22.
Todavía sentía escalofríos por las sombras y las voces del más allá, la fuerza indomable del castillo, vivo, recorriendo por sus brazos.
La primera vez que atravesó la oscuridad, escuchaba susurros, no los que se colaban a su cabeza, eran las almas de su familia.
Heiner le preguntó sobre esto a solas, si había percibido algo.
Hoy, se presentaron en una sola voz. Esta es una prueba. Falla y jamás será tu hogar. Jamás volverá a los Valtre. Serás un fracaso más que sumar . Las escuchó fuertes y claras cuando se llevaron a Thomas gritando frenéticamente en el aire.
Los Valtre eran igual de indefensos que él. Construyeron una fortaleza que solo un Schatten podía controlar. Y se preguntó por qué.
No era un experto controlando su poder, pero ya había logrado pocas cosas de las que nunca se hubiera imaginado ser capaz. Pensó en llamar a las sombras, atraerlas hacia él. Ewald se guio con la sensación, abrazando su poder. Era hermoso, era increíble, estaban por todas partes.
Él susurró —Vengan a mí —repitió lentamente. —Vengan a mí… Vengan a mí —era una plegaria. La energía se intensificó, y por primera vez, se sintió vivo. Abrió los ojos y las sombras empezaron a rodearlo sutilmente, en un huracán oscuro que giraba a toda velocidad .
Las sombras desaparecían en el campo bajo la luz del día. Pudo ver el cuerpo de Thomas flotando en el aire como una bandera. Caía poco a poco desde una altura de al menos siete metros. Ewald lanzó una nube de sombras hacia él, que se adhirieron rápidamente, convirtiéndose en una y bajó.
Este solo es el primer paso. Vuelve y aprenderás más. Por ahora, bienvenido a tu casa, las puertas siempre estarán abiertas para los tuyos. Las voces desaparecieron de su cabeza y, con ellas, las sombras que cubrían la vista del castillo.
Thomas lucía completamente perturbado, no podía creer nada de lo que había sucedido. Aunque estuviera agradecido por no haber muerto, presintió que no quería ponerse así por su ego.
Dentro del castillo, recorrieron las baldosas blanco y negro hasta las escaleras que se dividían en dos.
La madera crujía con cada paso. Subieron a los antiguos pasillos del ala este, con sus acabados góticos y tapices ornamentados.
El área de las habitaciones tenía las puertas cerradas y otras derrumbadas.
Cada centímetro infestado de telarañas y pertenencias olvidadas.
Era extraño, tenía la sensación de que conocía los pasillos en un panorama completamente distinto, antes de que fueran destruidos.
—Según Heiner, el cuarto de tu padre está por aquí —dijo Thomas tratando de memorizar las puertas.
—¿No recuerdas cuál era?
—Tenía cuatro años, recuerdo vagamente —contestó. —Intenta con esta —él se detuvo frente una habitación y le dejó espacio para que pasara.
Ewald jaló la manija, la empujó con un golpe, pero no se abrió.
—Olvídala, sigamos con la otra —Thomas se dio la vuelta y siguió.
—¿Por qué no lo intentas tú?
—Las puertas solo se abren a un miembro de tu familia. Funcionan igual que los casilleros de tu escuela.
Ewald siguió su camino pensando. —¿Y… cuántas familias vivían aquí?
—Muchas, pero, si te refieres a las familias reales, eran una docena. Ahora solo quedan los Dotzel, los Gottfried, los Acker, los Novack, creo que los Harth siguen vivos… y nosotros.
Nosotros . Hubo un silencio notorio. —¿Quiénes eran los demás? —la curiosidad no lo dejaba en paz y, extrañamente, quería seguir conversando.
Thomas notó su reacción y sonrió. —¿Quieres saber más? —lo miró satisfaciendo su necesidad. Los Friedrich .
—¿Qué? ¿En serio? —lo miró incrédulo. —Pero ¿por qué nunca lo mencionan?
Thomas sonrió entretenido. —Al parecer, a Friedrich no le gusta recordar las amistades de su pasado.
—Entonces, ¿por qué está en contra de los Valtre si formaba parte de las familias?
—Hace unos años —Thomas apuntó hacia una puerta. —Antes de la rebelión, el rey Marcus Valtre exilió a la esposa de Friedrich, nunca entendí por qué.
Ewald trató de jalar la puerta varias veces y siguieron hacia la otra. Recordó lo que Heiner mencionó de su esposa.
—Eso lo enfureció y se separó del consejo real. Después del exilio, su esposa fue asesinada por unos forajidos en el bosque y culpó al rey. Por eso nos odia —dijo Thomas con una mueca desinteresada.
Logró girar el cerrojo de la siguiente puerta, le dio un empujón, pero algo dentro lo impedía.
Dio un empujón más fuerte y escuchó cómo algo cayó al suelo.
Ewald miró a Thomas nervioso. Él sonrió torpemente y asintió, extendiendo su mano a la puerta.
El marco se estaba desprendiendo de los bordes.
El cuarto estaba a oscuras, solo la luz del día iluminaba a través del gran ventanal roto y sus cortinas despedazadas.
Cada vez sentía esa extraña nostalgia. Las paredes de este cuarto no eran desconocidas para él.
Había estado aquí, en la mente de otra persona, y el pánico lo invadió.
Observó la gran cama donde dormían sus padres y, al lado, una cuna de madera.
Ewald caminó despacio hacia ella, incapaz de concentrarse en nada más.
Las lágrimas brotaron de sus párpados, sentía un dolor en el pecho que jamás había sentido. De repente, empezó a soñar despierto.
Ewald, hola, cariño . Vio a su madre mimarlo en la cuna.
Un hermoso bebé pálido y pequeño la observaba riendo y balbuceando, con las pupilas completamente grises.
Ewald se estremeció y tocó el borde de la cuna.
Escuchó el chillido de la madera mecerse, mientras oía el llanto de un bebé.
Cuando alzó la cabeza, vio a un hombre parecido a él, su rostro fino y maduro, su cabello oscuro lleno de rulos cortos y sus ojos plateados.
Era un hombre formal, no vestía con esas ridículas armaduras, no, él era un noble alto, era un duque. Y tú serás un príncipe .
Ewald volteó hacia Thomas, que se quedó viendo algo encima de la chimenea. Se acercó a su hombro, dejando caer más lágrimas.
—Eres tú y —susurró.
—Mis padres... Mi… padre —suspiró temblando. Nunca había visto una imagen física de Lothar. Aunque el detalle con el que lo veía en sus sueños era superior, ver la existencia de su alma… Su aliento se desvaneció, y su corazón palpitaba rápidamente. Thomas se apartó del cuadro haciéndose a un lado.
Ewald acarició la imagen, anhelando el pasado que nunca pudo tener con las yemas de sus dedos.
Repasó cada detalle de sus rostros con calma.
Tenía más parecido con su madre, la forma de sus ojos, los labios, la nariz, incluso sus cejas.
Ambos eran igual de pálidos que él. Su padre era delgado y vestía con un chaleco ornamentado de color negro, morado y plata.
El resto de su vestimenta era oscura. Morado y plata .
¡Por los dioses, que he visto en mis sueños!
Ewald tapó su boca al sentir que las lágrimas le desbordaban.
La imagen regresaba como una cachetada. El rey Marcus Valtre arrodillado junto a su esposa muerta alrededor del fuego.
Lothar los estaba viendo, él estuvo ahí.
Pero no lograba entender porque veía a través de él.
Finalmente, dirigió su atención a su madre, que cargaba un bebé en brazos, a él: llevaba una vestimenta morada y negra, fibras delgadas oscuras salían de su cabeza.
Notó a Thomas inspeccionar el resto del cuarto. —Ewald… Necesito que —apenas podía escucharlo. ¿Qué tanto habrán sacrificado para estar aquí? Se preguntó a sí mismo. —Lo siento, debe ser horrible no poder acordarte de ellos.
Ewald siguió llorando. —Los he visto, en mis sueños.
Solo que no sabía quiénes eran hasta… hasta ahora —contestó con su voz quebrada.
No podía olvidar sus pesadillas, la mujer gritando su nombre en agonía, llamas por doquier, el castillo derrumbándose, gente muriendo.
Pensó por un momento algo horrible. —¿Crees que mi madre haya?
—respiró profundamente. —¿Haya hecho algo con mi mente? —preguntó agitado.
—Tal vez. Eso podría explicar algo —Thomas desvió la mirada al suelo, inseguro de sus palabras. —Ewald, tenemos que buscar la daga... ¿Sientes algo en el cuarto? ¿Alguna presencia que te llame?
Él dejó la foto en la repisa de la chimenea y se concentró. Dejó que su cuerpo se relajara y recuperara la compostura, liberando la tensión acumulada en sus músculos. Observó a su alrededor, inspeccionó cada rincón del cuarto mientras se limpiaba las lágrimas con la manga.
Cruzó hacia un baúl empolvado en la esquina, junto a la cama, cubierto por varias tablas caídas. Los escalofríos le recorrieron los brazos y trató de levantar los tablones, pero eran demasiado pesados para él.
—Ayúdame, Thomas —inmediatamente lo oyó moverse hacia él.
Tomó el otro extremo de las tablas y, juntos, las lanzaron hacia un lado de ellos. Las sombras insistían en ser reveladas bajo la cerradura oxidada. Trató de abrirla, forzarla, pero era inútil.
—¿Me permites? —preguntó Thomas. Sacó dos cuchillas delgadas de su abrigo, perfectas para entrar por el agujero del cerrojo. Se hincó en el suelo y empezó a trabajar. Giró ambas sincronizándose una con la otra, como una tuerca que cambiaba de dirección.
—¿Sueles hacer esto mucho? —le preguntó para distraer sus sentimientos.
—En realidad no, casi todo está protegido con hechizos. Me sorprende que este no tenga uno, digo, solo tú tienes acceso a la habitación, así que no tendría sentido ponerle uno —el cerrojo cedió, y la tapa se levantó sola con el impulso de unas sombras desvaneciéndose.
Ewald se acercó y vio un cofre largo; de piel negra, algo desgastado y totalmente empolvado. Pasó la mano por la cubierta y se leían unas siglas grabadas “D. S”.
—¿D. S.? —deletreo confundido .
—Ábrelo.
Levantó los seguros del cofre y los broches se elevaron de inmediato.
Al abrir la tapa, había dos espacios hundidos en una forma poco convencional.
Uno vacío. El otro tenía una hermosa hoja plateada de acero con la misma forma que el espacio sobrante.
Gemas moradas amatistas en forma de rombo incrustadas.
La hoja era ancha y delgada, de al menos veinte centímetros de largo, y su forma de medialuna con dos picos sobresaliendo.
El mango, hecho de una piedra negra brillante, con la forma perfecta para acomodarse en su mano.
Para ser una daga, era demasiado elegante y tenía un gran tamaño.
—Nunca había visto una de cerca —dijo Thomas, igual de sorprendido que él.
Sostuvo la daga con sus manos cuidadosamente, evitando cortarse, y la tomó con la mano derecha. —Es hermosa —admitió mientras giraba la muñeca y resplandecía con la luz, pocas veces tenía algo propio, aunque fuera prestado.
Ewald se levantó del suelo con su nueva arma en mano. Thomas tomó el cofre y se levantó siguiéndolo. —Ya podemos irnos.
—Puedo llevar…
—¡No! —Thomas lo interrumpió, antes de que terminara su pensamiento. —No puedes llevarlo al orfanato, es mejor que se quede aquí, yo tomaré la daga conmigo al Agujero —dijo corrigiendo. —Después podrás entrenar con ella.
Ewald asintió débilmente, se acercó a la chimenea y vio el cuadro por última vez, sintiendo la necesidad de tener cerca la única imagen de sus padres juntos. Caminó hacia la puerta, desanimado, y Thomas siguió sus pasos desde atrás, vigilando que no tomara más de lo necesario.
Pasaron un rato caminando hacia el sur. Thomas quería mostrarle otra ruta hacia los escondites que tenían en el Agujero, uno cerca del orfanato.
Había marcas en los árboles con el símbolo de un rombo que nunca había notado. En medio había una gran pila de rocas que se elevaba justo al lado del túnel que los dirigía al refugio.
—Entonces, ¿mañana los veo aquí, en la noche? —preguntó un poco inconforme.
—Claro, si no quieres... interrumpir tus actividades del día —dijo Thomas alargando su tono. Él dio unos pasos y frunció el ceño. —No me voy a disculpar por cada vez que me cruce en tu cabeza, Ewald. Ya te lo dije, tienes que acostumbrarte.
Ahora se quedó más confundido, sabía que Thomas hacía eso constantemente. Pero se le pasaban demasiadas cosas por la cabeza. La daga, la escuela, el trabajo, los castillos, su cita con Lea era mañana. ¿A qué hora dormiría?
—¿Vas a salir con la pelirroja, no? —preguntó más tranquilo. —Ewald, ten cuidado con esa, trae mala espina.
—¿A qué te refieres? —preguntó exhausto.
—Cuando te estuve buscando, pude entrar por un momento en su mente. Y créeme, no tiene buenas intenciones. No es que te quiera matarte o hacerte algún daño físico… Pero, si quieres saber, que mejor te sirva de práctica —Thomas sonrió y se despidió alzando la mano a su frente.
¿Por qué Thomas me diría eso? ¿Qué había visto en la mente de Lea?
—Ewald... no le cuentes a nadie de tus poderes. Si más gente empieza a sospechar que los Valtre han regresado. Friedrich nos va a causar muchos problemas, sobre todo a ti —advirtió alzando su dedo hacia él. —Quiero que sepas, que confiamos en ti, de verdad.
Se tomó la libertad de ver la mente de Thomas y sabía que no mentía. —Gracias. Solo necesito estar solo... para reflexionar —murmuró.
—De acuerdo, Heiner te esperará mañana por la noche. Tal vez esté ahí, si estoy despierto —dijo apretando sus labios en una risa.
Ewald giró en dirección al orfanato. Escuchó cómo la tierra engullía el cuerpo de Thomas. Necesitaba aclarar su mente. Las cosas empezaban a cobrar sentido.
Arnold Friedrich le había quitado todo y lo había reemplazado por un muro de rocas; no había visión adelante hacia el futuro.
Con los Valtre, el panorama cambiaba. Un mar de posibilidades que podrían tanto resultar exitosas como fracasar.
Un camino peligroso y sangriento en aguas desconocidas.
Ellos demandaban venganza y, cuanto más pruebas descubría de su pasado, su corazón también empezaba a reclamarla.