Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 27.
62%

27.

Heiner entró al Agujero una hora después de enseñar a Ewald a usar sus poderes. Aún era de noche y el silencio reinaba por los túneles. Cada paso retumbaba con eco cuando no había nadie trabajando o merodeando.

La noche resultó de una manera inesperada, haciendo que la chica olvidara todo a manos de su amigo.

Apreció que Ewald pusiera su lealtad y discreción a lado de ellos, de su familia, pero se sintió mal por la chica.

Aunque no la conocía, claramente era muy importante para Ewald y él para ella, tanto que se encargó de traerla de vuelta al orfanato por sí mismo.

No dejaba que nadie la tocara. Thomas se limitó a seguirlos hasta cierto punto por si se cansaba.

Heiner se dirigió a su dormitorio. Compartía habitación con su madre Ross Harth, y su hermano menor de veinticinco, Neff Novack. Eran tan parecidos que la única diferencia entre ellos era que Neff llevaba el cabello corto, mientras que él lucía mechones largos de un rubio oscuro.

Antes de irse, quiso asomarse al cuarto de Darcee. Después de todo, tenía que devolver la daga fantasma bajo llave, en la única caja de seguridad que poseían.

Entró en la habitación tratando de ser lo más silencioso posible. El sonido en la tierra no era muy fuerte, pero después de vivir dieciséis años en el mismo lugar, para ellos, sonaba como cualquier otro .

Al fondo, la cama de Darcee estaba tapada por una cortina traslúcida. Podía ver la luz cálida de una vela y las sombras adornando la tela.

Abrió una pequeña puerta rectangular del librero, revelando una caja oscura de metal. Con sus manos, creó un patrón de desbloqueo usando magia negra. Cualquier persona podía practicar este tipo de poder si se lo proponía.

Heiner metió el maletín y volvió a cerrar la caja con el hechizo adecuado.

—Heiner —escuchó la voz de Darcee desde el fondo del cuarto —ven.

Sin decir nada, avanzó lentamente hasta rodear la cortina que dejaba ver a Darcee entre dormida y despierta. El fuego de la vela se consumía cada vez más y las sombras se hacían más fuertes.

—¿Qué sucede, querida? —preguntó con la mayor suavidad que su voz pudo expresar.

—Ven —repitió con un gesto paseando su mano con pereza entre las sábanas.

Heiner volteó hacia atrás. No había razón para hacerlo, estaban completamente solos.

Sin embargo, siempre presentía ese instinto sobreprotector y lo hacía de todas maneras.

Se quitó su saco colgándolo sobre la base de la cortina y se sentó en el lado derecho de la cama, quitándose las botas y acomodándolas como el buen obsesivo metódico que era.

Las ondas de su cabello se iluminaban débilmente sobre la almohada, simulando las pequeñas olas de un río. Usaba un suéter oscuro que cubría sus muñecas completamente, se veía demasiado cómoda. —Heiner —ella alzó su voz impaciente.

Sin más pretexto, giró su cuerpo y metió sus largas y delgadas piernas entre las sábanas. Darcee se acercó más a él y lo abrazó por la cintura. Heiner pasó su brazo por debajo de ella dejándolos a la misma altura.

—¿Cómo les fue? —preguntó mientras deslizaba sus dedos por su afilada quijada.

Sintió escalofríos con el roce de sus cálidos dedos. —Bien —dijo él. Darcee tenía un encanto de ojos que lo hechizaba. Sus labios siguieron moviéndose mientras concentraba su mirada en ella. —Hubo un pequeño problema.

—Dime —ella acarició su mejilla.

—¿Recuerdas a la chica que vimos en las memorias de Knut?

—Si, la recuerdo —adoraba esos pequeños y suaves círculos en su cabeza.

—Ella siguió a Ewald y se enteró... de nosotros. Al final tuvo que borrarle la memoria —respiró profundamente relajándose. Su cuerpo ya estaba muy cansado y el masaje le ayudaba a que se durmiera.

—¿Quién lo hizo? —Darcee bostezó, tratando de mantenerse despierta.

—Ewald —susurró. Cerró los ojos, sintiendo el calor que Darcee irradiaba al arroparlo.

—¿De verdad? —preguntó sorprendida.

Asintió y bostezó a la vez. —Su nombre es Amalie. Al parecer es muy importante para él.

—¿Importante?

—Intentó persuadirlo para que no le borrara su mente. Ella lo ama.

—¿Y por qué me dices eso? —Darcee deslizó el pulgar por su barbilla.

—Por la manera en que Ewald reaccionó. No es que fuera obvio, pero, uno nota cuando realmente le importa la seguridad de alguien —dejó escapar sus pensamientos en alto.

—¿La seguridad? —la pierna de Darcee subió encima de él y sus labios flotando frente a los suyos. Heiner abrió los ojos alarmado.

—Es lo que siento por ti —susurró. El deseo maldiciendo.

Darcee se abalanzó sobre él, por fin tocando sus dulces y suaves labios, una y otra vez, inhalando el aire del otro en respiros rápidos y sedientos.

Sentía su calidez, la humedad en el contacto.

Después de un buen rato, logró decir algo entre beso y beso. —¿Me estás haciendo decir esas cosas?

—Tal vez —lo besó de nuevo, con una pasión igualable a la de él. —Sea cierto o no, sé que dices la verdad —ahora deslizó su mano por su pecho lentamente y se acomodó del otro lado de la cama envolviendo sus piernas con las de él.

Una sensación entre la relajación y el deseo lo inundaba cuando veía a su amada curvar sus labios solo para él, todas esas sonrisas se las llevaba a salvo de la vista de los demás y las guardaba dentro de su corazón como un tesoro.

Te amo, Darcee . No necesitaba decirlo, ella ya lo había escuchado antes cuando se colaba en sus pensamientos, y sonrió al oír una pequeña carcajada confirmándolo.

Horas después del amanecer, Heiner se levantó descansado y listo para la siguiente tarea en su laborioso plan. Antes de que Ewald llegara la noche anterior, Knut les había entregado los pergaminos que había grabado en su mente.

Darcee transmitió su memoria en el orbe de cristal las veces que fueran necesarias, una y otra vez. Estudió cada lado, cada rincón y cada longitud.

Hizo un total de ocho planos de las bases militares de Valtremix, pero solo minarían cinco. Las demás se cruzaban con los túneles que armarían para la explosión.

Se dirigió a la última prueba de la fabricación de las bombas.

Habían estado haciendo pruebas desde que el plan tomó forma, alejados de la entrada principal del cementerio para evitar un colapso.

Atravesó un largo trayecto en el bosque hasta llegar a unas montañas de rocas.

Los peñones eran lo más parecido a las paredes del castillo Feuer y probablemente lo más duro que tendrían que penetrar las bombas para simular su efectividad.

Heiner llegó al campamento que habían montado, infestado de carretas cargadas con piedras. La gente lo daba por desapercibido, estaban muy ocupados como para preocuparse de su presencia. A lo lejos, visualizó a Franz Gottfried, el hermano mayor de Knut que estaba al mando de la operación. —Franz.

Este se dio la vuelta y le dedicó una breve sonrisa. —Buenos días, Heiner.

Notó que la gente usaba ropa más maltratada de lo normal para el trabajo. Franz llevaba una camisa negra con mangas largas arremangadas, un par de botas con pantalones desgastados, y un par de anteojos redondos con una banda alrededor de la cabeza.

—Buenos días —le devolvió el saludo. —¿Están listos? —Heiner analizó cada rincón del lugar; los talleres donde agregaban el líquido que las hacía explotar y las tiendas de tela que habían puesto para pasar la noche.

—Acompáñame —dijo Franz levantando su mano en dirección a la espalda. Se acercaron a una distancia considerable a la enorme montaña de rocas que subía la colina donde hacían las pruebas. Notó que la gente empezaba a descender para alejarse del espectáculo que estaba a punto de explotar.

—¿Ahora que han cambiado?

—Hemos encapsulado más líquido explosivo dentro de las rocas. Probamos algunas opciones y esta fue la más fructífera. Se activan a cierta temperatura desde la distancia.

—¿Cómo planeas que todas las bombas exploten a la vez? —volteó, esperando su respuesta.

—Fabricamos una especie de control con el mismo material de las bombas. Tiene un hechizo conjurado que calentará todas las piedras a la vez —explicó Franz. —Las personas que las activen, tendrán que estar en el epicentro del reino para que no falle el alcance.

—¿Qué sucede si fallan?

—No pasará. Las bombas más alejadas del epicentro serán más sensibles al calor del hechizo.

Heiner se sorprendió por la ingeniosidad de los fabricantes y su discreción con las bombas. A simple vista parecían rocas. —Bien, veamos qué tal funcionan.

Franz lo guio hasta un lugar alejado de la fábrica, parándose sobre una marca que habían pintado con gis sobre la tierra. Él se puso los anteojos y sacó unos guantes de piel cafés de sus bolsillos. Luego, cogió una roca pequeña del material de las bombas.

—¿Las demás bombas están aisladas? —preguntó antes de que se le ocurriera detonar algo.

—Claro, si no, ya estuviéramos muertos —Franz presionó la roca contra ambas manos y concentró su mirada en ella.

Cambió del gris al ónice en tan solo cinco segundos y escuchó un duro tronido procedente del peñón.

Algunos se estremecieron y la estructura se fracturó.

Los pedazos se desmoronaron como una pila de naipes, levantando una intensa nube de polvo.

Heiner sacudió la tierra de su ropa y se limpió la cara, tosiendo con dificultad. Cuando el polvo se disolvió en la tierra, pudo ver los trozos en el suelo.

—Me dijiste que… necesitas más de una persona para activar las bombas, ¿quiénes?

—Knut, Gretel y yo —contestó, volviéndose a quitar sus anteojos de herrero.

—¿Entonces solo tu familia puede activarlas?

—Así es, Heiner.

—Bien, pero tendrán que esperar a Knut. Le asignamos una tarea importante —le informó mientras se daba la vuelta y se dirigía al campamento. —Perfecto, traigan las bombas.

Franz asintió y se dirigió a los trabajadores.

Cuando Heiner le dio la espalda, la tierra volvió a temblar y otra detonación hizo volar otra pila de rocas en pedazos, seguido de un grito de alguien que no distinguía bien.

¿Qué no estaban aisladas? Al menos sabía que iban a detonar.

Vio algo de sangre derramada en el pasto.

Por los dioses . Rezó para que la persona que estuviera debajo siguiera con vida.