37.
Por primera vez en años, Hoch Valley volvía a estar habitado…
por docenas de monstruos con extremidades largas y distorsionadas que habían sido conjurados por las familias del Agujero.
Darcee no pudo despegar su vista de las astas cornudas que lucían las calaveras de las criaturas y las extensas garras que tenían en sus dedos.
Cubiertos de extensiones de pelo oscuro y grueso en el torso.
El castillo aún permanecía oculto entre la niebla oscura, y el grupo que la acompañaba se detuvo justo enfrente del portón del Castillo Real, aguardando la llegada de sus compañeros.
Knut, Franz y Gretel fueron los primeros en aparecer después de que el reino estallara en sus manos. Knut se adelantó y se unió a ella. Estaba deseoso de decir algo, así que Darcee levantó las cejas en cuestión, era la señal que hacía cuando no se concentraba en leer cerebros.
—¡Lo hicimos! —Knut copió su propia expresión con una sonrisa.
Darcee soltó una carcajada ahogada y sonrió, desviando su vista hacia el horizonte. A lo lejos, podía observar las nubes de humo pintando el cielo gris, y la brisa caliente chocaba con la humedad del bosque. Pronto llovería. —Pensé que dirías algo más importante.
Knut soltó una carcajada. —¿ Siempre esperas algo malo? —preguntó con su sonrisa juguetona.
Lo observó por un momento y apartó la mirada. —¿Después de vivir dieciséis años bajo tierra? Sí—. Sabía que después de esto, tendrían que regenerar muchas cosas, pero era el precio que pagar por la traición del reino.
—¿Y los demás? —preguntó Knut.
—Están cerca —volteó de nuevo hacía él.
—¿Y Ewald?
Darcee suspiro. Confiaba en Ewald, quería creer que estaba bien.
Knut interpretó su reacción. —Darcee, ¿dónde está?
Ella iba a responder, pero presintió a Thomas, a punto de llegar con Ambrose, y los demás seguidores del campamento con su encargo especial.
Darcee dirigió su mirada hasta el fondo de Hoch Valley.
Heiner y Knut la siguieron esperando una respuesta.
El grupo apareció entre la niebla. Los seguidores tenían la ropa llena de tierra y olía a sangre.
Detrás venía otro grupo arrastrando un cuerpo con una armadura roja y dorada que relucía entre el humo.
Ataron una cuerda en los pies de Dorle Friedrich y sus manos estaban esposadas.
Un hombre fornido tiraba de la cuerda y, detrás de ellos, sobresalía la imponente imagen de Ambrose, mientras Thomas se concentraba en mantener a Dorle con las peores pesadillas qué podía encontrar. Darcee sonrió con placer.
Los demás grupos los seguían desde atrás, muchos resultaron heridos, pero nada grave. —Al parecer no hubo bajas —susurró Heiner a su lado .
—Todavía no cantemos victoria. Cuando Friedrich sepa que su hija está aquí, traerá el poco arsenal que le hayamos dejado —susurró, aún con la mirada al frente.
—¿Temes que perdamos? —la cuestionó con un poco de angustia en sus cejas.
Darcee lo miró frunciendo el ceño. —Si Ewald no llega, ¡entonces sí! Estamos condenados —dijo, molesta. —En cuanto llegue, lo llevas al Jardín de las Sombras —Heiner asintió una vez y dirigió su mirada al frente.
A medida que se acercaban, los seguidores empezaban a mezclarse entre sí, dejando espacio suficiente para dejar pasar a la prisionera. Thomas se acercó a ella y Darcee se impactó al ver su brazo vendado y ensangrentado. —Thomas… ¿estás?
—Estoy bien, tendremos bastante tiempo para vengarnos de ella —dijo, mientras observaba a Dorle con desprecio. —¿Quieres que despierte?
Darcee lo miró sin creerle, y luego asintió con seguridad. Los seguidores que traían a Dorle la levantaron del suelo, la pusieron sobre sus rodillas sin amabilidad alguna y su cabeza caía floja hacia adelante.
Le ajustaron las esposas con una cadena de picos, que iba alrededor de su cadera y la apretaría con cada movimiento que hiciera.
Thomas alzó las manos hacia la cabeza de Dorle y movió los dedos con sutileza.
Escuchó un suspiro profundo debajo de la bolsa que le cubría la cara, y al sentir la libertad de su mente, su postura se encorvó.
Darcee volteó hacia Ambrose dándole una orden. Y sin preguntas, le quitó la bolsa de la cabeza, dejándola por fin respirar.
—Te dije que tu fin iba a llegar pronto, querida —sonrió burlonamente mientras saboreaba el momento .
Su cabello estaba hecho un desastre. Alzó ligeramente el rostro tratando de analizar la situación.
—Y tú… ¿Quién eres? —preguntó Dorle con la garganta seca.
Darcee miró a Thomas y Ambrose. Dorle lo captó, giró la cabeza hacia Thomas, y luego a la izquierda para ver a Ambrose parado derecho como una flecha.
—Ambrose —no le sorprendía ver a su viejo tutor de pelea. —No te ves muy bien.
Ambrose soltó una carcajada muda. —No peor de como tú lucirás.
Dorle volvió su mirada hacia ella. —Tú eres la hija de Marcus Valtre.
—Darcee Valtre. Para ti, tu futura reina.
Dorle soltó una carcajada y se giró hacia Thomas. —Me parece que él es más calificable para esa corona —Thomas la miró seriamente sin expresión alguna. —¿O me equivoco? —miró a Darcee de nuevo.
—Thomas Valtre, hijo de Benjamin, ¿lo recuerdas? —preguntó alzando una ceja.
Dorle se burló. —Claro que lo recuerdo. Uno de mis soldados me trajo el cuerpo de tu padre como si no importara nada.
Thomas se tensó con cierto odio, pero se irguió y evitó confrontar o hacerle daño sin permiso.
Para estar atada, tenía demasiadas agallas para insultarlos, o tal vez era una pobre estúpida que no conocía su destino.
Regresó su mirada a Dorle y esbozó una sonrisa forzada.
—Para ti es gracioso, ¿no? —Su voz se tornó grave por un momento.
Darcee se agachó un poco para mirarla más de cerca.
—Crees que aún tienes el control de la situación, cuando evidentemente lo has perdido.
Destruimos tu castillo y nunca tuvieron ni la más mínima idea de lo que sucedería —Darcee tocó la punta de la nariz de Dorle y, como si le hubiera encantado, comenzó a gritar de dolor.
Le estaba retorciendo las entrañas en diferentes partes de su cuerpo.
Podía aplastar cada músculo y órgano con tal de hacerla gritar a su gusto.
—No te preocupes —dijo, y los gritos de Dorle se cambiaron por su respiración agitada. —Tengo algo distinto planeado para ti.
Dorle se mofó en dolor. —¿No vas a matarme?
—Lo haré, algún día. Tú tendrás una muerte… muy dolorosa.
Dorle se burló de nuevo. —Ni siquiera vas a durar un mes en el trono, mi padre y yo los acabaremos.
—Oh, qué linda, ¿qué me dices de ti? ¿El viejo no te deja ser reina? —Darcee llevó la mano a su barbilla pensando. —¿O le estás calentando el lugar al inútil de tu sobrino?
Dorle se enfadó, y trató de moverse, forzar sus ataduras, pero al ver que las espinas se encajaban en su piel, se quedó inmóvil.
Darcee se burló. —No trates de mentirme, Dorle.
Eres igual de ambiciosa que yo, veo todos tus deseos.
La diferencia es —se acercó más a ella —que tú nunca usaste tu autoridad a tu favor, no fuiste lo suficientemente astuta.
Dorle le escupió a la altura del pecho, fue lo más que se acercó a su cara, pero claro que no le daría ese gusto cuando sabía que lo haría. Darcee volvió a erguirse y sacudió su falda. —Igual de sucia que su madre, es una lástima que ella no pudo enseñarte modales.
—¡Te juro que cuando! —Dorle se atragantó y quedó en silencio cuando Darcee alzó su mano hacia sus labios y posó la otra sobre su pecho, apuntando como si tuviera un cigarrillo.
—Llévenla atrás y enséñenle modales —le dio la espalda y observó la niebla oscura que invadía el castillo. Silenciosa y siniestra. Ahora tenía que preocuparse por otro problema.
Ewald, ¿dónde estás? Se hacía tarde. Esperó unos segundos por una respuesta, y nada. Ni siquiera podía ver lo que pensaba o sentía. ¿Ewald?
De pronto, pudo sentir que estaba cerca, muy cerca. Darcee giró a dirección del bosque y entonces lo vio. Ewald llevaba puesta la malla negra de la armadura que usó, tenía las piernas y las manos llenas de sangre. Su mirada rota y devastada. Se acercó temblando y los demás lo miraron intrigados.
—¿Qué sucedió, Ewald? —preguntó Heiner.
—Parece que alguien ha cometido su primer asesinato —escuchó la voz de Knut susurrar cerca de Thomas y él le dio un golpe con el codo.
—Yo —suspiró Ewald con la voz quebrada —yo la maté—. Nunca había escuchado ese tono tan débil en él y era preocupante, demasiado preocupante.
Heiner se acercó y lo miró a los ojos —¿a quién?
Ewald suspiró profundamente, notó que había llorado al ver sus pupilas dilatadas y rojas. —A Lea.
—¿La pelirroja? —preguntó Thomas.
Ewald asintió y miró al suelo desolado, cubriéndose la cara.
Darcee lo tomó por los hombros. —¿Te amenazaron?
—No quise hacerlo. Pero ella... Ella me iba a culpar, tomó mi daga y peleamos por ella.
—Ewald, hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir.
—¡Pero ella era inocente, fue un accidente, eso no debió haber sucedido! —Él luchaba para que su llanto no regresara, pero era inútil, las lágrimas lo habían invadido de nuevo.
—Ewald... No hay gente inocente, solo personas que toman sus decisiones y las afectan de formas diferentes. Sean buenas o malas, tú no eres culpable de las acciones de los demás.
—Pero sí de las mías —susurró con rencor.
Darcee suspiró y miró al suelo, recordando la primera vez que tuvo que matar a alguien. Ella regresó la mirada a los ojos plateados de Ewald. —Solo queda una cosa que hacer cuando estás cosas suceden.
—Esto no está bien, Darcee —Ewald la miró con arrepentimiento.
Darcee se enderezó de nuevo y prefirió no decir nada, estaban en guerra, eso era lo que sucedía con la gente. Ewald se limpió las lágrimas con la manga manchada de sangre y le preguntó. —¿Puedes invocar?
Ewald la observó aún más preocupado. —No, no puedo. Intenté usar mis poderes, pero… no pude lograr nada —dijo tragándose las palabras con su voz quebrada.
Escuchó a Thomas suspirar sin paciencia. —¿Ni siquiera las sombras?