32.
Su cabeza no dejaba de dar vueltas al recorrer la vieja torre de la prisión.
Ahora, se usaba como almacén de municiones, muebles viejos, telas, y otros recursos que necesitaban en el castillo.
A cada cierta distancia, Ewald colocaba las bombas, apoyadas en la pared.
Tal vez funcionaron para engañar a los soldados de las bases, pero ver piedras dentro del castillo era ridículo.
Por más que trataba de concentrarse, no podía dejar de pensar en Amalie, en sus brazos rodeándolo, en todo su ser pidiéndole que posara sus labios sobre ella.
Y él realmente quería, quería besarla con toda esa intensidad, pero sabía que, si lo hacía, no podría dar vuelta atrás y regresar con los Valtre.
Después de vagar por su mente, estaba seguro de que ahora estaría buscando a Hans para advertirle o incluso al mismísimo Friedrich.
No sabía si eso pararía el torneo, y el plan en el que tanto trabajaron Darcee y Heiner se iría al carajo.
Arriesgó esa información con tal de salvarla.
Y lo haría de nuevo. Le debía la vida desde el momento en que lo protegió de esos niños en el orfanato y todas las veces que le siguieron; desde las noches de pesadillas en las que sentía que su vida no valía nada y ella lo abrazaba, hasta los pequeños detalles como las magulladuras de la piel que ella curaba, o cuando le traía sus cosas favoritas sin que se lo pidiera.
Demonios, no se la merecía, pero tampoco podía perderla ni hacer que lo siguiera a una muerte segura. Nunca se lo perdonaría.
Pero, ¿y si lo conseguían? ¿Qué sucedería? ¿Conseguirían lograr sus sueños más locos? ¿Vivirían en un enorme castillo con sirvientes? ¿Podría traer a Amalie a vivir con él? Suposiciones, suposiciones y más suposiciones . Fuera lo que sucediera, su vida cambiaría por completo, para bien o para mal.
En los pasillos había cuartos con puertas de madera gruesa.
A medida que avanzaba, no podía evitar escuchar susurros a lo lejos, pero era extraño que alguien paseara por esa torre.
Siguió caminando y no encontró a nadie. Los susurros se hicieron más fuertes.
Pasó por el frente de una puerta y sintió una extraña sensación, un déjà vu.
El recuerdo lo invadió de golpe: un montón de guardias que lo guiaban. Ewald volteó hacia sus lados, cerciorándose de que no hubiera nadie a su alrededor. Observó la puerta y giró la perilla… estaba abierta.
Los susurros crecían hambrientos, sentía fuertes punzadas en la cabeza que dolían.
La habitación estaba llena de cajas de madera con distintos materiales; telas, papeles, trozos de madera.
Todos empolvados. El cuarto desprendía un olor fétido y sentía una mala energía inundar sus huesos.
En medio, el suelo estaba manchado como si hubieran quemado algo tiempo atrás.
Los susurros se convertían en gritos, llantos, súplicas. El fuego consumía su cuerpo. Ewald se detuvo, paralizado. No quería pensar en eso, no ahora.
Cuando se acercó más a la mancha del suelo, bajó la mano y rozó lentamente el piso. No quería hacerlo, pero algo le insistía, lo atraía. Entonces vio una luz estridente alzarse, vio fuego. La mujer de sus sueños gritaba su nombre mientras ardía en agonía.
Él se echó para atrás espantado y se tropezó con sus propios pies, cayendo al suelo. La piel de la mujer se desgarraba y tornaba en un rojo oscuro con cada llama que la tocaba. Cada vez más irreconocible.
Ewald no podía voltearse, estaba congelado.
La mujer se convirtió en un monstruo sangriento que respiraba bocados de aire con desesperación, y su corazón latía con fuerza como si se fuera a salir de su pecho.
No era una pesadilla, era un recuerdo, su recuerdo.
La mujer que tenía delante era su madre.
Ewald quiso gritar, pero el pánico lo invadió y se quedó completamente inmóvil. Tenía los párpados llenos de lágrimas. Volteó repentinamente hacia otro lado y la vio intacta. Abigail estaba justo al lado de él, y la imagen horrorosa había desaparecido.
—Ewald —su tono tranquilo y suave. Ella llevó su mano a su mejilla y él se encogió hacia atrás por su tacto, frío, pero podía sentirla.
Ewald suspiró y ella tomó su mano temblando, su piel le resultó tan fría que jamás había sentido algo similar. —¿Mamá? —su voz se quebró aún más, inseguro de mencionarla. —¿Estás?
—Muerta —dijo ella asintiendo. —Llevó mucho tiempo aquí. Atrapada en estas paredes.
Ewald miró a su alrededor, impactado. El lugar irradiaba un frío penetrante.
—Mírame —su madre dirigió su quijada suavemente hacia ella.
—Has crecido mucho —Ewald la observó con atención; sus ojos cansados, su cara algo magullada, como si hubiera envejecido, su cabello despeinado y enredado.
En realidad, lucía muy joven, se parecía a Darcee, pero la muerte se había llevado la vida en ella.
—Aún recuerdo cuando eras un niño —dijo con una sonrisa, y él sintió cómo se le caían las lágrimas y tragó saliva.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, agitado.
Su madre miró hacia abajo, a la mancha oscura en el suelo. Ya sabía la respuesta .
—Perdón.
—¿Por qué? —preguntó su madre.
—Por no haber hecho nada.
—No había nada que pudieras hacer, amor — Amor . Ella acarició su mejilla y acomodó los rizos de su pelo detrás de su oreja. Por primera vez, se sintió como un niño pequeño.
—¿Por qué tengo tus poderes?
—Son míos, yo te los di. Fue lo único que pude darte —ella lo miró profundamente mientras acariciaba su mejilla.
—Pronto vas a empezar a recordar todo, ahora que estás aprendiendo.
No tengas miedo, sé que es complicado, pero puedes hacerlo, Ewald.
Eres mi hijo, hijo de Lothar —ella guardó silencio.
—No sólo te heredé mis poderes, también mis memorias, las que importan. Tú decidirás qué hacer con la verdad.
—¿La verdad? —Eso significaba más juegos y pesadillas que descubrir.
Ewald alzó su mano hacia la cara de su madre.
Trató de ver a través de su mente, pero era imposible.
—Voy a destruir este lugar. Ya no estarás atrapada —dijo mientras las lágrimas seguían cayendo de sus ojos.
—Tal vez es lo único que pueda hacer por ti.
—No digas eso, Ewald. Puedes hacer muchas cosas por mí —ella sonrió. —Estoy tan feliz de haberte visto, mi pequeño fantasma —su mirada expresaba un amor tan profundo que no podía explicar. Era imposible no sonreír. —¿Puedes decir mi nombre?
Ewald suspiró y asintió, sabía que significaba, lo que le pedía. —Mamá —dijo temblando. —Ojalá tuviéramos más tiempo —se le escaparon más lágrimas.
Abigail se acercó a su mejilla y la besó. —Te amo mucho, Ewald... Ewald Schatten, nunca lo olvides.
—Y yo a ti —contestó. —Abigail... Abigail Valtre.
Su madre se levantó del suelo y lo observó por un momento con una gran sonrisa, igual que la de la foto que guardaba en el orfanato. Tan pronto como cerró los párpados, ella desapareció y volvió a sentirse solo.
Había oído que, sí alguien era asesinado a sangre fría, se aparecía en el mismo lugar de su deceso. Solo bastaba con decir su nombre para liberarlo de su miseria.
Ewald se quedó sentado un buen rato en el suelo, cesando sus sollozos y abrazando sus piernas. Pronto vas a empezar a recordar todo . Ahora sabía el porqué, pero aún no entendía su significado. ¿Por qué le daría sus poderes?
Ewald se levantó y partió del cuarto. Aunque su madre resolvió una de sus mayores dudas, lo dejó con un nuevo vacío que desconocía. Una parte de él se fue con ella a descansar en paz.
Las gradas situadas en el costado derecho del campo estaban repletas de gente que agitaba banderitas con el escudo rojo y dorado de la copa y la flamante llama. Otros llevaban golosinas, papitas, frutas bañadas en caramelo, y sonajas que hacían ruido y aplaudían.
Las torres altas donde se sentaban Friedrich y la duquesa estaban adornadas con telas rojas y bordados dorados. A pesar de la ocasión, la duquesa optó por usar una vestimenta informal. Jamás la había visto personificada como una reina.
Junto a ellos se sentaban otros monarcas que no conocía. Le llamó la atención una chica que parecía un poco mayor que él, su tez oscura y luciendo uno de esos finos vestidos que le gustaban a Lea de color celeste.
Ewald había terminado su labor. Ahora tenía que dirigirse al punto acordado, pero, como existía el riesgo de lo que le contó a Amalie se revelara, tendría que asegurarse de que el evento procediera.
No tenía la energía para lograrlo, pero lo intentaría.
Además, así se aseguraría de que ella estuviera a salvo.
La gente empezó a vitorear y a hacer ruido con las sonajas.
Ewald se colocó del otro lado del campo, con una vista completa de las gradas.
A lo lejos, salió de una carpa una hermosa mujer, cubierta en rojo y dorado.
Reconoció la mata rojiza de Lea, se veía tan bella que parecía pintada en un lienzo.
Ella ondeaba su mano al público de forma elegante y con gracia mientras sonreía. En la otra, sostenía una varita larga de madera con forma de flauta que amplificaba su voz y hacía posible que se escuchara en todo el campo como un eco.
—Damas y caballeros, ¡bienvenidos al septingentésimo quinto aniversario de la fundación de Valtremix!
—coreó Lea, mientras que el público aplaudía y chiflaba emocionado.
—Como cada año, el once de ónix. Los guerreros más valientes y feroces del reino combatirán en el campo, para la oportunidad de ser coronado el campeón del pueblo…
y ganar un bono jugoso en oro —la gente chifló.
—Y para inaugurar el torneo, demos la bienvenida a nuestro campeón invicto, ¡Adlar Dinter!
—Lea extendió su mano hacia el campo con una sonrisa y alargando su voz con euforia.
Su actuación era tan convincente que parecía que le caía bien Adlar y no era el idiota que era.