EPILOGO
En el penúltimo mes del año, Diamante , las mañanas y las noches se ponían más frías.
Hace tres semanas, Valtremix se había convertido en un cráter con campos de batalla y casas destrozadas por las bombas que había detonado los Valtre.
Una solución radical, pero efectiva a sus problemas .
Había dicho su padre. Pensó que los jóvenes Valtre estaban locos, sedientos de poder que harían alianzas con quién fuera.
Ahora, la reconstrucción reiniciará, y el dinero no sería su problema. El verdadero problema, es que eran un blanco fácil para los demás reinos. Una invasión con pocas tropas destruiría su arduo trabajo, pero, para ser sincera, ¿quién se quería quedar con un reino lleno de baches?
Giselle visitó el centro de Valtremix, aunque no estaba muy segura de cuál era el centro ahora. El pueblo viejo de Hoch Valley, seguía intacto junto al castillo de los Valtre. Antes, un pueblo fantasma. Ahora, volvía a estar habitado por quienes perdieron sus casas.
Se paseó por el noroeste, donde estaba el Castillo Feuer y el pueblo de Nuevo Feuer.
Las rocas del pavimento se habían salido.
Varios negocios habían cerrado, y los únicos que permanecían abiertos, eran los que brindaban comida, víveres y materiales de construcción.
Valtremix tenía problemas. A ella le encantaban los problemas caóticos, pero estos, eran problemas aburridos: políticas, alianzas, formalidades de reyes y príncipes.
No valían la pena para el tiempo de Giselle.
Ahora que vio lo que podría ser de ella, se terminó de convencer de que había hecho la decisión correcta en llamar a su amiga La Cruzada.
Giselle escondía sus largos rizos marrones bajo la capucha azul naval y su piel oscura brillaba bajo la luz del amanecer. Con ambas manos, apretó su suéter y debajo de la tela cargaba un bolso amplio capaz de guardar más cosas de lo que parecía.
Si su padre ya se había dado cuenta de su ausencia, no le quedaba mucho tiempo para que los guardias y medio reino la buscaran para casarse con el joven príncipe a cambio de un ejército.
Su padre le había advertido que no escapara, pero Giselle odiaba tener que ser la pieza de mesa de sus alianzas.
No quería gobernar, quería ser libre y romper todos esos estúpidos códigos reales.
Ella venía del sur, de las costas que unían los reinos norteños de Valtremix y Lavín con su reino, Wassergraben, y el resto del continente de Mystische.
Una isla alta donde el camino solo se mostraba con la marea baja.
Era difícil escapar ahí, sobre todo de madrugada.
Tuvo que tomar uno de los túneles secretos que conducían a una cueva llena de agua.
Como su madre la dio a luz en un lago sagrado, prácticamente nació nadando, y nadando se fue del reino.
Cuando se adentró en el bosque de Valtremix, siguió las orillas del río hacia el sur, que la guiaban de vuelta al golfo de Wassergraben.
La Cruzada le dijo que abriría un portal ahí.
Tenía un procedimiento algo inusual, pero efectivo, para llevarla a su destino.
Necesitaba enviar a alguien que no pudiera volver a cruzar el portal.
Así que enviaba animales: había visto ver aves, gatos, a veces caballos o lobos, pero esta vez mandaría a un perro, un pastor negro y canela con abundante pelaje.
La parte importante era que colocaba dispositivos en ellos. Normalmente, eran brazaletes, collares o anillos, que creaban un lazo invisible entre el portal y la tierra. Para poder encontrar la ubicación exacta, tendría que buscar al perro por todo el maldito bosque.
Tras vagar largo rato por el sur de Valtremix, escuchó los aullidos y las pisadas rápidas acercarse.
El perro pasó corriendo a toda velocidad junto a Giselle, derribándola.
Traía una rama de árbol que alguien le había lanzado.
Alguien lo había encontrado primero . Ella se levantó sacudiendo las hojas de su ropa y caminó con cautela hacia donde se fue el perro.
—Buena chica —escuchó el susurro de un hombre.
Giselle se acercó más, y vio a la bestia tendida en el suelo con la lengua de fuera, mientras un chico con una gabardina negra, le acariciaba la panza. Era una hembra.
—¡Moony! —gritó. —¡Ven para acá! —no sabía su nombre, así que le inventó uno.
La perra se quedó tirada en el suelo hasta que la vio y se puso a ladrarle. Maldita bestia . El chico alzó la cabeza, tenía piel pálida, sus rizos caían oscureciendo su delgada cara, y sus ojos plateados brillaban con intensidad.
—¡Moony! —reclamó Giselle.
—¿Se te ha escapado tu perra? —preguntó desde la oscuridad de su mirada.
—Sí, suele hacerlo todo el tiempo —mintió.
El chico se alzó y la observó con atención, algo pretencioso o amargado. Notó que en su mano sostenía el collar que la guiaría al portal. Necesitaba quitárselo antes de que se cerrara. Escuchó una carcajada leve salir de él. —¿Me podrías dar el collar? —Giselle extendió su mano.
—Nunca había visto uno así —dijo él, al tiempo que alzaba su mano y giraba la correa con curiosidad. Estaba hecha de un plástico blanco y flexible, con vidrios oscuros, luces blancas y un broche de imán.
—Sí, es algo peculiar —ella se acercó cogiéndolo del otro extremo. El chico alzó sus ojos plateados hacia ella, nunca había visto a alguien con ese color. —Gracias por entretener a Moony.
Él soltó el collar y la miró sin expresión alguna. Tan frío, como el hielo de sus ojos . Giselle se acercó a la perra y la acarició, sacó unas galletas de su bolso y las devoró. Después de eso, no tendría problema con que la perra la siguiera.
El chico se quedó parado como una estatua. Pensó que la seguiría, pero después de unos minutos, lo perdió de vista.
El aparato vibraba en su mano. Al paso que se acercaba, el dispositivo prendía luces rojas y emitía un sonido chillante.
Cuando se acercó más al portal, encendió la mayoría de las luces y el sonido se hizo más agudo.
La perra se asustó y se fue corriendo. Justo el efecto que debía provocar para evitar que la criatura la siguiera hasta su propia muerte.
Entonces apareció frente a ella, un muro cristalino de color celeste y diamante. Su energía vibraba resplandeciendo con euforia. Una vez que atravesara el portal, se ocultaría de la vista humana, pero estaría ahí, en espera de la siguiente persona que deseara cruzarlo, y reaparecería.
Sin dudar más, Giselle caminó a través del portal.
Entró en un anillo de luz azul y rayos blancos.
Volteó una vez más hacia el bosque, esperando a que se cerrara, y visualizó la sombra del chico con la perra aullando a su lado.
El pánico invadió sus sentidos y pensó que correría hacia ella.
Pero al ver que se había quedado plantado en el césped, supo que no haría nada para detenerla.
Buen viaje, princesa Silverstein . Escuchó su voz resonar en su cabeza. Ella se impactó, sintió sus mejillas sonrojarse en angustia. ¿Acaso es el príncipe con el que me comprometería?
Ya no importaba, ahora se encontraba en la ciudad del futuro, en una calle de noche iluminada en tonos neones azules y la luz del portal desapareció.
¡Al carajo Valtremix y su padre! La princesa de Wassergraben, ha llegado a provocar problemas caóticos en la Ciudad Inevage.