35. #2
Ahora es tu turno .
Las pupilas de Friedrich se dilataron aún más, mostrando una ira que juraba no haber visto nunca en su vida.
El castillo colapsó y la gente entró en pánico, empujándose unos a otros para bajar de las gradas.
Se escucharon más estallidos a lo lejos.
Un túnel pasaba por debajo de la entrada de Nuevo Feuer hacia el castillo.
Quedarían atrapados, y su única oportunidad de sobrevivir era huyendo al bosque que se extendía más allá de los límites del reino.
Los guardias ya no le prestaron atención y Ewald corrió hacia el bosque.
Varios corrieron hacia el pueblo, pero él único destino que los llevaría, era a la muerte.
Las estructuras cayeron al suelo con estruendo.
Una encima de la otra, y se levantó una gran nube de tierra.
La torre de la oficina de Friedrich se derrumbó sobre el campo, dando el golpe más fuerte y pesado de todos.
Ewald siguió corriendo, con la esperanza de que Amalie lograra escapar con vida. Otra torre cayó cerca por donde pasaba, la tierra se movió bruscamente y perdió el equilibrio. Delante de él, vio a una chica caerse.
—¡Lea! —gritó preocupado. Él la tomó de los brazos y la levantó. Lea reaccionó torpemente, quitándose el pelo de encima, Ewald le agarró la mano guiándolos detrás de las gradas.
Se adentraron en el bosque, algunas ramas y tallos de hojas caídos les chocaban en la cara. Las explosiones seguían moviendo la tierra y los árboles se habían sacudido con ellas.
Podían escuchar los gritos de la gente pidiendo ayuda, nombres desconocidos que trataban de encontrar y el pasto moviéndose debajo de sus pies. Escuchó otra estructura caer cuando la brisa caliente los abrazó en el bosque. El cielo estaba lleno de nubes de polvo.
—¡No mires atrás! —gritó cuando sintió que Lea se alentaba para girar la cabeza.
Los dos siguieron corriendo por un buen rato, hasta que las voces y los gritos de la gente se alejaron, y sólo quedó el estallido de los edificios y las torres derrumbándose.
—¡Evald, espera! —Lea lo soltó y se detuvo. Él se dio la vuelta y la miró preocupado. —¿Qué fue todo eso? —preguntó angustiada.
Él se acercó a ella con cautela. Hasta ahora solo había corrido lo suficiente para alejarse del punto de impacto. No pensó a dónde iba a parar con Lea.
—¿Por qué tienes esa daga? —apuntó, acusando a su cadera.
—¿Qué sabes sobre esta daga? —preguntó calmado.
—La había visto antes —respondió cortante.
Ewald alzó sus cejas intrigado y Lea lo observó angustiada. —¿Dónde?
Lea tragó saliva, pensando en su respuesta. Escuchó unos pasos cerca de ellos y, en ese momento, ella le había arrebatado la daga.
Ewald se echó para atrás espantado. Ahora ella lo apuntaba con su propia daga. —Lea, tranquilízate —dijo, alzando las manos para que no lo hiriera. —Regrésamela, por favor —extendió su palma gentilmente. Lea se echó para atrás, negando con la cabeza.
—¡Aléjate de mí! —dijo acusándolo. —¿Tú sabías que esto iba a pasar? ¿Eres uno de ellos, un Valtre? —preguntó histéricamente.
Ewald suspiró. —¿Dónde viste la otra daga?
—¿La otra daga? —preguntó ella incrédula. —Quieres decir… ¿Qué no entraste en la bóveda?
—Lea, jamás he entrado en esa bóveda —Ewald dio unos pasos hacia adelante.
—¡Quédate ahí! No te creo nada —no le hizo caso y siguió acercándose.
—Quieres saber si soy un Valtre, ¿no? —dio otro paso con la punta de la daga a unos centímetros de atravesarlo. Lea no se atrevería a matarlo. —No soy un Valtre, no realmente —dijo, y lo observó con asombro. Su agarre se debilitó cuando tomó su muñeca.
Su otra mano la llevó encima de la daga y la empujó hacia el suelo, pero Lea trató de aferrarse a ella con toda su fuerza. Logró voltear la punta hacia abajo, pero Lea insistía, jalando la daga hacia ella para que no se la quitara.
—¡Suéltala, Lea!
—¡No! —gritó, jalando con fuerza.
—¡Te vas a lastimar, dámela! —escuchó unos pasos apresurados. Toda la concentración en su mente trató de que Lea soltara la daga, pero no funcionaba, algo estaba mal y su poder no le respondía.
—¡Chicos! —exclamó una voz conocida. Ewald liberó su fuerza de las manos y miró a Amalie. Ella llevó las manos a su boca en un suspiro.
Él volvió su mirada hacia Lea, que miraba su propio abdomen en shock. La sangre salió de la punta de la daga, esparciéndose sobre las manos de ambos. Ewald la miró paralizado y la sostuvo cuando todo su cuerpo entero se debilitó.
Lea cayó al suelo de rodillas. Amalie se acercó por el otro lado, pero no quería que la ayudara. Ewald dejó de respirar y sospechaba que su cara se había puesto más pálida de lo normal.
—Lea, ¿puedes decir algo? —preguntó alarmada Amalie, mientras revisaba su herida con la daga aún empuñada en el estómago.
Lea la miró fijamente, sus pupilas brillaban, llenas de lágrimas que querían desbordarse. Su respiración agitada empezó a detenerse segundo a segundo y la sangre no paraba de fluir.
Ewald no podía apartar su mirada, el pecho le dolía y las lágrimas corrieron en sus mejillas con temor, el mismo temor que sintió cuando Darcee mató a alguien frente a él, pero mil veces peor. No se percató del momento en que empezó a hiperventilar por la boca hasta que se sintió mareado.
—¡Evald! —escuchó a Amalie llamarlo —¡ Evald! —su voz le suplicaba. —No puedo, no puedo hacer nada.
Él miró a Amalie a los ojos y estaban llenos de lágrimas que corrían como ríos por sus mejillas al igual que los suyos.
—Yo… yo no quise, no quise hacerlo, Amalie —dijo tartamudeando y pestañeando en negación. Esto no es real . —Yo no quería… Lo siento, Lea, lo siento —Ewald se quebró en llanto y sus lágrimas cayeron sobre ella. Lea había parado de respirar.
Amalie tomó su rostro. —Fue un accidente —dijo con firmeza, pero su voz sonaba llena de dolor.
Ewald llevó su vista a los ojos color miel de Amalie. Se quedó mirándola un rato, las lágrimas le caían por sus mejillas pecosas. Cómo era posible que albergara tanta bondad en ella después de lo que vio, después de lo que hizo. Cualquier persona lo odiaría, pero ella. —No.
—Tú no lo hiciste, Evald —su voz trataba de calmarlo, como si supiera las palabras que necesitaba oír, pero era imposible. Su corazón seguía palpitando ferozmente.
—Tengo que irme —su voz se escuchó más débil que nunca y observó a Lea. Cerró sus párpados haciendo que se le desbordaran más lágrimas, incluso estando… muerta.
—Evald, tenemos que llevarla a…
—¡No puedo, Amalie! ¿No entiendes? —gritó desesperado. —¡Yo la maté, me van a culpar a mí!
—No, Ewald. Yo lo vi todo, yo —Amalie volvió a tomar su barbilla desesperadamente para mirar sus ojos de cristal.
—Les vas a contar y me van a culpar —dijo temblando mientras miraba a Amalie destrozada.
Necesitaba usar su poder y dejarla, tenía que huir hacia su familia.
Aquí no estaba a salvo, aunque ella peleara por él.
Ya no podía defenderlo más. Ewald sintió la calidez de las manos de Amalie arroparlo.
Él cerró los ojos y se inclinó hacia abajo, dejando a Lea descansar en el pasto con delicadeza.
Sus rizos rojos cayeron a un lado. Amalie se echó hacia atrás dándole espacio.
—Evald, ¿qué haces? —preguntó angustiada.
Él tomó la daga con la mano y la sacó del abdomen de Lea, con cuidado. Ya no había nada que hacer para salvarla.
—¡Evald! —Amalie alzó la voz, rogando para que fuera con ella. Ewald limpió la daga en la armadura que llevaba puesta y se levantó del suelo abatido en lágrimas. —¡Evald, no me dejes aquí! —suplicó Amalie.
Quería darse la vuelta, pero si lo hacía, no podría marcharse.
A cambio, dio unos pasos alejándose, aun escuchando el llanto de Amalie y volteó.
Lea yacía en el pasto y Amalie sentada junto a ella, mientras que los débiles rayos de luz atravesaban la nube de polvo que había explotado en el cielo, brillando sobre ellas.
—No trates de seguirme —su voz rota y fría a la vez. —Ya no soy el chico que conocías.
Amalie lo vio por un momento, las lágrimas se desbordaron de sus ojos.
Ewald le dio la espalda. Guardó su daga en la funda de la cadera y empezó a caminar solo por el bosque.
No le agradaba que su nuevo destino pintaba con ser uno muy violento y siniestro, pero, él ya había hecho su elección y su familia lo necesitaba.