Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 24.
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Ewald se despertó enredado entre las sábanas de su cama y se frotó la cara. Había poco movimiento en las secciones y las cortinas aún cubrían a algunos que dormían.

Se quedó un rato reposando, pensando, hasta que abrió el cajón entre las camas y sacó una fotografía despintada de una hermosa joven con una sonrisa deslumbrante, su pelo oscuro peinado en ondas y tiras de guirnaldas.

Abigail lucía un vestido suelto de color verde claro.

Recordó el día que la duquesa le entregó la foto.

Es lo único que he podido recuperar de tu antiguo hogar .

Se preguntó cuántas mentiras le había dicho todos estos años.

Cuando llegó al orfanato, unos guardias lo encontraron vagando por las calles del reino. No recordaba nada y nadie lo reconocía. El sentimiento de abandono lo llenó otra vez, quería creer que no fue así, pero ha sido tan solitario que apenas sabía cómo abrirse a la gente.

Detrás de la fotografía, alguien escribió en cursiva:

Para la mente más brillante que ha tenido la gracia de existir al mismo tiempo que yo .

Pasó su pulgar por la firma, debía ser la escritura de su padre, Lothar.

Eso esperaba. Nadie más sabía que tenía esa foto en su posesión, ni siquiera se la había enseñado a Amalie.

Prefería mantener su secreto guardado en un libro viejo dentro de la cómoda de su cama.

Solo Kasper había visto la fotografía por accidente, pero desconocía lo que estaba escrito.

Si Friedrich supiera de su existencia, seguramente la habría quemado con su propia mano.

Pensar en todo eso era abrumador. Sabía tan poco de su pasado que quería pensar en todos los escenarios posibles que pudo haber vivido.

Y, a la vez, no quería llegar a conclusiones extremas.

Hoy se levantaría y cambiaría el rumbo de su vida.

Sin más dudas, era el momento de dar un giro inesperado, o al menos intentarlo, aunque fuese una vez.

Otro atardecer pasó y Ewald trabajaba en el Castillo Feuer en su turno vespertino, cerca del campo de exhibiciones. A lo lejos, observó nuevamente a Hans entrenando. Se lo está tomando muy en serio. Se dio la libertad de parar y recargarse contra el muro mientras nadie lo viera.

Hans peleaba contra su entrenador, esquivando cada ataque de poder con destreza. El entrenador sacó una daga de un costado de su cadera, y la giró rápidamente en un movimiento suave en el aire, cayendo sobre su mano.

Ewald siguió el movimiento con la muñeca un par de veces.

Hans siguió esquivando todos los ataques.

Tras varios intentos, logró desarmarlo con una patada en el torso mandándolo al suelo.

Se posó encima de su cuerpo y puso la daga en el cuello del entrenador.

Él se rindió y dejó caer sus brazos al césped, determinando la forma de ganar en el combate.

Hans se levantó y le ofreció la mano al entrenador. Por puro instinto, percibió la mirada de Ewald y alzó su mano a su cabeza en un saludo. Hans se acercó a él sin importarle las advertencias de Friedrich, claramente, no le importaba un bledo lo que le dijera.

—No pierdes el tiempo, ¿verdad? —dijo Ewald cruzando los brazos.

Hans se mofó. —Bueno, Adlar ya se merece una buena paliza, ¿no crees?

—Eso no podría negarlo —Ewald sonrió y distrajo su mirada a otro lado.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo?

—Ya lo hiciste —dijo seriamente, y sonrió.

Hans se burló. —Es sobre...

—¿Quién? —lo interrumpió.

Hans lo miró intrigado —Sobre Amalie.

—¿Qué hay con ella? —preguntó con una mueca confusa. Aunque ya creía saber a dónde iría la conversación.

—Nada, solo quería saber de ella, conocerla —dijo Hans con algo de timidez, extendiendo sus brazos hacia el suelo.

—¿Estás… interesado en ella?

—Sí... ¿No te ha contado nada?

Ewald tragó saliva y suspiró sonriendo levemente. —La verdad he estado muy ocupado estos días, no he hablado mucho con ella. Pero, me alegra, eh. Saber que… Amalie empieza a salir con otras personas —le dijo mientras se le revolvía el estómago.

—Entonces, ¿cómo sabías que?

—Intuición —lo volvió a interrumpir. —Mira, Amalie es —se trabó dentro de sus palabras.

Qué demonios debería decir de Amalie. ¿Qué es hermosa?

¿Qué su cabello brilla dorado con el sol?

Quería largarse de esa extraña conversación lo más rápido posible.

Sintió sus mejillas calentarse y su estómago retorcerse.

Solo piensa en cosas buenas. —Es buena chica, le gusta ayudar a los demás —se burló nerviosamente. —Aunque eso probablemente ya lo sabías.

—Sí, pero… quería saber qué le gusta hacer, ese tipo de cosas —dijo Hans rascándose la cabeza.

Ewald se partía de risa por dentro. El príncipe Hans pidiéndome consejos para ligar chicas . Bueno, no era cualquier chica . —Ah, pues le gusta…

—¡Evald! —escuchó un grito detrás de él.

Gracias a los dioses que me han salvado. Ewald volteó y vio a Knut con su vestimenta de sirviente, ondeando la mano rápidamente hacia él. —Lo siento, tengo que irme. ¡Sigue entrenando! —se dio la vuelta y caminó apresurado para dejar a Hans.

—Sí, claro —escuchó su voz débilmente.

—¿Quién es? —preguntó Knut mientras se dirigían a la cocina.

—El príncipe Hans —dijo mofándose con acento respetuoso, claro que nunca lo llamaría así.

—¿Con que ya te codeas con la realeza, eh? —Knut levantó las cejas y volteó hacia Hans con interés. —Es apuesto, se parece mucho a Clemens.

—¿Lo conociste?

—La verdad no. Lo veía cuando vivía en el Castillo Real —Knut hizo una pausa esperando una reacción de asombro, pero al no verla, continuó.

—Así que ya sabes —susurró. —Bueno, tal vez hay algo que no sepas aún —sugirió, mirando ligeramente hacia arriba ya que era unos centímetros más bajo que Ewald.

—¿Quieres que lea tu mente? —preguntó con una ceja levantada.

—De hecho, me gustaría que lo intentaras —sonrió malicioso.

—¿Es seguro? —sonó dudoso y Knut le dio un codazo.

—No te voy a perturbar… a menos que mires por mucho tiempo —dijo levantando sus cejas una y otra vez.

—Por los dioses —susurró. No era normal que alguien le diera consentimiento para navegar por su cabeza, pero bueno, Knut no era normal.

Ewald se concentró en su mirada. Cada sensación exterior se aisló y entraba en un hueco sin eco, sin ruido, solo los pensamientos de Knut flotaban como vacíos susurros.

Era como entrar en una biblioteca, tantas opciones, tantas voces de diferentes tonos volando a su alrededor.

Se concentró en su pensamiento superficial, la primera voz que habla en la mente, entonces escuchó.

Lothar era el mejor amigo de Clemens . Miró incrédulo a Knut y él se rio.

—¡Te lo dije, aún hay muchas cosas que no sabes!

—¿Por qué… nadie me dice estas cosas? —reclamó.

—Paso a paso. Mientras sigas sin usar tus poderes, nadie te contará nada, solo lo que quieran que escuches.

Se sorprendió de que Knut tuviera una pizca de sabiduría en su ser. Claramente olvidaba que él ha vivido más experiencias, y era mayor de edad, aunque no de estatura.

—¿Alguna vez has usado tu poder con Friedrich? Me pregunto cuántos horrores ha cometido ese viejo.

—Es un lugar que me da náuseas, su mente está llena de porquería y odio.

Pasaron por los almacenes de comida. Algunos sirvientes trabajaban sacando alimentos y botellas. Knut se fijó en uno de ellos y le hizo una señal discreta, acariciando su mejilla con el dedo apuntando hacia arriba.

—Ya subieron el barril. Tengo entendido que siempre hay dos. El barril marcado tiene una pequeña grieta en la llave. Te explico todo en el camino —Knut tomó su hombro y se dirigieron a las escaleras de la servidumbre.

—¿Y exactamente qué harás tú? —preguntó, mirando detrás de él.

—Voy a leer los planos.

—¿Leer? ¿Por qué no robarlos?

—Porque cuando se den cuenta que algo falta, ¿a quién crees que culparán?

—Knut sonrió mirándolo a los ojos. Ewald sintió un nudo en la garganta, pensando en las mil formas que Friedrich podría castigarlo y volteó su mirada al pasillo.

—Darcee verá mis recuerdos y Heiner dibujará los planos.

Claro, no tan precisos como en el papel, pero servirán.

Subieron hasta el exhaustivo tramo de la oficina de Friedrich en lo alto del castillo. Antes de llegar al puente, Ewald detuvo a Knut y ambos se miraron asintiendo. Siguieron caminando hasta la puerta custodiada por los guardias reales.

Ahora deben tener una reunión con la duquesa.

Escuchó a Knut en su mente. A unos pasos, bloqueó las miradas de los guardias hacia Knut haciéndolo invisible, o tal vez se convirtió en su sombra mientras caminaba a sus espaldas.

Ellos observaron a Ewald sin cuestionarlo, ya lo reconocían y sabían a qué vení a .

Está funcionando . Volvió a oír a Knut, invisible ante la vista de los demás.

No estaba seguro de cómo lo hacía, pero fuera como lo hiciera, deseaba que no se detuviera.

—¡Estoy harto de su comportamiento! —escuchó la voz ronca de Friedrich elevarse por el cuarto.

No pudo oír lo demás, le entró curiosidad, pero no podía descuidar a Knut a la vista de los guardias. Las voces seguían discutiendo, escuchó la voz de la duquesa más cercana a la puerta, no era muy clara, pero alcanzó a oír. —Evald no es una amenaza, sólo es un chico asustado.

No sabía si los demás habían oído, pero los guardias parecían tener la misma mirada sombría de siempre, ilegible. Probablemente ni siquiera sabían su nombre.

La duquesa abrió la puerta y se quedó callada, con las pupilas llenas de temor. Ella lo observó detenidamente y vio algo por el lado de su brazo derecho. —Acomódate la manga —dijo, tratando de esconder su asombro.

Ewald siguió su mirada hasta su manga, donde la mano de Knut le apretaba el brazo, arrugando su ropa, y podía sentir cómo crecía su tensión en el cerebro. Regresó su mirada a la duquesa y deslizó su mano sobre la de Knut.

—¿Está bien, su alteza? —preguntó con una mirada curiosa.

—Sí, gracias, hijo —la duquesa se alejó extrañada y caminó hacia el pasillo.