25.
Lea había quedado de verse con Ewald en un restaurante cerca del Castillo Feuer. No podía quedarse con la ropa que llevó a la escuela, así que se dio una buena ducha para quitarse el sudor de las clases de combate.
Ahora vestía con una blusa negra de manga larga, que descubría sus hombros y cuello sutilmente.
Sus piernas envueltas en tela color púrpura, con olanes caídos y cintura alta con agujetas.
Trenzó su cabello a los lados, dejando el pelo de su melena caer sobre su espalda.
A su costado, cargaba un pequeño bolso con sus cosas personales que jamás podría olvidar.
Era requisito tener un estilo memorable en la apariencia novedosa de Lea Schulz.
El restaurante estaba adornado con plantas colgando de los muros.
Había un barandal de metal negro rodeando la parte exterior del local, donde tenían algunas mesas con adornos florales en medio.
Le encantaba venir a este lugar, siempre podía oler las dulces fragancias que deprendían los geranios y crisantemos.
Observó el pintoresco pueblo de Nuevo Feuer, decorado con muros de ladrillos, tejas horizontales y ventanas puntiagudas.
Gran parte del pueblo era una obra de arte diseñada por su padre.
La familia Schulz era experta en arquitectura, ya que su poder les permitía construir y manipular materiales, sin embargo, preferían contratar a empleados para construir sus obras como cualquier otro rico .
Después de unos minutos, vio la conocida imagen de Ewald acercándose paso a paso. Usaba unos pantalones de tela negra, una camisa marrón con cuello y su típica chaqueta de piel con un bordado de rombos adornando gran parte del torso.
—Hola, Lea. Lo siento, hubo problemas en el castillo y no me dejaban salir —se acomodó en el otro extremo de la mesa con prisa y pasó la mano por sus rizos, aunque estaban perfectamente peinados.
Lea extendió los brazos, apoyándose en ellos. —Evald, no te preocupes, yo también llegué algo tarde —sonrió nerviosa, aunque trataba de ocultarlo. —¿Y cómo estás? ¿Sucedió algo relevante?
—Los guardias suponen que alguien puso algo en los vinos de... del rey —contestó mirando sus manos que ahora descansaban sobre la mesa. —Afortunadamente, solo se quedó dormido.
—¿Dormido?... Me parece que el rey ya es un poco viejo y fácilmente podría echarse una siesta por un poco de vino —dijo en tono culposo.
Ewald sonrió y puso su mirada sobre la mesa. —Bueno, a la general Dorle Friedrich no le pareció así. Siempre es más fácil culpar al huérfano y conspirar para que parezca que hice algo mal —reclamó mientras seguía apretando los labios.
—No entiendo el odio que el rey tiene hacia ustedes —Lea se recargó sobre su muñeca y apoyó el codo en la mesa. —Digo, mi padre me contó que casi todos los chicos del orfanato vienen de familias de los seguidores de los Valtre.
Ewald la miró atentamente, pero con desinterés. —Tal vez, pero es difícil saberlo cuando no recuerdas nada de tu pasado.
—¿A qué te refieres? Pensé que sabías de donde…
—No, cuando llegué, ni siquiera podía recordar mi nombre. Me han contado la historia… una y otra vez.
—Y entonces, ¿sabes algo de tus poderes? —ella sonrió tiernamente, pero moría por saber la verdad o alguna respuesta jugosa.
Ewald la observó detenidamente y sonrió negando. —No lo sé —suspiró con un poco de frustración.
—Perdona si te incomodé, no era mi intención —se enderezó en su silla dándole espacio. Él la observó nuevamente, sus ojos plateados la atraían como una mosca buscando la luz. Nunca había notado que tenían un brillo débil esmeralda en ellos, como si una chispa resplandeciera.
—Puedo hacerte una pregunta... Probablemente te incomode —Ewald no apartó su vista de ella.
—De acuerdo, creo que es justo —Lea cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Aún hay algo entre Hans y tú? —su voz llena de duda.
Lea soltó una carcajada. Pensó que le preguntaría otra cosa, aunque sí era algo privado. —¡No, por los dioses!
—Bueno, es que… veo cómo te pones nerviosa con él y pensé —Ewald se recargó sobre su asiento.
—Hans y yo somos pasado. Tuvimos... una ruptura difícil, yo hice cosas... que no debí haber hecho y me arrepiento hasta cierto punto —dijo con sinceridad, aun ocultando toda la verdad.
—¿Hasta cierto punto? —preguntó intrigado, levantando una ceja.
—Jamás coincidimos. Eso fue muy claro, pero a veces, tienes que pagar por los errores de tu pasado —ella suspiró y bajó la mirada a sus manos.
Ewald sonrió. —Qué bueno que no recuerdo mi pasado, así no tengo que pagar —dijo tratando de sacarle una sonrisa.
—O tal vez estás pagando y no lo sabías —Lea sonrió y volvió a apoyar los codos sobre la mesa.
Ewald entrecerró los párpados, guardó un breve silencio. —Eres una chica astuta, ¿lo sabías? —él alzó su sonrisa mirándola con gran curiosidad.
Lea curvó los labios en respuesta y echó su pelo para atrás. —¡Por supuesto!
Ewald se rio y no pudo contener unirse a él, realmente le agradaba. Lástima que fuera por una causa cruel a merced de Adlar. Tal vez, si fuera honesta, no tendría que ocultar su pasado. Ewald no parecía ser el tipo de chico que juzgara por tus acciones.
Ewald ordenó una pasta blanca con especias y trozos de pollo.
Mientras que ella, optó por una ensalada bien servida de brócoli, acompañada con una bebida muy popular en el reino que constaba de frutos rojos y miel, la llamaban Rottonig .
En Valtremix se daban todo tipo de frutos rojos; frambuesas, cerezas, moras, arándanos, fresas y granadas, era de un sabor agridulce, pero completamente delicioso.
Después salieron a caminar al pueblo. Intercambiaron historias.
Le contó sobre su sitio favorito para visitar, la ciudad Inevage, un lugar pintado de luces blancas que nunca descansaba ni una sola hora del día.
Ewald se sorprendió por el gran detalle con el que describió la ciudad.
Al parecer, jamás había escuchado de un sitio tan avanzado y evolucionado, que pensar en Valtremix era ridículo.
Le dio una moneda redonda de color plateado, cinco novas, la moneda de intercambio de Inevage.
—Si alguna vez necesitas salir por uno de los portales mágicos, ve al otro lado .
Ewald giró la moneda y vio encriptada una estrella de cuatro picos, en las orillas, cuatro barras inclinadas simulando un rombo, con las letras en mayúsculas deletreando INEVAGE .
—En esa ciudad puedes ir a cualquier parte del mundo, desde las tierras ancestrales de Revery, hasta las praderas más cálidas de Glanverla —dijo, mientras enlazaba su brazo con el de Ewald.
La noche se volvía más fría y podía ver las constelaciones pintadas en el cielo.
El calor de Ewald la reconfortaba. —Te la regalo.
—¿Estás segura?
—Tengo muchas monedas guardadas, no te preocupes —ella sonrió.
—Gracias —Ewald le regresó la sonrisa y metió su moneda en la chaqueta. —Debe de ser increíble viajar a otros lugares —dijo, mirando el cielo estrellado.
—Aún mejor cuando te acompaña la versión simpática de tu ex mejor amigo.
—¿Adlar? ¿Cómo pudiste aguantarlo? —dijo incrédulo.
—Te digo, él antes era bueno e inocente. No se creía insuperable como ahora —Lea bajó sus brazos en protesta.
—Yo lo habría asesinado —dijo pensando en la probabilidad y Lea se burló.
—Si no fuera tan….
—¿Molesto? —sugirió.
—Iba decir, creído , pero sí, vaya que lo es. Creo que se hubieran llevado bien.
—¡Qué horror! — Ewald exclamó y rio.
Ambos se detuvieron frente a frente, Lea tomó sus manos y eso pareció haberlo sorprendido. —Evald, en serio, me la pasé muy bien contigo.
Él alzó la mirada. —Tal vez, podríamos salir más seguido —dijo con el rostro iluminado de confianza.
Ella sonrió con avidez. Soltó sus manos entrelazadas con los dedos largos de Ewald y se acercó a él lentamente, besando su mejilla. Le dio tiempo para que se alejara si quería, aunque rara vez conocía el rechazo.
Ewald la observó alejarse con una amplia sonrisa en el rostro y se sonrojó. —¿Quieres que te acompañe a tu casa? Está de camino al orfanato.
—No, gracias. Tengo que... ir a otra parte. Es mejor que te adelantes —Lea se acomodó su cabello distrayendo su mirada.
—¿Segura? —preguntó tratando de encontrar sus ojos.
Ella sonrió y asintió. —Sí, no te preocupes. Hablamos luego.
—Que tenga buenas noches, señorita Schulz —Ewald se inclinó tomando su mano y besó sus nudillos. Lea se sonrojó y se alejó contenta.
Su cita con Ewald realmente fue todo un éxito. Claro, ¿cómo alguien se resistirá a mi encanto? Lea caminó unas cuadras hasta un club juvenil que frecuentaban sus amigos. Había un pequeño callejón donde aparcaban bicicletas y dónde salían a fumar.
Levantó la mano que Ewald besó y la trajo a su mejilla sonriendo. No era nada, solo un simple gesto de respeto, pero a qué chica no le encantaba que hicieran eso.
Entró en el callejón empedrado, y su emoción se esfumó al ver arriba de un contenedor de basura a Adlar, sentado junto a Oswin y se arrepintió de haber volteado. Él la vio hacer su típica sonrisa socarrona y aplaudió. —Excelente actuación, señorita Schulz —dijo entre carcajadas.
—Cállate, Adlar —exclamó mientras se acercaba al grupo de mala gana, acomodando su bolso en su hombro.
—No, en serio, el beso fue un lindo detalle —se mofó Adlar y los demás chicos soltaron un jadeo de ternura.
—Tal vez podrías aprender de él —dijo Lea a la defensiva.
Adlar ignoró su sugerencia y se burló. —¿Y dime cómo vas con Hans? —preguntó cruzando la pierna desde la incomodidad de su terrible asiento.
—Amalie se encargará de eso —dijo con simpleza.
—Necesito que se desconcentre del torneo, y no hay nada mejor que meter a dos chicas de por medio.
—¿Acaso tienes miedo de perder, Adlar? —preguntó cansada, haber salido con Ewald la había hecho empezar a rebatir cada una de sus insinuaciones. Uno de sus amigos se sorprendió con una carcajada.
—Ni siquiera conozco esa palabra.
—Entonces no es necesario hacer más —Lea le dio la espalda poniendo fin a su conversación y se dirigió a la puerta trasera.
Adlar se bajó del contenedor a zancadas y le tomó el hombro. —Me debes una, Lea —ella volteó de inmediato y quitó su mano de su hombro con repulsión. —Lo sabes.
—¡Me has estado diciendo lo mismo durante dos años, Adlar! ¡Prométeme que esta será la última vez! —apuntó con su dedo tratando de verse amenazante.
Adlar sonrió asintiendo y extendió su mano hacia ella. Lea la tomó y él la apretó fuertemente.
—Lo prometo, si tú cumples —dijo y la soltó, ella se frotó la muñeca.
Con suerte, este sería el último favor cruel que le pediría su ex mejor amigo. Le entristecía la persona desconsiderada que se había convertido, y por más que él tuviera el poder de manipularla a su antojo, se sentía asqueada por ello.
A veces pensaba en revelar sus secretos y dejar que la gente pensara lo que quisiera, pero luego recordaba el nombre de su familia, impecable y de suma importancia para sus padres. No podía permitir que nadie supiera. El precio era alto y ella tenía que pagar por los errores de su pasado.