Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 35.
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35.

Quince minutos antes de la detonación.

El torneo había llegado a su culminación, Hans Friedrich contra Adlar Dinter, el enfrentamiento más esperado por el público.

La emoción recorría la tribuna como de costumbre: ruido, chiflidos y vítores.

Fuuun . El cuerno volvió a soplar para anunciar la última pelea y el espectáculo comenzó una vez más.

Hans y Adlar se acercaron lentamente el uno al otro. —¿Listo para perder, Hans? —dijo Adlar mientras alzaba sus dagas.

—Ni en tus sueños —Hans dio un paso para atrás, prendiendo su mano en fuego e impulsándola hacia Adlar.

Adlar saltó a un lado y sintió el calor del fuego cerca de su piel.

En respuesta, lanzó un impulso con el giro de su mano y Hans salió disparado al suelo.

Ewald siguió caminando por la orilla del campo intentando acercarse a ellos.

Hans se levantó en lo que Adlar lo alcanzaba y lo atacaba con sus dagas. Él alzó su espada y bloqueó los ataques de Adlar, chocando de un lado a otro. Sus movimientos estaban bien marcados.

Media vuelta a la izquierda, vuelta completa a la derecha.

Hans detenía cada golpe a tiempo, parecía que estaban danzando en sincronía.

Hans pateó a Adlar en el torso, lo mandó unos pasos atrás y cayó de nalgas.

Luego, creó dos ondas de fuego que fluyeron como si fueran el mismo aire.

Adlar creó inmediatamente un escudo protector y el fuego se dividió en dos.

La multitud respondió sorprendida. Adlar permaneció por algunos segundos en el suelo.

Se puso lentamente de rodillas, manteniendo la capa cristalina que lo cubría con sus brazos, hasta que pudo redirigir las llamas por su derecha.

Hans se desequilibró y le dio oportunidad a Adlar para que lo atacara con una onda que lo levantó nuevamente al aire.

El golpe fue tan duro que su cuerpo rodó en el pasto. El público suspiró asustado.

Adlar se tomó un momento para respirar. Hans alzó la cabeza desubicado hacia él. Los dos habían estado peleando desde el inicio, pero para el público no era nada agotador seguir viendo cómo se masacraban entre sí.

—¡Eso es todo lo que tienes, príncipe! —Adlar se mofó, a pesar de su cansancio, su arrogancia jamás descansaba.

Adlar se acercó lentamente. Hans trató de ponerse en pie, pero apenas podía sostenerse con sus propias manos. El público no paraba de corear su nombre. —¡Vamos, Hans! ¡Tú puedes, Hans! —Sus fanáticos deseosos de que el príncipe saliera victorioso.

Este era el momento que esperaba. Ewald alzó su mano hacia Hans. Levántate . Su voz lo comandó. Con mucha dificultad, Hans se levantó mientras que Adlar se mofaba del público que lo abucheaba. En serio adoraba jugar al villano.

Hans se aferró a su espada con ambas manos y corrió rápidamente hacia Adlar por la espalda.

Usó toda esa furia y coraje que tenía contenida, la misma furia que Ewald llegó a ver en Friedrich.

Se impulsó lo suficiente para dar un golpe definitivo que lo derivaría, pero Ewald, decidió cambiar de mentes.

Adlar se agachó en el momento indicado, deslizándose hacia abajo y rozando la pierna de Hans con su daga.

Él cayó rodando y su espada se deslizó a unos metros de él, chocando con el césped.

Gritó con tanta fuerza que incluso Ewald sintió el dolor que le recorría la pantorrilla, llena de sangre.

El público se conmocionó al ver a su príncipe herido.

Adlar se reclinó sobre Hans y puso su daga sobre su garganta.

Hans dejó caer sus manos en derrota. Así de fácil .

El cuerno sopló. Fuuun . Y Adlar sonrió maliciosamente.

—Y el ganador, del septingentésimo quinto aniversario de Valtremix, por segundo año consecutivo.

El campeón invicto, Adlar Dinter —la voz de Lea resonó por todo el campo.

La gente lo aclamó. La gente abucheó. Y Adlar festejó sin importarle, alzando sus brazos al aire con euforia.

Los sanadores del torneo se acercaron a Hans para asistirlo, lo tomaron de los brazos ayudándolo a salir del campo.

Podía sentir su dolor y la decepción en su rostro, la decepción que sentiría su abuelo.

Realmente deseaba ganar, pero tal vez aprendería alguna lección. La derrota que sufrió Adlar en la fiesta fue más humillante, pero aun así seguía siendo el mismo idiota de siempre. Una pérdida de ego no lo detendría.

Ewald dirigió su vista al público y Amalie bajó de las gradas hasta el campo. Tal y como lo predijo. Él se acercó por toda la orilla con prisa. Lea se metió en el campo para cumplir con su papel de anfitriona, pasándole la flauta de voz a Adlar.

—Gracias, gente querida de Valtremix, quiero dedicar este triunfo a dos personas.

Al príncipe Hans, que me dio el honor de vencerlo —Adlar se giró hacia donde habían sacado a Hans, extendiendo su mano cordialmente.

—Y la otra persona, ¡a mí! ¡Porque no hay nadie mejor que yo!

—Adlar le regresó la flauta a Lea y extendió nuevamente sus brazos en señal de victoria.

Escuchó algunos aplausos y más abucheos.

Definitivamente había perdido la simpatía con el público si es que tenía alguna. Lea se esforzó por sonreír a su lado.

Ewald se acercó más a la carpa al mismo ritmo que Amalie recorría la orilla del campo, estaba a unos pasos de ella.

—¡Oye, tú! Nos hace falta un hombre — dijo el guardia y lo tomó del hombro para dirigirlo hacia otra dirección.

Amalie había llegado a la carpa, y Ewald quiso huir del guardia, pero por más que forcejeaba, esté no lo dejaba ir.

A unos pasos más, vio el gran trofeo de oro pulido y piedra que le esperaba al campeón idiota del torneo.

Era demasiado alto y pesado que tenía que ser cargado entre dos guardias y el tercero los guiaba para que no se cayeran.

Sucedió que tenía puesta la misma armadura color plata y oro que solo se usaba en este evento.

Maldito seas, Knut . Sintió un escalofrío de enojo recorrerle por los brazos.

Cuando sostuvo la copa con ambas manos, se concentró más en no venirse abajo que en persuadir a Amalie de largarse de ese lugar.

Ewald caminó en conjunto, cargando el trofeo hasta en medio del campo. El idiota seguía festejando con el poco público que lo idolatraba, que básicamente eran sus amigos, su familia y conocidos de su padre.

Finalmente, llegaron junto a ellos y colocaron el trofeo sobre una manta roja bordada en dorado que alguien más había puesto antes. Los guardias se colocaron detrás de Adlar y Lea. Ewald se paró frente al trofeo sin saber qué hacer. Tenía que largarse ya. Dio dos pasos hacia atrás, nervioso.

—Podrían cargar el trofeo en alto, gracias —dijo Adlar agitando la mano sin verlos.

Los guardias asintieron resignados a la petición del campeón idiota y tomaron el trofeo, uno de cada lado. Voltearon hacia Ewald esperando su ayuda, él se rindió y puso sus manos debajo de la base. Estaba harto de seguir con la farsa.

A la cuenta de tres, el trofeo se impulsó con fuerza, pero no pudo contenerse. El trío se desequilibró y el trofeo cayó al césped frente a Adlar. Ewald sabía que lo había jodido.

—¡Qué están haciendo, imbéciles! —el grito de Adlar se escuchó por el amplificador de voz. —¡Tú, recoge eso ahora! —Adlar apuntó a Ewald.

—No.

—¿Qué dijiste? —Adlar se enfadó y dio un paso hacia él.

Ewald extendió los brazos a los lados y las sombras se desplazaron rápidamente, lanzando a los guardias y a Adlar lejos de él en una explosión. Solo permitió que Lea saliera ilesa. La gente se conmocionó. Dejaron de celebrar mientras lo observaban boquiabiertos.

Ewald se quitó el casco y lo lanzó al suelo, sacudiendo la cabeza para que sus rizos se acomodaran donde debían. Adlar alzó la cabeza y sus pupilas se abrieron enojadas.

—¡Eres tú, maldito huérfano! —gritó furioso y se puso de pie de un salto.

—¡Ya esperaba poder patearte el trasero!

—Adlar alzó los brazos y mandó una onda hacia Ewald.

Él cruzó sus brazos en defensa y el aire voló su cabello convirtiéndose en sombra.

Ewald dejó caer sus brazos y miró directamente a Adlar.

—¡Pues ven aquí, idiota!

Adlar gritó con furia y sacó las dagas de su cadera.

Corrió rápidamente hacia Ewald y esquivó el primer ataque escabulléndose.

No sabía mucho de peleas, pero ya sabía cómo controlar mejor sus poderes y escaparse de ciertos ataques.

Ewald sacó su daga, la daga fantasma, que brilló con la luz del día en su maravilloso color plata y sus piedras amatistas moradas en gloria.

—¿A quién tuviste que asaltar para obtener esa daga, Euald? —Adlar se mofó mientras lo apuntaba con su daga.

Ewald frunció el labio y se ahorró la plática, lanzando su daga a la altura de la cara, Adlar reaccionó creando un escudo que la detendría.

Si fuera una daga común . La cuchilla se encajó en su hombro, impulsándolo levemente hacia atrás y gritó.

Trató de sacar la daga fantasma de su hombro, pero reapareció en la mano de Ewald.

Adlar se arrodilló cansado, sin embargo, era difícil de vencer su terquedad por ganar. Fue cuando se dio cuenta de que los demás guardias ya lo tenían rodeado por todos lados, con porras eléctricas y armas encantadas listas para apresarlo. No dejaré que me atrapen de nuevo.

—Détente, estás rodeado, no puedes escapar —gritó uno de los guardias.

La tierra tembló, todos se confundieron, no había terremotos en Valtremix.

Ewald se espantó volteando a todos lados buscando a Amalie.

Escuchó estruendos provenientes del castillo, explosiones en serie, y vio que las estructuras empezaron a cuartearse.

Todos las observaron frenéticos, sin idea de lo que sucedía, todos menos Ewald, que miró aturdido a su alrededor, tratando de visualizar la imagen de ella, pero lo único que vio fue a Friedrich sobre el campo mirándolo fijamente.

Ewald alzó su daga hacia él y, solo por esta vez, se atrevió a entrar a su mente.