33.
Este sería el último día que tendría que usar ese uniforme horrendo.
Era la tercera ocasión en la que trabajaba en el evento anual.
Trayendo comida a los invitados especiales.
Preparando los espacios para las carpas.
Ni siquiera tenía tiempo de desaparecer o respirar, había tantas personas.
Donde quiera que girara, ya había alguien pidiéndole algo que hacer, y cuando acababa una tarea, otra persona necesitaba su ayuda.
Cuando empezó el torneo, la cocina se vació y pudo escabullirse con el morral de bombas que había escondido en las alacenas de la cocina.
Se le había hecho muy tarde. Primero, tuvo que plantar bombas de gas en la cocina para ahuyentar a los sirvientes que seguían trabajando antes de la explosión.
Fue algo que acordó con Darcee. A pesar de las intenciones del plan, esa gente merecía una oportunidad para vivir.
Y probablemente la única que les darían.
Una vez que subió por las escaleras, se dirigió a los puntos estratégicos donde debía colocar las rocas.
Knut, ¿dónde estás? Escuchó la voz de Darcee en su cerebro.
—Tuve un contratiempo —dijo en voz baja y respirando con dificultad. Cada escalón que subía era pura agonía.
¿Qué sucedió? Ella preguntó.
—No podía irme —dijo torpemente. Juró oír suspirar a Darcee molesta, aunque realmente no podía.
Date prisa y avísame cuando llegues . Terminó cortante.
A cada cierta distancia, dejaba caer una piedra sin importancia del morral. Después de mil escalones, llegó a la torre del rey. Se aseguró de dejar una bomba en su camino antes de que empezara el puente que lo llevaba a la oficina. Luego, colocó otras sobre las fuertes columnas del castillo.
Afortunadamente, alguien más ya había cubierto la parte de abajo. Dos de los seguidores del Agujero se hicieron pasar por sirvientes para apoyarlo. Con tantas tareas y personas en el evento, dudaba que alguien se percatara de ese pequeño detalle.
En el puente, se topó con unos guardias saliendo del pasillo. Miraron a Knut con el ceño fruncido y se detuvieron frente a él. —¿Te has perdido? No se permite la entrada en esta torre hoy. Así que retírate —dijo uno de ellos firme.
—Lo siento. Me dijeron que dejara este paquete en la oficina del rey —contestó angustiado, bajando el morral cansado.
—¿Qué paquete? —preguntó el otro, acercándose al morral. Knut sonrió y lanzó el morral contra la cabeza del guardia, dejándolo inconsciente. La sangre brotó lentamente de su frente.
El otro guardia lo tomó por la espalda y Knut le dio un cabezazo en la cara, dejándolo libre. El hombre se quejó de la sangre que salía por sus fosas nasales. Knut lo tomó de la barbilla, atrayendo su mirada, y presionó sus ojos con sus pulgares, soltando un gas de color limón.
—¡Mis ojos! ¡Quema! —seguía gritando con más fuerza, ahogándose con el gas al inhalarlo. —¡Qué me estás haciendo, desgraciado!
Knut se carcajeó histéricamente. —Si alguien te pregunta lo último que viste, diles que este precioso rostro te quemó la cara — dijo y golpeó al hombre en la quijada con una roca. Sus ojos se habían achicharrado, quedaron rojos y estaban llenos de sangre.
—Lástima que fueras tan atractivo para morir —dejó caer la roca encima del guardia y suspiró antes de limpiarse las manos en su ropa. Ya no importaba si dejaba rastros o muertos, las bombas matarían a los guardias de todas maneras.
Examinó los cuerpos en busca de las llaves. No encontró nada. Qué inútiles . Podría haber usado la llave de Ewald, pero dejó todas sus cosas en el orfanato.
Recogió el morral y siguió su camino hacia la oficina de Friedrich. Las puertas estaban cerradas, pero eso no era obstáculo para él. Si podía desintegrar cuerpos, podía desintegrar una maldita puerta.
Colocó las manos junto al cerrojo y la madera empezó a cuartearse. Escuchaba los crujidos abriéndose paso hasta el otro lado. Cada astilla se salía de su lugar y empujaba el resto formando bultos, una sobre otra, como agujas en un pajar.
Metió su mano huesuda a través del agujero y abrió el cerrojo. Cualquiera pensaría en golpear la puerta, pero estaban fabricadas con materiales resistentes y cerraduras complicadas. En fin, era más efectivo utilizar su poder.
El cuarto estaba solo, sin Friedrich, sin sirvientes ni guardias molestando. Las luces de fuego en su nivel más bajo proyectando sombras por todas partes. Al parecer, ya habían cambiado el vitral que Ewald rompió, pero estaba cubierto con cortinas. Es una pena que no podrá estrenarlo.
Se dirigió hacia su izquierda a una puerta de metal café.
Pocos sabían que ahí se escondía la bóveda, el erario del pueblo.
Todas las paredes estaban construidas con piedras durísimas y difíciles de penetrar o excavar.
Así que tendría que dejar varias bombas alrededor de la habitación.
Rogando que lo que estuviera dentro no se estropeara con el impacto.
Esparció las piedras sobre el escritorio y en la alacena, y de paso, se sirvió una copa de su mejor vino hasta al tope, tirando gotas sobre el fino mármol de Friedrich.
Alzó su copa en salud. —¿Por qué debería brindar?
—pensó —¿Por la victoria? ¿Por la derrota?
¿Por el futuro? —Knut la miró fijamente.
—Na, no importa —bebió como si fuera la última vez que lo haría.
Sintió el vino escurrir por su brazo. Se limpió la boca con la manga y eructó con fuerza. Salió con el morral sobre su espalda y lanzó la copa hacia atrás, escuchando el tronido del vidrio chocar y se inclinó en una reverencia.
Knut se cambió a su propia ropa negra y desgastada, que tanto amaba, y volvió a toparse con el festival de carpas y productos. Sólo que esta vez casi vacío.
Todos fueron a ver el torneo y había pocas personas atendiendo. A lo lejos, vio dos figuras femeninas peleando en el campo y la gente vitoreando con emoción. Volvió a seguir su camino. Pronto, este castillo estaría hecho trizas, y ninguno de esos pobres riquillos lo sabía.
Knut cruzó por el bosque hasta el punto de encuentro con sus hermanos. —Darcee, ya voy para allá —dijo, esperando que lo escuchara.
Apúrate, tenemos poco tiempo . Ella respondió.
Knut apresuró el paso. Se reuniría con sus hermanos en un cerrito ligeramente elevado situado entre el bosque frente a Hoch Valley y el Castillo Real.
Tras varios minutos, divisó la cima sobresalir.
Franz y Gretel usaban un suéter largo de color café oscuro con las mangas holgadas y una capucha que les caía sobre los hombros.
—Llegas a tiempo, ¿te pusieron a limpiar los baños? —se burló su hermana. Ella recargaba su mano sobre su pequeña barriga con su pose de espera.
Knut sonrió sarcásticamente y alzó el dedo del medio. Gretel se rio y Franz sonrió levemente. No había limpiado los baños, pero sí otras cosas.
—Tienes suerte de estar embarazada —dijo Knut sonriendo.
—Y tú de no querer procrear —Knut se le quedó viendo y soltó una carcajada que no pudo contener.
—¿Podemos empezar? —Franz se dio la vuelta, matando la felicidad y Knut se calló. Siempre haciéndose el maduro .
Concentraron sus miradas al horizonte. El reino de Valtremix, el Castillo Feuer, el pueblo de Nuevo Feuer y sus alrededores. El destino del reino pendiendo en las palmas de sus manos.
Knut se acomodó a un lado de Gretel, dejándola en medio. —¿Están listos? —preguntó su hermana. Franz y Knut asintieron.
—Darcee, ¿me escuchas? —esperó un breve momento mientras seguían apreciando el paisaje, que sería un mar de llamas y polvo.
Te escucho, Knut . La voz de Darcee resonó.
—Es hora —asintió Knut.
Esperó unos cuantos segundos más antes de escuchar la respuesta que los condenaría a la muerte. Quememos el reinado de Friedrich hasta las cenizas .
Franz y Gretel parecieron también haber escuchado su voz, cuando sacaron unos enormes orbes negros y lisos del mismo material que las bombas de sus grandes bolsillos.
Gretel le dio un par de guantes negros de piel en caso de que se quemara por el calor.
Franz le pasó uno de los orbes a Gretel y ella a él.
—Vamos a calentarlas al mismo tiempo. Si alguien se adelanta, puede que no exploten todas, ¿de acuerdo? —Knut y Gretel asintieron a la orden de su hermano mayor. —Usen toda su energía, a la cuenta de tres.
Knut apretó su orbe con las manos e imitó el movimiento de sus hermanos.
—Uno... Dos... Tres —comenzaron a calentar sus orbes con todas sus fuerzas.
La energía recorría sus nervios. La piedra vibraba en sus manos, y todo el calor que se concentraba en sus guantes ardía.
Lentamente, el orbe cambió a un rojizo oscuro brillante en su centro.
Como una hoja de acero que recién salía del fuego.
Cerró los párpados jadeando y notó cómo le sudaba la frente.
Escuchó las detonaciones a lo lejos, en serie, una tras otra. Knut abrió los ojos al sentir una ola de escalofríos y vio nubes de tierra levantarse. Pequeños fragmentos de piedras y escombros de edificios, casas y algunos castillos antiguos cercanos a las erupciones, todos explotaron.
El Castillo Feuer empezó a colapsar desde la torre más alta hasta la más pequeña y pudo escuchar el bullicio del pueblo como un eco agónico.
Las cúpulas doradas cayeron sobre los techos finos.
Las columnas se fragmentaron y volaron por todo el campo.
Alcanzaban a ver pequeños rastros de fuego, luces fugaces de color naranja.
Incluso los árboles alrededor de las bases cayeron y los pájaros salieron volando con una brisa abrasadora y bochornosa.
Estaba hecho. Valtremix había caído, sobre el reino del usurpador. Y con ello, el refugio en el que habían vivido durante dieciséis años. El reinado de Friedrich ha sido pagado con sangre y fuego.