Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 24. #2
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24. #2

Ewald se le quedó viendo, incluso para él, contestó de una manera extraña, rara vez eran respetuosos con él.

—Pasa —escuchó la voz ronca a través de la puerta.

Ewald se paró recto y relajó su mirada. Caminaron juntos, Knut casi pegado a su espalda como su sombra. Se detuvo frente a Friedrich dando un profundo respiro mientras él lo miraba con severidad desde que entró.

—¿Le apetece tomar vino, su majestad? —preguntó con elegancia.

Friedrich lo siguió mirando con desprecio, como si quisiera golpearlo hasta dejarlo inconsciente o muerto.

—¿Qué haces ahí parado? Ve por una copa —dijo arrogantemente, alzando su mano en un gesto.

Ewald asintió de inmediato y Knut volvió a tomarle el brazo, dirigiéndose a la alacena ubicada a un costado del cuarto a su derecha. Desde allí, Friedrich no podía verlos. Inspeccionó los barriles de vino detenidamente. Una rajada en la llave .

Quédate aquí y no salgas hasta que esté dormido . Knut asintió y se quedó quieto.

—Evald —escuchó la voz de Friedrich y se quedó congelado por un segundo. Jamás lo llamaba por su nombre, y cuando lo hacía, era para regañarlo. —Sírvete una copa.

Ewald y Knut se quedaron paralizados, mirándose entre sí, hasta que Ewald decidió actuar y tomó las dos copas a la fuerza, llenando primero la de Friedrich.

Esperó a que el vino envenenado fluyera con delicadeza por el cristal.

En qué demonios estoy pensando . Tomó la siguiente copa y la dirigió lentamente al mismo barril.

Knut lo detuvo poniendo su palma encima y vio la angustia en su rostro. No lo hagas.

Si no lo hago, pensará que yo lo envenené . Knut tragó saliva con las pupilas saltonas.

¿Y si sale algo mal? preguntó Knut .

Darcee dijo que no era mortal. Ewald quitó la palma de Knut.

¡Sí, para ratones! Knut trató de contener un suspiró tembloroso.

Ratones… Ahora ya no se sentía tan seguro. ¿Qué tan fuerte es esta poción?

Knut asintió sin otra alternativa, dando un paso atrás, y Ewald prosiguió a llenar su copa. Volteó hacia Knut con advertencia. No salgas .

Ewald caminó hasta el escritorio de Friedrich y colocó la copa frente a él.

—Siéntate —ordenó, y Ewald obedeció tomando una de las sillas situadas frente al escritorio mientras dejaba su bebida.

Friedrich bebió el vino tranquilamente. Ewald no se atrevía a beber la suya, mirándolo completamente tenso e inseguro.

—Adelante —dijo, extendiendo una mano hacia él.

—Señor, su majestad, no debo ingerir alcohol en mi horario laboral.

—Cómo tampoco dejar de venir en tus horas de trabajo —Friedrich alzó su voz más ronca.

Ewald miró el borde de la copa pensativo. La tomó delicadamente con su mano y bebió un sorbo de vino tinto. Agrio . Hizo una mueca de disgusto y tocó sus labios para que no le saliera el líquido de la boca. No sabía si su sabor fuerte era por el veneno o simplemente le desagradaba.

—¿Nunca habías tomado vino? —preguntó Friedrich con una carcajada.

—Nunca me habían ofrecido —y era cierto. Dejó la copa sobre el escritorio. —Disculpe.

—Déjalo así, dime, Evald, ¿qué es lo que más anhelas en el mundo? —preguntó intrigado.

Ay, no, esto no es bueno. Nunca se había molestado porque lo llamaran por su nombre, y mucho menos que le hablara de forma tan cortés e interesada. Tenía que contestar.

—Yo, desearía tener mi propio hogar... fuera de Valtremix —dijo como si recitara uno de sus pensamientos más lejanos. En realidad, eso era lo que quería antes de encontrar a los Valtre. No era mentira.

Él tomó otro trago de su copa y lo vio tragarse el veneno con placer. —¿No te gusta el orfanato?

—No, no siento que encaje ahí —dijo acariciando el borde de la copa con el pulgar. Decidió tomar otro sorbo lentamente, se aguantó la ardura y cerró los ojos al sentir el sabor agrio.

Friedrich soltó una pequeña carcajada. —Si pudieras ir a cualquier lugar, ¿adónde irías?

—No… no lo sé, señor. Nunca… he pensado en eso —dijo titubeando.

Friedrich pasó la mano por su cabello canoso. —Bien, quiero que lo pienses y me lo digas cuando sepas.

Ewald asintió preocupado, aunque le costó trabajo disimular su escepticismo. Su cuerpo empezaba a relajarse de forma embriagadora. Friedrich tomó el último sorbo e hizo una mueca sonriente. —Creo que sí estaba muy fuerte este vino —dijo aclarándose la garganta.

—¿Se encuentra bien, su majestad?

—Nunca me había dado cuenta del verde en tus ojos —dijo frunciendo el ceño y cerrando los párpados arrugados.

—¿El verde? —reclamó confundido. Sus ojos eran de un gris tan pálido que no se apreciaba ningún color en ellos.

La cabeza de Friedrich cayó sobre el escritorio con los brazos debajo de la cara, el golpe fue tan fuerte que movió el escritorio.

Ewald volteó hacia la alacena y Knut se asomó desde dentro. Su relajación empezaba a convertirse en un mareo acompañado de un sueño que ardía en sus ojos. Knut salió lentamente y rodeó la silla de Friedrich.

—Ugh. Incluso dormido me da asco —se inclinó buscando las llaves en su saco. —Deberíamos matarlo ahora mismo.

—Cállate, no sabemos si puede escucharnos —se quejó en voz baja.

Knut tomó las llaves y se dirigió al librero, probando llave por llave. Ewald veía cada vez más borroso y su cuerpo era como gelatina. —¿Quieres ayudarme? ¿Puedes meterte a su mente? —preguntó Knut.

—No, no creo que sea buena idea. Sigue intentando, no tiene muchas llaves —Ewald sobaba su cabeza en pequeños círculos, evitando que el peso de su cabeza cayera al escritorio.

Knut logró abrir la cerradura y buscó entre los papeles. —¿Planos de bases? ¿Dónde están? —ojeó entre un archivo de papeles en una funda carmesí. Knut empezó a memorizar los planos con la vista, trazo por trazo.

Escuchaba el ojeo de los planos cada vez que cambiaba de página. Su mente abrumada viajaba a otro lugar fuera del cuarto. ¿En qué estaría soñando Friedrich? Esperaba que fuera malo.

Escuchó a Knut cerrar la puerta de cristal y acercarse hacia él. —Ya está.

Ewald se obligó a levantar la mirada, ahora deseaba estar en su cama. —Voy a abrir la puerta, trataré de esconderte de los guardias. Aun así, no dejes que te vean. No sé si pueda aguantar.

—Me esconderé, voy a esperar a que ellos entren primero y me escabulliré.

Se levantó con esfuerzo, tratando de abrir los párpados. Concentró su mente en Knut y tomó un profundo respiro. No sabía lo que hacía, esperaba que su plan funcionara. Knut se escondió junto a la puerta. ¿Listo?

Hagámoslo .

Ewald abrió la puerta rápidamente y se retorció en dolor. —¡Ayuda, no sé qué pasó, me siento mal y el rey se ha desmayado! —se apoyó en uno de los guardias empujándolo para que Knut pasara. Los guardias estaban demasiado ocupados observando al rey durmiente.

Ahora solo faltaba que nadie lo viera salir.

Sentía una adrenalina congeladora adormecer todos sus huesos.

Cayó de golpe sobre una de sus rodillas, mientras se sostenía con el brazo del guardia.

Su vista se nubló y alguien lo rodeaba por el otro lado del torso.

Su mente se sentía pesada, sus brazos se desvanecían.

Ewald cayó en un sueño donde aún podía escuchar las débiles voces de los guardias como susurros, dejando su mente descansar y su cuerpo a merced de ellos.