Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 28. #2
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28. #2

¿Qué? Tragó saliva. —¡Señor, no tengo a dónde ir!

—No te preocupes, arreglaré un lugar en los límites de Valtremix, donde... nadie te encontrará mientras resolvemos esta situación —las palabras sonaron filosas.

La duquesa caminó a zancadas hacia Friedrich. —Arnold, hablas de la cabaña de... —reclamó en un murmuró, pero era demasiado audible para sus sentidos. —No te dejaré hacerlo.

—Pues si te quieres ir con él, no te detendré —susurró pasando por de lado de ella hacia la puerta.

Ewald se giró entonces, dando la espalda al escritorio y a la duquesa, su cara haciéndole frente a Friedrich. — Señor, haré lo que usted pida, dejo la escuela, trabajo más horas aquí, pero por favor, no me eche del reino —rogó por su vida, pero ni loco se hincaría.

—¿No es lo que querías? ¿Salir de aquí? —Ewald se quedó callado. —Si los Valtre realmente están detrás de ti, no me puedo dar el lujo de poner a mi familia o el reino entero en peligro. Es un sacrificio que se debe hacer por el bien común.

—Un sacrificio —murmuró mirándolo a los ojos. Este hombre quiere matarme . No necesitaba ir más lejos en su mente para saberlo. Su falsedad era meramente para desaparecerlo de la ecuación.

—Si esas son sus órdenes señor. Lo llevaremos enseguida —dijo la general Dorle desde el fondo al ver que no tenía respuesta.

La general lo tomó del hombro y la adrenalina se acumuló por cada centímetro de su pecho volviéndose duro. Ewald volteó hacia ella, pero sintió la mano de Friedrich en su brazo girándolo hacia él. —Tus ojos —dijo con el ceño fruncido.

Ewald lo miró petrificado y llevó su mano sobre su corazón justo cuando escuchó un quejido provenir de Friedrich y se empezó a ahogar. Su hija lo sostuvo cuando colapsó sobre el suelo y se acuclilló. —¡Sus ojos! —seguía apuntando mientras tosía con dificultad.

Ewald no pudo alejar su vista a otro lugar, paralizado ante la imagen del rey agonizando de la nada. Respiró bruscamente mientras que el otro trataba de aferrarse de bocados de aire.

La duquesa lo miró a los ojos y corrió hacia él. —¡Evald, Evald! —su voz se alzó y lo tomó por el brazo agitándolo.

Ewald se sacudió y ella lo miró con terror. Dejó de apretar su mano y Friedrich pudo respirar. Ewald retrocedió unos pasos chocando con el escritorio, incrédulo por lo que acababa de lograr y tocó su pecho hasta su garganta aún alterado.

—¿Qué acabas de hacer? —cuestionó la duquesa con temor. La mirada de Friedrich estaba asombrada. La general Dorle y los guardias lo miraron estupefactos. Aún sentía como su corazón fallaba en calmarse. Ya lo, ya lo saben. Yo hice eso, demonios.

Los guardias se levantaron apresurados hacia él, y por puro instinto alzó sus manos, sintiendo su propia tensión ejercer sobre los cuerpos de los guardias y se detuvieron en seco. Pareció que pasó un santiamén donde nadie reaccionó, no tenía idea de que iba a hacer.

—¿Qué es está blasfemia? —Friedrich lo cuestionó desde el suelo, sacándolo de su propio bloqueo mental.

Ewald lo miró a los ojos y se acordó de cuando dejó dormido a Knut en el bosque.

Eso era lo que tenía que hacer, dio su comando al cerebro de los guardias, sintió como la conexión se desvaneció en el sueño y bajó sus brazos dejando caer sus cuerpos alrededor de Friedrich.

No sabía que podía comandar dos cerebros a la vez.

Friedrich lo seguía mirando y Ewald pudo recobrar su sentido. —No se deje engañar, su majestad. —murmuró —usted sabe exactamente quién soy yo —Ewald cruzó sus brazos y los extendió atrayendo las sombras del cuarto.

—¡No! —Friedrich gritó y Ewald se desvaneció, como la vez que las sombras se llevaron a Thomas hacia el cielo y empezó a flotar. Su sombra se paseó alrededor del cuarto, analizando una escapatoria. No sabía cuánto duraría en este estado, así que tenía que reaccionar rápido.

—¡No dejes que escape! —gritó Friedrich a su hija.

La General levantó sus brazos invocando el fuego, Ewald se lanzó hacia el ventanal de la oficina cerrando sus ojos y escuchó el impacto del vidrio.

El fuego lo embistió por detrás y sintió el temible calor alcanzarlo, conforme caía como sombra se alejó.

Se encontró volando por el campo del castillo en el cielo nublado, como un águila, veía todo desde arriba. Estoy volando. Pensó incrédulo . Se inclinó apresurado hacia el pasto. Si su poder se detenía tendría una muerte muy dolorosa o muchos huesos rotos y alguien más terminaría con su agonía.

Ewald tocó el suelo como si fuera algodón, un aterrizaje suave y su cuerpo regresó sólido a la normalidad. Se hincó sobre el pasto, analizando la distancia que había recorrido desde la ventana hasta el campo donde Hans entrenaba.

—¡Oye, détente ahí! —gritó un guardia corriendo hacia él. Ewald reaccionó y se puso en marcha al bosque. —¡Détente ahora!

Si voy al norte o al este me perderé. Podía huir al oeste, pero se toparía con la base de soldados. Tendré que seguir en las orillas rodeando el reino, entre los callejones.

Los guardias intentaron seguirle a paso veloz y Ewald logró escabullirse. Reconoció las calles del pueblo principal, Nuevo Feuer, donde había ido a cenar con Lea. Visualizó un club que los chicos de su escuela frecuentaban, tal vez podría conseguir ayuda ahí de alguien que no detestara.

Al entrar al callejón, escuchó a los guardias pasar por la acera en la calle. Por suerte no lo vieron, sus pies no hacían mucho ruido al caminar, pero temblaban de miedo. En la otra esquina, un guardia se acercó a Oswin y dos de sus amigos que platicaban tranquilamente.

La puerta de atrás se abrió, Ewald se ocultó y vio a Lea sola mientras revisaba su bolso. Demonios . Lea no era de fiar del todo, después de que estuvo vagando por su mente, pero tenía la esperanza de que lo ayudaría. No tenía malas intenciones, incluso le agradaba estar con ella.

Lea. ¿Me escuchas? Soy Evald, estoy detrás del club . Lea dio unos pasos y se paró confundida. Volteó hacia atrás y pudo ver su sombra escondiéndose. Ella caminó hacia él, fijándose que nadie la viera.

—Evald, ¿ acabas de hablarme en mi cabeza?

—Lea, necesito tu ayuda. Necesito esconderme de los guardias —dijo apresurado.

—¿Por qué?

—No hice nada malo. Por favor confía en mí —de reojo vio que Oswin se acercaba con sus amigos y se ocultó.

—Lea, ¿con quién hablas? —preguntó Oswin.

—Ah, estaba hablando con una amiga desde mi celular —ella tomó el extraño aparato que consiguió en la Ciudad Inevage del que no podía despegarse.

—¡Chicos! —escuchó la voz molesta de Adlar a lo lejos. —¡Ya se enteraron! Los guardias están buscando a Euald.

—Si, un guardia se nos acercó preguntando, ¿saben qué hizo? —dijo emocionado uno de ellos.

Oswin caminó hacia el fondo, pasando por el lado de Lea. Entonces volteó hacia Ewald, su rostro pasó de cretino a asustado, saboreando el miedo en sus pupilas. Ewald levantó un dedo hacia sus labios mandando a su cerebro que cerrara la boca.

—Oswin, ¿qué sucede? —preguntó Adlar extrañado.

Sintió la alerta en sus neuronas y Adlar lo tomó del hombro, Oswin giró abruptamente y su puño salió volando directo a su nariz, su cabeza se ladeó y Adlar dio un paso para atrás en falso.

—¡¿Qué te sucede idiota?! —reclamó tocando la sangre que salió inmediatamente de sus fosas nasales.

Ewald sonrió para sí mismo. No podía ocultarse más, era imposible controlar a Oswin para siempre.

—Lo siento —su voz salió temblorosa y forzada. Su piel empezaba a sudar y su mente gritaba: ayúdenme . Cada vez su angustia se intensificaba en llantos, pero no había nada que él pudiera hacer a menos que Ewald lo deseara.

Tenía el control sobre su cerebro a su merced. Podía hacerle sentir dolor, miedo, ira. Nunca había descubierto tal magnitud de poder hasta que empezó a usarlo. Tal y como Thomas le dijo. Si vas a aprender a usar tu poder, hazlo de verdad .

—Oswin, ¿qué te sucede? —Lea se acercó.

Los demás chicos parecían igual de preocupados, incluso Adlar se detuvo de reclamar el puñetazo que recibió.

Era suficiente dolor para el pobre Oswin.

Fue como cobrarse todas las molestias que le había causado todo este tiempo.

Ewald salió de su mente y el control cesó liberándolo.

Oswin se hincó sobre el suelo en llanto, cubriendo su cabeza entre sus rodillas y sus manos tocando sus rizos rojizos.

Todos se quedaron impactados cuando Ewald salió de su escondite y caminó por detrás de él, incluso Lea se echó para atrás.

Ewald se recargó en el hombro de Oswin y palmeó su espalda.

La próxima que quieras meterte conmigo, piénsalo dos veces.

Una amenaza sólo para él. Se cobraría sus deudas a los demás a su tiempo.

—¿Qué le hiciste? —reclamó Adlar con su nariz sangrando.

—Te ves bien, Adlar. Tal vez puedas dejársela igual a Oswin —Ewald alzó sus manos hacía Adlar y él retrocedió acobardado un paso.

—¡Ahí está! —gritó un hombre que se acercó con un grupo de guardias.

Demonios . Ewald retrocedió y a sus espaldas ya se encontraba otro grupo en la zona.

—Ja, parece que te atraparon, Euald —la voz burlona de Adlar cobró vida de nuevo.

—Me alegra que podremos ver esto en primera fila —siguió riendo dichoso mientras tomaba el hombro de Lea para alejarse de él y los guardias, como si hace unos segundos no hubiera lucido cagado en sus pantalones.

Los otros dos chicos agarraron a Oswin por los brazos y se lo llevaron.

Los guardias se acercaban a él con cautela, con el temor que saliera volando otra vez, aunque no sabía si podía lograrlo, decidió hacer algo diferente. Ewald se agachó rozando el suelo con su mano, creando un campo de sombras que cubría la vista de todos y dejando siluetas a la luz del día.

Su cuerpo se esfumó, flotando como si no existiera la gravedad.

Desde la espalda, le quitó la daga a un guardia de su cintura, en un movimiento suave y escurridizo.

La llevó al hombro derecho del hombre y en una apuñalada rápida, lo dejó inmovilizado en el suelo.

Tenía que defenderse de alguna manera, pero no quería asesinar a nadie en el intento.

Observó que otra silueta se acercó, y con solo el impulso de su mano, las sombras sacaron al hombre arrastrándolo fuera del círculo.

Por su espalda, otro guardia lo tomó del cuello y forcejeó una y otra vez. Su agarre era bastante fuerte para él hasta que llevó su daga a la pierna del hombre apuñalándola tres veces seguidas. El hombre lo soltó echándose atrás.

Habían entrado más guardias en la nube oscura. Rodeándolo por todas las direcciones posibles. Ewald tenía la sangre de sus enemigos en sus manos. Pelear cuerpo a cuerpo con guardias altamente entrenados no iba ser la solución, necesitaba huir, y sus sombras lo ayudarían a escapar de este aprieto.