38.
Ewald, Thomas y Heiner atravesaron la bruma oscura del castillo. Las sombras se movían más de lo habitual, poniéndolo aún más nervioso. Volvió a ver a Thomas y Heiner, parecían decididos y no mostraban el miedo que él sentía ahora. No veía el temor que sufrieron la última vez que estuvieron aquí.
El trío caminaba a paso apresurado. A lo lejos, se escuchaban ecos, gente gritando y destellos de poderes chocando entre sí. La pelea había comenzado.
—¡Ya casi llegamos! —Thomas habló fuerte, dirigiendo el paso.
El camino parecía interminable. Hasta ahora nada los había atacado, las sombras sabían a qué venían. Unos pasos más y la bruma se disipó. El cielo estaba cubierto de nubes de cenizas. El ambiente era bochornoso, como si las sombras hubieran encerrado todo el calor acumulado del reino.
Los tres caminaron hasta el jardín de las sombras. Thomas se detuvo antes de la entrada y se dirigió a una pila de rocas que antes habían formado una banca.
—Siéntate —apuntó Thomas.
—Estoy bien así.
—Siéntate, te vas a desmayar —insistió y observó a Heiner.
Heiner se sentó a un lado haciéndole lugar. Inmediatamente, hizo caso y se sentó aún con el corazón latiendo a mil por hora.
—Voy a absorber tus emociones. Cuando lo haga, te quedarás dormido por algunos minutos. No sabemos cuánto tiempo pasará hasta que despiertes, si no fueras Valtre, pues... sería más fácil despertarte —dijo Thomas, respirando profundamente y dejando escapar sus nervios.
Ewald aún intentaba leer alguna mente o invocar las sombras, pero lo único que sentía era su latido veloz y el sudor que empapaba su nuca.
—¿Estás listo? —preguntó mientras se hincaba frente a él.
Asintió varias veces mientras respiraba profundamente. Varios escalofríos recorrieron cada rincón de su cuerpo. Thomas se acercó alzando sus frías manos hasta la frente de Ewald y se miraron a los ojos. Thomas estaba calmado y concentrado, y Ewald temblaba de ansiedad.
—Cierra los ojos —susurró, cerrando los suyos primero. Ewald obedeció.
Comenzó a sentir una brisa fría en su cuerpo, como si le absorbieran la vida. Los nervios se le despegaron de la piel, como si el aire los succionara. Incluso su pelo volaba. Su corazón palpitó con fuerza.
Cada vez sentía más frío en los huesos y el dolor en su corazón se desvanecía de manera antinatural. Su cuerpo se adormecía, y caía más débil en el agarre de Thomas.
Como el agua, se dejó caer en el río helado que lo llevaba a otro lugar, y lo dejó fluir. Hasta que lo único que podía sentir, era el frío penetrante en su cuerpo y las olas moviéndose a su alrededor. Su alma se había ido.
Todo estaba oscuro, latido tras latido, su cuerpo le indicaba que estaba vivo y respirando adecuadamente. El sudor se impregnaba en su cuerpo. ¿Qué había sucedido?
—Evald —escuchó un susurro lejano —Evald, despierta —su voz se acercaba en un eco.
Poco a poco, la luz lo iluminó embistiéndolo. Despertó de la oscuridad, y vio el cielo lleno de humo gris y a Heiner sentado a su lado. —Evald, despierta —su voz ahora era clara.
Él se levantó enderezándose. Se había quedado dormido sobre la roca y sentía punzadas dolorosas en la espalda.
—Ewald, ¿cómo te sientes? —Heiner lo miró preocupado.
Lo observó durante unos segundos y respiró tranquilamente. —No siento nada —susurró.
—¿Recuerdas qué estábamos haciendo aquí? —Heiner no apartó la mirada de él.
Ewald observó a su alrededor, el Castillo Real: los campos y el jardín de las sombras, todo desolado. Nada había cambiado, salvo a él. —¿Cuánto tiempo estuve?
—Ocho minutos. No sé qué está sucediendo fuera y Thomas se ha ido —Heiner sonaba muy preocupado, pero no sentía presión alguna.
—Entonces, no perdamos más tiempo —dijo, dando un salto al suelo.
Caminó hacia la entrada del jardín con paso vacilante y presintió la mirada de Heiner a sus espaldas; su mente estaba confusa. Al menos sabía que su poder había regresado.
Heiner lo siguió y le pasó un pedazo de pergamino doblado que sacó de su abrigo. —Tienes que leer esto.
Ewald tomó la nota y la desarrugó. La escritura cursiva de Heiner ocupaba todo el papel. —¿Estás seguro?
—¡Claro que estoy seguro! —exclamó ofendido.
Lo observó una vez más y caminó hacia el pedestal. Las flores presintieron su llegada cuando se alzaron con cada paso, pero seguían de un color grisáceo. Ewald se detuvo frente al pedestal y extendió la nota en la base.
Levantó las manos con las palmas hacia arriba y respiró hondo.
—Almas ancestrales, familiares caídos… Hoy nuestro hogar está en peligro —dijo, y las sombras se alzaron suavemente hacia el cielo.
—Protejan nuestra gente, asesinen a nuestros enemigos y toda amenaza que nos invada —la energía le rebosaba el cuerpo como nunca lo había sentido. Era hambrienta, fugaz, poderosa.
—Cumplan su deber con su familia, yo, Ewald Schatten, se los imploro —elevó su voz y, al mismo tiempo, extendió sus manos hacia el cielo en un fuerte impulso. Las sombras se alzaron velozmente.
Escaparon fuera del límite del castillo. Se extendieron a todos lados a su alrededor. Y, cuando sintió que su poder se había amplificado en cada rincón, supo que era el momento de atacar, la oscuridad lo esperaba para ser atendida a su llamado. Las sombras lo escuchaban y él a ellas.
Bajo sus brazos y se dio la vuelta hacia el castillo. La bruma se había desvanecido, y ahora, era completamente visible para todos desde kilómetros.
Ewald caminó con Heiner hasta la salida, y vio el camino de tierra que los guiaba, lleno de arbustos descuidados.
En Hoch Valley, la multitud se había mezclado: seguidores y civiles luchando. La cantidad de soldados había disminuido por las explosiones .
Visualizó a cada uno de los miembros de su familia.
Darcee peleaba cerca de la entrada, usando sus poderes para detener a cada enemigo y dejarlos sin vida.
Thomas la acompañaba muy de cerca, haciendo exactamente lo mismo.
Las sombras habían hecho su trabajo, cuando arrastraron a alguien hasta lo oscuro de un rincón brumoso.
Ambrose luchaba a lo lejos contra los guardias de Friedrich.
Al parecer, el viejo ya no aguantaba como lo veía en sus sueños.
Lucía exhausto al lado de Hans y... Amalie estaba cerca de ellos.
Su corazón se detuvo por un segundo. Por otro lado, los humos tóxicos de Knut fueron lanzados a cierta dirección. Adlar .
Sus campos de energía prevenían que fuera ahogado por las toxinas. No supo en qué momento se movió tan rápido y golpeó a Knut hacia el suelo, dándole puñetazos. No debía sorprenderse por su agilidad.
A la vez que Ewald se acercaba a la entrada del pueblo, su daga vibraba en su cadera. La tomó y observó que el color morado de sus amatistas irradiaba sombras. —Veamos de qué estás hecha.
Cualquiera pensaría que estaba loco, pero Heiner le había dicho. No es una daga cualquiera . Son las dagas fantasmas por una razón y estaba a punto de probar una de sus teorías. Ewald lanzó la daga hacia la multitud dando un paso adelante con fuerza y se desvaneció.
Ewald se movió rápidamente entre la gente, mezclándose en las sombras, su daga aterrizó en el lugar indicado y Adlar cayó al suelo, junto a Knut, con la daga encajada en el torso.
—¿Evald? —Adlar quiso tomarla, pero la daga se desvaneció y regresó a su funda. Ewald se transportó hacia ellos sin que nadie lo viera.
—Déjame a este para mí.
—¡Por los dioses, cuánto tiempo llevas ahí, Evald! —reclamó Knut.
Él se movió y Ewald se dirigió a Adlar con seguridad. —Tenemos asuntos pendientes.
—¡Mataste a Lea, desgraciado!
Ewald se detuvo y lo miró confundido, recordando lo que había sucedido horas atrás. —Mmm. Eso fue un accidente… es una pena que…
—No pensaba que fueras tan apático —contestó Adlar con rencor.
¿Debería decir lo siento? No sentía nada y, la verdad, no le importaba. ¿Por qué se iba a disculpar con el chico que lo ha menospreciado desde que lo conoció? —Levántate de una vez y deja de llorar, Adlar. Terminemos con esto —Ewald dio un paso en frente.
—¡Evald! —escuchó un grito feroz. Se dio la vuelta y vio a Hans dirigirse hacia él. —¡Cobarde, ven y pelea! —gritó.
—¿No te cansas de que te pateen el trasero, Hans? —Ewald alzó los brazos y, con un impulso de su muñeca, las sombras arrastraron a Hans hasta una nube oscura en el campo. Extrañamente disfrutaba esto.
—¡Hans! —gritó la voz suave de Amalie. Ella intentó detener las sombras con su poder, pero era inútil, sólo tenía efecto con los vivos. Amalie lo observó boquiabierta. —Evald, ¿qué estás haciendo? —Su voz sonaba rota. —¡Tú no eres así! —exclamó. —¿Qué te hicieron?
El chico inocente que conocía estaba oculto en las profundidades de su mente.
Ewald se acercó a Hans y, al ver que Amalie no tenía respuesta de él, lo atacó por primera vez.
Su poder se sintió como si una bomba estallara en su cuerpo, y Adlar aprovechó para mandarlo a volar varios metros de su lugar.
Fue duro y le sacó el aire. Tosió sangre y notó que algunas de las sombras se desvanecieron. Se levantó adolorido, tratando de respirar correctamente, y un chillido en su garganta salía de él.
Amalie se acercó con cautela y alzó sus manos de nuevo hacia él en advertencia.
Ewald reaccionó sin pensarlo, entró en la mente de Amalie y la paralizó.
Escuchó un quejido doloroso provenir de ella y pudo ver sus pensamientos, sentir lo que sentía.
De una manera muy extraña. Dolía, la misma presión que le provocaba, lo dejaba mareado.
Desconocía qué consecuencias tendría esta nueva forma de.
.. sus poderes Valtre. No pudo resistir la presión en su cabeza y soltó el lazo liberándola.
Amalie cayó al suelo de sentón con lágrimas en sus ojos y Ewald se sobó su cabeza.
El dolor le hinchó el cerebro, como si su alma se partiera en dos y la vida seguía saliendo de él.