Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 36.
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Ella corrió por el bosque con el corazón latiendo a toda velocidad y las lágrimas se le secaron con el aire. No dejaría a Lea quedarse ahí, tenía que llevarla a un lugar seguro.

Después de la explosión, llevaron a Hans al viejo campamento en una carreta, donde los Friedrich se habían situado antes de ascender al trono. Amalie insistió en bajarse para buscar a sus amigos y, de alguna manera, logró encontrar a Ewald, como siempre.

Durante el trayecto, se topó con un par de guardias con las armaduras llenas de cenizas. Se acercó angustiada, con las manos temblando, mientras que pasaban personas ayudándose unas a la otras.

—¡Ayuda, necesito ayuda! Mi amiga está herida. Lea Schulz, la anfitriona. ¡Por favor, ayúdenme! —suplicó temblando.

Los guardias la observaron. Veían la sangre manchada en sus manos.

—¿Dónde está ella? —preguntó uno de los guardias.

—¡Por aquí! —dijo, girándose hacia el camino que había recorrido.

Vio a Kirsten pasar con un grupo hacia el campamento.

Amalie siguió ignorando su mirada, pero Kirsten apresuró el paso hacia ella.

Unos metros más, llegaron a donde Lea yacía muerta.

Tenía miedo de que los guardias la ignoraran cuando realmente había gente viva que necesitaba ayuda. Pero simplemente no podía dejarla ahí.

Kirsten llegó y se quedó boquiabierta, dejando escapar un sollozo repentino, sus ojos se llenaron de lágrimas en un destello. Los guardias revisaron a Lea, su sangre ya se había esparcido por todo el pasto manchándolo de rojo.

—No tiene pulso —dijo el guardia, que se arrodilló junto a ella. —No podemos ayudarla.

Kirsten la abrazó con fuerza mientras sollozaba en su hombro, abatida por la muerte de su mejor amiga. El guardia levantó el cuerpo con cuidado, tomándola de la cintura y las piernas.

Kirsten la soltó en un impulso. —¿Qué sucedió? —dijo desesperada.

—Yo —se quedó sin aliento y las lágrimas volvieron a desbordarse de sus ojos.

Kirsten la observó con el corazón roto y giró hacia los guardias. —Tenemos que llevarla con sus padres.

El otro guardia se marchó cuando escucharon más gritos de ayuda. Kirsten tomó el brazo de Amalie y se fueron caminando juntas. Ya no quedaba mucho que hacer por su amiga.

En el viejo campamento, todo el mundo corría tratando de auxiliar a los heridos con utensilios médicos, sábanas para los muertos, y los guardias cargaban cuerpos.

Kirsten no había hecho ninguna pregunta en todo el trayecto, se mantuvo llorando en silencio, pero presentía que pronto tendría que dar respuestas.

De tan sólo pensar en lo que había sucedido se le llenaban los ojos de lágrimas.

En el centro del campamento, se habían colocado dos grandes carpas de tela azul que usaban como refugio para los heridos.

El grupo entró por las cortinas azules y vieron a docenas de personas tendidas en el suelo.

No podía saber si habían muerto o estaban inconscientes, eran demasiados latidos para ella y solo podía escuchar el suyo.

El guardia encontró un lugar libre hasta el fondo y dejó a Lea con delicadeza, sobre una manta que una mujer se había adelantado a colocar.

Amalie se arrodilló junto a ella y la mujer le dio un pañuelo húmedo en su mano.

Volteó hacia ella desanimada y se dio cuenta de que era una de las sanadoras del orfanato, Camila.

Ella asintió hacia Lea y entendió lo que debía hacer.

—Voy a buscar a sus padres. Tienen que estar por aquí, ¿podrías… quedarte con ella? —preguntó Kirsten temblorosa y la cara completamente roja. Amalie alzó su mirada y asintió.

Se habría ofrecido a buscarlos para que Kirsten se quedara con Lea, pero desconocía a la familia. Nunca pudo presentársela. Kirsten se esfumó entre la gente y las dejó a solas.

Empezó a limpiar la sangre de sus manos. La llama que irradiaba en la hermosa Lea se había ido con su vida. Quitó algunos mechones de su pelo y los puso detrás de su cabeza, lo último que podía hacer por ella era hacerla lucir igual de perfecta. Fue un accidente . Repitió el momento varias veces.

Lea y Ewald forcejeaban con la punta del cuchillo apuntando hacia abajo, el impulso era para quitar la daga de las manos del otro. No querían apuñalarse. Entonces, ¿por qué? ¿Qué estaban haciendo para que reaccionaran así?

Cuando los llamó, las manos de Ewald se deslizaron hacia Lea. Él se distrajo. Lea ni siquiera volteó a verla. Notó el esfuerzo que hizo para antes de que el acero la apuñalara, mientras que Ewald parecía aterrado.

Siguió repasando el momento en su cabeza, pero un olor molesto la distrajo y sus fosas nasales se llenaron de ese aroma. Alzó la cabeza y observó alrededor, los sanadores también lo notaron. El humo empezó a esparcirse en la carpa levemente. ¿Algo se quemaba? Nadie había gritado. —¡Fuego!

Escuchó la voz de un hombre desde el fondo, que corría hacia la salida. —¡Estamos en fuego, salgan ahora, salgan! —siguió gritando.

Amalie reaccionó ante la gravedad del asunto. No había viajado hasta allí para dejar a Lea quemarse. La levantó del suelo y la sentó, dejando su espalda erguida hacia adelante. Pasó uno de sus brazos por encima de sus hombros y la tomó de la cintura, intentando ponerse de pie.

El humo se intensificó rápidamente y podía alcanzar a ver las llamas que consumían la carpa.

Todos estaban ocupados cargando a otros heridos.

Tenía que arreglárselas sola, no iba a esperar que alguien la ayudara.

Logró pararse cargando a Lea a su lado. Amalie vio a la gente salir en el fondo.

Caminó lo más rápido posible, los pies de Lea arrastraron por toda la tierra, tropezando.

Por más que lo intentaba, alzaba su cuerpo lo más que podía, era ridículo, Lea era mucho más alta que Amalie y ella débil.

Poco a poco, la gente fue desalojada. Algunas personas rajaron la tela de la carpa para salir más rápido.

Intentó acercarse a uno de ellos. El humo le mareo la cabeza, atrás, el fuego ya había consumido gran parte de la carpa.

Comenzó a toser y se tapó la boca con su mano libre.

Arrastrar a Lea era cada vez más pesado y se cayó con ella al suelo.

El humo la intoxicaba, sentía sus ojos llorar de ardor y sus pulmones trataban de sacar el aire contaminado.

Ya casi no había nadie, su vista se hacía más nublada y sólo alcanzaba a ver sombras proyectadas con la débil luz del día.

Su cabeza le dio punzadas insoportables, ya no podía más, si quería vivir tendría que dejarla allí.

Ya no podía escuchar claramente, pero escuchaba a alguien llamarla. —¡Amalie! —la voz se acercó.

Unas manos fuertes la tomaron de los brazos y se alzó entre el humo. Ella volteó y pudo ver su rostro. —¡Adlar! —contestó confundida y mareada.

Adlar caminó hacia una de las orillas, rajó la tela de la carpa con una daga y pateó todo lo que les estorbaba. —¡Sal de aquí, yo la cargo! —gritó alarmado.

Hizo caso y caminó torpemente entre el humo. Las llamas habían deshecho las mantas en los suelos.

Amalie atravesó la tela hasta el campo. Cuando sintió el aire fresco, se detuvo en la tierra tosiendo a pleno pulmón.

Detrás de ella alcanzó a ver a Adlar cargando el cuerpo de Lea por el agujero que habían atravesado.

—¿Estás bien? —preguntó agitado. Amalie paró de toser y asintió.

—Kirsten me dijo que estaban aquí. Creo que encontró a Carie.

Había visto a Carie antes, la hermana menor de Lea. Un poco más baja, pero definitivamente más alta que Amalie. —Ven —indicó Adlar con la cabeza hacia la otra carpa donde se refugiaban los demás.

Amalie ya había expulsado la mayor parte del humo de sus pulmones, pero aún le seguían ardiendo los ojos. De repente, recordó cuando el sirviente la intentó asesinar, y pensar que ahora se paseaba con Ewald, y Adlar era quien la rescataba. No sabía quién estaría más enojado, ella, Ewald o Adlar.

Algunas personas se situaron fuera de la carpa. Solo dejaban entrar a los heridos. Kirsten salió de la carpa con los padres de Lea.

Su padre era increíblemente alto, con el cabello castaño y la piel aperlada, llevaba un traje semi formal de estilo gótico.

Al parecer había dejado el saco, porque solo usaba una camisa y su chaleco.

Y su madre, tenía el pelo largo y rojizo, y unas facciones muy exquisitas.

La moda era el sello distintivo de los Schulz, incluso en una crisis.

Detrás de ellos, los seguía Carie. A ella le fue mal cuando vio que tenía cortadas en la cara y estaba llena de sangre seca.

Cuando Adlar se dio la vuelta hacia ellos con el cuerpo de Lea en sus brazos, Amalie sintió como se le quebraba el corazón a su madre cuando gritó y corrió hacia ella. Tomó el rostro de Lea en sus manos y lloró. —¡Mi amor, mi corazón! ¿Qué te han hecho? —su madre se inclinó sollozando.

Su padre se acercó más cauteloso, no queriendo creer la visión de su hija y la apuñalada en su abdomen.

El señor llevó la mano a su propia barriga, como si él mismo hubiera recibido el golpe.

Acarició la frente de Lea y su cabello hacia atrás, las lágrimas invadieron su rostro.

—Lea, mi pequeña —lloró junto a su esposa.

Amalie alzó la mirada y vio a Carie paralizada. Kirsten la abrazo y Amalie quiso sumarse para consolarla. Kirsten conocía a la familia desde hace mucho tiempo y prácticamente era como una hermana para ellas.

Hans se acercó lentamente cojeando. Todavía llevaba puesto su traje de combate, al igual que Adlar.

Su pierna estaba vendada, pero podía ver la sangre que había dejado.

Caminó hacia ellos y Amalie se adelantó para ayudarlo.

Hans aceptó su ayuda y caminaron juntos sin decir una palabra. En ese momento, el silencio era mejor.

Los ojos de Hans se volvieron cristalinos, sin llanto, pero podía ver las lágrimas salir lentamente. Amalie lo abrazó, no quiso apretarlo por sus heridas, pero se aferró a él de todas formas. Hans respondió rodeándola gentilmente con su brazo.