38. #2
Se concentró. Respiró y exhaló, una y otra vez, hasta que recuperó la concentración y el aire le subió a la cabeza.
Para su suerte, alguien se impactó con su cuerpo violentamente.
Hans se puso encima de él y le separó los brazos, golpeándolo en la cara con los puños.
Ewald se mareó aún más, dejando que Hans hiciera el daño y la cabeza no le dejaba de punzar.
—¡Ella no tenía que morir! —exclamó tras puñetazo y puñetazo.
—¿Acaso aún la amabas? —dijo con dificultad y recibió otro golpe en la mandíbula soltando saliva.
Su sangre le escurría de la nariz y sentía el ardor de nuevas cicatrices en su rostro.
—¡Ella nos usaba a los dos! —dijo Ewald con la voz entrecortada, intentando resistir.
—¡Pregúntale a Adlar! —puso sus manos sobre la cara de Hans y le causó el mismo dolor que él tenía. Hans gritó y se lo quitó de encima.
Ewald se levantó tocando su nariz manchada de sangre. Hans hizo lo mismo y cogió su daga. Ewald lo imitó tomando la daga fantasma y empezaron a pelear. Hans fue el primero en lanzar sus llamas, que Ewald logró esquivar torpemente. Él extendió su mano hacia Hans y las sombras lo empujaron hacia él.
Hans lo apuntó con su daga, pero Ewald lo atravesó en forma de sombra. Se colocó rápidamente detrás y le hizo un corte en la espalda. Hans se quejó y casi se tropezó con sus propios pies.
Rápidamente, lanzó una llamarada de fuego y su reacción instantánea fue retirarlas con sus sombras.
Cuando observó que dio resultado, logró sorprenderse.
Pensó que las llamas eliminarían la oscuridad y se quemaría.
Pero las fuerzas del castillo eran más poderosas que las sombras que normalmente invocaba. Tenía que confiar en su instinto.
Hans se adelantó y lanzó más llamas a Ewald, que las esquivó gracias a su forma espectral, pero la oscuridad y el fuego opacaron su vista.
Entre la bruma, una cuchilla se dirigió hacia él y Ewald se quejó cuando rozó por su rostro, sintiendo el filo arder en su ceja derecha como un aguijón.
Hoy era el día en que derramaría sangre a más no poder.
Hans apareció de un brinco, impulsándose en el aire con su daga, estaba decidido a terminarlo, a matarlo. Un pánico creció en su pecho y alzó las manos tratando de parar su cuerpo. Con el impulso de Hans, le encajó de nuevo la daga en la pierna herida y lo dejó caer, liberándose de su poder mental.
—¡No, Hans! —gritó Amalie a todo pulmón y paralizó a Ewald con un enorme dolor en el corazón. Adlar estaba atentó a la pelea y lo volvió a lanzar por los aires en un brusco impulso. Empezó a comprender que Amalie y él compartían poderes mortales muy similares.
Ewald cayó rodando al suelo y se detuvo rápidamente. Enterrando su rostro en el pasto y las manchas de sangre se entremezclaron con las hojas. Su ceja estaba temblando y vio la sangre manchar sus manos. No podía seguir a este ritmo.
Ewald alzó la vista y vio a Arnold Friedrich frente a él. —Debí haberte matado hace mucho tiempo, Evald — dijo con su voz ronca de costumbre, mientras alzaba su enorme espada. Ewald alzó las manos.
—¡Friedrich! —La voz fría de Darcee resonó en todo el campo.
Ewald rodó en el pasto, dejando que la espada se clavara en la tierra.
—¡Detente, Arnold!
Con la adrenalina del momento, Ewald tomó su daga y la encajó en un costado de la espalda de Friedrich, que se dobló de dolor. Ewald usó su poder para someterlo, obligándolo a mirar a Darcee para que notara cómo tenía sometida, al igual que él, a su hija.
—¡Ríndete, o juro que tu hija sufrirá la muerte más dolorosa que recuerdes en tu miserable vida! —Darcee gritó feroz.
Varios seguidores los cubrieron en un instante, Knut se paró al lado de Ewald para que nadie interfiriera.
—¿Quién eres tú, bruja? —contestó Friedrich jadeando, mientras el acero de su daga se sumergía lentamente en su cuerpo.
—Mi nombre es Darcee Valtre, hija de Marcus Valtre. Hoy, el reinado de fuego ha terminado.
Ewald miró a alrededor, y se encontró con la mirada de Amalie tratando de curar a Hans. Se acordó de cuando mencionó haber visto a Knut en el castillo y le mintió, aunque ella no lo recordaría, ahora lo reconocía y podía ver el rencor en su mirada.
—¡Ustedes deberían estar muertos! —gritó Friedrich con furia.
—Parece que no cumpliste tu palabra de eliminar a cada Valtre —contestó Darcee, mirando con placer a Dorle gritar en agonía; su nariz y boca sangraban lentamente.
—¡Los voy a matar a todos, empezando por ti, Evald! —Friedrich trató de darse la vuelta.
—No podrás está vez, ya no —le susurró a al oído.
—¡Tráelo aquí! —ordenó Darcee. Ewald lo obligó a caminar. Aún no dominaba bien su poder, estaba inseguro de hacer un movimiento en falso.
—No tendremos compasión con los tuyos… a menos, que quieran unirse a nosotros —dijo Darcee con sencillez, mientras Dorle seguía gritando. —No obstante, todos morirán, empezando por ti, querida —acercó sus labios al oído de Dorle.
—¡Por favor, ya no lo soporto! —imploró la feroz Dorle mientras lloraba frustrada. Humillada frente a un Valtre.
—¡Hija, vas a estar bien! —gritó Friedrich.
—¡Es muy malo mintiendo! —escuchó la risa de Thomas cerca de Darcee.
—Puedo torturarla todo el día hasta que su corazón deje de latir —sugirió Darcee.
—¡Yo me uniré, y mi familia! —dijo la voz temblante de un padre.
—¡Y yo! —escuchó la voz insegura de una joven.
Después de ver la magnitud del poder que tenían y de ver cómo sus reyes se doblegaban con facilidad, era tonto negarse.
Poco a poco, Ewald avanzaba con Friedrich al frente. La gente asustada se alejaba, dando pasos atrás. Otros, en cambio, daban pasos temerosos hacia adelante aceptando su nueva realidad.
—Solo si prometes detenerte —dijo otra voz femenina.
—De acuerdo, ¿quién más? —preguntó Darcee mientras que los gritos de Dorle se calmaban.
—¿Qué están haciendo, idiotas? —exclamó Friedrich, pero su cuerpo no reaccionaba a su petición.
—Bien, si esos son todos. Mátenlos —dijo Darcee y caminó hacia atrás con Dorle sometida.
Los seguidores del agujero obedecieron y mataron a los distraídos, pero otros decidieron atacar. Una llamarada de fuego caliente crecía y se dirigía a ellos, hacía Ewald y los seguidores que lo protegían.
No se iba quedar viendo como un idiota como lo cocinaban, así que retiró la daga del cuerpo de Friedrich.
Alzó los brazos y una masa de sombras se elevó en el campo, chocando con las mortíferas llamas de Hans.
El efecto creó una bruma vino y púrpura, y las llamas se disiparon en las sombras, dificultando nuevamente la visión del campo.
Los seguidores invocaron más criaturas cornudas para protegerse y cazar a los enemigos restantes. Friedrich se arrastró lo más rápido posible por el suelo hasta el otro lado, entre el caos y el fuego contra la oscuridad.
Varios civiles seguían lanzando sus hechizos contra ellos, fieles a su rey.
Ewald resistía el fuego. Sin el poder del castillo, probablemente ya no estaría luchando, pero el fuego iba disminuyendo poco a poco.
Hans no tenía tanto poder a su disposición, meramente su objetivo era distraerlos y poder escapar.
Friedrich se desvaneció entre las sombras, solo veía a los monstruos que se alzaban y el fuego cesó, dejando oscuridad a la luz del día .
Los seguidores avanzaron con precaución. Lograba distinguir los gritos de las personas que eran aniquiladas por las criaturas y, algunas de ellas, chillaban cuando las herían. Ewald caminó entre la niebla, escondido en las sombras y flotando como cuando saltó de la oficina de Friedrich.
Vio cómo los monstruos asesinaban a la gente que escapaba y otros se quedaban paralizados de terror, tirados en el suelo. Ewald llegó al final de lo que parecía la bruma y vio al grupo de Friedrich escapando al bosque.
Adlar, Kirsten, Hans, y otros que no reconocía salieron.
Amalie, fue la última. Todos se ocultaron entre los árboles frondosos.
Ella se detuvo en la orilla antes de desaparecer de su vista y volteó hacia él, siempre tenía el modo de encontrarlo en la oscuridad.
Ewald apareció a unos metros de ella cuando tocó el suelo con sus pies.
Podía ver el miedo en el rostro de Amalie por esta nueva versión de él, aunque el sentimiento no le afectaba en absoluto. Volvió la mirada hacia el bosque y luego a él, decidiendo hacia dónde ir. Durante unos segundos se quedó mirándolo, no sabía si se quedaría o si solo se despedía de él.
Al final, se fue corriendo detrás de Hans, justo como esperaba. El daño estaba hecho, no cambiaría nada y tampoco tenía la intención de ir detrás de ella.