34.
Veinte minutos antes de la detonación .
Thomas guiaba su escuadrón hacia la base principal del reino. Tenía una misión: enfrentarse a la General Dorle Friedrich. Esta vez no se infiltrarían, este era un sabotaje que les garantizaría la victoria.
Se dividieron en distintos grupos. Su equipo estaba compuesto por cuatro mujeres y tres hombres.
Armados con espadas y dagas viejas que afilaron al máximo para sacar provecho.
Sin embargo, no estaban indefensos, el Agujero tenía familias con poderes predominantes y habilidades aptas para el sigilo.
Bueno, no todas. Noah había hecho un desastre, pero sin duda sería un buen guerrero en combate.
Su grupo llegó a la base, vigilando desde la profundidad del bosque.
Grupo D, en posición . Habló a través de las mentes de los líderes.
Grupo Norte, listo para atacar. Escuchó la voz de Nickolas, el marido de Gretel.
Grupo C… esperando confirmación. Escuchó a Ambrose.
¡Grupo Sur listo! Sascha contestó enérgica.
El poniente ha puesto la mira en sus primeras víctimas. Contestó Neff, el hermano de Heiner, con sus frases poéticas que hacían a Thomas voltear los ojos.
Oriente, den la maldita señal y nos tronamos a estos idiotas. Respondió Ziska, siempre enfática de pelearse con quien fuera que la provocara.
Thomas volteó hacia su equipo y todos asintieron decididos. Es hora de coronar a la reina .
Se movieron en silencio hacia la base con sincronía.
A medida que se acercaban, notó todos los detalles del campo.
Espacios amplios en el centro de la zona.
Casi no había árboles ni arbustos lo que permitía una vista despejada.
Dos torres altas en las esquinas con un soldado en cada una de las entradas.
Observó la torre de cinco pisos donde Darcee rescató a Ewald. Había grandes cabañas de madera y piedra donde descansaban, cuartos pequeños para guardar su armamento y establos para los caballos.
Thomas y su grupo siguieron la línea que dividía la base del bosque. Una flecha voló hasta el cuello de un soldado en la torre de vigilancia frontal y cayó. Thomas hizo una señal y uno de sus acompañantes salió para eliminar al siguiente.
Hanna Zetner era la persona más veloz y sigilosa que conocía.
Su piel aperlada y su cabello castaño hasta las orejas, la hacían disimular su letalidad por lindura.
Era tan liviana y escurridiza que nadie la veía venir, excepto Thomas, él podía sentir a quien sea que se acercara.
Hanna caminó como si fuese la sombra del soldado.
Giró en sincronía cada vez que el hombre se movía, imitando sus pasos.
Cuando se acercó a la orilla del bosque, Hanna le clavó una daga en el cuello sutilmente y lo dejó caer en silencio.
Otro de sus acompañantes se acercó para esconder el cadáver, y los demás, cruzaron hasta las cabañas.
En ese punto, todos los vigilantes de las orillas habían sido eliminados.
Su grupo se acercó desde el ala noroeste.
Hanna se adelantó para encargarse de sus próximas víctimas mientras cruzaban.
Paso a paso, eliminaron a uno, luego dos, tres, cuatro.
La melodía de la muerte. Mujeres y hombres, a la orden de Friedrich, caían ante los oprimidos. Hambrientos por llevarse el premio.
Thomas logró acercarse hasta la esquina de la cabaña. Escuchó las voces de los guardias en alerta y los soldados comenzaron a salir de sus descansos para ver qué sucedía. Muy descuidados de su parte .
Tres soldados se acercaron rodeando la cabaña y fueron atacados por la espalda. Hanna tomó a uno por los hombros y le rebanó la garganta. Otro fue levantado fácilmente y estrangulado mientras que sus pies perdían la fuerza para sostenerse. El último fue noqueado en la cabeza.
Thomas escuchó una ráfaga de viento acercarse por la cabeza y empujó a Hanna al suelo. El cristal de la ventana le cayó en la espalda y Thomas se sacudió. —¡Cúbranse, ahora! —ordenó al grupo. Los demás se agacharon y se colocaron en distintas posiciones.
Otro soldado dentro de la cabaña se acercaba hacia ellos y se detuvo frente a la ventana.
Thomas lo paralizó, obligándolo a llevar su daga con terror hasta su corazón.
No podía detenerse por sentimentalismos.
Una vida por una vida . Ellos harían lo mismo.
El hombre se apuñaló con fuerza en el pecho y cayó rendido, estrellándose contra el marco de la ventana y manchándolo de sangre.
Thomas escuchó más voces gritando en el campo. —¡Intrusos! —canturrearon a todo pulmón por todas partes. El resto de los escuadrones salieron con sus porras y espadas listas para atacar. Mientras que los habilidosos, preferían confiar en su poder.
Thomas y su equipo se desplazaron entre las cabañas con las cabezas agachadas.
Un hombre se acercó a ellos y uno de sus seguidores le jaló de la camisa bruscamente y le encajó una pequeña daga en la parte trasera de su cuello.
Thomas miró la entrada de la cabaña principal, y varios soldados seguían desubicados por la situación.
Jamás se hubieran esperado que la muerte tocaría las puertas de su fortaleza en un día de celebración para el reino.
—Quiero que cubran las entradas y todas las orillas del bosque. Encuentren a los responsables —gritó una mujer con la voz fuerte. Solo había una persona que usaba una armadura tan estilizada y bien detallada en todo el reino.
Tengo vista de Dorle Friedrich. Frente a la cabaña principal.
Usa una armadura roja y dorada. Se comunicó a las mentes de su equipo.
Es hora. Thomas se levantó y sorprendió a un soldado que recién salía de la cabaña, rebanando su garganta con su daga.
Azotó el cuerpo y lo pateó con suficiente fuerza para que rodara hacia ella.
—¡Dorle Friedrich! —gritó mientras pasaba por encima del soldado. —Es un placer conocerla.
Dorle se volteó confundida. Al parecer, esperaba algo más imponente, pero todo lo que vio fue al adolescente de diecinueve años que cargaba una daga ensangrentada.
Varios soldados lo rodearon rápidamente y una mujer se le acercó por la espalda, pero ya había precipitado su error.
Ella extendió un cuchillo hacia él y detuvo sus movimientos.
Thomas se dio la vuelta, apretando fuertemente la muñeca de la mujer, haciendo que soltara la daga, y con la otra mano, la apuñaló en el abdomen, provocándole un jadeo.
Su equipo irrumpió en el círculo atacando a los demás. Habían llegado más equipos de apoyo de los Valtre a la zona. La general lucía completamente indignada y prendió su mano en llamas disparándole a Thomas. Él se lanzó al suelo aterrorizado y esquivó la llamarada caliente.
—¡Quién demonios se creen que son! —gritó Dorle, exigiendo una respuesta.
Thomas la analizó por un momento, congelando sus sentidos sin que se diera cuenta de que la controlaban. —¿No reconoce a sus peores enemigos, general? —cuestionó con un intento de sonrisa socarrona. Era difícil fingir cuando casi te cocinaban vivo.
Ella alzó su espada hacia él. —No sé quién eres, pero no dejaré que un estúpido niño entre en mi base como si fuera el dueño —contestó enfadada.
Thomas alzó su mano lentamente para tranquilizarla y sonrió. —Tal vez debería revisar a qué nombre está el reino.
Dorle reaccionó confundida, y cuando se dio cuenta, sus pupilas mostraron un gran terror. No hay mejor respuesta que no poder moverse. Thomas sonrió complacido hasta que sintió un ardor fugaz en su brazo derecho.
Alguien le había lanzado un cuchillo, estaba tan inmerso ante esta mujer que ni siquiera se dio cuenta del soldado que le volvía a apuntar, pero un hombre lo agarró de los hombros y fragmentos de hielo salieron de sus pupilas como espinas.
Noah , venía con el grupo de Ambrose de liberar a los prisioneros del Agujero.
Thomas miró su herida, era una cortada superficial, nada grave, pero la sangre no tardó en aparecer.
Thomas se concentró y presintió qué alguien se le acercaba por la espalda, giró rápidamente levantando su mano y detuvo a Dorle con su poder, que estuvo a punto de apuñalarlo en el abdomen.
Thomas la rodeó y la miró a los ojos. Sacó de su bolsillo unas esposas que bloqueaban todos los poderes, puso la primera en la muñeca que sostenía la espada, y en la otra, él salió volando hacia el suelo cuando un hechizo lo impactó, empolvándose de tierra.
Dorle caminó hacia él, con la espada en la mano, y en la otra con una bola ardiente a nada de quemarlo. —¡ Debieron quedarse en su agujero! —el fuego voló hacia él.
Thomas reaccionó girando el cuerpo, pero las llamas lo alcanzaron, quemando parte de su brazo y gruñó. —Por los dioses —murmuró en dolor y mitigó sus nervios mentales, necesitaba concentrarse y no podía permitirse momentos de debilidad o terminaría muerto.
Dorle siguió lanzando más llamas, mientras que Thomas trataba de esquivarlas rodando en la tierra.
Se levantó con dificultad, y corrió lo más rápido que pudo entre el caos y la pelea que se cernía a su alrededor.
Dorle lo persiguió. —¡A dónde crees que vas, Valtre!
—gritó desde atrás. La general no paraba de lanzar sus llamas a cualquiera que no llevara el uniforme de sus soldados.
—¡Si vas a empezar una pelea, más te vale que la termines, cobarde!
Thomas se topó con la pared de una cabaña. Dorle lo alcanzó atacando al resto de sus compañeros, que se escabullían, sin embargo, algunos no eran lo suficientemente rápidos y terminaban quemados.
—¡Detente ahí! —gritó Thomas, apuntando su mano hacia Dorle. Ella se detuvo por voluntad propia y sonrió en burla mientras miraba alrededor, como si ya hubiese ganado.
—¿Qué estás esperando, Valtre? ¿Tienes miedo de matarme? —preguntó, mofándose de él.
—Usted vale más con vida, general —dijo, aun apuntando su mano hacia ella.
—¡Entonces, qué esperas! —ella corrigió su pose de pelea y prendió su mano en fuego.
Escuchó golpes a lo lejos, demoliciones, estallidos de tierra y roca colapsar.
La general se dio la vuelta y vio cómo se derribaba el Castillo Feuer.
Se levantaron nubes intensas de polvo sobre el reino, y luces naranjas brillaron fugaces.
La arrogante sonrisa de Dorle se había desvanecido y la de Thomas se intensificó.
Aprovechando la distracción, Thomas apuñaló a Dorle con su daga detrás del muslo, dejándola inmovilizada. Dorle se dobló, Thomas la golpeó en la cabeza y se echó a correr hacia atrás de la base, antes de que la ola lo alcanzara.
Los temblores bajo de sus pies revolvieron la tierra, como si fuera succionada por decenas de gusanos y roedores que vivían en los túneles. Con cada paso, la tierra se sentía más floja, hasta que el campo empezó a colapsar y su corazón palpitó a toda velocidad.
Thomas se barrió junto a un roble cubriéndose de la ola. La brisa caliente sopló en el bosque en llamas, y las hojas se sacudieron cayendo al pasto. Las piezas de madera de las cabañas tronaron, como si alguien les disparara. Vio varias sombras salir de la enorme nube de tierra.
Las detonaciones siguieron zumbando por todo el reino.
Cuando ya no escuchó más bombas explotar en la base, regresó donde había iniciado la pelea.
La nube de tierra se hizo más espesa cubriendo completamente el horizonte.
El polvo se le había metido en la garganta y tosió con fuerza.
Logró avistar la robusta figura de Ambrose.
—¿Estás bien? —notó qué su rostro estaba herido y tampoco paraba de toser. Thomas se hincó junto a él.
Ambrose asintió y señaló hacia delante. Thomas avanzó y vio un enorme cráter, no era tan profundo, pero la tierra se había mezclado, y los niveles del suelo cambiaron con la explosión.
Reconoció la armadura arruinada de Dorle Friedrich que ya no era tan brillante como antes.
Los demás seguidores se acercaron con curiosidad.
—Ponle la otra esposa —ordenó, mientras le daba la pulsera a Hanna.
Ella la tomó y se deslizó por el cráter suavemente. Dorle seguía inconsciente, así que le puso la última pulsera en la mano. Inmediatamente, crearon un lazo de cadenas irrompible con un ligero brillo de magia negra.
Hanna jaló a la general de la armadura y los demás la ayudaron a sacarla. Dorle se quejó, su cara estaba manchada de su propia sangre, y un moretón le había aparecido en la frente. La general logró alzar su mirada con rencor —Ambrose.
—¿Qué tal, hija? —contestó con las manos posadas en sus caderas.
—¿Quién es este? —dijo, apuntando su mirada a Thomas.
—Las presentaciones serán después —Thomas tocó la cabeza de Dorle haciendo que perdiera la noción y se desmayó. —Llévenla —ordenó a los hombres que la sujetaban de los brazos.
—¡Vámonos, no dejen sobrevivientes si los ven! —gritó Ambrose al aire. Los seguidores se dispersaron para revisar los cuerpos caídos.
Thomas se mantuvo cerca de Dorle, no podía esperar a descubrir los repulsivos secretos que guardaba su familia.
Muchos años de preguntas podrían responderse en segundos.
Y si Dorle no servía para eso, entonces, sería la carnada perfecta para mantener a Friedrich fuera del trono, y darle a él y a Darcee, todo lo que habían anhelado.
La victoria ya era inevitable.