26. #3
¿Qué hubiera pasado si no la paraba? ¿Se hubiera enfrentado a los hombres ella misma?
Ewald juntó las palmas en un aplauso, las sombras lo rodeaban y, cuando las separó, se desvanecieron y la daga reapareció en su mano.
Los hombres se quedaron impresionados, incluso él mismo tenía una sonrisa incrédula.
—Caballeros, sé que se están divirtiendo, pero… —una nueva voz se sumó al grupo. —Necesito saber si puede borrar mentes para mañana —otro hombre se acercó, uno joven, no más alto que Ewald. Era el chico misterioso que lo defendió en la fiesta. ¿Qué tanto le había ocultado todo este tiempo?
—¿Crees que sea lo suficientemente bueno como Darcee? —cuestionó el calvo.
—¿Por qué no? Es más, intenta con él —el joven misterioso apuntó al calvo.
—¿Yo? ¿Por qué? —reclamó.
—Intenta averiguar cuál fue su última cena —dijo el alto con malicia.
Ewald lo miró por un momento. —Deseaba haber comido un pollo rostizado en vez de piernas de conejo .
—Es cierto —dijo el calvo, sobándose la barriga aún con hambre. Su faceta amenazante se había esfumado por la de un hombre viejo.
—Ahora haz que olvide cómo llegó hasta aquí —ordenó el alto.
Ewald dio un paso adelante y alzó su mano hacia la cabeza del calvo, antes de que este pudiera decir algo. En cuestión de segundos, retrocedió y los demás lo observaron con confusión.
—¿Ahora que me hicieron? —preguntó, reclamando.
—Parece que Ewald posee el talento nato para borrar mentes en su primer intento, ¿no te parece, Tom? —preguntó el alto, buscando al joven que había desaparecido. Ewald tuvo la misma reacción y lo buscó.
—¿Disfrutando del espectáculo, querida? —La voz del joven sonó detrás de ella. Amalie se estremeció por completo y dio la vuelta para ver al joven misterioso mirándola desde arriba.
—Eres tú… —sintió un nudo en la garganta y su cuerpo se paralizó.
—Sí, al parecer soy muy popular —dijo con una sonrisa traviesa y siseo. —Ven conmigo —dijo el chico llevando un dedo a sus labios y le dio la espalda.
Su cuerpo reaccionó con terror a su petición. Sentía sus músculos rígidos y fuera de su control. Trató de luchar contra ello, pero no podía hacer nada. Caminó detrás de él, paso a paso, hasta que llegaron a espaldas del grupo.
—Evald, ¿por qué no nos presentaste a tu amiga? —El chico se apartó revelando a Amalie totalmente rígida.
Los demás se dieron la vuelta y los dos hombres parecieron tranquilos, aunque algo confundidos. Pero Ewald se quedó helado al verla. Lo había descubierto.
—¿Amalie? ¿ Qué haces aquí? —cuestionó nervioso.
—La encontré espiando detrás de un árbol —contestó el chico.
—¿Qué tanto sabe? —preguntó el alto.
—Lo suficiente, sabe quiénes somos —respondió el chico con una sonrisa fría. —Sabe quién es él —miró a Ewald.
Sí, ahora lo sé . Quería derramar lágrimas, pero el poder puesto ante ella era aprensivo. No le permitía hacer nada más que respirar, aunque tenía la sensación de estar ahogándose en una bolsa.
El calvo la miró. —¿Qué vamos a hacer con ella?
—¿Vamos? —reclamó Ewald. —Ella es mi amiga, no voy a permitir que le hagan daño —respondió Ewald preocupado.
—¿Confías en ella? —preguntó el joven.
—Déjala hablar.
Amalie notó un intenso intercambio de miradas entre ellos y hubo un breve silencio. Su garganta se liberó de golpe y tomó un gran respiro, pero seguía sin poder moverse.
—Evald… ¿Qué haces con ellos? —Su voz salió temblorosa. —Me dijiste que… no sabías nada de él, me mentiste —no podía evitar sonar débil.
—No es lo que tú crees —contestó Ewald en voz baja.
—¿No lo es? Entonces, explícame. ¿Qué hacías con el sirviente que nos atacó? Hans me dijo que te vio con él después de que lo reconocí.
Los hombres se miraron entre sí alterados. —¿Hans sabe? —susurró Ewald.
—Me dijo que los Valtre querían secuestrarte, o al menos eso suponía él. Ahora veo que… que ya lo sabías todo —ella sintió un rencor y su corazón roto. —Tú no perteneces aquí.
—¿Lo sabías? —Ewald alzó la voz. —¿Lo sabías y no me lo dijiste? —Su voz parecía igual de rota que la de ella. —Pensabas que no sabía nada sobre mi familia. ¿Y decidiste no contarme? —su voz se alzó con rencor.
—¡Tú también me ocultaste cosas, Evald! —exclamó con dolor.
—¡Pero esto es diferente! —gritó, nunca le había gritado.
—¡Me escondiste la verdad sobre mi familia, Amalie!
¿Crees que…? ¿Crees que yo te habría hecho eso?
—Ewald se apuntó con el dedo, reclamando lo que ella había omitido más temprano esa noche.
—Estuvimos juntos, y no me contaste nada de eso. Yo confiaba en ti, Amalie.
—¿Entonces, por qué no me lo contaste? —le gritó de vuelta. —¡Yo también confiaba en ti!
—¡No hace falta que te cuente cada aspecto de mi vida, Amalie! Por eso se le llama confianza… Ahora veo que me equivoqué —su decepción lo invadió y le dio la espalda.
Amalie sintió la urgencia de que la mirara, a pesar de estar inmóvil, prefería tener la seguridad de su cercanía. —Ellos son malos, Evald. ¡Son los Valtre! Por algo el rey los desterró.
Ewald se giró indignado hacia ella. —¿Y tú qué sabes de ellos? Si vieras en dónde viven. Toda esa gente enferma… No dudarías en ayudarlos. Te darías cuenta de la farsa que es el rey —Ewald la miró desde arriba, frente a frente.
—Esta no es nuestra guerra, ellos la provocaron.
—¡Pero sí lo es, Arnold Friedrich mató a mis padres! —gritó tan alto que pudo sentir su desesperación. Ewald retrocedió y puso las manos sobre la cabeza. —¿Recuerdas las pesadillas que tengo?
Amalie lo vio sin poder moverse, con las pupilas llorosas y la sonrisa partida.
—¿La mujer que veo gritando mi nombre en mis sueños?
Ella… es mi madre —suspiró tembloroso. —Y si lo que he visto de ella es cierto…
—Una lágrima se derramó por su pálida mejilla.
—No quiero imaginarme lo que yo le haría a Friedrich —sus últimas palabras salieron con un tono siniestro que nunca había escuchado de él.
Imaginó a la mujer ardiendo en llamas y gritando el nombre de Ewald. Incluso el dolor la doblegaba.
—Pero ¿cómo crees que es verdad? ¿Cómo sabes que fue él? —Por más verdades que se contaran, deseaba que esto fuera una mentira.
—Vi a mi madre morir en llamas. ¿Qué clase de monstruo hace eso?
—Su voz se quebró de coraje. Amalie lo observó sin responderle, Ewald tomó un respiro evitando derramar más lágrimas.
—Además —miró sus manos —siempre has sabido que tengo estos poderes.
Traté de ignorarlo, pero… no hay manera de negarlo —alzó su vista a ella —No solo soy un Schatten, Amalie… También soy un Valtre.
Amalie supo que esas palabras tenían un gran significado, podía notarlo en su tono, en la manera en que la miraba con sus ojos cristalinos y en la forma como se paraba con la espalda erguida. La verdad estaba ahí. No podía discutir con ella. No podía vencerla.
—Le vas a decir a Hans.
—¡No! Evald, yo…
—¡No me mientas, Amalie! Estoy viendo tu mente y sé que le dirás si te dejo ir con esto —exclamó con dolor.
Su corazón se aceleró de nuevo. —No puedo permitir que hagas esto. Lo hago por ti, Evald. Me preocupas, siempre te he protegido .
—¡Entonces más vale que dejes de hacerlo! —Su voz fue fría y cruel, sus lágrimas invadieron su rostro. Esto no era justo.
Él retrocedió y caminó hacia los hombres que aún presenciaban la discusión con la mayor discreción que había visto en su vida.
—Evald —dijo el hombre alto con calma. —¿Estás seguro?
Ewald asintió mientras daba vueltas como si hubiera perdido algo.
El joven misterioso se acercó. —¿Qué tanto quieres que olvide?
—¿Qué? —reclamó asustada.
Ewald y el joven volvieron a intercambiar miradas. No sabía su nombre, pero estaba segura de que era uno de los Valtre auténticos.
—Si vas a aprender a usar tu poder, hazlo de verdad. Si pasa algo malo, yo lo deshago —alzó la voz el joven.
—¿Malo? Por favor, Evald, no lo hagas —suplicó Amalie derramando más lágrimas a pesar de la restricción que tenía sobre su cuerpo. —Evald, por favor, yo —él seguía ignorando su mirada, necesitaba que la mirara. —Evald, yo te amo. No me hagas esto —rogó temblorosa.
Finalmente, giró la cabeza y vio una nueva clase de miedo en sus ojos.
Pareció como si se hubiese congelado, porque tardó un buen rato en reaccionar hasta que respiró y se acercó a ella con los ojos cristalinos, mirándola desde arriba como siempre.
Tomó su barbilla dubitativo y la acarició como ella lo había hecho antes.
Amalie repasó el movimiento en el reflejo de sus ojos plateados.
Pasó su pulgar suavemente por su mejilla, quitándole las lágrimas una por una.
Su rostro se acercó lentamente por el lado derecho.
El aire que salía de su nariz rozaba su mejilla dándole escalofríos y sus labios flotaban sobre su piel .
—Perdóname —susurró en su oído.
Lo último que vio, fueron sus ojos plateados mirándola, brillando en la luz de la luna, y a veces verdes con la luz del sol.
Esta vez, pudo ver el resplandor verde en la oscuridad profunda del bosque.
Su cuerpo rígido se derrumbó con la corriente de aire.
Alguien la sostenía en el frío, flotando entre el pacífico sonido de la noche.