26. #2
Alzó la mano hacia su rostro y sus dedos rozaron la línea de su quijada.
Su pulgar se deslizó hasta el borde de sus delgados labios, trazando su forma lentamente.
Sintió el aire caliente que salía de su boca al inhalar y exhalar.
Ella quería... quería… saber cómo se sentiría el roce de sus labios con los suyos.
Su respiración se agitó por un segundo y pestañeó ligeramente. —Mejor duérmete, Amy —susurró débilmente.
Ella apartó rápidamente su mano sacándola del hechizo. ¡En qué pensaba! ¿ Por qué lo hice? Amalie volvió a voltearse boca arriba, sus mejillas se habían calentado. Ewald se alejó lo poco que pudo de ella.
—Cuando se vaya Celia, te llevo hasta tu sección —susurró.
Amalie se encogió y abrazó su torso, poniendo los brazos sobre la barriga con vergüenza, tratando de tranquilizarse. Poco a poco, se fue olvidando de los pasos que oía a lo lejos y se quedó dormida.
—Amy —escuchaba la voz en un susurro. —Despierta. Ya se fue.
Alguien movía su cuerpo. Amalie jadeo quejándose, se volvió acomodar de lado mientras dormía. Su cabeza bajaba y subía, escuchaba los latidos de un corazón acelerado en su cabeza, y un brazo debajo de ella la movía frotando su cuerpo.
—Amalie —la conocida voz de Ewald sonaba impaciente.
La realidad la golpeó de nuevo, abrió los ojos y notó que dormía sobre su pecho.
Ella levantó la cabeza y vio a Ewald desde arriba.
Su propia mano sobre su abdomen y, en efecto, su brazo estuvo rodeándola todo este tiempo.
Sintió una pizca de vergüenza nuevamente y se levantó de la cama aún somnolienta, tratando de ignorar a su amigo.
Ewald la siguió lentamente, despertando por completo. Se puso la chaqueta que siempre llevaba y abrió la cortina revisando que no hubiera nadie. —Ven.
Amalie salió de la sección y Ewald la siguió desde detrás, tocándole ligeramente el hombro. Eran dos sombras que se deslizaban por los pasillos. No sabía si se veían sus figuras o eran completamente invisibles, pero, para su saber, era la última opción.
Después de pasar por los pasillos, llegaron a la sección donde dormía. Ella abrió las cortinas y vio a sus compañeras roncando.
Regresó su mirada a Ewald. —Gracias.
Él sonrió levemente y salió por el pasillo que habían recorrido sin decir una palabra.
Amalie se metió en su sección, quitó la sábana tendida sobre su cama y acomodó la almohada.
Entonces se dio cuenta de que había ignorado su necesidad de ir al baño.
Genial, pude haber ido de camino . Ella abrió la cortina y no vio a nadie.
Después de todo, ir al baño no estaba prohibido.
Regresó por el camino que había tomado con la esperanza de toparse de nuevo con Ewald, aunque sabía que estaría escondido entre las sombras.
Se metió en el baño y se ocupó rápidamente en lo que debía.
Como la habitación estaba completamente desolada, salió en menos de dos minutos.
Afuera, notó que alguien había abierto la puerta que daba al exterior de los jardines al fondo del pasillo.
La brisa corrió rápidamente y caminó hasta allá. Abrió la puerta lentamente fijándose en la tranquilidad que albergaba la noche.
El frío golpeó su cuerpo abruptamente, se envolvió entre sus brazos y miró a todas las direcciones tratando de visualizar a alguien.
Usó su poder para detectar cualquier latido cercano, y ubicó a alguien que se alejaba del orfanato, un latido que conocía a la perfección.
Ewald . No importaba dónde se escondiera, ella siempre sabía cómo encontrarlo.
Sin pensarlo, siguió el latido de su corazón. ¿Qué está haciendo? ¿Acaso siempre salía a esta hora? Lo que fuera, lo descubriría esa noche.
Trató de seguirlo a una distancia considerable. Caminaron muy al fondo del bosque, al suroeste del orfanato. La única luz que iluminaba era la de la luna a través de los árboles frondosos de Valtremix.
El frío le penetraba hasta los huesos, ahora deseaba haberse quedado en el orfanato, metida en su cama… o acostada junto a Ewald. Pasaron por donde solían practicar sus poderes a escondidas y pensó que se detendría ahí, pero el latido se alejó aún más.
Después de diez minutos de caminar en la eterna fría oscuridad, sus palpitaciones se calmaron. Escuchó las voces de unos hombres, entre ellas la de Ewald, pero no alcanzaba a distinguirlas. Amalie se acercó por un lado escondiéndose.
La luz cálida de una antorcha de pie iluminaba el lugar débilmente.
Entonces los vio, había dos hombres junto a Ewald que nunca había visto.
Uno era alto y delgado, y llevaba un largo abrigo de lana y pelo largo.
El otro era fornido y calvo, y vestía con una armadura de piel gris.
¿Quiénes eran? Logró acercarse más, ocultándose en el tronco de un arce.
—Eres discreto, incluso más que otros —escuchó la voz profunda del hombre alto. —Pero aún hay muchas cosas que debes aprender.
El otro hombre cargaba con un estuche bajo el brazo y lo abrió. El hombre alto sacó una hermosa daga bastante fina y elegante que brillaba con la luz de la luna en un tono plateado y morado.
El hombre le mostró la hoja a Ewald y continuó. —Esta es una de las dagas fantasma, no es un alfiler cualquiera que corta carne. Tiene poderes especiales, solo reacciona al poder de tu familia.
¿De tu familia? ¿Qué sabía de la familia de Ewald? Prestó más atención al intercambio.
—Puedes dirigir esta daga a donde te plazca a través de las sombras, ir y venir desde donde sea que estés. Pero antes de poder usarla, necesitas crear un lazo con ella —el hombre le entregó la daga a Ewald y la tomó con soltura.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Ewald, sosteniendo la daga con familiaridad.
—Siente su energía llamarte, abrázala.
—La siento —Ewald cerró los párpados.
—Bien, ¿sabes cómo convertirte en una sombra? No esconderte, sino flotar cómo si fueras una.
—Sí, creo que puedo.
—Enséñame primero.
Ewald acomodó la daga en su mano derecha. Extendió los brazos a los lados, y se alzó lentamente. Las sombras lo rodearon como torbellinos de cuervos y sus pies se separaron ligeramente del suelo.
—Expande tus reflejos, ellas están en cada rincón donde haya luz, esperando ser llamadas —dijo el alto.
Poco a poco, las sombras escalaron su cuerpo, haciéndolo completamente invisible. Una nube oscura sobre el aire. Amalie ya no podía ver su rostro, ni la silueta de su cuerpo.
—Ambrose, trae la antorcha —dijo el alto, y el hombre calvó encendió un trozo de madera acercándose a la antorcha sobre el pedestal. El alto tomó la madera y caminó unos pasos hacia Ewald manoteando las llamas en el aire.
—Auch—. Ewald apareció de inmediato tumbado en el suelo, sobándose el brazo.
El alto asintió examinando la reacción de Ewald.
—El fuego es tu enemigo, aléjate de él. Casi nada puede enfrentarse a las sombras más que a la luz.
Puedes usarlas durante el día si logras dominarlas…
Por ahora, practica tus reflejos y trata de esquivar la llama —el alto volvió a levantar la antorcha.
Ewald se levantó y volvió a alzar sus brazos, convirtiéndose en sombras con mayor rapidez. El alto pareció concentrarse y empezó a mover la antorcha en diferentes direcciones, de arriba a abajo y de un lado al otro. Entre la luz del fuego, logró distinguir una sombra.
—Trata de atacarme —ordenó.
Él siguió golpeando en el aire, hasta que Ewald apareció entre la oscuridad y, con un impulso, mandó sus sombras detrás del hombre, que acabó tumbado en el suelo. Su cuerpo apareció por completo y observó al hombre cauteloso.
—Está bien, no era lo que esperaba —dijo mientras sacudía el polvo de su abrigo, y el calvo lo ayudó a ponerse de pie.
El hombre calvo examinó a Ewald. —Debes aprender a pelear cuerpo a cuerpo. ¿Qué vas a hacer si alguien te pone un cuchillo en la garganta? —Ewald no supo qué responder. —Ven aquí —el calvo extendió una mano a él.
Ewald se acercó y el calvo dio un paso adelante, retorciendo la muñeca donde sostenía la daga elegante.
Amalie se estremeció por un momento. El hombre recogió la daga rápidamente con la otra mano.
Ewald trató de defenderse con el brazo libre, pero el hombre lo dobló poniéndolo sobre su espalda y la daga en la garganta.
—No te confíes —exclamó y aventó a Ewald al suelo.
—¿Por qué hiciste eso? —se quejó.
—¿Crees que tu oponente será limpio en una pelea? —le reclamó el calvo —¡Levántate!
Ewald se levantó a zancadas. El calvo lo apuntó con su daga y se colocó en posición atacando a Ewald varias veces, ambos moviéndose con rapidez y Ewald esquivando cada apuñalada. El hombre se detuvo por un momento y lo observó. —¿Vas a seguir bailando toda la noche, Schatten?
¿Schatten? ¿Pero, por qué…? En ese momento, las cosas cobraron sentido en su cabeza. No podía creerlo, no quería. Hans tenía razón. —Ellos son los...
Ewald esquivó los próximos ataques y tomó la muñeca del hombre, pero él fue más rápido y contraatacó.
Ewald se echó para atrás y se convirtió en sombras.
Invisible . No podían ver adónde había ido.
El hombre recibió un golpe en la espalda al torcerse hacia adelante.
Ewald reapareció con una daga que había robado y atacó al hombre con puñaladas torpes.
Era obvio que no tenía experiencia. El hombre las esquivó sin problemas. Sin embargo, no esperaba que Ewald usara su poder para arrebatarle la daga de la mano. Mandó una ola de sombras hacia él y la daga cayó al suelo.
El hombre corrió hacia ella, pero Ewald lanzó la suya y le rozó el brazo.
En el instante que el hombre se agachó para recoger la daga, le devolvió el golpe lanzando la daga elegante directamente hacia la cara de Ewald a toda velocidad.
Amalie volvió a estremecerse. Ewald alzó las manos, tratando de detener la daga de alguna forma, y tan solo a unos centímetros de que le pegara, la daga desapareció dejando un rastro de sombras. Ella soltó un suspiro.