—Qué modestia tan inquietante. —Rhodes dejó la tablet sobre la mesa y por fin lo miró.

Tenía los ojos hundidos y grises, de quien lleva mucho tiempo durmiendo mal—.

Dígame, comandante Vega, porque me intriga de verdad: ¿se ha enterado de que existen formas más fáciles de morirse?

Hay quien se lanza desde un puente. Hay quien se tira en el tráfico de la autopista 610 a las seis de la tarde.

Son baratas y, sobre todo, no cuestan ochenta mil millones de dólares al contribuyente.

—No he venido a morir.

—Todos los que han subido a una Ananké [1] decían lo mismo. Algunos lo dejaron por escrito.

Vega dejó pasar el golpe. Afuera, una nube baja cruzó delante de la Luna y la apagó durante un instante.

—Creo que Marte es como el Everest —dijo Adrian Vega—. Durante décadas, la montaña se tragó a quienes se atrevían con ella. Los libros de historia solo recuerdan al primero que volvió. Nadie relata cuántos tuvieron que fracasar antes para que él supiera por dónde se subía.

—Una metáfora preciosa. Para el cementerio, para ponerlo en una lápida—añadió Rhodes—.

—Una metáfora exacta, señor. Cada Ananké nos ha enseñado algo que desconocíamos. Usted lo sabe mejor que yo.

Rhodes soltó una risa breve, sin alegría, que terminó en tos.

—¿Y la gloria, comandante? ¿Entra también en su cálculo? Dígamelo sin rodeos, que aquí nos gusta saber con quién tratamos.

—Entra. No voy a negarlo. Querer que tu nombre quede en la historia es de lo más humano que hay. Los constructores de catedrales no firmaban sus piedras, pero las levantaban pensando que alguien las miraría dentro de mil años.

—Qué poético. —Rhodes cogió de nuevo la tablet y deslizó el dedo por la pantalla—.

Ya lo dicen los psicólogos: ninguna tendencia suicida.

Ninguna megalomanía clínica. Ni siquiera un poco de miedo, fíjese.

¿Cómo lo ha conseguido? Ha engañado a tres psiquiatras y a una máquina de diagnóstico. Conmigo no podrá.

—No los he engañado. Miedo no siento, aunque no porque sea valiente.

Lo que hay en mí es una responsabilidad enorme, y esa ocupa el sitio donde otros guardan el miedo.

—Hizo una pausa—. Creo que puedo conseguirlo, señor.

Creo que podemos marcar un hito para toda la humanidad. Eso es todo lo que quiero y deseo.

Rhodes volvió a mirar la pantalla y arqueó una ceja.

—Pues al menos no consta que deje usted viuda ni huérfanos.

Eso simplifica el papeleo. Tampoco tendré que perder una mañana consolando a una mujer que no para de llorar en un funeral —Levantó la vista—.

No se ofenda. Aquí lo único que no tiene gracia es lo que cuenta la historia, y para soportarla hay que reírse un poco de vez en cuando.

Se levantó y se acercó a la ventana. Era más alto de lo que parecía sentado, y tan delgado que el traje le colgaba de los hombros como de una percha. Se quedó mirando la Luna con las manos a la espalda.

—Ahora le voy a contar una historia, comandante. Es corta, pero tiene cinco capítulos y los cinco acaban igual. Escúcheme sin interrumpir, aunque sé que lo hará.

Vega no dijo nada.

—Ananké Uno. Mayo de 2069. Salió de Artemis, nuestra base lunar, con tres personas y excesiva euforia.

Cuarenta y ocho horas después, el sistema de contención magnética cedió.

No hubo fuga ni aviso: el campo que sujetaba el fuego dejó de hacerlo.

Los tres fueron incinerados antes de que nadie en esta sala acabase de tomar el café.

—Una asimetría en las bobinas —murmuró Vega—. Lo dijeron en el informe. Pero la causa era más sencilla: no tenían manera de probar el campo con la nave a plena carga antes de partir. Se hizo en los tests, a la mitad de potencia. Los números eran correctos, pero era una mentira piadosa.

—Es una de las cosas que cuestan cinco años aprender. —Rhodes no se volvió—. Ananké Dos. Abril de 2071. Cuatro tripulantes. A las ochenta y tres horas de vuelo, otra falla térmica. De nuevo el calor, que siempre es el primero en llegar a la cita.

—Conocía a Marta Ibáñez, la ingeniera de vuelo. —La voz de Vega bajó un tono, sin romperse—. Coincidimos en Mare Tranquillitatis, en un ejercicio de rescate. Se quedó dos horas más de lo necesario revisando una válvula. Decía que las cosas que nadie mira son las que acaban matándote.

—Pues alguien debió de mirarlas poco. —Rhodes giró apenas la cabeza—.

Ananké Tres. Noviembre de 2071. Tres tripulantes.

A las ciento diecinueve horas, una eyección de masa coronal les cayó encima de lleno.

Dos horas antes, el sistema de blindaje reforzado resultó tan útil como un paraguas en un huracán.

El sol se limitó a estornudar en su dirección.

—Ahí no hubo error de diseño —dijo Vega—.

Ningún blindaje habría aguantado esa magnitud.

Era una tormenta de las que se dan una vez por siglo, y les tocó a ellos.

Hubo cuarenta minutos de margen en los modelos de alerta y no los supimos aprovechar.

—Tragó saliva—. El comandante era Tomás Okafor.

Compartimos un rover durante un invierno entero en el cráter Shackleton.

Tarareaba siempre la misma canción, mal, y a los tres meses yo ya lo estaba imitando.

Rhodes guardó silencio un momento. Luego siguió, más bajo.

—Ananké Cuatro. Julio de 2073. Cinco tripulantes. Murieron de uno en uno: la radiación cósmica y las tormentas solares pequeñas, esas que no abren los noticiarios. El último aguantó diecinueve días.

—Leí su diario de a bordo. —Vega apartó la mirada hacia la maqueta—.

Hasta el final anotó la temperatura de la cabina, la presión, las lecturas del reactor.

Como si alguien fuera a corregirle los datos.

No se despidió de nadie, solo dejó al día la bitácora.

Creo que era su manera de seguir siendo útil.

—O de no volverse loco. —Rhodes se apartó de la ventana y rodeó el escritorio.

Se sentó despacio, como si cada articulación le costase un favor—.

Y llegamos a Ananké Cinco. Noviembre de 2074.

Cinco hombres y mujeres. Cuatro de ellos murieron de cáncer en pleno tránsito, uno tras otro, con la misma docilidad con que se apagan las velas de una tarta.

Solo uno llegó vivo a la órbita de Marte, aunque no creemos que estuviera consciente en ese momento: tenía una leucemia aguda, y los médicos de Control le daban veinticuatro horas.

—Jonas Lindqvist —dijo Vega.

Rhodes levantó una ceja.

—Me enseñó a posar un módulo sobre Mare Imbrium —continuó Vega—. Decía que una nave no se aterriza, que se convence. Era un hombre tranquilo. Tenía una hija en Duluth, Minnesota a la que mandaba postales de papel con sello lunar, que a ella le parecían una chifladura.

—La inserción orbital exigía correcciones que no podía hacer él solo, ni siquiera sano. La nave pasó de largo y salió disparada fuera del plano de la eclíptica. Se calcula que en ese momento Lindqvist ya estaba en coma.

—Sigue allí fuera. —Vega lo dijo casi para sí—. Navegando en línea recta hacia ninguna estrella, con la última velocidad que le dimos. Es el único cementerio del mundo que se desplaza solo.

La habitación se quedó en silencio. Se oía el zumbido del aire acondicionado y, más lejos, el rumor de alguien que arrastraba una silla en el pasillo.

—Ahora le diré lo que el Congreso piensa de todo esto —dijo Rhodes, y el cinismo volvió a su voz, como un abrigo que se echa por encima—.

Cinco naves, diecinueve muertos, ni una muestra de polvo marciano.

Si Ananké Seis falla, la comisión de Presupuestos retirará los fondos.

No me lo han dicho en voz alta, claro: los senadores jamás hablan de dinero de esta manera.

Lo harán en una votación de noviembre, con la misma suavidad con que se cierra un grifo.

—Entonces los chinos llegarán antes.

—Ah, los chinos. —Rhodes sonrió con una ferocidad casi cariñosa—. Siéntese, comandante. Sé que prefiere estar de pie, pero esta parte la recomiendo con asiento.

Vega vaciló, tomó la silla que antes había rechazado y se sentó con el cuerpo recto, como si todavía llevase el traje de presión.

—El primero de octubre de 2049 —empezó Rhodes—, el día del centenario de la República Popular, el premier Liang Wenzhong anunció ante la Asamblea que China iniciaría el Proyecto Tianhe [2] para enviar a humanos a Marte.

En 2065 presentaron el Larga Marcha 27, un cohete con fusión directa de helio-3.

Lo sacaban de sus minas lunares, que funcionan desde 2038, y prometía treinta días de tránsito desde su base de Guanhang, en su sector lunar.

—Treinta días. —Vega lo dijo con el respeto que se debe a un buen rival—. Si hubiera funcionado, habría cambiado el mundo.

—Pero no lo hizo. Tianhe Uno, diciembre de 2067: a las cinco horas de vuelo, el reactor de fusión se desestabilizó y perdieron la comunicación.

Tres tripulantes. Se supone que murieron en ese instante.

Tianhe Dos, marzo de 2069: la más lograda.

Llegó a órbita marciana, pero el sistema de enfriamiento no resistió la sobrecarga.

La nave se convirtió en un reactor sin freno y cayó contra la superficie.

De sus tres taikonautas, dos habían muerto durante el tránsito por la radiación, y el tercero estaba muy enfermo. Seguramente no se enteró del impacto.

—Dejaron en Marte un cráter con una bandera. —Vega negó despacio con la cabeza—. Es lo único que hay allí hecho por manos humanas, además de los rovers y los restos de las sondas automáticas.

—Y Tianhe Tres, febrero de 2071. A los tres días de vuelo, su nave transmitió una frase que se ha repetido mucho en los círculos que lo analizan: «El río celestial se ha vuelto negro».

Río Celestial significa «Tianhe» en su idioma, ¿lo sabía?

La tripulación perdió el control del campo magnético y la nave desapareció en un destello. Fue lo último que se oyó.

—Es una frase hermosa para decir adiós.

—Hay muertes que merecen una mejor prosa que la nuestra.

—Rhodes suspiró—. Pekín nunca anunció su cancelación, claro.

Los gobiernos como aquel no hacen público nada cuando hablamos de un fracaso: simplemente dejan de hablar del asunto.

Los responsables desaparecieron de la vida pública.

Y en la Luna ya no se ha visto ensamblar ningún cohete Larga Marcha nuevo.

Los analistas lo tienen claro: el programa Tianhe murió sin ninguna esquela, de pura vergüenza.

—Entonces el camino está libre.

—Libre, sí. Y sembrado de cadáveres, como todos los caminos libres.

—Rhodes se inclinó hacia delante, y por primera vez el sarcasmo cedió terreno—.

Pero esta vez creemos que hay una diferencia.

Ananké Seis llevará el sistema VASIMIR. Variable Specific Impulse Magnetoplasma Rocket: campos magnéticos que calientan el plasma a temperaturas que no caben en la imaginación y lo expulsan a velocidades que tampoco.

Es un motor que respira despacio pero no se cansa.

Para alimentarlo montaremos dos reactores nucleares de fisión de torio, que son más limpios y dóciles que los nuestros anteriores.

—¿Cuánto tiempo llevará el tránsito entre la base Artemis y Marte?

—Menos de dos meses. Casi la mitad del tiempo de exposición que tuvo la Cinco. Los cálculos de radiación acumulada bajan a niveles que la medicina espacial considera… —buscó la palabra con un gesto de la mano— a los que se puede sobrevivir. No cómodos. Pero que nos dan una opción.

Vega permaneció callado. En la ventana, la Luna había vuelto a asomar, y ahora cubría con su luz el borde de la maqueta.

—Escúcheme, Vega. —La voz de Rhodes se había vuelto casi un susurro, y el humor negro se había ido de ella como se va el agua de un lavabo—.

Esta es la última bala. No exagero. Si Ananké Seis cae, no habrá una Siete.

Nadie volverá a pedir fondos para esto, ningún presidente se atreverá.

Pasarán cien años, o doscientos, o quizá nunca más se vuelva a intentar.

Y nos quedaremos aquí, en este planeta, mirando las estrellas a través de la reja.

Habremos hecho de la Tierra una cárcel con vistas.

Hubo un silencio largo. Alguien, en el pasillo, había dejado de arrastrar la silla.

—Entonces —dijo Vega, con una calma que no sabía de dónde venía— no podremos fallar, señor.

Rhodes lo miró durante un rato largo. Después abrió un cajón, sacó un pequeño parche de tela bordado, un círculo con el número seis rodeado de hilo dorado, y lo dejó sobre la mesa, junto a la maqueta.

—Lo encargué hace meses —dijo—. Sin saber a quién se lo daría. Tampoco me pregunté por qué lo solicité. Hay cosas que uno hace por si acaso.

Vega no lo tocó de inmediato. Se quedó contemplándolo, cómo se hace con una carta que aún no se ha decidido a abrir. Por la ventana, la Luna seguía allí, sin prisa, esperando.