Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 26.
57%

26.

Amalie llegó al orfanato en la noche con una gran sonrisa en el rostro. Había pedido el día libre para poder salir con Hans, y claro, que nadie se lo impediría.

La cita fue increíble. Primero fueron al Castillo Feuer. Le enseñó las secciones privadas del castillo. Nunca había estado dentro, era extraño que les permitieran el paso a los visitantes si no tenían nada que hacer. Aunque para el príncipe, ningún acceso estaba prohibido.

Las molduras finas del castillo brillaban con el sol como si fueran de oro, y probablemente lo eran.

Los pasillos estaban decorados con alfombras ornamentadas carmesí y dorado.

Las paredes eran de color pimienta con marcos estéticos, y las puertas grabadas de madera de roble.

La paleta de colores que usaban creaba una vista armoniosa y cálida.

Pasaron por la sala principal, un enorme espacio que parecía una catedral.

Completamente impecable, con paredes nacaradas, vitrales de colores y columnas estilizadas.

Ese salón se usaba para recibir visitas de otros monarcas del continente de Mystische.

Según Hans, normalmente los negocios y peticiones se gestionaban bajo llave, en la oficina del rey.

Se preguntó cómo se veía ese lugar, pero era imposible entrar sin invitación.

Caminaron por los amplios campos de entrenamiento donde se celebraban eventos, y la biblioteca real. Torres de libros se extendían hasta el techo, incluso tenían un segundo piso a lo largo del salón, ideal para los amantes de la literatura.

Después, visitaron un festival callejero en el corazón del reino, donde había múltiples carpas con juegos, premios y comida. También se apreciaban espectáculos de danza y actuaciones.

No podía esperar a contárselo a Kirsten. Era la única que le había contado sobre su cita con Hans, y esperaba que hubiera guardado el secreto. Aunque sospechaba que se lo había dicho a alguien.

La sección de Amalie estaba cubierta con cortinas color hueso y patrones florales que separaban el resto.

En su brazo, cargaba un pequeño peluche de un pájaro azul.

Amaba las aves, la forma en que batían sus alas y volaban, escuchar el dulce sonido de su melodía por las mañanas.

Era algo que la relajaba cuando se sentía nerviosa.

Se acostó en la comodidad de su cama y dejó el peluche a su lado, repasando cada momento del día hasta que el hechizo se rompió y recordó algo que había preferido olvidar. Ewald.

La mayor parte de la cita se la pasaron hablando de historias, comida y lugares que visitar. Pero cuando estuvieron en la biblioteca, Hans le contó algo que no quería creer. Después de ver las pruebas, rezaba que fuera una vil mentira.

Amalie se cambió a su ropa de dormir; un pantalón con puños elásticos en los tobillos, increíblemente cómodos, y una blusa larga color crema con mangas acampanadas. Tomó un puñado de monedas de su cajón y las metió en la bolsa de los pantalones.

Amalie caminó por los oscuros pasillos, iluminados por farolas de fuego pegadas a las paredes que daban un tono cálido y acogedor. En las partes donde había ventanales, la luz de la luna llena iluminaba esos espacios con tonos fríos.

Se fijó en que nadie la viera entrar en la sección de chicos, estaba mal visto andar por allí a tales horas. Pero no podía esperar a la mañana, Ewald se ocupaba todo el día, y las únicas oportunidades para verlo, eran entre clases o en la cena.

Cruzó en silencio buscando su sección. Esta vez, las cortinas estaban puestas.

Qué raro . Ella entró con cuidado, empujando la tela, y se encontró con un Kasper completamente dormido que roncaba débilmente.

Ewald está... ¿meditando?, ¿durmiendo? Estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas y los párpados cerrados.

—¿Evald? —lo llamó en voz baja.

Él no respondió y decidió acercarse tocando su hombro. Entonces, lo escuchó tomar un respiro tembloroso y repentino. Abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma y se sacudió levemente hacia atrás.

—Amy, ¿qué estás… qué haces aquí? —contestó tembloroso.

Amy . El apodo que usaba de niños, sólo él la llamaba así. —Quería... hablar contigo. ¿Tú que estás haciendo? —preguntó curiosa.

—¿Yo? Estaba, ¿meditando? —contestó igual de confundido que ella.

Amalie soltó una carcajada y se tapó la boca. Kasper se movió y vio que el dúo se reía el uno del otro.

—No deberías estar aquí —contestó entre dormido y molesto.

—Esto es por las molestias —Amalie extendió su brazo a su bolsillo, tomando el puñado de monedas y se las entregó a Kasper.

—Yo no escuché nada —se volteó al otro lado, dejando las monedas en su puño.

Ella sonrió y se sentó al lado de Ewald, subiendo las piernas a la cama .

—¿Por qué la molestia? —preguntó más tranquilo.

—Quería hablar con mi mejor amigo —le dio un pequeño empujón a su brazo y él sonrió. —¿Cómo te fue con Lea? Se pasó hablando de su guardarropa, ¿verdad?

Ewald sonrió. —Bueno, no es que te copies su estilo —ella le volvió a dar otro empujón y él rio levemente. —Estuvo bien, para ser mi primera cita. Cenamos en ese lugar que tiene las plantas colgando.

—Sí, lo conozco —suspiró con asombro. —Vaya, no sabía que tuvieras tanto presupuesto —volvió a empujarlo sonriendo.

—La corona da buena paga. Es lo único bueno que sale de allí.

Amalie sonrió y se sintió nerviosa. —Yo salí con Hans—. No sabía si realmente quería hablar de ello con él, pero necesitaba ser honesta.

Ewald alzó la mirada y cualquier pista del brillo que tenía en los ojos se desvaneció. Aun así, seguía sonriendo. —¿En serio?

Amalie sonrió y asintió con timidez.

—¿Y te llevó a un lugar extremadamente lujoso o tiene un estilo más austero?

Ella rio. —Bueno, fuimos al castillo.

Su sonrisa se desvaneció en confusión. —¿En serio? Eso no suena nada divertido para mí.

—Y luego fuimos al festival callejero.

—Claramente, una mejoría —Ewald se volvió a burlar.

—Y nos besamos —era una mentira, pero eso lo callaría por completo.

Ewald apretó los labios sonriendo sin respuesta y la miró durante varios segundos decidiendo si creerle o no. —¿En serio? —dijo con una leve decepción que pocos se darían cuenta.

Ella asintió, pero se limitó a verlo a la cara.

—Bueno, no me des los detalles, por favor —él acomodó sus piernas cruzadas en la cama. —Digo, suena divertido. Ir al festival callejero. Jugar tiro al blanco y ganar un montón de muñecos inútiles.

—No digas eso —reclamó.

—Estoy bromeando, pero en serio, ¿el castillo?

—Dimos un paseo, nunca lo había visto por dentro —dijo mirando las puntas de sus dedos.

Amalie escuchó unos pasos y Ewald la empujó fuera de la cama.

Amalie se paró confundida, viendo entre él y la cortina.

Ewald se acostó en su cama y se tapó por completo.

La cortina se abrió de golpe. Amalie volteó y vio a la señora Celia.

Su corazón palpitó con ferocidad y se quedó congelada frente a ella.

Celia miró a ambos chicos y volvió a cerrar la cortina.

Amalie suspiró profundamente de forma silenciosa, haciendo juego con los ronquidos de Kasper. Ewald y sus trucos para hacerme invisible. Él levantó la cabeza y extendió la manta haciéndole un espacio para que se acostara. Ella negó, y Ewald asintió, agitando nuevamente su mano hacia ella.

Amalie suspiró de nuevo y se acercó obligada al borde de la cama. Él era demasiado delgado. Ella tenía la cadera ancha y era baja, pero, aun así, cabrían… algo ajustados. Ewald se puso boca arriba con los brazos doblados bajo la cabeza. Se fue metiendo lentamente en la cama, sintiendo su calor.

Cuando eran niños, era muy común dormir juntos. Cuando uno de los dos no podía dormir por pesadillas. Aunque, en realidad, era Ewald quien seguía teniéndolas.

Se acomodó boca arriba al lado izquierdo de Ewald, mirando al techo. Se concentró en los pasos de la Señora Celia, que aún caminaba cerca de la sección, merodeando como un gato. Amalie se distrajo con el sonido de los ronquidos y la respiración tranquila de Ewald.

Necesitaba contarle lo que descubrió, pero Ewald no se atrevía a mirar dentro de su mente. O al menos eso asumió.

—Ewald —susurró. —Tengo que decirte… Vi al hombre que nos atacó en el castillo.

—¿Lo viste? —preguntó somnoliento en un susurro. Ewald giró levemente la cabeza hacia ella. —¿Qué viste? —preguntó, sintiendo su respiración muy cerca de la oreja y los nervios recorrieron su piel con cada bocado de aire que Ewald exhalaba.

—Lo vi fuera del castillo, caminando hacia el bosque —giró levemente la cabeza para ver sus ojos plateados y tenía la mirada fruncida. Escuchó un suspiro profundo de él y los pasos volvieron a acercarse.

—Creo que quiere secuestrarte —lo observó para ver su reacción. Quería ver la mentira en sus ojos.

—¿Qué? —cuestionó incrédulo.

—Ese… hombre —dijo entre pausas.

—¿Por qué? —sin creerle, dirigió su mirada al techo.

Los pasos se acercaban de nuevo. Era como una abeja zumbando por todas partes. —No lo sé —tragó saliva. No estaba segura de contarle sus suposiciones. Quería ver si lo negaba.

Ewald giró su cuerpo hacia ella y Amalie se dio la vuelta dándole la espalda. Su figura en la cama era más grande que la suya. Si la señora Celia entraba de nuevo, no se daría cuenta del bulto de más.

Tras un buen rato, los pasos frente a la sección se habían alejado.

Se dio la libertad de voltearse hacia Ewald.

Tenía el rostro calmado, los ojos cerrados y sus largas pestañas descansando sobre sus párpados.

Podría quedarse toda la noche despierta y solo verlo dormir.

Observó su barbilla puntiaguda y su delgada nariz de bola.

Sus oscuras y perfectas cejas ablandadas.

Los rizos marrones caían sin patrón sobre la almohada y el tono pálido de sus mejillas resplandecía en la poca luz que había.