40.
—¡Llévenselo! —La fría voz de Darcee resonó en el campo.
—¡No, por favor! —suplicó el joven y lo tomaron a rastras hasta la parte trasera del castillo.
En serio odiaba hacer esto. Sabía lo que sucedería después de su victoria. Thomas no tenía ningún problema con ello, pero ahora su conciencia lo molestaba. Sentía el temor, la rabia y el repudio de la gente arrodillada frente a ellos, pero, como había dicho antes. No es momento de sentimentalismos.
Es culpa de Ewald. Pensó, si no hubiera absorbido sus sentimientos, su vulnerabilidad, no se sentiría así. ¿Acaso soy lo suficientemente cruel?
Darcee avanzó lentamente entre las filas.
No había lugar para las traiciones a largo plazo, necesitaban confiar en las personas que elegirían.
Su reinado sería absoluto y le recordaría a la gente por qué los Valtre eran los verdaderos reyes de esta tierra.
Darcee se detuvo frente a una mujer. —Ella.
Tenía sangre en la frente y estaba llena de odio. Los seguidores la tomaron y se la llevaron. En su camino, alcanzó a escupirle a los pies a Darcee. —Esperen. Yo me encargo.
Los seguidores se detuvieron. Darcee la tomó de la barbilla y paralizó su cuerpo. —¡Esto le sucederá a cualquiera que trate de faltarme al respeto! —dijo, apretando la cara de la mujer con desprecio.
Ella temblaba, la sangre le salió de las fosas nasales, de la boca, las orejas y hasta los ojos se le pusieron rojos, pero nunca gritó. No le dio el gusto a Darcee, solo escuchó un jadeo leve cuando su vida se esfumó.
La mujer cayó inconsciente al suelo, atragantándose en su propia sangre. Los seguidores la levantaron y la llevaron junto a los demás cadáveres que dejaban a su paso.
Thomas vio a otro señor temblando y su mente lo delató. Era leal a Friedrich y no podía hacer excepciones, aunque detestaba hacer esto. —Él.
—¡No, no! Por favor, tú te ves más compasivo, no me dejes morir —el hombres inclinó al suelo y lo tomó del pie.
Se sintió culpable por un momento, algo que no sentía a menudo. Los seguidores se llevaron al hombre, que seguía suplicando por su vida. Thomas llegó al final de la fila y asintió hacia Darcee.
—Felicitaciones. Ustedes han sido elegidos, porque están demasiado asustados, o porque sus poderes los hacen especiales…
o simplemente nunca fueron leales a Friedrich —Darcee caminó entre las filas.
—Yo confío mucho en la lealtad, lealtad inquebrantable.
Espero que recuerden esas palabras como si se tratara de sus vidas, o si no…
—Darcee hizo una pausa, dándose media vuelta a las pilas de cuerpos sin vida.
—Bueno, ya saben lo que pasará —dijo con pena.
—Llévenlos adentro y denles algo útil que hacer —ordenó Darcee a sus seguidores.
Ella se acercó a él y lo observó durante un momento. —Te veo arrepentido, pero detecto que esa culpa es de Ewald… ¿Vas a poder con ello?
—Yo puedo, no es nada —dijo en voz baja, y su cara se oscureció. Aún le dolía la quemadura del brazo.
Darcee lo juzgó con la mirada, no pensaba nada en específico, simplemente lo observaba. —Busca a Ewald, y llévate algunos hombres al Castillo Feuer. Tenemos trabajo que hacer.
—De acuerdo —dijo Thomas y se dio la vuelta en dirección al jardín de las sombras.
Al cruzar el campo, las sombras seguían inquietas, rodeándolo del mismo modo en que se levantaron la primera vez que las vio.
Ewald estaba en medio, frente al pedestal con los brazos alzados, dejando que las sombras jugaran con su cuerpo como si fueran sus mascotas.
Cuando llegó a la entrada, Ewald dejó que se disiparan en el ambiente.
—Tenemos que irnos al Castillo Feuer —dijo a espaldas de Ewald.
Él volteó y se bajó del pedestal. Observó su nueva cicatriz arriba de la ceja, un montón de heridas y moretones rojos demacrados.
—Te ves miserable —dijo Ewald.
Thomas se burló. —Al menos yo no usé la cara como escudo.
Ewald lo observó. —Ja, ja. Qué gracioso eres —dijo con el tono más sarcástico que pudo. —Bueno… ahora sabes lo que se siente ser un adolescente de verdad —dijo alzando las cejas.
—¡Por los dioses! No sabía que pudieras tener sentido del humor sin emociones —dijo sorprendido. Por más alterado que estuviera, Ewald seguía siendo el mismo chico con amor por los chistes.
—Si eso te divierte, llámalo como quieras —dijo fríamente. Ewald pasó por su lado y Thomas lo siguió.
—Tal vez, por ahora te comportes como la nueva reina de Valtremix, pero con el tiempo, puede que te hagas más llorón... o más frío —Ewald se detuvo y lo miró.
—¿Quieres apostar? —preguntó desafiando.
Thomas sonrió y levantó la cara con orgullo. —¿Alguna vez has jugado cartas?
Vio la negación en sus ojos cuando los entrecerró.
—Si me conocieras más, sabrías que no tienes oportunidad —dijo sonriendo y pasando a Ewald de lado.
—Porque haces trampa —oyó a sus espaldas.
—Llámalo como quieras —se mofó. Quería ver si Ewald tenía una reacción, pero se limitó a seguir caminando. —Una cosa es saber la verdad, y otra, es tener la razón. Por eso siempre le ganó a Darcee. Yo siempre tengo la razón.
Juró haber escuchado un suspiro detrás de él. Cuando volteó, una de sus comisuras se alzó levemente. —Tu gran ego debe sentirse orgulloso.
—¡Dioses! Puedes sonreír —exclamó Thomas emocionado.
Su sonrisa desapareció y Ewald apresuró el paso, empujándolo a un lado. —Ya cállate, Thomas.
—Y ahora estás enfadado. ¡Genial! Estamos haciendo progreso —exclamó una vez más, imitando a Knut con un salto animado.
Ambos siguieron el camino. Se detuvieron para llevar a más personas, y se dirigieron hacia lo que quedaba del reinado de Friedrich para obtener su próxima recompensa.
El Castillo Feuer estaba completamente destruido.
Muy pocas columnas sobrevivieron a la colisión, y el único lugar que no se deshizo fue el primer piso, donde se encontraba la cocina.
Darcee había sido muy específica al dejar el almacén intacto a su favor, ya que necesitaban la comida y municiones.
Otro aspecto crucial fue el colocar las bombas alrededor de la bóveda del erario.
Una horda completa de seguidores y las personas que se habían unido a ellos los acompañaron.
Necesitarían varias manos y carretas para poder transportar el alimento, oro y las riquezas con las que podían hacer negocio fuera del reino.
Después de todo, se trataba de las riquezas que Friedrich les había robado.
Algunos escalaron con cuidado por las piedras y ladrillos que se habían desprendido.
Escarbando para llegar hasta el gran botín.
Una explosión resonó bajo una gruesa capa de escombros.
Los fragmentos se dividieron aún más, convirtiéndose en polvo y pequeñas piedras en el aire volaron.
Cuando el polvo se calmó, vio a Knut sacando los restos con una pala, y entre ellos, destellos dorados. Oro.
—¡Vamos, ya encontré el oro! No se lo vayan a quedar porque ellos lo sabrán —Knut apuntó hacia él y se carcajeó al final, bajando de la pequeña colina con las manos llenas de monedas. Caminando como un duendecillo en su propio arcoíris.
—Ya están moviendo la comida en las carretas —dijo Ewald y se puso a su lado.
—Deberías estar vigilándolos —sugirió Thomas, poniendo atención a los seguidores. —¿De verdad guardaba todo ese oro ahí?
—¿En dónde más? No confiaba en los bancos del reino. Veía cómo los guardias llevaban las bolsas hasta la bóveda —dijo Ewald. —Y no es lo único que guardaba ahí —murmuró .
Thomas escuchó un sonido extraño, como si algo retumbara débilmente. Observó el suelo, investigando, hasta que su vista llegó a las caderas de Ewald, desde donde salían pequeñas sombras de la funda de la daga.
—Ewald —se acercó tratando de llamar su atención.
—Ya sé —empezó a subir las pequeñas montañas de escombros, levantando grandes piedras con ambas manos. —Algo me está llamando.
—¿Qué? —preguntó, confundido.
—¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí parado?
Thomas suspiró e inmediatamente comenzó a escarbar entre las montañas de escombros. Movió las piedras alrededor de la zona. Ewald se detuvo por un momento y se quedó mirando concentrado. —¡Ahí! —indicó hacia un lado.
Thomas se detuvo y levantó las rocas donde Ewald le había indicado. Notó pedazos de cristal alrededor por todas partes y tuvo que ser más cuidadoso. Thomas metió la mano y sintió el filo de un vidrio rozarle. —¡Ay!
Ewald se agachó y recogió una manta de los escombros, envolvió su mano y escarbó entre los restos de vidrio.
—Pudiste haber hecho eso desde antes —se quejó mientras detenía la hemorragia.
Ewald se limitó a mirarlo rápidamente y siguió escarbando.
Se fijó en que su pequeña cicatriz había dejado de sangrar y solo había quedado la marca roja atravesar el vello de su ceja.
Ewald se agachó más y sumergió su brazo en el pozo.
Su daga seguía vibrando, pero sin moverse, solo escuchaba el sonido y veía las débiles sombras salir de las amatistas.
Finalmente, pescó algo y empezó a alzarse hasta que sacó un puñal lleno de escombros.
Lo sacudió con la manta y la hoja brillaba de un color plateado y se veían destellos morados de las pequeñas piedras incrustadas.
La figura media luna apareció cuando un montón de lodo se desprendió del hueco entre la hoja.
—¿Eso es?
—La daga de mi padre —Ewald alzó su mano y el metal destelló en la luz, desprendiendo un puñado de sombras. Thomas notó que también salían sombras de la otra en la cadera de Ewald, creando una conexión entre sí.
—Significa que la historia es cierta —Friedrich siempre había alardeado sobre las muertes de los Valtre, pero cuando se trataba de su hijo, a duras penas mencionaba al hombre que lo asesinó. No le gustaba creer que las palabras que el usurpador había difundido eran completamente ciertas.
—Friedrich mató a mi padre… y lo hizo con esta daga —susurró Ewald, poniendo toda su atención en la hoja, como si absolutamente nada existiera más la venganza que crecía en su ser.
—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó Thomas intrigado.
Con la mano izquierda, tomó la daga de la cadera y balanceó el peso de ambas. Juntas, lucían tan imponentes, tan radiantes. Incluso las hojas se veían más largas, con sus curvas media luna afiladas en perfecto estado. Las dagas fantasmas reunidas después de tantos años.
Ewald giró la cabeza hacia él, con la mirada completamente tensa, tratando de ocultarle lo que le había revelado. —Porque lo he visto antes, desde sus propios ojos.