Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 39.
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Hans abrió los ojos levemente, completamente agotado por las peleas, la travesía del bosque y la guerra que se acababa de desatar. Pensó que aún tenía energía para más, pero su impulsividad le llevó a cometer el mismo error.

Su cuerpo iba arriba y abajo, como si montara a caballo.

Vio la mata de barba blanca encima de él.

Su abuelo lo llevaba en brazos, el rey Arnold Friedrich.

No pensaba que fuera demasiado fuerte después de tantos años, cuando era un niño y el resto del mundo no le importaba.

Recordó cuando solía ser gentil, cuando prestaba toda su atención a su nieto hasta que creció.

Arnold se volvió más duro y estricto. Entendía que quería guiarlo para que fuera un buen rey, pero a veces su modo de actuar no era el adecuado.

¿Cómo pudo retener a Ewald todo este tiempo? Sin decir una palabra, sabiendo que era un Schatten . ¿Quién era su padre? Había dos hombres Schatten con hijos varones en esa época, pero solo uno de ellos estaba casado con un Valtre.

Sintió el dolor de su herida arder por todo su cuerpo. La daga de Ewald era como el fuego, un corte de ella te quemaba por dentro. Ahora podía imaginarse la sensación que provocaban sus llamas.

Volvió a cerrar los párpados, cansado. Dejaría que su abuelo lo llevara a salvo a donde fuera que se dirigían. Las preguntas podían esperar un poco más y volvió a quedarse dormido.

Cuando despertó, el cielo seguía nublado y un poco más oscuro de lo que recordaba, ya casi era de noche. ¿Dónde estamos ahora? No podían regresar al viejo campamento, sería el primer lugar donde los buscarían.

Estaba acostado en la tierra, con una manta encima. Había personas descansando a su alrededor y otras siendo atendidas. Volteó a su otro lado, Amalie estaba curando las heridas de los brazos de una señora. Ella sintió su mirada, siguió atendiendo a la señora hasta que terminó y se sentó junto a él.

Amalie parecía triste. Levantó la manta del lado de su pierna mostrando el resultado de su herida. Ahora tenía una cicatriz más gruesa de un color rojizo.

—Gracias —dijo con calma. Se dio cuenta que traía puesta una camisa en lugar de su armadura, y que sus otros golpes y raspones en los brazos ya no estaban.

—Tienes suerte de que conozca los poderes de Evald... Me dijeron que... no podría curarte, pero ellos no lo conocen —dijo desanimada.

—Te lo dijo mi abuelo, ¿cierto? —preguntó casi afirmando.

Amalie asintió y se abrazó a sí misma con los brazos sobre las rodillas. —Su poder siempre deja cierta... marca.

—Pero, él me encajó una daga, ¿cómo pudo haber dejado marca?

—No lo sé, solo sé que fue él —dijo, apretando sus piernas y desviando la mirada hacia el cielo.

—Evald y yo siempre entrenábamos a escondidas; yo podía curar sus heridas y.

… me dejaba practicar con él —su rostro volvió a desviarse ahora hacia su pierna.

—Por eso reconozco que es él, su poder siempre deja una ma rca interna.

Todos dejan su propia marca —Amalie recargó su rostro sobre sus brazos.

—Cuando practicas mucho con alguien, puedes llegar a reconocer su poder en cualquier herida.

—No sabía que podías hacer eso —dijo Hans sonriendo débilmente.

—Hay muchas cosas que no conoces de mí —dijo, regresándole la sonrisa.

—No como él —susurró, pero después se arrepintió cuando la sonrisa de Amalie desapareció.

Ella respiró profundamente. —No sé qué le pasó. Sus latidos se sentían diferente.

—¿Cómo que diferente? —No estaba seguro sí debía seguir preguntando, pero la curiosidad era su mayor virtud y defecto.

—Antes era muy acelerado y fuerte; esta vez, aún se sentía fuerte, pero más paciente y calmado.

Hans pensó en que ya no quería hablar más del tema o que simplemente se estaba desahogando. —Gracias por salvarme, Amalie.

Ella sonrió y tomó su mano apretándola con la suya. Su mirada se dirigió hacia un lado de él y Hans volteó atrás. Su madre lo esperaba expectante.

—Tengo que irme, luego hablamos —Amalie se levantó y soltó su mano.

Alese se sentó a su lado en el suelo. Dejó que Amalie se alejara unos metros antes de hablar.

—¿Dónde estamos? —su primera pregunta.

—Fuera de los límites del reino. Logramos recuperar algunas cosas en el camino, para sobrevivir unos días —dijo su madre mientras revisaba su herida. —Algunas personas decidieron regresar a sus casas para ver si… la explosión les afectó.

Hans suspiró levemente, ahora pensaba en lo que pasaría.

—¿Cómo te sientes?

—Duele —intentó moverse y se quejó. Alese lo detuvo y lo ayudó a acomodarse.

—Tienes que quedarte quieto, la daga atravesó gran parte de tu pierna. Amalie hizo lo posible para detener el sangrado y cerrar la herida.

—Estoy bien, creo que puedo caminar —dijo, tratando de fingir. El dolor le partía la pierna como un calambre, era insoportable. Su madre no pareció convencida y negó con la cabeza. —¿Por qué no me advertiste de Evald? Me dijiste que lo vigilara.

—Era por su propio bien.

Analizó su respuesta por un momento. —¿Por qué mi abuelo lo mantuvo con él?

—No lo sé, tal vez tuvo piedad.

Hans soltó una carcajada; no pretendía ser así con su madre, pero conocía muy bien a su abuelo cuando se trataba de piedad y no solía tenerla. —¿Dónde está? El rey.

Vio la angustia en el rostro de su madre, era un sentimiento completamente desconocido para ella. Siempre estaba segura de lo que hacía y de lo que decía, pero esta vez, parecía perdida.

Su rostro se dirigió a un punto en concreto, su abuelo tenía la ropa manchada de tierra y sangre seca. Al parecer, había dejado que lo curaran. Estaba encima de unas rocas observando el caótico paisaje. —Ayúdame a levantarme, por favor —dijo con el tono duro.

—Pero, Hans, tienes que…

—Por favor —insistió con la voz más dura.

Alese asintió y dejó que pasara su brazo alrededor de su cuello y lo tomara de la cintura. Se levantaron juntos con dificultad.

—¿No deberías estar descansando? —preguntó con su voz ronca como piedra.

—¿Quién es el padre de Evald? —cuestionó mientras se acercaba. Él soltó a su madre y cojeó hacia el rey por cuenta propia.

—Sigues con lo mismo —se molestó Arnold sacudiendo la cabeza.

—Más de la mitad del pueblo murió o sus casas fueron destrozadas. Creo que estoy en posición de exigir respuestas —reclamó autoritario, algo inusual en él.

Su abuelo notó su reacción cuando alzó las cejas sorprendido. —Bien, quieres la verdad —él alejó su vista al frente. —Ewald, es el hijo de Lothar Schatten, el hombre que asesinó a tu padre a sangre fría… Lothar, era como un hermano para Clemens.

Arnold seguía mirando el horizonte. No pensaba que su padre tuviera un vínculo fuerte con Lothar. —¿Por qué? —preguntó impactado por la confesión.

—Ellos querían parar la guerra. Cuando Lothar supo que iba a perder, hizo algo desesperado.

Me amenazó con matar a Clemens si no me retiraba, pero sabía que era demasiado tarde para una retirada, así que lo hizo.

Le clavó la misma daga que usó contigo, en su corazón —finalmente, Arnold se giró hacia Hans.

—Por eso insistía en que te alejaras de él.

Es de sangre fría, Schatten y Valtre juntos, lo peor de ambos.

—¿Cómo puedes decir eso de Evald? Jamás lo conociste, solo sabías quiénes eran sus padres —reclamó, extendiendo los brazos.

—¿Entonces dime cómo era? —Arnold se plantó frente a él, con el rostro arrugado. —¿Antisocial, frío, engañoso?

—Era así porque tú lo excluiste de todo —dijo acusándolo con el dedo. —¿Y para qué?

—Si los Valtre regresaban, podía chantajearlos.

—¿Entonces sabías que estaban vivos? —preguntó incrédulo. —¿Solo era un mártir en caso de que sucediera?

—No sabía quién había sobrevivido, solo estaba seguro de los cadáveres que vi aquella noche —reclamó Arnold en voz baja, no quería que los demás escucharan su plática. —Jamás me hubiera imaginado que llegarían a… esto —realmente odiaba admitir la verdad.

Hans respiró hondo y pensó en todo. Podría haberlo tratado como cualquier otra persona normal. Ahorrarse toda esta molestia, pero en vez, decidió descargar su odio y tratarlo como a un rezagado.

—¿Y ahora qué?

—Tendremos que estar acampando en lugares diferentes. No podemos dejar que nos atrapen —dijo su abuelo y le dio la espalda.

—¿Y los demás? —preguntó, viendo a su alrededor.

—Ellos sabrán qué es lo que les conviene, por ahora, nosotros nos mantendremos alejados del reino, hay que sanar antes de atacar —dijo mirándolo brevemente.

—¿No tenemos aliados?

—Los demás reinos no se meterán en una guerra interna, a menos que haya algún beneficio mutuo —dijo con seguridad.

Hans recordó a los monarcas que su abuelo había invitado al evento—. ¿Y los Silverstein? ¿Salieron con vida?

—Fueron los primeros en irse. Ellos no nos ayudarán. El único propósito del rey Christian, era casar a su hija mayor.

Hans frunció el ceño y soltó una carcajada. —Así que a eso venía lo de ganar el torneo.

Se dio la vuelta y observó su entorno, había gente llorando por sus pérdidas. Otros buscaban a sus familiares desaparecidos. Los demás trataban de curar heridas ajenas, entre ellos Amalie. Ella sería de gran ayuda si se quedaba.

La mayoría de las personas que conocía eran familiares de soldados o personas muy leales a su abuelo.

Vio a Adlar con Kirsten y Carie, al parecer, los padres de Lea no estaban cerca.

El día de hoy perdieron hermanos, padres, amigos, tíos.

Nada de eso era justo, pero así eran las guerras y los Valtre pagarían las consecuencias.

Miró a su abuelo y no sabía si pensaba en cómo retomar su trono o en la pérdida que había sufrido. —Mi tía Dorle, ¿sabes cómo la recuperaremos?

Finalmente lo vio, algo despreocupado o vencido, no sabía descifrar. —Vamos a recuperarla. No dejaré que esos desgraciados la maten.

—Tal vez la usen de mártir, como tu querías usar a Ewald —no sabía si lo abofetearía por contestar así.

Su abuelo gruñó y respiró. —Lo harán, pero se arrepentirán de haberlo hecho. Eso es una promesa.

Aunque deseaba que se hiciera justicia, no le agradaron mucho sus palabras.

Su abuelo tuvo que ser demasiado inteligente y despiadado para destronar a la familia Valtre por primera vez en la historia del reino.

No dudaría en intentarlo una vez más. ¿ Pero a qué costo?

—Ten cuidado con lo que hagas. Ahora, nosotros tenemos que cargar con tus errores.

Su abuelo lo miró sin expresión alguna. Se habría enfadado, le habría gritado y reclamado que no le contestara, pero, en lugar de hacer eso, asintió.

—A veces te veo como el pequeño niño que eras, corriendo detrás de mí.

Ahora te estás convirtiendo en un hombre y no supe apreciar eso con tu padre —su cara se entristeció y miró al suelo.

—No dejaré que tú y Dorle terminen así, lo prometo —su voz sonaba arrepentida.

Hans tragó saliva, sorprendido por sus palabras. No sabía a qué se refería, pero hace mucho que no lo veía vulnerable. No era momento de guardar remordimiento a la poca familia que tenía, aunque nadie de ellos fuera perfecto.

—Estamos juntos en esto, abuelo —dijo, tomándole el hombro.

—Gracias, hijo. No te defraudaré.