28.
Ewald recién despertaba de una larga noche. No tuvo oportunidad de dormir lo suficiente. Después de cargar a Amalie de vuelta, su cuerpo sintió la urgencia de desplomarse en su cama. Los ruidos y las voces fueron las que lo despertaron. Por el movimiento que había supuso que ya era tarde.
Las cortinas se abrieron de golpe y la Señora Celia lo miró con su típica expresión colérica. —Vístete y dirígete a la oficina de la duquesa Alese. ¡Ahora! —con un jalón las cerró de nuevo y escuchó sus pasos pesados alejarse.
Demonios . Sabía la intensidad con la que gritaba, pero esto era otro nivel. ¿ Y si se dieron cuenta de que Amalie y yo no estábamos? O tal vez me van a regañar por no levantarme temprano. Fuera lo que fuera, no podía ignorar las órdenes de la duquesa.
Ewald se levantó, su cuerpo quejándose con cada movimiento. Se talló la cara y podía jurar que tenía un par de ojeras debajo de sus párpados. Se quitó la pijama y usó su ropa casual de siempre.
En la oficina de la duquesa, notó unos guardias patrullando afuera. No era normal verlos en el orfanato y cuando pasó por del lado de ellos, sus miradas juzgonas lo siguieron hasta que los perdió de vista. Amalie estaba esperando también. Él alentó su paso, inseguro si su poder había funcionado.
—Evald, ¿sabes qué sucede? —preguntó en voz baja. —La Señora Celia me llamó muy molesta.
—A mí también —contestó. —¿Estás bien? —trató de no sonar alarmado.
—Me siento algo cansada —dijo tallándose la cara.
Amalie lo miró brevemente, y él a ella. Ewald, yo te amo.
Su voz sonó en su cabeza de la nada. No quería acordarse de eso.
Sintió escalofríos en su estómago. Tenía que concentrarse ahora mismo, pero luego recordó el toque débil de sus delgados dedos trazando sus labios y su quijada, su mirada suplicante desbordando lágrimas.
Ahora ella no recordaría nada de eso, pero él sí.
—Ambos, adentro —la Señora Celia ordenó desde la puerta.
Ewald y Amalie entraron a la oficina ansiosos de lo que se enfrentarían.
La duquesa estaba sentada, revisando papeles como de costumbre.
Eso fue hasta que cerraron la puerta y no esperó ningún segundo para reprenderlos.
—Amalie, Evald. ¡Díganme dónde estuvieron por la noche!
—alzó su voz azotando la pluma contra el escritorio. Lo aprendió bien de Friedrich .
Amalie lo miró un poco espantada por su reacción y volvió su mirada a la duquesa.
—¿Estuvieron juntos, cierto? Porque dudo que fuera coincidencia que los dos desaparecieran al mismo tiempo —jamás la había visto tan furiosa.
—No sé de qué está hablando, señora —la voz de Amalie tembló.
—Amalie, por lo general tu nunca me mientes, pero tú Evald —la duquesa hizo énfasis en su nombre con una advertencia en sus ojos.
—¿Acaso usted también me va a juzgar como la General Dorle? Yo no hice nada. No sé de qué está hablando.
—¡Están mintiendo, señora! Le juro que yo vi sus camas vacías a cierta hora de la noche —afirmó Celia desde atrás.
—¿Me van a decir que la Señora Celia es una mentirosa? Díganme que están escondiendo —cuestionó sin paciencia. —Antes de que sea muy tarde.
—Yo solo llegué y me quedé dormida en mi cama toda la noche... Estaba cansada —contestó Amalie con temor.
—¿Evald? —preguntó la duquesa esperando su respuesta.
—Yo igual. Regresé del trabajo y me quedé dormido.
—Bueno, como no sabíamos lo que nos dirían.
Les preguntamos a sus compañeros de sección.
Tus compañeras nos dijeron que te vieron a ti y a Evald regresar a la sección por la noche.
Y a ti, bueno Kasper dijo que te vio dormir desde que llegaste.
Así que uno de ellos me está mintiendo, y por lo que veo, ya sé quién es —la duquesa los miró con gran desaprobación.
Ewald sintió como sus nervios corrían desenfrenados, esto se estaba saliendo de control. Amalie ya se veía suficientemente asustada y en espera de una reprimenda. Al menos sabía que su poder había funcionado porque dudaba enormemente que pudiera decir mentiras tan grandes.
—Señora, de verdad, no recuerdo nada de lo que dice —insistió Amalie.
—Bien, cómo esta es tu primera infracción a las políticas del orfanato. Tendrás un llamado de atención y más tareas que realizar en el día—. Miró a Amalie detenidamente. —Pero tu Evald, esta es tu tercera infracción.
—¿Qué? ¿Me puede recordar cuáles fueron las otras? —reclamó.
—La primera, cuando te ausentaste al trabajo. La segunda, cuando sucedió el incidente del vino.
—¡Esa no fue mi culpa y no hay pruebas de ello!
—La General Dorle nos advirtió que la siguiente vez que rompieras las reglas te lleváramos personalmente con el rey —contestó Celia, mirándolo desde atrás.
—Así es. Nos iremos de inmediato y no trates de escapar, Evald —la duquesa lo miró aprensiva y se levantó. Los guardias entraron a la oficina para escoltarlos.
—¿No cree que sea algo exagerado enviarme con el rey? —reclamó.
—Me habías dicho que al rey no le importaban tus problemas, ¿no era eso lo que querías? —contestó la duquesa alzando sus cejas.
Ewald se quedó callado. No, no se refería a eso, pero ¿qué más podía decir? Sintió las manos de los guardias sobre sus hombros y se lo llevaron.
—¡Evald! —Amalie tomó su mano con angustia y se aferró hasta que los separaron.
—No te preocupes, todo estará bien —dijo, mientras los guardias lo dirigían fuera de la oficina.
A quién estaba engañando . Claro que nada estaba bien, no sabía cómo iba a salir de esta, y más con Friedrich sospechando sobre los Valtre. Thomas le había contado lo que Knut les dijo de las recompensas por información. Él ya había tratado de sobornarlo con el cuento que lo sacaría de Valtremix.
¿Qué voy a hacer? No dejaba de pensar y su ansiedad lo abrumaba.
Los guardias lo dirigieron a una carroza.
La duquesa no le había dado otra opción.
Todo preparado para llevarlo ante el rey.
Friedrich lo sabía. Alese lo sabía. Incluso Amalie y Hans sabían de su origen.
En unas horas, los rumores que se habían esparcido en el reino sobre sus poderes serían confirmados.
Ojalá, Thomas, estuviera aquí . Su primo sabría qué hacer ante tal situación. O cualquiera de los otros.
Ewald se sentó dentro de la carroza y esperó a que la duquesa se le uniera junto a otro guardia para custodiarlos. Los caballos los impulsaron y se asomó por la ventanilla viendo las pisadas de los jinetes escoltarlos, pues Alese jamás salía sin protección.
—Calma, todo saldrá bien.
Ewald se burló ante su comentario con un suspiró. —¿Por qué me lleva con el rey? No hice nada grave.
La duquesa lo miró en silencio. Se dio la libertad de ver en sus pensamientos y temió confirmar lo que pensaba. La verdadera razón por la que lo llevaban.
—Últimamente han... han pasado cosas que no teníamos previstas. Creemos que alguien quiere… —se detuvo por un momento y respiró. —Alguien quiere secuestrarte.
—¿Secuestrarme? —preguntó con sorna.
—Te explicaremos todo en el castillo.
Te explicaremos . Sabía que se refería a Friedrich. ¿Qué mentira inventarían ahora?
La carroza siguió su curso por el camino principal hasta el Castillo Feuer. Después de un largo rato de silencio y preocupaciones, las cúpulas brillantes del castillo se asomaron hasta que las tuvieron encima. La carroza se detuvo y bajaron inmediatamente seguidos de los guardias.
Recorrieron el largo camino hasta la cima, el que normalmente seguían los invitados, claro que esta vez era una invitación a una condena.
Las escaleras adornadas con alfombras de colores rojos y dorados se extendían por los pasillos, escuchando el fuerte crepitar de las armaduras de los guardias impactar metal con metal.
La tensión crecía en su cabeza como una bomba, cuando su poder empezaba a descontrolarse de la nada y sus sentidos se hacían más sensibles.
El dúo de guardias, la duquesa y Ewald entraron al cuarto al que acostumbraba a visitar todos los días.
Las puertas se cerraron dejando al grupo con privacidad y listos para la función.
—Me informaron que recibiríamos tu visita temprana, Evald —Friedrich se dirigió a él dichoso, acomodándose sobre su silla con placer.
—¿Es cierto lo que dice la duquesa Alese? —preguntó nervioso. —¿Qué alguien intenta secuestrarme?
—He escuchado lo que sucedió en una reunión. Un joven te ayudó junto con el príncipe Hans. ¿Lo conoces?
—No —mintió de inmediato, pero sonó tranquilo y confundido para no delatarse. —¿Por qué me pregunta eso?
—¿Por qué? Tú sabes porque Evald, si los rumores son ciertos, los Valtre siguen vivos —Friedrich se paró de su asiento y caminó hacia él.
—Señor, su majestad, ¿está insinuando que los Valtre quieren secuestrarme? —trató de seguir la farsa regulando su tono. —¿Eso qué tiene que ver conmigo?
Friedrich asintió —tenemos que sacarte de Valtremix.
—¿No será mejor, o más seguro que se quede en el castillo, su majestad? —preguntó la duquesa sumándose a la conversación.
—¡Tú no tomas esta decisión, Alese! Has fallado cuidándolo, dejando que se escape en medio de la noche con quién sabe quién —Friedrich le reclamó enfadado. —¿Con quién saliste, Evald? —regresó su mirada furiosa a él.
—Su majestad, yo estuve en mi sección toda la noche. Yo mismo vi cuando la Señora Celia se asomó a mi sección. No sé por qué me está acusando de lo contrario.
—La Señora Celia, nos dijo que visitó tu sección dos veces: la primera vez estabas, la segunda no. Más tarde, una compañera de Amalie nos dijo que ella estuvo ausente la mayor parte de la noche —la duquesa respondió molesta detrás de él.
Alarmado volteó hacia Friedrich quien negaba con su cabeza. —Si no nos quiere decir la verdad, está bien. Solo quiero que entiendas que estás en peligro. A menos que… ¿haya algo que debamos saber?
—No, su majestad —contestó seguro, pero estaba seguro de que sus pupilas lo delataban. Su corazón palpitó fuertemente resonando en sus oídos.
—Bien, entonces está decidido. Evald se irá de Valtremix.