Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 31.
74%

31.

Después de haber sido castigada trapeando los suelos del orfanato hasta que quedaran relucientes, Amalie se durmió en el mismo instante que acomodó su cabeza en la almohada. Por suerte, el día de hoy las clases y labores del orfanato fueron suspendidas por el aniversario de Valtremix.

La última vez, Adlar había ganado su primer campeonato en el torneo de combate. Jóvenes entre los quince y veintiún años, concursan por un premio y la gloria de ser coronados como el campeón del pueblo.

Amalie se burló al recordar cómo Ewald se quejó cuando Adlar ganó, diciendo que le faltó táctica. Claro, es fácil decirlo cuando nunca has estado en una pelea, Ewald.

No escuchó nada de él. La Señora Celia se encargó de que Amalie no se distrajera de su trabajo mientras lidiaban con él.

Estaba enfadada, claramente había sucedido algo.

¿Acaso Ewald tenía la habilidad de borrar recuerdos con su poder?

No lo sabía, pero todo indicaba que se había atrevido a romper su promesa.

Amalie se preparó para salir y escogió unos pantalones oscuros de algodón que resaltaban sus curvas.

Llevaba una blusa de manga larga color hueso, y un suéter bolero color vino, bordado con patrones florales y puntas sueltas formando olanes, diseñado por Lea.

Insistió demasiado qué fuera la primera en probar este diseño, antes de mandarlo a sus costureras, y estaba agradecida por el gesto.

Al terminar, trenzó su cabello en una larga coleta con algunas fibras de su pelo suelto.

Escogió vestir los colores del emblema de los Friedrich, rojo y dorado, para mostrar apoyo a Hans.

Ewald diría que parecía un árbol de noche buena, pero no estaba para molestarla.

Encontró unos pendientes dorados entre sus cosas y se los puso con delicadeza, frente al mini espejo que montó encima de su cómoda.

Una vez lista, partió al Castillo Feuer.

En el camino hacia el castillo, se ponía una pequeña feria con comida, bebidas, juegos de pistas y demás. Colocados en distintas carpas donde podías comprar ropa, objetos míticos, libros de hechizos, accesorios para espantar el mal de ojo y algunos recuerdos emblemáticos de la celebración.

Era la parte que más disfrutaba. Cada año, antes de que empezara el torneo, ella y Ewald visitaban los puestos llenándose de premios jugando tiro al blanco.

Fue ahí donde Ewald descubrió su buena puntería y terminaba dándole todos sus premios.

Esperaba poder verlo. Quería preguntarle a la duquesa Alese que había sucedido, pero ella no había regresado al orfanato.

Quería pensar que aumentaron su jornada, con tantas cosas que hacer en el castillo por la ocasión, ese era su castigo.

Ahora se encontraría con Kirsten y Lea en una carpa especial para la anfitriona del evento, en los terrenos alrededor del campo principal. Le preguntó a un guardia dónde estaba y se dirigió directamente allí.

Era de tamaño mediano, con telas carmesí, y bordados ornamentados de color dorado. La tela caía rozando en el suelo con patrones bien cocidos. El guardia abrió la cortina y Amalie entró.

Lea estaba rodeada de dos mujeres que le ayudaban a acomodar su atuendo.

Usaba un vestido con mangas largas de una malla roja bordada con flores, el bordado continuaba hasta sus muñecas sobre tela dorada de fondo, decoradas con tres piedras de diamante en forma de rombo como botones, simulando el viejo estandarte de Valtremix.

El torso y la falda seguían el mismo estilo de bordado.

Usando un mini corset que ajustaba su cintura de tela carmesí con adornos ornamentales.

Su falda esponjada llegaba por derriba de sus rodillas y llevaba unos pantalones ajustados negros y botas de piel marrón, bordadas en oro.

Lea parecía más fina que alguien de la misma realeza.

—¿Ya casi terminan? No tengo mucho tiempo —dijo Lea preocupada a sus ayudantes.

—¡Ya casi! —contestó la mujer que seguía acomodando su peinado.

Kirsten volteó a Amalie con una mirada culposa. —¿Cómo te fue con el príncipe Hans? —dijo en voz baja mientras enlazaba el brazo con el suyo.

—Cállate, Kirsten. No se lo he dicho a Lea.

Kirsten se partió de risa inclinando su cabeza hacia atrás. Amalie la vio confundida. ¿ De qué se ríe?

—Ya me lo dijo —contestó Lea desde el enorme taburete en el que se posaba. Ella bajó y se acercó. —Amalie, puedes salir con quien quieras. Que haya salido con Hans no significa que no debas —Lea sonrió mientras tomaba sus manos. —Además, recuerda de quién fue la idea —le guiñó un ojo.

Amalie se sonrojó aliviada de que Lea no había cambiado de sentimiento. Aún era un poco incómodo hablar del tema, pero poco a poco comprendía que podía confiar en ella. Después de todo, eran buenas amigas.

Todo estaba bien hasta que volvió a recordarlo. —¿Han visto a Evald ?

Lea bajó la mirada y soltó sus manos torpemente. —No has… ¿No has oído nada de él?

—¿Por qué? ¿Me perdí de algo? —Kirsten miró a ambas confundidas.

—Ayer, la duquesa Alese mandó a Ewald con el rey —Amalie guardó silencio. No sabía si contarles la verdad, que no recordaba nada y acusaban a Ewald de algo que desconocía. —Creo que rompió algunas normas —se acomodó un mechón detrás de su oreja —pero, tal vez solo esté trabajando.

—Ayer, lo vi —dijo Lea con un tono lento. —Los guardias lo perseguían. Escuché que había salido volando por la ventana de la oficina del rey. No están dejando entrar a nadie al castillo.

Amalie abrió la boca sorprendida. Ewald volando. Los guardias atacándolo. Nada tenía sentido. ¿Dónde estaba ahora?

—No lo sabía —dijo incrédula.

Una de las auxiliares de Lea se asomó por la cortina. —Tenemos que irnos, señorita Schulz.

Lea suspiró emocionada. —¿Me acompañan?

—¡Claro! —contestó Kirsten.

—Tengo algo que hacer, pero las veo en las gradas —puso su mano sobre el hombro de Lea y ella le sonrió, se veía increíblemente hermosa, era casi imposible desviar la vista de ella.

Amalie salió de la carpa y pensó en buscar a Hans, tal vez él podría ayudarla a encontrar a Ewald.

No tenía muchas opciones y la duquesa no era una de ellas.

Caminó entre las carpas hacia el castillo.

Hans estaría en la zona de los guerreros, sabía que no permitían entrar a nadie, así que podría llegar allí si se colaba por los pasillos, solo que tendría que ser muy precavida .

Una de las puertas estaba descuidada. Los guardias parecían distraídos con un acto de baile de combate que interpretaban un grupo de mujeres y hombres. Amalie entró sin problemas, invisible ante ellos. Ewald no era el único que tenía trucos para desaparecer.

Los pasillos estaban silenciosos, escuchaba el ruido de afuera resonar en un eco por las paredes como cánticos. Sus techos altos en forma de cúpula favorecían la reverberación.

Trató de recordar el camino que recorrió en su primera visita. Podía sentir unos latidos acercarse. Amalie se escondió detrás de una columna redonda. Los guardias giraron en otro pasillo, pero había otro latido acercándose, uno que conocía. Ella giró su cabeza a todos lados pero no veía a nadie.

—Señorita.

Amalie se estremeció, una mano enguantada la sorprendió tocándola en el hombro y ella giró repentinamente hacia el guardia frente a ella.

—No debería estar aquí. La guiaré hasta la salida —su voz sonaba amable y un poco distorsionada por el casco que cubría su cara. Solo alcanzaban a ver unos ojos de un color claro.

—Estoy buscando al príncipe Hans —Amalie corrigió su postura tratando de inmutarse con autoridad.

—El príncipe está en la sala de entrenamiento —dijo el hombre. Se veía tan alto que Amalie parecía diminuta a su lado. —Acompáñeme a la salida.

Dejó que el hombre la guiara afuera. Pensó en otra excusa para zafarse, tal vez podría alentar su pulso y dormirlo. Ambos giraron en un pasillo cuyo extremo daba la vuelta al otro lado. Amalie se estremeció cuando el guardia la acorraló contra la pared sin necesidad de usar tanta fuerza .

Antes de que pudiera pensar en cualquier otra cosa, sintió esa extraña sensación en la que su cuerpo no reaccionaba. El hombre removió su casco, revelando su pálido rostro.

—Evald, ¿qué? ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde has estado? ¿Y por qué estás vestido así? —reclamó. Ewald bajó su mano.

—Estoy bien, Amy. No tengo mucho tiempo —escuchó su tono suave y profundo.

—¿Qué sucedió? —Algo se resquebrajaba dentro de ella. Ewald no estaba bien, lo sabía. —¿Qué hiciste? —preguntó tratando de mantenerse firme.

—No puedo decirte… Tienes que irte de aquí. Corre al bosque.

—¿De qué estás hablando, Evald? —Amalie lo interrumpió exhausta. No quería escuchar excusas, quería respuestas. —Me hicieron trapear durante cinco horas ¡Cinco horas! —reclamó levantando los dedos de su mano.

—Tienes que confiar en mí. Llévate a quien sea, solo vete —él le tomó la mano y mostró una ligera tristeza en su rostro, pero no sabía a qué se debía.

—Dime —suplicó en un susurro.

—No puedo —su cara se oscureció más y ella lo soltó.

Por un momento, se encontraron mirándose fijamente uno al otro. Los ojos sensibles de Ewald brillaban como hermosos diamantes. Querían decirse la verdad, y algo más.

Ewald apretó sus labios y miró hacia abajo rompiendo el contacto. —Me tengo que ir… no le digas a nadie que me viste —se alejó unos pasos, pero Amalie alcanzó a tomar su mano enguantada.

—Espera —Ewald volteó a verla. —Tengo que decirte algo — los nervios recorrían su piel, y su corazón palpitaba fuertemente. Tenía que decírselo, era injusto que supiera algo tan importante que podría ser verdad sobre su pasado. Aunque Ewald le ocultara sus secretos, ella no quería hacerlo.

Él apretó suavemente su mano contra la suya y ella le regresó el gesto. Nunca apartó la mirada de sus ojos y dio un paso hacia ella, suspirando.

—Ya lo sé —dijo tan bajo que apenas pudo escucharlo.

—¿Lo sabes? —murmuró. En ese momento, no recordaba el poder de Ewald. —Tus padres —dijo con la voz entrecortada y las lágrimas se desbordaron de sus párpados.

Ewald asintió, alejando la mirada. —Tengo que irme.

—No lo hagas —lo agarró del brazo, apoyando su cabeza en su pecho y sus brazos alrededor de su cintura.

Ewald la rodeó con fuerza y recargó su barbilla en su cabeza. Amalie lo apretó fuertemente, sumergiendo su cara contra su armadura y él se estremeció.

Aunque no llevaba ropa propia, podía oler su esencia a madera y canela que la reconfortaba y le daba paz. Ella cerró los ojos y suspiró aferrándose a él. No te vayas, por favor.

—La próxima vez que me veas, seré alguien diferente —él hizo una pausa con su voz rota y la apretó aún más con sus brazos. —O estaré muerto —susurró.

Amalie tembló al escuchar esas palabras, pero luego sintió los labios de Ewald en su frente, húmedos y cálidos. Ella levantó la mirada, deseando más.

—¿Por qué me dices eso? —su voz sonó aún más quebrada.

Ambos se miraron, tratando de descifrar cualquier código o señal de la verdad. Sus ojos, invadidos con pequeñas lágrimas y un ligero resplandor salvia que mostraba su calidez, su poder.

Ewald pasó su mano encima de su mejilla con gentileza, limpiando sus lágrimas con el pulgar. Amalie se estremeció, pero no se apartó, sus manos seguían abrazando la parte trasera de su cintura.

La mano de Ewald se quedó descansando en su mejilla, tentativa.

Sus labios ligeramente separados, no sabía qué iba a hacer.

Su mirada era irreconocible, su corazón palpitaba desmedido, Amalie estaba rezando para que eso sucediera.

Ella vio sus labios y él siguió el movimiento con sus ojos.

Ewald hizo el más ligero movimiento, inclinando su cara, pero la bajó por completo y se reflejó su oscuridad, dejándole un hueco en el estómago.

Sintió esa aprehensión de nuevo. Ewald se separó de ella y no pudo evitarlo, su mente no le permitía actuar y su cuerpo se quedó rígido al verlo dar marcha atrás mientras se sostenían la mirada, pero ahora solo había puro dolor en su rostro y en su corazón.

Lo siento. Escuchó cómo su voz se quebraba en su mente y una lágrima se deslizaba por su mejilla.

Ewald la dejó sola en el pasillo. Al paso que se alejaba, ya no podía sentir su latido, y él ya no podía sentir sus sentimientos.